E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Reihe: Sofi´a
Scaraffia Feminista y cristiana
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-288-3782-8
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Reihe: Sofi´a
ISBN: 978-84-288-3782-8
Verlag: Ediciones SM España
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Lucetta Scaraffia (Turín, 1948) es una historiadora y periodista italiana. Profesora de Historia Contemporánea en la Universidad La Sapienza, de Roma, se ha ocupado especialmente de la historia de las mujeres e historia religiosa, con particular atención a la religiosidad femenina.Colabora en los diarios Il Sole 24 Ore y Il Messaggero. Es, desde 2007, miembro del Comité Nacional [italiano] de Bioética.En 2012 fundó, y desde entonces dirige, Donne Chiesa Mondo, suplemento mensual de L'Osservatore Romano (publicado en España por la revista Vida Nueva), dedicado a las mujeres de todo el mundo, particularmente a su relación con la Iglesia.
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Condiciones de una intensa subordinación
El problema de la preparación cultural de las religiosas está estrechamente vinculado al servicio doméstico y los abusos, y esta preparación siempre se piensa en un nivel inferior al que se ofrece a sacerdotes o religiosos. Hoy existen congregaciones femeninas que invierten en la preparación cultural de algunas de sus hermanas, y recientemente se ha puesto de manifiesto –gracias a una campaña de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG)– la importancia de poder contar con religiosas formadas en derecho canónico para plantar cara a los abusos y prepotencias que no faltan por parte de la jerarquía. Pero hay que recorrer aún un largo camino, porque el clero considera que las religiosas son una reserva inagotable de mujeres obedientes, dispuestas a ayudarles en todas las funciones de poca importancia o, como mucho, de mediana importancia. Da igual una que otra, basta con que sean eficientes y serviciales, como sucede casi siempre. Un ejército inmenso, que sin embargo está experimentando una profunda crisis: las mujeres jóvenes ya no quieren vivir su vocación religiosa como criadas de los sacerdotes; se asiste, pues, a una brusca disminución de las vocaciones, que resisten tan solo algo en los monasterios de clausura, donde las mujeres viven aisladas, sin hombres a los que obedecer. Un ejército que ha sido fundamental para el sostenimiento de la Iglesia durante estos años de crisis y de disminución de las vocaciones: las monjas dan testimonio en su vida cotidiana de una fe sencilla pero sincera, y sobre ellas recae la tarea de demostrar que se puede vivir una vida cristiana.
¿Qué ocurrirá cuando desaparezcan? No parece que el clero se preocupe mucho por ello, con lo acostumbrado que está a no verlas, a dar por descontada su presencia, considerada equivocadamente como secundaria.
Como dije antes, hay becas de estudio para religiosas del Tercer Mundo que pueden asistir en Roma a cursos de dos años en la Universidad Urbaniana y alojarse en un internado. Para los sacerdotes, los cursos que se ofertan en las becas tienen una duración de cinco años, un tiempo, por tanto, adecuado para aprender una lengua que no conocen y familiarizarse con una disciplina, la teología, que no dominan.
Pero, por el contrario, para las jóvenes esto es algo imposible de hacer en dos años, y más difícil les resulta aún escribir, en una lengua que desconocen, una tesina final en una disciplina que no han aprendido; pero regresar a su país de origen sin el codiciado diploma es para ellas algo impensable, sería una auténtica vergüenza. De modo que lo que hacen es recurrir a la ayuda de estudiantes varones de su país, ya sacerdotes, que suelen ayudarlas de buen grado a cambio de servicios sexuales. Cuando unos años más tarde surge el escándalo, el rector opta por castigar a las jóvenes: se las destierra para que vivan en un internado muy alejado de Roma, regentado por estrictas monjas polacas, que es casi como una prisión. Deben levantarse a las cinco de la mañana todos los días para coger el tren y luego un autobús para poder llegar a clase, y con frecuencia, entre el cansancio y las dificultades, se quedan dormidas durante las clases. En cambio, a los estudiantes varones les está reservado el privilegio de vivir dentro del campus, a dos minutos del aula. Una persona que conozco desde hace muchos años y que trabaja en un centro antiviolencia me dijo que precisamente de la Urbaniana llegan a pedir ayuda, aterrorizadas, jóvenes monjas africanas que se han quedado embarazadas.
Mantener a las religiosas en un estado de subordinación cultural garantiza el control del clero sobre ellas, permite que se perpetúe constitutivamente su opresión. Así, el clero puede contar con un ejército de empleadas domésticas a bajo –o, más frecuentemente, a bajísimo– coste; religiosas que no saben de horarios ni se toman vacaciones, cuyas humillaciones diarias se reafirman por el hecho de que, por lo general, no comen nunca en la misma mesa que los sacerdotes. En mi parroquia romana –donde hay cinco sacerdotes europeos y tres monjas centroamericanas–, las religiosas están relegadas a la cocina. Cuando les pregunté directamente sobre esto, me contestaron: «¡Pero en Navidad comemos todos juntos!». Como si monjas y sacerdotes no estuvieran unidos por una misma vocación religiosa, como si el cristianismo no previese el mismo camino espiritual para mujeres y hombres.
