Sans Siscart | Comisario de choque | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 302 Seiten

Reihe: eMilenio

Sans Siscart Comisario de choque

Crónica de una guerra que nunca imaginé
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-9743-749-3
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Crónica de una guerra que nunca imaginé

E-Book, Spanisch, 302 Seiten

Reihe: eMilenio

ISBN: 978-84-9743-749-3
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El autor narra en primera persona su experiencia como comisario político en el ejército de la República durante la guerra civil española. Es un testimonio de gran valor humano en el que el autor realiza una importante aportación histórica sobre la Columna Durruti y la Batalla del Segre.

Joan Sans Sicart (Barcelona, 1915) cursó estudios en Barcelona, Sant Feliu de Guíxols, Perpignan y Badalona. Maestro racionalista y campeón de atletismo, construyó su vida a partir de tres ideales: trabajo, estudio y deporte. El 19 de julio de 1936, con 21 años, comienza su lucha para defender los principios éticos, catalanes, republicanos e ibéricos. 'Estábamos con-vencidos de que luchábamos a favor de todas las libertades de la clase trabajadora del mundo entero. No fue así, no por culpa nuestra sino por culpa de ellos.' Con una compañera de militancia política y sindical, formó una familia, de la que nacieron un hijo y una hija, y que tuvo que enfrentarse a las incertidumbres de un largo exilio. Joan Sans reside actualmente en Francia.
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INTRODUCCIÓN

Quisiera volver otra vez a la casa de mis padres, de mi familia, y convivir con mis hermanos y mi abuelo. Quisiera volver al mundo de los 20 años, a la esperanza, a las pasiones que mantiene y vive la juventud. Vivir la creación mental de mi propio mundo e incluso sentir las zancadillas de las arbitrariedades que se acumulan en nuestro interior y nos obligan a pensar. Mirar hacia dentro y dejar correr la incertidumbre de mi futuro, huyendo de lo que fue el golpe mortal del fascismo en el año 1936. Quisiera renacer 60 años atrás y encontrarme de nuevo con los mismos compañeros y los mismos amigos que formaban un todo. Reanudar mi vida cotidiana de trabajo, estudio y deporte. En aquel tiempo no pensaba en la muerte, ni siquiera en las chicas bonitas. Mi único pensamiento era el presente y la forma en que lo iba perfilando para seguir los pasos hacia la superación. Quería afianzar gradualmente, pero de manera obstinada, el desarrollo de mi personalidad independiente en la lucha por la vida y en la aportación de uno más a la colectividad.

Sabía que era emprendedor y, por naturaleza, profundamente optimista. Todo lo que era material y afición habitual de los humanos no me satisfacía en absoluto. Sabía que amaban mi persona pero yo no correspondía. Lo consideraba prematuro y un posible freno a mis aspiraciones inmediatas, y ello me producía una cierta felicidad íntima, muy interior. Pero yo había puesto el listón muy alto y estaba dispuesto a superarlo. Sentía la necesidad y unas ansias locas de encontrarme a mí mismo, de descubrir mi entorno y poder sopesar todas las posibilidades que proporcionaban mis inquietudes.

Vivía en el seno de mi familia donde, gracias al trabajo de todos, no existía ningún tipo de problema material. La organización de mi vida era casi cronométrica. Las 24 horas del día estaban todas perfectamente distribuidas, ocupadas en primer lugar por el trabajo; después, por la preparación física y deportiva de competición (que me comportó cierta notoriedad en algún campeonato de Cataluña de atletismo en pista), y finalmente, por el estudio nocturno del bachillerato como alumno libre matriculado en el Instituto Albéniz de Badalona. En aquella época desconocía por completo qué eran bailes y cafés, y había hecho mío el principio latino de mens sana in corpore sano. Me sentía lleno de entusiasmo por dentro y el mundo me pertenecía, aunque no lo conocía en absoluto. Pero yo me encaminaba de forma imperturbable hacia su búsqueda. No lo quería para mí de manera egoísta: quería entenderlo, vivirlo, amarlo. En el fondo me dejaba llevar por mi propia mano y encontraba amistad y afecto y, en ocasiones, incluso adulación. Me gustaban las responsabilidades y no las rehuía. Mi pensamiento sobre la muerte no era filosófico aunque, interiormente, la consideraba más justa que el nacimiento.

Si regresara otra vez a mi pasado, al sistema simple que representa para cada persona la escuela de la vida, volvería a trabajar en la empresa de laminados Metalgraf Española-Gotardo de Andreis, en Badalona. Empecé a trabajar allí a los 14 años y medio, y allí permanecí durante más de cuatro años que nunca he lamentado. No rechazaría trabajar de nuevo allí porque lo que viví, lo que aprendí con el conjunto de obreros, compañeros o no, las discusiones informales que se producían y el simple hecho de llevar a casa el sueldo cada sábado, todo ello me llenaba de satisfacción.

Tampoco me resultaría penoso volver a comenzar las clases de bachillerato al finalizar la jornada laboral durante una hora con un profesor particular, el señor Miró, militante de Esquerra Republicana de Catalunya. Nos compenetrábamos muy bien, y con sus clases, y el añadido de alguna sesión suplementaria en el Ateneo Enciclopédico Popular de Barcelona, iba salvando el bachillerato a razón de dos cursos por año. El señor Miró, como hombre comprometido que era, participó activamente en la campaña para exigir la amnistía de todos los que permanecían encarcelados a raíz de los hechos del 6 de octubre de 1934, y también en la campaña electoral de los comicios del 16 de febrero de 1936. Todos los partidos de izquierda y centroizquierda se habían unido para formar el Front d’Esquerres de Catalunya e incluso la CNT, que se proclamaba apolítica, también propugnaba la necesidad de votar por la amnistía de los presos.

