Salem | Los dioses también mueren | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 147, 360 Seiten

Reihe: Narrativa

Salem Los dioses también mueren


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19615-11-4
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 147, 360 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-11-4
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El brazo de un veinteañero desaparecido hace cuarenta años es hallado en Madrid. Lleva un anillo de oro con el símbolo de Zeus. Es la primera pieza de un puzle humano disperso por toda Europa que la Brigada de los Apóstoles deberá resolver frente a la oposición de poderosos sectores empeñados en que no se esclarezca un misterio que tiene su origen en los años de la Transición española. Al mismo tiempo, el policía y exsacerdote Severo Justo volverá a la sierra extremeña de su infancia para intentar probar (sin demasiada fe) que su padre, al que odia desde niño, no es responsable del asesinato de un novio de juventud de su madre al que él se parece demasiado... Los dioses también mueren prepara el camino para la cuarta y última novela de este ciclo: Los pecados de los Apóstoles, en la que el viaje iniciado con Los que merece morir y Madrid nos mata llegará a su fin. Y quizás no sea un final feliz.

Carlos Salem nació en Argentina y lleva en España «algo más de media vida». Es novelista, poeta y periodista. En narrativa, la novela negra es su campo de acción habitual, aunque como lo definía Fernando Marías: «Salem es un género en sí mismo». Desde que debutó en 2007, sus obras han sido publicadas en España, México, Argentina, Italia, Alemania y especialmente en Francia, donde goza de gran prestigio. Ha ganado los premios Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, Novelpol, Paris Noir, Mandarache, Internacional Seseña de Novela, Valencia Negra y Violeta Negra, además de ser finalista en varias ocasiones del Dashiell Hammett, o de los Prix 813 y SCNF en Francia. Entre sus títulos destacados: Camino de Ida, Matar y guardar la ropa, Pero sigo siendo el rey, Cracovia sin ti, Un Jamón Calibre 45, En el cielo no hay cerveza, Muerto el perro, Un violín con las venas cortadas o El último caso de Johnny Bourbon. Los dioses también mueren es el tercer volumen de la serie de cuatro de la Brigada de los Apóstoles encabezada por Dalia Fierro y Severo Justo, tras la excelente acogida de Los que merecen morir en 2021 y Madridnos mata en 2022. FB: Carlos SalemDos / IG: @carlos.salem
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7


El puzle


Cuando Dolores Frontela trabaja con su nieto, se advierte que existe entre ellos una telepatía que quizás es patrimonio familiar. No necesitan gestos ni miradas, ni siquiera palabras, para que uno sepa qué debe hacer el otro en esos gigantescos ordenadores que murmuran todo el tiempo y que son el apoyo tecnológico de la Brigada Especial de Crímenes Internacionales.

, piensa el comisario Bermúdez, pero se corrige de inmediato, porque, con solo una semana en la vida del nieto, la subinspectora Beatriz Rodríguez también participa ya de ese ritual de silencio y lenguajes silentes.

Y la octogenaria , célebre en ese mundillo oscuro con el mote de , aunque solo la Brigada conozca su verdadera identidad, se frota las manos. Le cuesta disimular lo encantada que está con la muchacha que cuando se abstrae un nanosegundo de sus tareas es para mirarle al nieto como si fuera el último helado del desierto.

—Listo el pollo y pelada la gallina, señores —declara—. Y hablando de gallina, tengo que volver a los fogones, que de aquí no os vais sin comer un buen guiso, que estáis todos escuchimizados.

Y marcha hacia la cocina.

Los demás se demoran en ese cuarto secreto de la casa de la anciana, a quien su hija solo visita para tratar en vano de arrastrarla a misa, hipnotizados por el brillo de esos poderosos ordenadores, cuya existencia es desconocida hasta para la Brigada Central de Investigación Tecnológica de la Policía.

Es el reino de Dolores, quien con sus ayudantes ha logrado tejer, dentro de la red de internet, una propia red y tan tupida que casi ningún dato puede colarse en su trama.

