Sarton | Conocí un fénix | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 97, 274 Seiten

Reihe: Narrativas

Sarton Conocí un fénix

Conocí un fénix
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19168-70-2
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Conocí un fénix

E-Book, Spanisch, Band 97, 274 Seiten

Reihe: Narrativas

ISBN: 978-84-19168-70-2
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



«Imagino a mi madre corriendo arriba y abajo en aquellos dos años -¡qué rápido fue siempre su paso, incluso a los setenta!-, atravesando la luz moteada y la sombra, siempre con hojas verdes en la cabeza y rayos de sol salpicándola, sola entre los trinos de los pájaros y el río de aguas rápidas y someras.» La historia de May Sarton empieza con su infancia belga y sus padres: George Sarton, brillante historiador de la ciencia, y Mabel Elwes, artista inglesa. En estas evocadoras memorias, la autora escribe sobre su formación en la escuela Shady Hill, en Cambridge, Massachusetts; su iniciación al mundo teatral de la mano de Eva Le Gallienne en el Civic Repertory Theatre de Nueva York y sus experiencias tras formar su propia compañía, que mantuvo en pie durante tres años. También nos cuenta cómo decidió ampliar horizontes y viajar a Inglaterra, donde conoció a Virginia Woolf y a otros artistas que ejercieron una gran influencia sobre ella; así como su decisión de consagrarse a la escritura tras publicar su primer poemario a los veinticuatro años. 'Conocí un fénix' son las memorias que sentaron las bases de lo que se convertiría en una de las obras autobiográficas más queridas de la literatura moderna.

Eleanore Marie Sarton (Wondelgem, Bélgica, 1912-York, Estados Unidos, 1995). Poeta, memorialista y escritora, nació en Bélgica de padre belga-estadounidense y madre inglesa; la familia dejó Bélgica después del asesinato del archiduque Francisco Fernando. Autora muy prolífica, escribió poesía, novelas, libros infantiles y una obra de teatro, aunque su gran aportación literaria fueron sin duda sus diarios y memorias. Cosmopolita y políticamente comprometida, los temas que recorren sus obras son la amistad, las relaciones, el envejecimiento y la soledad.
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«En casa de mi padre»


«En casa de mi padre…», empezaba a contar mi padre envuelto en una enorme sonrisa. Conforme envejecía, después de que muriera mi madre, sus recuerdos de aquella casa sombría situada justo delante de la iglesia de San Miguel de Gante adquirieron una pátina muy fecunda. Cuando me sentaba frente a él cada domingo en su casa de Cambridge, Massachusetts, para nuestro ritual de la cena, saboreaba la breve pausa mientras la sombra de alguna vieja gloria iba cobrando forma en su cabeza. Podía oír el sonido de las hierbas troceándose para la sopa en la lejana cocina, puesto que en casa de mi abuelo esa era la señal más segura de que la cena estaba a punto de servirse. Podía ver la larga mesa dispuesta para doce comensales, los panecillos envueltos en turbantes de damasco en cada silla, las copas de vino alineadas junto a las flûtes para el champán del postre. (De todo ese ejército resplandeciente, solo una sobrevivió a la guerra de 1914, una de cristal verde con tallo largo.) Mi padre y yo nos servíamos otra copa de pinot americano, pero nuestros paladares ya se habían transportado muy lejos, sosegados por la radiante secuencia de chablises, borgoñas, sauternes y champanes que mi abuelo servía con su debida solemnidad, honrado sin duda por un largo y florido brindis a cargo del tío Adolphe, el miembro más literario de la familia, que enseñaba francés en un liceo de Bruselas y estaba convencido de que todo lo escrito después de Chateaubriand merecía enterrarse en el olvido. «En casa de mi padre, durante las cenas formales, se permitían dos botellas de vino a los hombres y una a las mujeres», me recordaba mi padre.

