Sarton | Diario a los setenta | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 88, 352 Seiten

Reihe: Narrativas

Sarton Diario a los setenta


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19168-56-6
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 88, 352 Seiten

Reihe: Narrativas

ISBN: 978-84-19168-56-6
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



«Esta mañana de mis setenta años ha amanecido en calma y sin viento: el mar es azul pálido y, aunque los campos todavía se ven de color tierra parda, por fin empiezan a asomar los primeros narcisos. El invierno se me ha hecho interminable, pero ahora las ranitas ya están en plena forma y llenan las noches de su incesante croar. También me han despertado el cardenal, que, una vez más, ha regresado con sus dos esposas, y los gritos estridentes del faisán macho. Al despertar, me quedo tendida respirando la primavera, escuchando el vago susurro de las olas, llena de agradecimiento por estar viva.» May Sarton teje con una mirada cautivadora una oda a la vejez: saborea los placeres diarios de atender el jardín, cuidar de sus perros y recibir invitados en su amada casa de Maine junto al mar. Son recuerdos crudos y nostálgicos, se impregnan de esa delicada franqueza poética que siempre la caracterizó como narradora y poeta. May Sarton ocupa un lugar muy especial en la literatura memorialística estadounidense. Este nuevo diario empieza el 3 de mayo de 1982, el día que cumple setenta años. En su casa de Maine saborea la experiencia de estar viva en ese hermoso lugar, reflejada en la naturaleza, los amigos y el trabajo. «¿Qué tiene de bueno ser mayor?», preguntan a Sarton en una de sus conferencias, a lo que ella responde: «Que soy yo más que nunca».

Eleanore Marie Sarton (Wondelgem, Bélgica, 1912-York, Estados Unidos, 1995). Poeta, memorialista y escritora, nació en Bélgica de padre belga-estadounidense y madre inglesa; la familia dejó Bélgica después del asesinato del archiduque Francisco Fernando. Autora muy prolífica, escribió poesía, novelas, libros infantiles y una obra de teatro, aunque su gran aportación literaria fueron sin duda sus diarios y memorias. Cosmopolita y políticamente comprometida, los temas que recorren sus obras son la amistad, las relaciones, el envejecimiento, la soledad y los derechos de la mujer.
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Miércoles, 16 de junio

Edythe vino a pasar la noche y le sugerí que podía ser divertido emprender el viaje a la isla de Star como si el Viking Sun fuera el Queen Elizabeth II, así que me llevó a Portsmouth y comimos juntas en una taberna frente al río mientras contemplábamos un enorme carguero llamado Bulk Queen —¡qué nombre tan horrible para un barco!—39 y los tres remolcadores del muelle, uno de los cuales se llama Bath of New York,40 Dios sabrá por qué. ¡Cómo disfrutamos de la deliciosa comida, y el pastel de chocolate como colofón, ante la presencia de los tres remolcadores! El trayecto, de una hora, fue con mar picada y mucho frío, así que se me antojó un viaje importante.

Conforme nos acercábamos, la isla parecía bastante desolada, a merced del viento helado bajo el cielo gris, pero Betty Lockwood, que lleva la librería, me saludó muy cariñosa, y Lotte, con un gorro peruano puntiagudo que le confería un aspecto de trol bondadoso, me esperaba en el porche del hotel decimonónico en el que nos alojamos. Para entonces, yo ya estaba bastante mareada, así que me alarmé un poco al enterarme de que «estaría muy bien» que leyera unos poemas a las cinco y firmara unos libros a las cinco y media, ¡la hora del jerez! Había ido hasta allí deseando olvidarme un poco de las cartas y las entrevistas, escapar durante un día entero. Pude descansar un rato en la habitación, en una de las casitas que rodean el hotel, justo enfrente de la de Lotte, pero enseguida empecé a comportarme como un animal en un lugar extraño y me puse a olfatear, helada de frío. ¡Todo era extraño y frío! Mi habitación me recordaba a las comunidades shakers:41 una celda con las paredes azul claro sin un solo cuadro, una colcha inmaculada, una palangana con un cubo debajo, un estrecho escritorio y se acabó. Bajé las persianas y le pedí una manta a Lotte, preguntándome si alguna vez en mi vida volvería a entrar en calor. Aun así, me gustó el aspecto desnudo, tranquilo e impecable que ofrecía todo y, tras leer el correo que Edythe me había recogido, por fin me dormí.