No todas las congregaciones están en disposición de mandar a algunas monjas «al servicio», pero algunas, sobre todo de institutos más vulnerables y pobres, lo hacen para adquirir así cierta protección. Existe la costumbre no oficial de que el sacerdote –mejor si se trata de un prelado, de un obispo o de un cardenal– a cuyo servicio están las hermanas se convierta en su gestor, su abogado, frente a las instituciones. Señalar como corresponsables de esto a las superioras, como a veces ha dicho el papa Francisco, es sin duda cierto, pero resulta al mismo tiempo también poco benevolente, porque no tiene en cuenta el estado complejo de subordinación en el que se encuentran las religiosas.
Es, pues, la situación general de debilidad la que está en el origen de estas condiciones serviles, así como de los abusos sexuales, y al mismo tiempo la replica, generando en muchísimas religiosas una sensación de inferioridad frente al clero. Inferioridad que se confirma por otro factor fundamental: las denuncias de abusos contra un sacerdote, un religioso, un obispo, apenas se toman en consideración. No llega nunca respuesta de las instituciones centrales competentes, ni tampoco solicitudes de aclaración, ni investigaciones: el silencio cómplice lo engulle todo. Dan testimonio de ello las hermanas que han denunciado y las pocas hermanas que, al trabajar en estos organismos, son conscientes de ello y tienen el valor de decirlo en susurros.
El tema de los abusos surgió ya en los años noventa gracias a la denuncia de dos valientes hermanas, Maura O’Donohue y Marie McDonald. Sus denuncias se hicieron públicas en un periódico católico estadounidense, el National Catholic Reporter, unos años más tarde, en el año 2001. En el texto, la hermana McDonald advirtió que, además, el problema no se limitaba solo a África. Y señalaba como causa de la violencia el estado de inferioridad en el que vivían las hermanas: «Parece que una hermana encuentra imposible oponerse a un sacerdote que le pide favores sexuales. La han educado para que se considere inferior, para ser servicial y obedecer...»7.
Aunque la denuncia de Marie McDonald informaba sobre los casos de jóvenes africanas que habían sido enviadas a estudiar a Roma y sometidas a abusos allí, el tema central de la denuncia era el sida y cómo esta epidemia había inducido a muchos clérigos a dirigirse a hermanas que consideraban no infectadas cuando el continente en cuestión era África. En cierto modo, podía interpretarse como una situación horrible pero excepcional, podía pensarse que no se trataba de un mal estructural. Una comisión instituida en la Santa Sede para esclarecer el caso terminó, de hecho, en nada, y la monja superviviente de las dos que habían presentado –por separado– la denuncia se encerró en un silencio absoluto. Pero nosotras nos dimos cuenta de que casi veinte años después de la publicación en el National Catholic Reporter surgían nuevas denuncias, y esta vez no solo en África, sino también en Asia e incluso en Europa. Se corría la voz, los periodistas se movían a la caza de testimonios e incluso una empresa de producción cinematográfica, Arté, estaba preparando un documental sobre el tema.
Nosotras ya éramos conscientes de este tema desde hacía algún tiempo gracias a numerosos testimonios directos, y saber que era inminente un escándalo mediático me proporcionó la ocasión para advertir al arzobispo Angelo Becciu, el sustituto, que era nuestro superior directo en la Secretaría de Estado. Esperaba que así la Iglesia no repitiera el error que había cometido unos años antes ante los casos de pederastia. Podría haberse creado una comisión que investigara el tema antes de que saliera a la luz, demostrando así que la institución estaba al tanto del problema y que, sobre todo, quería combatirlo. Una comisión que, además de miembros del clero, incluyese también a algunas hermanas al corriente de la situación, una presencia indispensable para la credibilidad de la investigación.
Mons. Becciu se dio enseguida cuenta del peligro. Advertido el papa, siguiendo sus indicaciones, convocó una reunión a la que fueron invitados los representantes de las congregaciones que se suponían implicadas en el problema –pero no estaba implicada la Congregación de los obispos, quienes, sin embargo, desempeñaban un papel crucial como protagonistas de los abusos y como denunciados– y a la cual yo misma fui invitada a participar junto a religiosas competentes en la materia.
A la reunión no se presentó ni uno solo de los convocados: todos contestaron que no eran conscientes del problema o, en el mejor de los casos, que ya habían resuelto hacía tiempo algunos casos de ese tipo. Del mismo tipo fue la respuesta incluso del cardenal Filoni, prefecto de Propaganda Fide y, por tanto, responsable de los vastísimos territorios del mundo donde los abusos a religiosas eran, por desgracia, pan cotidiano y donde las...




