E-Book, Spanisch, Band 125, 390 Seiten
Reihe: Narrativa
Salem Madrid nos mata
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18584-34-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 125, 390 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-18584-34-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Carlos Salem nació en Argentina y lleva en España 'algo más de media vida'. Es novelista, poeta y periodista. En narrativa, la novela negra es su campo de acción habitual, aunque como define Fernando Marías: 'Salem es un género en sí mismo'. Desde que debutó en 2007, sus obras han sido publicadas en Italia, Alemania y especialmente en Francia, donde goza de gran prestigio. Ha ganado los premios Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, Novelpol, París Noir, Mandarache, Internacional Seseña de Novela, Valencia Negra y Violeta Negra, además de ser finalista en varias ocasiones del Dashiell Hammett, o de los Prix 813 y SCNF en Francia. Entre sus títulos destacados: Camino de ida, Matar y guardar la ropa, Pero sigo siendo el rey, Cracovia sin ti, Un jamón calibre 45, En el cielo no hay cerveza, Muerto el perro, Un violín con las venas cortadas o El último caso de Johnny Bourbon. Tras publica tras Los que merecen morir en 2021 cuando presentó a Dalia Fierro, Severo Justo y la Brigada de los Apóstoles, publica Madrid nos mata, otra aventura de estos personajes.
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1
Seis viejas muertas
El carnicero sonríe triunfal y dedica al joven aprendiz un gesto con el pulgar alzado. La mano enfundada en el guante profesional de malla metálica le da al mismo tiempo un aire de emperador que perdona y gladiador victorioso. El chico sonríe, articula con los labios un cariñoso y mudo «cabrón» y se despide de los diez euros de la apuesta.
El local es pequeño y está lleno de productos de carnicería y charcutería de primera calidad reluciendo tras las vitrinas. Todo tiene un aire moderno y tradicional al mismo tiempo. Como el rótulo, que en la marquesina anuncia que estamos en el número 3 de la calle del Mesón de Paredes y el apellido del remoto fundador, trazado con la caligrafía original de tiempos de vacas más flacas y jamones pocos. La marquesina es de acrílico, pero conserva la apariencia de las de madera, que ya escasean en Lavapiés.
La cola abarca unos metros fuera del local y la gente espera sin impaciencia su turno para asomarse a uno de los tres mostradores y volver a casa con buen género. La clientela se ha modificado con los años y se alternan señoras que acumulan décadas y anécdotas, con clientas y clientes jóvenes y relativamente nuevos en el barrio, porque pese a las apariencias de hegemonía vegana, Lavapiés sigue siendo un barrio carnívoro.
El carnicero le hace un gesto al joven y marcha a la parte trasera con la excusa de buscar algo. Cuando el chico lo alcanza, lanza el desafío:
—¿Triple o nada? Si ganas, te quedas con veinte pavos…
—¿Cómo sabías que Amparito le dejaría su lugar en la cola a la francesita? Es la tercera o cuarta vez que coinciden y no había ocurrido…
—Son años, chaval. Y la nueva apuesta es que va a esperar a que termine de comprar y se irá con ella. Llevo toda la vida viendo a Amparito desde este lado del mostrador y sé cuándo viene con ganas de palique. Aunque puedo equivocarme, pero si te quieres rajar…
—De eso nada. Treinta pavos a que se van cada una por su lado, aunque salgan juntas de aquí. La francesita vive aquí cerca y la vieja al otro lado del barrio.
—Hecho.
Vuelven al local y siguen despachando, sin perder de vista a las dos mujeres. Amparito es una de esas ancianas que podrías imaginar que nació así, más cerca de los noventa que de los ochenta, aunque su carácter vivaz se empeñe en negarlo. La francesita tiene unos treinta y es dulce, y se llama Claire, como la ha llamado Amparito hace un momento, y no, no es artista; sonríe cuando la anciana le dice que en el barrio ahora son todos artistas y que cerca de su casa hay un salón donde un grupo de chicos y chicas «pintan unos cuadro raros, pero son muy majos».
—Usted cualquier día se nos hace , Amparito —bromea el carnicero mientras le alcanza su paquete y recoge el dinero.
—Ojalá, hijo. Ojalá. Además, igual con un porro de esos se me quitaba el dolor de espalda. Por nacer pronto me he perdido todo lo bueno.
Le festejan la frase y se marcha conversando con Claire. El carnicero sonríe y el joven, con una excusa, sale a la acera. Amparito y la francesita bajan por Mesón de Paredes y la chica lleva las bolsas de la vieja.
El aprendiz sacude la cabeza y, cuando mira hacia dentro, el guante plateado del carnicero muestra tres dedos extendidos delante de una sonrisa.
—¿A que estaba bueno el vermú, Claire? Mejor que los que salen en la tele. Seguro que me deja ciega antes de tiempo, pero para lo que hay que ver…
Se alejan del bar tras casi una hora de charla. Claire siente la levedad del tercer vermú, la anciana está como siempre; vivaz y deslenguada.
—No tenías que desviarte por mí, maja. Que luego, remontar la cuesta es un calvario, como el nombre de tu calle.
Claire dice que le queda de paso, porque bajará hasta el Carrefour de la plaza, y la vieja le recrimina con suavidad y le dice que ella compra siempre en las tiendas del barrio, porque si no van a desaparecer.
