E-Book, Spanisch, 208 Seiten
Reihe: EXITO
Samsó Queraltó Cita en la cima
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9777-833-6
Verlag: Ediciones Obelisco
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 208 Seiten
Reihe: EXITO
ISBN: 978-84-9777-833-6
Verlag: Ediciones Obelisco
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Raimon Samsó es autor de reconocidos libros de desarrollo personal. Licenciado en Ciencias Económicas y Master en Edición Editorial, Raimon Samsó desarrolló su labor profesional para diversas firmas multinacionales y entidades financieras a lo largo de 15 años. En 1988 gana el Concurso de Narraciones Breves de Círculo de Lectores, con el relato Como Llamas. Ese hito representa el punto de partida de su vocación que en los años siguientes dará lugar a su renuncia profesional para hacer real su sueño: convertirse en autor. En los años 90 inicia su trayectoria en el ámbito del crecimiento personal. Escribe: Taller de Amor, Escuela de Almas (1995), Volver a la Alegría (1997) y Manual de Prosperidad (2000), publicados por la Editorial Obelisco y re-editados en sucesivas ocasiones. Su primera novela, Dos Almas Gemelas resulta finalista del primer premio de narrativa new age del país en 1988, convirtiéndose muy pronto en un best seller y libro de referencia en el género. En 2002 publica Juntos, el esperado desenlace de Dos Almas Gemelas, que tal vez constituye su novela más lograda. El Maestro de las Cometas (2003), es quizá la más sencilla, profunda y depurada de sus obras. Convertido en pocos meses en un éxito de ventas, este relato de motivación ha sabido conquistar al lector. En 2007 publica Cita en la Cima: el método de los deseos cumplidos y también Cien preguntas que cambiarán tu vida en menos de una hora. Dos libros que reflejan su experiencia como life coach, y de los que se ha lanzado también la versión digital. Con El código del dinero, publicado en 2009, ensambló sus conocimientos sobre el mundo financiero y los utilísimos consejos prácticos para sacar partido a nuestros ahorros y así estar al mando de nuestra propia libertad financiera. De esta obra se ha hecho la versión digital y la versión audiolibro. Adelanta tu jubilación proporciona a partir del libro y el DVD que incluye los principios y técnicas báscias para jubilarse jóvenes y ricos. Actualmente, prepara varios libros, al tiempo que dirige seminarios de superación, desarrollo personal, comunicación y creación literaria (on-line); y como life y ejecutive coach, inspira a las personas a conseguir lo mejor de sí mismas. A través de su organización Instituto de Expertos, y sus impactantes libros, ebooks e inspiradores seminarios conducen a las personas a la paz y al bienestar interior.
Autoren/Hrsg.
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Mi testimonio: yo lo hice real
«¿Quién es más responsable que una gaviota que encuentra
y persigue un significado, un fin más alto para la vida?»
Richard Bach en Juan Salvador Gaviota
El final de un ciclo
Una mañana los ojos se me llenaron de lágrimas.
Apenas podía seguir conduciendo de camino a mi despacho en una importante entidad financiera. Como por aquel entonces todo en mi vida era «perfecto», o así lo creía yo al menos, carecía de motivos para sentirme decaído. No le concedí importancia. Pero al día siguiente ocurrió lo mismo. Y al otro también.
Mi trabajo llenaba mi cartera a final de mes, pero día a día vaciaba mi alma. Cada semana me preguntaba cómo aguantaría cinco días más. El precio que pagaba por mantener un trabajo seguro era muy alto. Finalmente, una mañana escuché mi voz interior preguntarme: «¿Por qué vas allí una vez más?», «¿por qué te haces esto?». No sonó a reproche, todo lo contrario: amor y compasión. Por eso sé que mi alma habló.
Estas dos preguntas iban a cambiar mi vida para siempre y me conducirían a la aventura interior de encontrarme con mi destino. Pero yo aún no lo sabía. En lo más hondo de mi corazón empecé a sentir que me estaba traicionando. Desde entonces, vivía con una cierta sensación de incoherencia. Los últimos años los había vivido desde una curiosa ambivalencia: por un lado leía libros de espiritualidad; por el otro, consentía un estilo de vida superficial que no era el mío. Aquella ambigüedad dejaba mucho que desear.