Lotte vino a despertarme a las cinco menos cuarto, y salí a trompicones, recién arrancada del sueño y aún desorientada, sin dejar de preguntarme cuál sería la magia de aquel lugar. Me quedé solo para estar con Lotte, la cual me confesó que también le afectaba mucho ese frío. Sin embargo, cuando empecé a mirar el paisaje llano, rocoso y casi sin árboles, con caminos de cabras entre las hierbas altas y húmedas, a través de las piedras y los peñascos rodeados por el océano, me acordé de Patmos. Star tiene algo de isla griega.

Entonces me arrastraron a una habitación del hotel donde estaban congregadas unas cuarenta personas. Como la tercera semana de junio es la Semana del Arte en la isla, leí poemas inspirados en la música, la pintura y la poesía. Luego anduvimos por un camino de cabras hacia la casita baja de piedra donde se celebra la hora del jerez, y me senté a una larga mesa para firmar libros.

Después de cenar en el inmenso y bullicioso comedor, algunas nos reunimos otra vez en el pequeño vestíbulo donde había tenido lugar el recital para hablar de nuestras vidas como mujeres. Solo hubo tiempo para presentarnos en círculo, pero fue una experiencia asombrosa por su variedad. La conductora del grupo, una joven que dirige una guardería en Acton, nos habló un poco de sus problemas, como la falta de recursos financieros, y luego hubo un debate sobre si es posible que las mujeres que trabajan a tiempo completo y llevan a sus hijos a la guardería puedan criarlos bien. Una de las mujeres más interesantes allí presentes contó que había padecido una enfermedad crónica y debilitante que al fin pudo curar gracias a un enfoque holístico, y ahora, ya convertida en terapeuta, se dedica a ayudar a los demás aplicando ese mismo enfoque. Me pareció que tenía una comprensión muy intuitiva de lo que necesita cada persona, y habló de varios pacientes que habían estado totalmente discapacitados y ahora llevaban una vida normal.

Después fui a acostarme, reconfortada por la manta eléctrica que Betty Lockwood, muy amable, me prestó. Solo con la manta que había en la habitación habría sido una noche fría e insomne.

Me desperté a las cinco para descubrir que una niebla densa y húmeda nos envolvía por completo. A las ocho, la hora del desayuno, ya se había disipado, y el día cálido y soleado que nos habían prometido parecía posible, al fin y al cabo. Después de un desayuno a base de zumo de tomate, tortitas y café, me senté al lado de la señora Harris, pariente de Myra Harris y Bessie Lyman, que vivían en la casa parroquial al lado de mi casa, en Nelson. Hablamos de Nelson y de los shelties, pues yo creo que la señora Harris, igual que yo, se enamoró de esa raza de perros en la granja de los French, donde compró un ejemplar llamado Duncan, primo de Tamas. Ambas irradiamos alegría al descubrir tal parentesco. La señora Harris es una mujer valiente que, tras someterse a una operación de apéndice unos pocos días antes, ahí estaba, dispuesta a no perderse la Semana del Arte por nada del mundo, tal y como lleva haciendo tantos años. La primera vez fue después de haber tenido tres hijos muy seguidos: entonces su marido, al verla tan exhausta, la envió a Star para que se recuperara durante una semana de soledad. Nos habló de lo que había significado esa primera vez para ella. Al principio, salía a pasear sola y se sentaba en una roca a empaparse del hechizo del océano y luego, poco a poco, empezó a frecuentar a los demás. Sentados frente a ella estaban un pastor y su mujer, la cual había tenido una experiencia muy parecida. Había venido por primera vez después de haber ahorrado con mucho esfuerzo y pensando que sería la única, pues repetir le parecía un lujo excesivo. Sin embargo, ahí estaba por cuarta o quinta vez, porque la experiencia se había convertido en una necesidad.

