Salem | Los que merecen morir | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 111, 414 Seiten

Reihe: Narrativa

Salem Los que merecen morir


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-17847-97-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 111, 414 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-17847-97-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



'Me llamo Nadie' será lo último que escuchen las víctimas de este asesino sin rostro antes de su último suspiro. Su misión, ejecutar a aquellos que han salido indemnes de sus culpas gracias a las grietas del sistema; pero quizás hay algo más. La ola de crímenes tiene en jaque a la policía, y para detener a Nadie recurren a Severo Justo, el policía más condecorado y apegado al reglamento, con un pasado singular como sacerdote y que decide que este será el último caso que resuelva antes de suicidarse. Para atrapar al asesino, Severo reúne un equipo heterogéneo que incluye a Dalia Fierro, una psiquiatra con cuatro doctorados y docenas de voces que discuten en su cabeza, una hacker octogenaria y un forense que habla con los muertos. Pero el asesino se obsesiona con el pasado de Severo Justo y decide incluirlo en sus planes. Nadie está a salvo de Nadie.

Carlos Salem nació en Argentina y lleva en España 'algo más de media vida'. Es novelista, poeta y periodista. En narrativa, la novela negra es su campo de acción habitual, aunque como define Fernando Marías: 'Salem es un género en sí mismo'.  Desde que debutó en 2007, sus obras han sido publicadas en Italia, Alemania y especialmente en Francia, donde goza de gran prestigio.  Ha ganado los premios Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, Novelpol, París Noir, Mandarache, Internacional Seseña de Novela, Valencia Negra y Violeta Negra, además de ser finalista en varias ocasiones del Dashiell Hammett, o de los Prix 813 y SCNF en Francia. Entre sus títulos destacados: Camino de ida, Matar y guardar la ropa, Pero sigo siendo el rey, Cracovia sin ti, Un jamón calibre 45, En el cielo no hay cerveza, Muerto el perro, Un violín con las venas cortadas o El último caso de Johnny Bourbon.   Los que merecen morir es su libro número 40, en el que presenta a Dalia Fierro, Severo Justo y la Brigada de los Apóstoles, a quienes asegura que 'voy a seguirles la pista'.
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7


Entre el Madrid que dejó hace cinco años y el que ahora recorre sin prisas, se han perdido por lo menos dos colores. Y eso que cuando Severo Justo se marchó a Bruselas, llevaba mucho tiempo viendo todo en escala de grises.

Entonces, la crisis económica era algo de lo que todo el mundo hablaba como si fuera a terminarse de un momento a otro, sin creerlo demasiado.

Pero la crisis acabó. Lo dicen las cifras oficiales.

Y Justo siempre ha respetado las cifras oficiales.

Todo lo que sea oficial.

Algo o alguien que esté por encima y asegure el orden.

Aunque le resultó asfixiante el cumplimiento de las formalidades necesarias en Bruselas, que han retrasado su viaje, ya es martes en Madrid y lleva horas recorriendo la ciudad mientras hace tiempo para ir al ministerio.

Severo solo ha vuelto cuatro veces en cinco años, en los aniversarios de la muerte de Alicia y la niña. El tiempo exacto para ir al cementerio, acudir con culpa de desertor a la misa en la que es el único asistente, y volver al lugar de los hechos para la dolorosa y estéril reconstrucción mental de un accidente que en realidad fue un homicidio.

Desde la televisión belga o la francesa, durante estos años, las noticias sobre España eran alarmantes y exageradas, con ese alivio que proporciona contar las desgracias ajenas. Pero hasta ahora, Severo Justo no había tomado contacto directo con la minuciosa erosión que el recuerdo de la crisis ha causado en un país que hace un manojo de años se creía el más europeo de Europa.

Entra en un bar cercano al ministerio, que recuerda de otros tiempos.

, se dice, aunque la pantalla de la televisión, enorme y plana, es la única novedad en el decorado.