Desde luego que había pensado en ello muchas veces; y otras tantas lo había desestimado: convertirme en escritor profesional a tiempo completo. Era mi sueño. Pero ahora volvía a surgir esa cuestión con más fuerza que nunca. Necesitaba tomar una decisión definitiva.
Por aquel entonces acababa de cumplir cuarenta años, y, de algún modo, me hallaba en el final de un ciclo y en el inicio de una nueva etapa en mi vida.
Todo, en apariencia, era perfecto: poseía un espacioso piso, ocupaba un excelente empleo –seguro y muy bien retribuido–, hacía un par de viajes de larga distancia al año, conducía un automóvil deportivo, frecuentaba buenos restaurantes… en fin, disfrutaba de todos los caprichos que me podía dar. Siendo sincero: una vida muy convencional. Es lo más lejos que he estado de mí mismo.
Todo era tan predecible que empecé a sentirme muy insatisfecho. Mi corazón era un palacio deshabitado, vacío y lleno de ecos.
Y la brecha no hacia más que crecer.
Aquel estilo de vida no resonaba con una vida consciente. De hecho, estaba rodeado de personas que teniéndolo todo, se sentían igualmente insatisfechas. Tantas eran que incluso creí que era lo «normal», y por tanto, lo aceptaba. Pero cada día que pasaba me entristecía viéndome renunciar a mi sueño. Cuando sabes algo, no puedes ignorarlo; y lo que yo sabía es que en algún lugar había una vida completamente distinta para mí.
Una mañana, en mi cafetería favorita, delante una humeante taza de té, me di cuenta que debía cambiar mi vida. Con esa convicción inicié un proceso que habría de llevarme a conquistar mi vida; o mejor dicho, a recuperarla. Era hora de dejar de negarme a mí mismo. Me aguardaba algo nuevo, pero lo que no sabía es que debía dejarle espacio y soltar todo lo que ya no me servía.
Haciendo números en una servilleta de papel, comprendí que vivir, en realidad, costaba mucho menos de lo que ganaba. Concluí que compensarme con «premios de consolación» por no vivir la vida que amaba, me salía carísimo.
Esto era seguro: mi alma ya no podía permitirse el precio que pagaba por un sueldo. Lo que hasta la fecha me parecía deseable ahora lo percibía como mediocre. A mi alrededor, compañeros de trabajo vivían la misma desolación interior de no poseer una vida. Unos sabiéndolo y otros ignorándolo. Me preguntaba, en realidad, ¿en qué habíamos triunfado?
Suenan todas las alarmas
Un día me encontré en el servicio médico de la empresa.
Vivir en la incoherencia drenó mi energía hasta debilitar mi ánimo. Tras reconocerme, la doctora dictaminó, sin ningún género de dudas, indicios de depresión y me propuso la baja. Casi sin mirarme, rellenó un volante mientras me informaba que aquello era algo muy frecuente en el sector financiero por la excesiva presión que soportábamos.
Mis ojos se llenaron nuevamente de lágrimas.
Estaba desolado.
No podía creer que a los cuarenta años pudiera convertirme en un juguete roto. Ni en el peor de mis planes cabía aquella posibilidad. Pensé: «No puede ser, no puede estar sucediéndome a mí». Pero sí, a mí. ¿Cómo había llegado hasta aquel punto?
Me levanté de un salto del sillón, detuve con mi mano la mano de la doctora –que seguía escribiendo– y le dije: «No se moleste, nada de eso será preciso», y me despedí ante su asombro.
La consulta estaba en la última planta del edificio; cuando llegué a la calle ya había tomado una determinación. Es fácil imaginarla: iba a pedir la baja, pero no por enfermedad, sino por rescisión voluntaria y definitiva de mi contrato laboral.
Mi dimisión.
