Salem | Tango del torturador arrepentido | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 168, 300 Seiten

Reihe: Narrativa

Salem Tango del torturador arrepentido


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19615-67-1
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 168, 300 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-67-1
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Buenos Aires, 1978. A dos años del golpe de Estado, miles de personas son recluidas en centros clandestinos de detención. La mayoría no saldrá con vida. Julio, joven hijo de un poderoso industrial, es uno de ellos, un «desaparecido» más. Salvará su vida el mayor Morales, a cargo del cuartel, porque le recuerda a su hijo fallecido en un accidente. Tres meses más tarde, Julio es «liberado», pero ya no será el mismo. Ha tomado una decisión. Madrid, 2000. Julio se llama ahora Jorge Luis. Lleva una vida acomodada y solitaria. Durante una salida fortuita, se encuentra con Morales y despierta en él la voz de Julio, que exige venganza. Se introduce en la vida del exmilitar para destruirlo, y desarrolla hacia el hombre que debe matar un afecto que no tuvo por su propio padre.  Pero la historia de ambos es una canción triste, un tango fatal del que ya suenan los compases finales.

Carlos Salem nació en Argentina y lleva en España «algo más de media vida». Es novelista, poeta y periodista. En narrativa, la novela negra es su campo de acción habitual, aunque como lo definía Fernando Marías: «Salem es un género en sí mismo». Desde que debutó en 2007, sus obras han sido publicadas en España, México, Argentina, Italia, Alemania y especialmente en Francia, donde goza de gran prestigio. Ha ganado los premios Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, Novelpol, Paris Noir, Mandarache, Internacional Seseña de Novela, Valencia Negra y Violeta Negra, además de ser finalista en varias ocasiones del Dashiell Hammett, o de los Prix 813 y SCNF en Francia. Entre sus títulos destacados: Camino de ida; Matar y guardar la ropa; Pero sigo siendo el rey; Cracovia sin ti; Un jamón calibre 45; En el cielo no hay cerveza, y Muerto el perro. Es también autor de la serie de la Brigada de los Apóstoles encabezada por Dalia Fierro y Severo Justo, que se inició en 2021 con Los que merecen morir y se consolidó con Madrid nos mata en 2022 y Los dioses también mueren en 2023. Tango del torturador arrepentido es su libro número 50. FB: Carlos SalemDos / IG: @carlos.salem
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7


Julio despierta y no. Se siente en un sueño de muñeca rusa, hecho por sueños sucesivos y cada vez más chicos, o más grandes, según de qué lado se mire, pero vacíos de todo lo que no sea otro sueño.

No puede ver nada, pero ya no se asusta, hace tantos días que despierta encapuchado que a veces, cuando abre los ojos en la oscuridad del calabozo, le costaría distinguir la diferencia, si no fuera por la proximidad de su propia respiración viciada y prisionera de la tela áspera, suavizada a fuerza de suspiros, rezos y algún vómito que empuja el miedo.

Pero esta vez no.

Esta vez huele a limpio y a sucio al mismo tiempo.

No es su capucha de los últimos días, sino otra nueva, lavada seguramente por otro prisionero. Reconoce el olor contradictorio del desinfectante que usan para lavar los calabozos y a ellos mismos desde que, según sus cálculos, hace dos meses los sacan una vez por semana, los limpian con una cruel manguera a presión sin importar la temperatura y los hacen frotarse unos a otros con esponjas que raspan, impregnadas en ese mismo olor que ahora respira despacio, mientras intenta recordar la marca de ese desinfectante industrial, pero lo suyo nunca fueron las cosas prácticas, a lo mejor el olor le vuelve ; sí, ya pasaron dos meses, está casi seguro, dos meses desde que empezaron a sacarlos al patio una vez por semana,

Tres meses en los que Julio aprendió mucho.

Dos desde que Morales dejó de visitarlo y Rovira prácticamente no lo molesta más que para soplarle el humo del cigarrillo por la ventanita del calabozo o intentar alguna broma sexual referida a Marcela que el militar lanza sin ganas, como si ya no le hiciera gracia su miedo, , se miente Julio.

Una vez por semana los sacan al patio, los desnudan de los pocos harapos que les quedan y los obligan a lavarse mutuamente con ese olor que ahora respira, pero mucho más concentrado, y cuando están secos de sol, o por frotarse con toallas transparentes de tan usadas, les toca limpiar los calabozos de los otros, manguerearlos como si los lavaran de las ideas que los llevaron ahí; fue un teniente el que tuvo la jocosa iniciativa:

—Ya que son tan socialistas, van a limpiar la mierda de sus camaradas y ellos la de ustedes, seguro que Lenin dijo algo parecido.