El café tampoco sabe igual.

, algo falta en las conversaciones del bar, y solo lo descubre promediada la segunda taza. La gente habla de fútbol, de personajes que intuye efímeros famosos de la tele o Internet, del tiempo.

Pero se habla poco de política. Muy poco en una ciudad en la que los bares siempre fueron hervideros de disputas verbales sobre gobiernos y oposiciones, sin faltar los folclóricos rancios y geriátricos en sus dos variantes: el veterano nostálgico de derechas que afirmaba que «esto con Franco no pasaba» y su par de izquierdas proclamando que «contra Franco vivíamos mejor».

Ahora, si mencionan al líder de algún partido, lo hacen con la misma pereza con la que nombras a un familiar del que no reniegas, pero tampoco esperas nada bueno. Es como si tantas elecciones seguidas, tantas decepciones, hubieran saciado el tan español apetito por la polémica de otro tiempo.

Dan la espalda a la tele, salvo cuando las noticias muestran un accidente de tráfico o un incendio, un asesinato de una mujer a manos de su marido que la mató porque era suya, o una tragedia al otro lado del planeta.

La presentadora hace alusión a un grave caso de corrupción de un alto cargo, y los clientes del bar se encojen de hombros. Ese ha sido el pan de cada día, como las porras o el carajillo para desayunar.

La muerte del banquero Rogelio Calzado sigue ocupando un espacio de privilegio en las noticias y Justo comprueba que no se han revelado los detalles del crimen: nada sobre la cara envuelta en de cocina hasta borrar los rasgos del financiero, ni de la tarjeta con la temible frase:

Me llamo Nadie.

Se sorprende al ver en la pantalla una foto suya, de hace años, mientras la voz en afirma que al frente de la investigación estará uno de los mayores expertos mundiales, el varias veces condecorado Severo Justo, comisario general de la Escala Ejecutiva de la Policía Nacional.

Detallan su currículum. Enumeran sus medallas.

El resto de la información sobre el caso es pueril, nada que no hubiera visto ya en los periódicos. Sin embargo, los encargados de la investigación olvidaron un detalle. En realidad, lo agregaron en la nota de prensa sin percatarse de que desataría las especulaciones periodísticas.

—Llama la atención —dice la presentadora del telediario— el hecho de que, pese a la abundancia de objetos de valor en la mansión del banquero, según las primeras pericias policiales, no faltara nada. Lo que descarta, en principio, la hipótesis de un robo fallido como móvil del crimen

—Eso es uno al que le habrá cagado la vida y se desquitó —comenta a voces un hombre de grueso bigote.

—Fijo —responde otro desde el extremo de la barra—. ¿A cuánta gente dejó en la calle ese hijoputa con lo de las «hijoputecas»? Y luego el asunto de los fondos de inversión, no recuerdo bien. Pero cambiaron la ley y se libró de todo.

—Estos peces gordos se creen intocables porque para ellos la Justicia no cuenta —sentencia el veterano camarero—. Intocables, hasta que les toca.

—Si pillan al que lo mató, en lugar de mandarlo al talego habría que darle una medalla —grita un taxista.

Se desata una encendida discusión que demuestra el error de la apreciación de Justo.

.

.

La conversación coral sigue y surgen nombres de otros que se han librado de la cárcel y merecerían morir, «si alguien con huevos se pusiera a ello».

Severo Justo paga y se marcha.

Debería sentirse reconfortado porque, después de todo, la ciudad que hace años fue suya no ha cambiado tanto.

Pero acaba de sentir miedo. Un miedo irracional y explicable.

Él, que esconde en un cajón más medallas al valor de las que han mencionado en la tele, que nunca tembló cuando en el pasado tuvo que enfrentarse con peligrosos delincuentes armados, ahora tiembla.

—¿Miedo, de quién? —murmura.

Y conoce la respuesta.

De Nadie.