Desde luego, tuve muy claro que no era un acto de valentía. Se trataba de puro instinto de supervivencia. Una vez le preguntaron a John F. Kennedy cómo se había convertido en un héroe de guerra: «Fue involuntario, hundieron mi barco», respondió él. Algo así me ocurrió a mí: no tenía más alternativa que saltar de un barco en llamas. Siempre he creído que dentro de todos nosotros hay un héroe aguardando su momento. Era la hora de comprobarlo.
Con todo, renunciar me costó tres intentos.
Los dos primeros fueron neutralizados por prometedoras contraofertas por parte de la entidad –a la cual siempre he agradecido su buena intención–. Como estaba sumido en un mar de dudas y lleno de temores, acepté sus propuestas por agradecimiento. «Trabajo para una gran entidad, debo estar loco si renuncio a esto», me repetía una y otra vez.
La tercera vez que entré en el despacho del jefe de personal con la misma carta de renuncia de las anteriores ocasiones, ya no intentó convencerme. Supongo que comprendió que mi renuncia era inevitable y que no valía la pena insistir en que me quedara.
En el kilómetro cero
Descarté cualquier tipo de medicación que no fuera natural. Eché mano de todos mis conocimientos. Empecé a escribir terapéuticamente a diario, inicié un plan de ejercicio físico intensivo –por la mañana y por la tarde–, fitoterapia, sesiones de meditación y visualización positiva; y sobre todo, lecturas de libros inspiradores durante horas y horas. Por las tardes era frecuente verme hacer jogging en el parque y también leer sentado bajo alguno de sus árboles.
Por aquel entonces, mi pareja –una mujer que salía de un divorcio tan reciente como inesperado– rompió conmigo, agotada por mi falta de compromiso con la relación. Y no podía reprochárselo, mi actitud distante no merecía otra cosa. Aun así, nuestra ruptura hundió mi estado de ánimo a mínimos preocupantes. Me sentí completamente devastado y en el nivel más bajo al que jamás he descendido nunca. Por un lado, había dado un gran paso al vacío sin garantías de ninguna clase; y por el otro, estaba completamente solo.
La mala noticia es que, queriéndolo o sin quererlo, había roto con todo. La buena noticia es que nada podía empeorar.
Era hora de un gran cambio.
Y en el centro de la pura nada y desde mi «kilómetro cero», empezó un proceso de alquimia espiritual que jamás habría imaginado. Todo ser humano tiene su gran crisis, su desierto. Yo estaba a punto de atravesar el mío.
Me convertí en un desconocido para algunas personas y para otras en un desafío. Pude sentir cómo a algunos colegas de profesión mi inquietud les resultaba familiar y, sin embargo, un tema tabú. Otros jamás pudieron entenderlo; para ellos, simplemente había perdido la cabeza. Me miraban con extrañeza mientras decían: «¿Sabes cuántas personas querrían trabajar para este banco y en ese cargo? ¡Debes estar loco!».
Tal vez. Pero yo había puesto el corazón en otro horizonte.
Haciendo inventario, contaba con la fe en mí mismo, mis valores, mis padres –lo más sólido y valioso de mi vida–, y por supuesto, buenas amistades. En especial, Paz Puente y Laura Conesa, dos auténticos ángeles que extendieron sus alas para recogerme cuando yo caía, a riesgo de privarse de usarlas para sí mismas. Yo volví a nacer entre sus alas.
Aquellos días, rescaté de mi biblioteca una auténtica obra maestra de la superación personal: Un Curso de milagros, editado por la Inner Peace Fundation. Eso era precisamente lo que yo necesitaba: un milagro. Y ese libro de verdades eternas me sanó. Estudié el Curso a fondo, hice los ejercicios, y con el paso de los meses sus palabras me condujeron a la paz interior. No era la primera vez que encontraba cura en los libros, aunque jamás había experimentado una sanación tan profunda.
Como dije, pasé incontables tardes leyendo sobre la hierba del parque en la urbanización donde vivía. Leer era mi mascarilla de oxígeno. Algunas noches buscaba el contacto de mis pies desnudos con la tierra y abrazar el tronco de los árboles. Y a menudo, me sentaba bajo las estrellas, en la oscuridad del parque, contemplando como,...