Las palabras mágicas invocaban ciertos momentos, ciertos manjares como «pastel de carne», que despertaba sin falta el fantasma de ese inefable pain de veau que perseguía a la cocinera estadounidense de mi padre igual que una antigua amante persigue a una esposa. Por mucha delicadeza que hubiera puesto en la sazón, por muy dorado y esponjoso que le quedara el pastel de carne, su aparición en la mesa siempre desencadenaba una nostálgica mención a «la casa de mi padre» y a esa pizca de salvia —¿era salvia?— que marcaba la diferencia. ¿Qué podía hacer el presente ante tan sabroso pasado?

El marco de esos recuerdos era tan burgués como el de una novela de Balzac, e incluía desde las llamadas anuales de los vinateros —alemanes que comerciaban con vino francés que el cliente compraba por barriles y embotellaba por su cuenta— y las extensas y solemnes negociaciones hasta los rollos de ropa fina almacenados en el desván y las ostentosas cenas de catorce platos que se prolongaban hasta la madrugada. Dentro de ese marco, la vida era rica y excéntrica, lo cual, quizá, se debía en parte a las circunstancias, al hecho de que los únicos habitantes de la casa eran un hombre mayor —¿alguna vez fue joven mi abuelo?— y su hijo, George Sarton. Alfred Sarton, mi abuelo, era un solterón empedernido que, durante un corto período de su vida, acabó casado por un insólito azar; así al menos lo veía yo, desde la perspectiva de esas palabras que destacaban su figura —hipersensible, sardónica, con ojos brillantes y hundidos— antes de que volviera a desaparecer en la oscuridad de la casa donde solo la mesa del comedor resplandecía bajo la luz brillante.

¿Y qué hay de la misteriosa joven que habitó brevemente en la casa y murió de una hemorragia un año después de que naciera George porque era demasiado recatada para pedir ayuda, mientras su marido, ya vestido para salir, la esperaba en vano balanceando el bastón? Aquí las palabras no ayudan a comprender. Aquí todo se sume en la sombra, salvo una amplia fotografía en un marco de óvalo dorado siempre colgada sobre la cabecera de la cama de mi padre; la fotografía de una mujer morena, desprovista de belleza pero con encanto, vestida con un elegante atuendo de amazona, un sombrero con una larga pluma de avestruz enroscada al cuello y una fusta en la mano. De ella no sabemos casi nada: que dejaba perplejo a su marido cuando compraba guantes por docenas, que le gustaban los caramelos de violeta y bebía fleur d’oranger, que tocaba a Chopin… Era inocente, extravagante y tal vez solitaria, pues la había criado su tío Hippolyte van Sieleghem, notario de Brujas, un hombre de férreos principios morales y desprovisto de sentido del humor cuya idea de la educación infantil consistía en llenar una mesa de caramelos y obligar a la niña a recogerlos sin probar ni uno solo; y luego abandonó Brujas para casarse con un hombre veinte años mayor que ella. Exhibía el temperamento intenso y musical de su familia, los Van Halmés, que entonaban una nota más alta que los sombríos Sarton. «Vive le désordre —escribió a su adorado hermano Carlos—. He desenterrado tu corbata de un rincón de la habitación.» Cuando tenía veinticuatro años y esperaba su primer hijo, Carlos fue a verla a Gante. «La cuna había llegado la noche anterior —escribió él en su diario— y me la enseñaron. No podría ser más coqueta. Me parece preciosa, de verdad. El interior está forrado de satén azul, y el borde exterior está adornado con encajes y lacitos. La madera es de nogal. Es como un cesto que descansa en dos elegantes pies, uno de los cuales se eleva hasta un metro y medio de altura y sostiene una enorme cortina de color crema forrada de seda azul. Aún no ha llegado el bebé, pero todo está planeado, incluso la manera en que lo criarán. Léonie quiere educarlo a la inglesa, ya sea niño o niña, es decir, sin mantillas ni gorritos. Desde el primer día llevará faldones.» Cuatro meses más tarde, Carlos confiesa en su diario: «Da gloria ver a Alfred y Léonie. Están tan felices con el bebé que a cualquiera le entran ganas de tener uno». Es la única nota de alegría relacionada con mi abuelo Sarton que aparece en los papeles de la familia, un año antes de que Léonie falleciera. Toda ella está envuelta en el aroma de la tristeza, en el silencio que su marido nunca rompió para contar al pequeño George cómo era esa madre joven que se desvaneció tan pronto, que enseguida se volvió más joven que su hijo. Su encanto, los rasgos de su carácter, su sonrisa, la ternura que anhelaba el niño, quedaron guardados bajo llave, como el piano, y nunca más volvieron a abrirse.