Cada noche, un taxi venía a buscar al señor Miró a su casa y más tarde le devolvía al mismo sitio. Un día me preguntó si quería acompañarle a un mitin y respondí afirmativamente. Entonces yo tenía 19 años y alguna cosa empezaba a bullir en mi interior. Pensé que aquello era la primera señal para saltar a la palestra y ayudar a acabar con la injusticia. Estaba decidido a luchar por la libertad y abrir las puertas de las prisiones, especialmente del penal de Santa María, donde estaba todo el Gobierno de la Generalitat.

A partir de aquella primera vez, todas las noches acompañaba al señor Miró a Barcelona. Los cines y las salas de espectáculos abrían desde las seis de la tarde —o sea, desde que la gente terminaba de trabajar— hasta las dos o las tres de la madrugada. Se ponía una mesa y una docena de sillas en el escenario de cada local, y allí mismo se hacían los mítines de forma ininterrumpida. Los oradores, mediante un servicio de taxi, realizaban una rotación por todos los locales y, a medida que iban llegando, esperaban su turno para tomar la palabra. Las salas siempre estaban llenas a rebosar, y era fácil entusiasmar al público presente, siempre dispuesto a aplaudir las diversas intervenciones. Reinaba un ambiente electrizante, fruto de la exaltación de aquellos trabajadores que querían hallar una salida a sus problemas sociales y laborales, y barrer la ignominia del poder gubernativo y de las leyes que solamente protegían a los poderosos.

Un día, el señor Miró y yo éramos los únicos que estábamos sentados en las sillas del escenario de un cine del Poble Nou, y él comenzó a hablar al público. Recuerdo que, como hacía a menudo, en un momento del discurso utilizó un latiguillo, como era conocido en el argot de los oradores; un golpe de efecto que pretendía encender al auditorio y que consistía en alzar la voz y lanzar su anatema favorito: «Lerroux nos ofreció el oro y el moro, pero a Asturias sólo mandó el moro, y el oro se lo quedó él.» Se refería a la terrible represión llevada a cabo por las tropas del general Franco en aquella región española tras la Revolución del 34. El futuro dictador había actuado bajo las órdenes del Gobierno de Lerroux, del cual formaba parte el líder de la CEDA, Gil-Robles. Ambos políticos, junto con otros aprovechados, organizaron durante el Bienio Negro el famoso estraperlo en el País Vasco y los casinos: funcionaba de manera que, en el juego de la ruleta, siempre ganaba la casa.

Mientras el señor Miró continuaba hablando, el organizador del mitin, viendo que no había ningún otro orador dado que todavía no habían llegado, se dirigió a mí con toda naturalidad y me preguntó mi nombre. En un primer momento me quedé sorprendido, pero se lo dije. Luego el hombre me preguntó a qué partido representaba. Me lo pensé un poco y respondí: «Hablaré como independiente y como ciudadano libre.» Aquello le dejó algo desconcertado, ya que entonces todo el mundo hablaba en nombre de alguna formación integrada en el Front d’Esquerres.

Cuando el señor Miró finalizó su discurso y ya se disponía a irse, se quedó muy sorprendido al ver que, en vez de seguirle, yo tomaba posesión de la tribuna de oradores. Le miré y me encogí de hombros como diciendo: «No voy, me llevan», e inicié mi primer mitin. Tengo que confesar que me gustó y no debí hacerlo mal, puesto que el público me aplaudió en diversas ocasiones y varias veces oí voces que decían: «¡Muy bien, chaval!» A partir de entonces compartí aquella tribuna cada día durante 15 minutos como un orador más, alternándome con personajes destacados de la política catalana. No negaré que todos se mostraban muy solícitos conmigo, pero siempre guardé las distancias.

Al regresar a Badalona de madrugada era obligado que los Guardias de Asalto nos parasen en plena carretera y nos hicieran bajar del taxi para registrarnos por si llevábamos armas. A las siete y media de la mañana volvía al trabajo como si no hubiera pasado nada, pero los compañeros veían mi nombre en el periódico y notaba que me miraban con respeto. Sin embargo, yo seguía comportándome con circunspección, a pesar de mis 19 años.

Esta era mi vida en el año 1936, cuando entró Franco en ella y me la destrozó. Destruyó todo lo bueno que los siglos habían acumulado sobre nuestras espaldas, sacrificó nuestra juventud, dividió a las familias, rompió las ilusiones de una generación abierta, inteligente, trabajadora y pensadora, y la colocó prematuramente frente a la muerte. Nuestra vida fue aniquilada. A mi se me desvaneció la Escuela Normal de Maestros, mi futuro deportivo quedó truncado y mis ilusiones personales, hundidas y esparcidas a los cuatro vientos. Pasábamos a no ser nada aunque podíamos haber llegado a ser mucho, pero de otra manera. Ya no nos era posible arrinconar la muerte y dejarla en su espera natural porque, por culpa de la situación que vivimos, fuimos impelidos a ella al grito salvaje de «¡Viva la muerte!» lanzado por un estúpido desecho humano. Y...



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