El grito de la anciana, entre autoritario y cariñoso, los pone en marcha, y con la misma muda sincronía con que tecleaban, el nieto y Gutiérrez ponen la mesa como si ejecutaran una pieza de ballet. Bermúdez se sorprende con un vaso de vino tinto que acaba de aparecer en su mano y ve que Dalia sostiene otro idéntico.

Brindan con timidez.

Todo en este nuevo caso los desconcierta.

Ella se acerca al comisario y le pregunta, señalando con la cabeza en dirección al cuarto secreto:

—¿Crees que funcionará?

Un capón cariñoso pero enérgico la sorprende por detrás.

Dolores.

—¡Claro que va a funcionar, coño! Que lo he preparado yo. La foto del anillo ya circula por toda la red y también por la Deep Web. No se trata de que lo vean millones de personas, sino quienes puedan saber algo: compradores y vendedores de joyas robadas, joyeros de los serios si es que hay alguno, frikis y estudiosos de universidades… —Los mira uno por uno, desafiante—. ¿Qué os apostáis a que antes de veinticuatro horas aparece alguien que conoce ese anillo?

Nadie acepta la apuesta.

—Así me gusta. Y ahora a comer, pero hay que guardar una buena ración para Justo, que llegará a comisaría sobre las cinco de la tarde y, conociéndolo, ni se tomará el día libre ni pasará antes por casa.

A ninguno de los presentes se le ocurre preguntar cómo lo sabe.

Lo sabe y punto. Es Dolores.

Y son las cinco y está a punto de empezar la reunión en la sala principal de la Brigada Especial de Crímenes Internacionales.

A simple vista, podría parecer una reunión rutinaria y casi aburrida.

Desde luego, no lo es, ninguna lo ha sido desde que hace más de un año se creó este cuerpo especial, con una independencia casi inadmisible y gran promoción en medios, para poder culparla de un fracaso anunciado y cortar a tiempo una de las cabezas de la hidra del poder, la más débil.

Pero la Brigada resolvió aquel primer caso envenenado y varios más, y ya son muchos los jóvenes policías —y algunos no tan jóvenes— que se suman, fascinados por el aura de leyenda que rodea a la Brigada de los Apóstoles. Así que la sala se les suele quedar pequeña, porque una de las consignas de Severo Justo es ofrecer un trato casi horizontal a todos esos nuevos miembros que han decidido jugarse a corto plazo el futuro de sus carreras solo para participar de esto.

Pero la de ahora es una reunión mínima e improvisada, casi una comitiva para recibir al jefe huérfano con la prudencia y la distancia que se corresponden con su educada forma de llevar los asuntos.

Si se pudiera hablar de un núcleo duro de la Brigada de los Apóstoles, se diría que está en la sala casi al completo.

Solo falta Pablo Acuña, alias , quien con su habilidad para las relaciones públicas se ocupa de recorrer las capitales europeas asistiendo a los distintos simposios que solicitan la presencia de los Apóstoles, al tiempo que tiende una doble red de colaboradores locales, ahora que muchos de sus casos los llevan fuera de las fronteras de España.

Los demás miran indecisos a un Severo Justo que parece el de siempre, salvo para el ojo experto de Dalia Fierro, que percibe finísimas grietas dentro de él.

Es como si nadie supiera qué hacer, pero Bermúdez se olvida por un momento de tanto libro de psicología como últimamente ha devorado y deja que lo guíe su antigua y arrolladora humanidad.

Se lanza hacia su jefe y lo estruja con un abrazo de oso al que el otro se abandona sin rigidez, porque sabe de la sinceridad del gesto del comisario.

Paco lo mira a los ojos y no dice nada, porque está todo dicho.

Cuando se aparta, Severo da un paso adelante sin pensarlo, en dirección a Dolores, y la octogenaria suelta una blanda retahíla de palabras; más que palabras, sonidos reconfortantes. Por un momento parece lo que es: una abuela, y el policía, lo que nunca ha sido: un nieto cariñoso y desconsolado que se recupera de inmediato, le da las gracias y busca con la mirada a Dalia Fierro.