En cada salida, Julio aprende un poco más sobre las artimañas del prisionero, y en cada resquicio de la orden de silencio impuesto captura un nuevo conocimiento.

Por ejemplo, que ese ritual de limpieza bestial suele ocurrir los miércoles, porque es el día de limpieza general de los cuarteles.

—Le dicen Orden Cerrado —le explicó el tucumano, que no parecía mucho más grande que él pero sí llevar más tiempo ahí.

Fue el único que se animó a hablarle, despacito, casi entre murmullos, y lo primero que Julio le preguntó fue por Marcela y los chicos, y el otro no sabía «porque acá casi nadie tiene nombre, o a lo mejor está en otra área del cuartel, a veces separan a los miembros de las células para poder exprimirlos mejor», le dijo, y Julio se sintió un limón o una mandarina sin nada que exprimir, de plástico, falsificado, , , aunque también le contó de los centros de detención más duros, donde la tortura es sistemática y a los que no se rompen o se mueren, los drogan, los suben a un avión y los tiran maniatados y encapuchados al mar; o fingen liberarlos de madrugada en una calle cualquiera, para aplicarles la Ley de Fuga, que de ley no tiene nada y de trampa todo, casi una diversión para ellos; todo se lo decía con frases cortas, rápidas como disparos de realidad que entre tanto horror siempre le regalaban alguna esperanza, la suficiente como para que Julio limpiara obediente los calabozos ajenos, intercambiara un par de palabras con sus compañeros y esperase con impaciencia el próximo miércoles para aprender un poco más sobre esa vida en la que no sabía cuánto tiempo tendría que seguir,

Dejó de hablar con el tucumano cuando otro detenido, que no tendría más de veinte años pero una vejez dolorosa en la mirada, le dijo en voz baja:

—Cuidado con el Tucu, yo creo que es un servicio.

Y Julio, estúpidamente, pensó en su papá cuando se refería a la mucama, a las otras chicas que trabajaban en casa o al jardinero como al «servicio», pero de inmediato le volvieron a la memoria las historias que, cuando Marcela se las contaba, parecían legendarias, sobre militares jóvenes infiltrados en las filas estudiantiles para buscar supuestos subversivos y señalar gente a la que desaparecer, una especie de servicio secreto que no lo era tanto si todo el mundo en la universidad sabía quiénes eran,

Entonces, la fugaz mirada a los ojos vencidos pero todavía jóvenes y , casi tan viejo como el otro cuando le preguntó:

—¿Y quién me asegura que el servicio no sos vos?

Y desde entonces, no hablar con ninguno, no contestar a ninguno, solo esperar el despiadado baño en el patio y la limpieza de calabozos como una ocasión sin esperanzas de cruzarse con Marcela; pero no preguntar más, harto de preguntar por ella y por los otros y no tener respuesta, desconfiar de los que quizás están corriendo su misma suerte y la contradicción de extrañar las visitas de Morales, aunque cada vez que piensa en él lo odia un poco más y vuelve a decretar su muerte, , , todo es raro y vaporoso pero no es un sueño, porque si estuviera soñando estaría Marcela, desnuda y con el pelo revuelto, como está siempre en sus sueños, o agitando el aire con ese mismo pelo en las asambleas, para despertar conciencias de compañeros tímidos, , pero Marcela no está en este sueño que no es un sueño, alimentar la sonrisa suave rezando para que no se transformara en la carcajada cortante y metálica, la lucecita dorada y demente al fondo de los ojos, y Julio solo podía llorar porque se sentía culpable de algo y no sabía de qué; , que aclaró que quizá no lo perderían todo, pero tendrían que empezar de nuevo, mudarse a una casa más chica, y mamá, extrañamente tranquila, diciéndole que juntos podían con todo que ya entonces empezó a pronunciar con una «F» mayúscula, como después hizo con la Empresa, aunque cuando Julio fue la primera vez le pareció chiquita y después creció tanto y tanto que se multiplicó por muchas, como los amigos elegantes que venían a cenar y ante los que mamá no arrugaba la nariz sino que directamente se sentía indispuesta y se iba a su dormitorio, porque de repente había tantos dormitorios que el padre dormía en uno y ella en otro, a medida que la casa se hacía más...



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