—Aunque, la verdad, estos tiempos son mejores que los míos, Claire. Cuando yo tenía tus años, el barrio era un muermo, puro manoletismo y misa, aunque por las noches se hacía lo mismo que ahora, pero disimulando… Vosotros, en Francia, siempre habéis sido más abiertos para esas cosas. Cuando era joven, conocí a uno de tu tierra que… ¡Uf, qué hombre! Me acuerdo y se me ponen los vellos de punta…
Claire ríe con ganas y va asimilando las anécdotas pícaras de la vieja.
—… y mi padre, tan severo y religioso, no me dejaba salir a la calle en verano por las noches. A la hora de la siesta, sí. Y como no había nadie en la calle por el calor… Ya te imaginas: los zaguanes ardían. Pero mientras los vecinos no se dieran cuenta, todo estaba bien. Hipocresía, hija. Hipocresía.
—Eras una chica muy audaz, Amparo.
—Más tendría que haberlo sido, hija. Mucho más.
—¿Y no te da miedo vivir sola…, con lo que está ocurriendo?
La vieja se endereza y los ojos le brillan, feroces.
—Si lo dices por el cabrón que está degollando viejas, no me asusta. Además, en la tele exageran todo y están empeñados en culpar a los pobres moritos, como los culpan de todo.
—Puede ser… Pero ya son cinco…
—… viejas muertas. Dilo claro. En un mes. Y son seis. Ayer encontraron a otra, cerca de casa. Eso será algún loco fugado, al que no sé cómo no han pillado ya, si ahora en el barrio hay más policía que personas.
Claire tarda en entender el doble sentido de la frase y luego sonríe.
—Eres muy graciosa, Amparo. Y piensas de un modo diferente a otras mujeres mayores con las que he hablado desde que llegué.
—¿Y para qué pierdes el tiempo hablando con viejas, muchacha?
—Es para mi doctorado. Estoy investigando sobre la vida de las mujeres durante el franquismo y si ya existían formas de prefeminismo…
—Prefeminismo, no sé. Pero de la vida en el barrio, te puedo contar lo que quieras. ¿Sabes que dicen que mi calle se llama Amparo porque en ella vivo yo? Es coña, claro. Pero cuando quieras, quedamos y te cuento.
Han llegado al portal y se ofrece a subirle la compra.
—Quita, que bastante tiempo te he robado ya. Apunta mi teléfono para quedar a comer en algún restaurante hindú, que yo cocino de pena, niña.
—Pero… ¿No es mejor que te acompañe?
—No te preocupes tanto, no creo que el loco ataque a mediodía. Además, mi nieto vive en el apartamento encima del mío y estará al llegar.
Se despiden y en cuanto Amparito cierra el portal, Claire remonta la calle con vocación de riachuelo. Se acuerda del Carrefour, pero también de la reivindicación de Amparo y sigue andando. Busca la calle del Calvario, mientras piensa en la costumbre española de poner nombres católicos (y truculentos) a las calles de un barrio en el que conviven tantas confesiones diferentes. Se deja sorprender por los colores de Lavapiés, que están más en la gente que en los muros, aunque últimamente predomina el azul policía y el gris del miedo en los pocos vecinos que se dejan ver.
Se dice que Amparito ha sido un hallazgo y vuelve a sentirse culpable por no haberla acompañado hasta su piso, pero la vieja tiene razón. A mediodía, y con este sol vertical, hasta las sombras se esconden.
Llega a su portal. Si se apresura le dará tiempo a cocinar, comer y conectar con la profesora Le Ferrand. Eso la devuelve a Toulouse y Toulouse a Roland, pero no quiere pensar en Roland, no quiere llamar a Roland, aunque ahora que la lengua prestada la ha vuelto niña, descubre que Roland rima con felicidad, , se convence a medias y sacude la cabeza recuperando su sonrisa nueva. La escalera de madera, con los peldaños gastados de tantos pasos y tantos años, parece más empinada que de costumbre y Claire se dice que si sube y baja los cinco pisos tres o cuatro veces por día, podrá ahorrarse la cuota del gimnasio.
Amparito llega hasta su puerta con la energía justa para abrirla.
, se dice.
Mientras coloca la compra en la nevera, refunfuña por tener que cocinar para su nieto, .
Una corriente de aire le eriza los vellos de la nuca y se dice que tiene que pedirle a Martín que le arregle la ventana del salón, que cierra fatal, .
Claire abre la puerta casi sin aire, la cierra y pasa los dos cerrojos. El piso es poco más que un estudio dividido apenas por la estantería que oculta el dormitorio. El anuncio de la inmobiliaria prometía un ático, pero en realidad es una buhardilla con vistas al mar de tejados irregulares que conforman un paisaje rojizo desteñido que, según el día, le provoca nostalgia o ternura.
Lleva solo un par de meses en Madrid y ya se siente parte de la ciudad, aunque sospecha que nunca acabará de entenderla, y se dice, en ese empeño por pensar en español para hablarlo mejor, que . Y la palabra «querer», pensada en otra lengua que no es la suya, se le vuelve y recuerda a Roland y le vuelve la tristeza.
Amparito, con la economía de movimientos de quien no puede desperdiciarlos, coloca la compra. Todo, salvo la carne, que brilla roja sobre la tabla. Prefiere cortar ella misma los filetes,