Ella está inmóvil.

Ninguna de todas las voces de su cabeza le dice qué hacer, sorprendidas por el dolor solidario hacia su amigo y jefe, y por una mezcla de sentimientos difícil de explicar. Solo la voz de Ráfaga, la asesina en potencia que habita en su cabeza, murmura muy desde lejos que

Lo normal sería que las otras voces de Dalia, las que responden a sus distintos doctorados y carreras, le hicieran notar a la violenta que la muerte de la madre del policía ha obedecido a causas naturales y, por lo tanto, no hay enemigo abatible. Pero las remotas voces callan, quizás murmuran muy al fondo de Dalia, que avanza y le extiende la mano, luego murmura un insulto y le da otro abrazo a su amigo de tantos años, su jefe desde hace poco, el hombre al que pudo amar y ninguno de los dos se atrevió.

Desde lejos, Frontela lo mira con esos ojos grandes y admirados de siempre, que equivalen a todos los abrazos posibles, y Justo le responde con un gesto parecido.

Y Caronte parece compungido, como si su familiaridad con la muerte le hiciera sentirse cómplice de la pérdida del policía.

Flota un silencio espeso que nadie acierta a romper, hasta que Dolores dice:

—Si vamos a seguir con la escena de velatorio, saco el aguardiente de mi escritorio y nos dedicamos a beber. Pero si queremos trabajar, mejor pongámonos ya en marcha, que Mingo me espera en casa, hoy es martes y los martes toca sexo…

—Hoy es lunes —corrige Justo con esa tendencia a la exactitud tan suya, y se da cuenta de que ha caído en la trampa.

—¡Los lunes también toca! —se ríe la anciana—. Que seremos viejos pero llevamos media vida teniéndonos ganas y hay que ponerse al día.

La risa relaja la tensión, y la compasiva solidaridad por el jefe sigue ahí pero en segundo plano. Severo siempre se ha defendido del dolor trabajando, así que se ponen manos a la obra.

Mientras recibe los informes, Dalia lo observa ya con ojo profesional.

Es el mismo y, sin embargo, es otro, el dolor de la pérdida materna sigue allí, pero al mismo tiempo es como si pareciera más ligero por dentro, , advierte Ráfaga, y Dalia no la manda callar.

—¿Tú qué opinas, Dolores? —pregunta el policía.

—Creo que mañana a más tardar tendremos un centenar de testimonios de posibles informantes que dirán reconocer el anillo. De ellos, noventa y ocho serán falsos, gente que busca fama o se aburre.

—¿Y los otros dos?

—Con suerte, uno será de quien dejó la ofrenda del brazo y el anillo para que tiremos de la madeja. El asesino, vamos. Y el restante, con mucha, mucha suerte, será de alguien que reconoció el anillo y quizás al dueño del brazo.

—Y sin suerte habrá que esperar hasta la próxima vez —murmura Justo.

—¿Qué próxima vez? —preguntan Bermúdez, Dalia y Frontela.

Desde el fondo de su dolor y esas maneras sobrias y cautelosas que ya le conocen, asoma el Severo Justo que por algo es el policía más condecorado de España, un investigador que no se deja llevar por corazonadas pero que suele tener una visión completa del caso y sus implicaciones.

Cuando los mira así y habla con el tono con el que está a punto de hablar, para Bermúdez es imposible no compararlo con un Sherlock Holmes extremeño, Dolores piensa siempre que sería más bien un padre Brown , y Dalia tiene ganas de darle un puñetazo o un beso, lo que ocurre primero:

—Es evidente que esta es solo la primera parte de un mensaje que nos envían, a nosotros o a alguien que no conocemos todavía. La propia puesta en escena parece tan sencilla como haber arrojado entre unos arbustos un brazo amputado, pero como bien ha explicado Caronte, habrá demandado mucha planificación para que el miembro no se deteriorase antes...



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