También en el ministerio percibe ese aire de decadencia disimulada a duras penas. Los amplios pasillos, los tapices y alfombras siguen en su sitio, pero un poco más raídos, como algunos funcionarios que conoce de vista, de los tiempos en que Justo era un policía respetado pero incómodo.

Hasta el ministro parece más pequeño que la última vez que coincidieron en un acto protocolario en Bruselas, hace unos meses. Ha compensado la pérdida de la mañana de golf con una sesión de rayos UVA, por lo que el tono de su piel sigue teniendo el color de una naranja. Pero es una naranja mustia.

—¡Severo Justo! Gracias por venir con tanta celeridad. Tome asiento, por favor. ¿Qué tal por Bruselas?

—Bien.

—Aburrido, me imagino. Pero sin los jaleos que hay aquí.

Justo se pregunta por qué no va al grano y se reprende por hacerlo. Su añejo respeto por el reglamento y los superiores. Aunque sean tan inferiores como el ministro de color naranja, que ahora le alcanza una gruesa carpeta.

—Es la información que ya le mandamos, pero actualizada. Hay que tomar medidas y rápido. La pérdida de Calzado ha supuesto un duro golpe para nuestra imagen internacional, precisamente ahora, que, con las sabias medidas del Gobierno, estamos saliendo de la crisis...

—¿Puedo hacer una pregunta, señor ministro?

—Las que quiera, Justo.

—¿Por qué yo? Llevo años inactivo, y no gozo de simpatías en el cuerpo.

El ministro duda entre decir la verdad o dejarse llevar por la costumbre de mentir. Se deja llevar. Siempre se dejará llevar.

—No sé por qué dice eso, Justo. Usted es uno de nuestros activos más valiosos y está al tanto de las últimas técnicas en investigación, además de tener importantes contactos con organizaciones policiales de toda Europa...

Justo lo mira.

Solo eso.

El ministro naranja se pone morado.

—Coño, Justo, no me mire así —balbucea—. Para ser sinceros, teníamos que demostrar que no escatimamos esfuerzos y que hemos puesto al frente de la investigación a un policía de experiencia internacional.

Severo comprende que, sin darse cuenta, ha adoptado su célebre mirada implacable, la que hacía temblar a todos los que trataban con él.

A casi todos. A Dalia Fierro, no.

Pero el ministro está lanzado y lo deja seguir.

—Calzado, además de evadir capitales, se había enriquecido especulando con la crisis. Era un cabronazo, pero como dicen los yanquis, era nuestro cabronazo. Y el banquero más importante de España. Todos los mercados nos miran y tenemos que actuar.

—¿Como policías o como actores? —piensa Justo en voz alta, y se dice que la inactividad ha reblandecido su respeto por el escalafón.

La naranja se arruga.

—Como ambos. ¡Además, tenemos dos sospechosos! Activistas de los movimientos antisistema que tuvieron un enfrentamiento público con Calzado. No los hemos detenido, porque ordené esperar a su llegada.

—¿Y contra los otros? ¿Qué tenían contra los otros, ministro? Los informes hablan de tres asesinatos anteriores, con el mismo ritual.

La naranja cae.

—Yo tampoco creo que esos desgraciados hayan sido los responsables… Y antes de que siga mirándome así, le diré que si mantuvimos el secreto fue para no desatar el pánico. ¿Imagina lo que puede pasar si se sabe que hay en España un asesino en serie que mata a gente que se lo merece?

—Nadie puede decidir quién merecer morir, señor ministro.

—Precisamente: ¡Nadie! Ese cabrón quiere notoriedad, y como pudimos ocultar el carácter serial de los asesinatos anteriores, ha ido por alguien relevante. Es vital mantener el secreto, Justo.

—Me temo que no será fácil.

Y le cuenta lo que acaba de ver en el telediario.

La naranja enrojece.

—¿Ve por qué necesito a...



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