Las criadas, en cambio, se dedicaron a consentir y descuidar a George. Si estaba enfermo, se tomaban la medicina por él, sobre todo cuando sabía muy amarga; ignorantes e irresponsables, se situaron en las antípodas de la conducta imaginable en una niñera inglesa. Los recuerdos de infancia de George estaban impregnados de soledad, pero era una soledad activa e imaginativa, no sin un toque de humor flamenco. Cuando aún comía en la trona, a George le permitían estar presente en la cena, pero en cuanto balbuceaba una palabra, su padre, sin levantar la cabeza del periódico, alargaba el brazo para tocar la campanilla de latón, fijada en un soporte, que sonaba al rozar con el dedo, y cuando aparecía la criada soltaba un escueto «Enlevez-le».2 Cuando George comía solo en la trona, era servido con toda clase de formalidades en el comedor, y si algo de lo que le daban no le gustaba, repetía el señorial gesto acompañado de la señorial orden y, como un ábrete sésamo al revés, se complacía en contemplar la infeliz calabaza o lo que fuera desapareciendo de su vista.

También la escuela primaria estaba llena de oportunidades para la representación dramática. Uno de los maestros solía acudir a clase en tal estado de embriaguez que las bromas pesadas campaban a sus anchas por el aula. George enseñó a sus compañeros a desaparecer bajo los pupitres después de dar una señal, de modo que el maestro, tras vacilar un rato ante la puerta, entraba y se quedaba perplejo ante aquella clase, tan vacía y silenciosa en apariencia. Cuando apenas había asimilado tal fenómeno, la clase entera surgía de repente tras una nueva señal. ¿Fue ese el maestro que, una vez agotada su paciencia, relegó a George a la última fila solo? Y cuando el chico fingía fumar en pipa con una actitud de sublime indiferencia, gritaba de repente: «Sarton, tu pues la paresse jusqu’ici!».3 ¿Tal vez por eso mi padre, aunque fue un gran académico, siempre tuvo debilidad por el estudiante flojo, el patito feo? Seguro que se consideró uno de ellos durante años, pues siempre le compraban la ropa dos tallas más grande para que le durara más. La ropa no importaba mucho, pero, en el caso de los zapatos, el tercer año de uso era una agonía. Así, quizá su aislamiento quedaba refrendado por el abrigo demasiado largo y los zapatos demasiado justos; entonces se replegaba más y más en sí mismo, o en ese gusto por las bromas pesadas que acaso siempre fue un intento desesperado del tímido y solitario que anhela comunicarse.

Pese a todo, había compensaciones. Seguro que era una visión magnífica la de su padre vestido con el uniforme oficial de ingeniero jefe de caminos estatales, uniforme muy parecido al de los almirantes de las óperas de Gilbert y Sullivan: lleno de galones dorados y a juego con un tricornio ornado con una pluma. Recuerdo el asombro que, de niña, me produjo el hallazgo de sus condecoraciones en una caja del desván, incluida una que brillaba como el sol de un potentado persa que debió de premiar un tren majestuoso y especial. Cuando mi padre estaba interno en Chimay, una mañana se acercó a la estación para anunciar de la manera más ostentosa que estaba esperando el tren de las once procedente de...



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