En una isla, el mundo se aleja. Es algo que solía percibir en Greenings con Anne Thorp, cuando Judy y yo pasábamos allí unos días cada verano. En Star no hablamos de la guerra en las Malvinas o en el Líbano, lo cual ya era un gran descanso por sí solo.

Después del desayuno, Lottie y yo salimos a explorar. Ya se veía el sol, y el mar, de repente, estaba azul y en calma. Parecía una isla flotante. Al pellizcar una hoja de laurel y sumergirme en su aroma acre, sentí cómo me llenaba de dicha y paz por dentro. Lotte se ha convertido en una impresionante belleza en su vejez. Se ve que disfruta mucho de sí misma y de ser el centro de una gran atención: es sabia y traviesa a la vez, pues le encanta bromear con todo el mundo. Fuimos juntas a dar un paseo por un camino de cabras, y nos detuvimos a contemplar todo el azul que nos rodeaba, a hablar junto a un bote de remos lleno de florecillas blancas y semienterrado en las altas hierbas, y llegamos a lo que debió de ser un antiguo granero, donde descubrimos a un par de monjas impartiendo una clase de dibujo. Nos quedamos un rato y Lotte hizo un esbozo usando un patrón de palabras, tal y como nos habían sugerido. Yo, por mi parte, me entusiasmé dibujando unas rocas y, cuando llevaba un par de horas en ello, supe que el próximo año tendría que volver para poder escapar de verdad, pues la magia estaba funcionando.

Sábado, 19 de junio

El sol ha salido para Elizabeth Roget, que ha venido hasta aquí, y fue maravilloso tomar el té en la terraza y contemplar el brumoso mar azul, las luces y sombras de las azaleas, que están en todo su esplendor. Esas Rothschild que planté son bellísimas: altas —ya alcanzan el metro y medio—, etéreas y dotadas de unas enormes cabezas en flor de colores albaricoque y blanco —perfumado, picante y meloso— y una encarnada que ya empieza a florecer. Las tres peonías también están en flor y presentan las más sutiles variaciones que puedan imaginarse entre el amarillo —oro oscuro con toques verdosos— y el granate. La blanca que tanto me gustaba murió este invierno.

Elizabeth es pura alegría. A sus ochenta y tres años, acaba de terminar su segunda novela. La conocí a través de Louise Bogan, y llevamos años carteándonos de un extremo a otro del continente, ya que ella vive en Bolinas, California. Fue toda una suerte que pudiéramos coincidir, y aquí está ahora, enfrascada en Momentos de vida, de Virginia Woolf,42 mientras yo trabajo.

Es un placer estar con alguien que, a los ochenta, afirma estar viviendo sus años más felices, alguien que permanece callada mientras yo ando de aquí para allá porque desea concentrarse en lo que ve. Eso me resulta maravilloso porque yo también soy así. Me gusta hacer cada cosa a su tiempo y poner toda mi atención en ello. ¡Y pensar que mucha gente aprovecha para hablar cuando está conduciendo!

Como toda buena escritora, Elizabeth es muy observadora y lo «pesca» todo, desde los acercamientos de Tamas a las azaleas hasta las flores silvestres del prado, y todo lo contempla con el mayor regocijo. Me siento muy a gusto a su lado, en parte porque nació en Suiza y sus raíces son europeas, pero también porque admiro su fortaleza, su resiliencia. Es una mujer muy realista y no le asusta la franqueza. Me encanta estar con alguien tan directa y desapegada.

No obstante, estoy empezando a sentirme como un camello en busca de un oasis. Un oasis de silencio. Me despierto por las noches hambrienta de silencio, de tiempo a solas en este lugar, pero no hay ninguna perspectiva de ello en el...



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