E-Book, Spanisch, 494 Seiten
Scarrow / Andrews Piratas de Roma
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4772-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 494 Seiten
ISBN: 978-84-350-4772-2
Verlag: EDHASA
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Fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César y Sangre de Roma, entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa.
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CAPÍTULO UNO
El Pireo, a principios del 25 d. C.
Una fuerte ráfaga de viento y lluvia azotó al capitán griego mientras se tambaleaba por la calle mal iluminada. Era una noche de mal tiempo de principios de la primavera, y las calles del puerto estaban desiertas. Clemestes corría por ellas, echando de vez en cuando una mirada por encima de su hombro hacia las tres robustas figuras que lo seguían a corta distancia. El curtido capitán del barco mercante Selene acababa de regresar de un viaje muy afortunado a Salamis, donde desembarcó un cargamento de garum y pescado salado. Aunque el viaje sólo le había proporcionado pequeños beneficios, apenas lo suficiente para cubrir los gastos de tripulación y buque, había significado mejor negocio que para muchos de sus compañeros. Eran tiempos difíciles para los mercantes de El Pireo, tras dos años de malas cosechas y numerosos ataques piratas que afectaban a la disminución del comercio que pasaba por el puerto. Unos cuantos habían tenido que abandonar el negocio, y otros muchos se veían obligados a tomar prestadas sumas sustanciales de los comerciantes para poder cubrir sus pérdidas. Clemestes había decidido celebrar el raro pero afortunado viaje con unos tragos de mulsum en una de las tabernas locales y, cuando la oscuridad ya se iba instalando en el puerto y la luz se desvanecía, marchó de El Marinero Feliz para volver al calor de su pequeño camarote a bordo del barco. Poco después, se dio cuenta de que unos hombres lo seguían.
La lluvia seguía cayendo sin parar, golpeando las tejas de madera de los edificios que lo rodeaban, mientras Clemestes caminaba por las calles oscuras del distrito de los almacenes. A aquella hora tardía los almacenes normalmente estaban muy ajetreados, con equipos de estibadores que descargaban los artículos de los mercantes recién llegados, gran parte de ellos destinados a Atenas; pero en esa parte de la ciudad reinaba una quietud extraña. La amenaza de ataques por parte de bandas de piratas que capturaban a sus presas en las rutas principales de comercio había puesto nerviosos a los mercaderes locales y a los propietarios de buques, y la mayoría se mostraba reacia a arriesgarse a transportar sus bienes por todo el Imperio. Como resultado, El Pireo había sufrido muchísimo, y se hallaba sumido en un periodo de agitación económica de la cual no mostraba señales de recuperarse.
Clemestes miró por encima de su hombro de nuevo, sin dejar de avanzar en su camino. Los tres hombres mantenían el mismo paso que él, envueltos sus corpachones en túnicas de color pardo. Habían permanecido a una distancia segura detrás de él, siguiendo cada uno de sus movimientos y sin desaparecer nunca de la vista. Al principio descartó la idea de que lo siguieran precisamente a él. Pero luego vio sus caras durante unos segundos, a la luz de una puerta abierta, y los reconoció de la taberna. Habían estado sentados en una mesa con caballetes, en un rincón oscuro, bebiendo y observando con interés al resto de la clientela. Un interés exagerado, pensaba ahora Clemestes, angustiado. No tenía ninguna duda. Aquellos hombres eran asaltantes de caminos. Lo habían visto abandonar la taberna y se proponían robarle.
Tragó saliva con fuerza, miró al frente, apretándose bien el manto sobre la frente, y aceleró el paso, maldiciéndose por no haberse dado cuenta antes de que lo seguían unos atracadores. Si los hubiera visto nada más salir de la taberna, podría haber buscado refugio en cualquier otro de los abrevaderos baratos y tascuchas que medraban a lo largo del ágora principal. Por el contrario, estaba demasiado ocupado felicitándose por el éxito de su viaje y sólo percibió su sombra cuando salió de la avenida principal, al entrar en los oscuros callejones del distrito de los almacenes. Ahora no tenía dónde esconderse ni tampoco podía resguardarse y esperar a que los asaltantes abandonaran su caza. Nadie lo salvaría en cuanto iniciaran su ataque.
Se echó a temblar bajo su manto y miró tras él una vez más. Los ladrones estaban ya a unos veinte pasos; se movían con rapidez, a pesar de su enorme tamaño. Clemestes caminaba con una cojera pronunciada que lo retrasaba, resultado de una antigua herida que sufrió durante sus años como oficial de un barco. Con una sensación de temor cada vez más profunda, se dio cuenta de que sus perseguidores lo alcanzarían enseguida.
Procurando sacudirse la neblina del alcohol de la mente, decidió que lo mejor que podía hacer era introducirse en el laberinto de almacenes e intentar perder a sus perseguidores antes de volver al Selene. Se había criado en El Pireo; de joven se había dedicado a hacer recados para los jefes de los almacenes, antes de unirse a la tripulación de un pequeño barco de pesca, y conocía mejor que la mayoría las calles de aquel barrio del puerto. Mejor que los hombres que lo seguían, o al menos eso esperaba. Con un poco de suerte, podría quitárselos de encima, y luego sería libre de emprender su camino hacia la seguridad de su barco y su tripulación.
Se metió a toda prisa por una calle lateral e hizo una serie de giros rápidos, dirigiéndose hacia un gran emporio comercial situado junto al muelle. El fétido olor de los desperdicios humanos flotaba en el aire mientras corría. El corazón le latía mucho más rápido ahora, y rogó a los dioses que lo protegieran. Pasó junto a un pequeño almacén abandonado, otro recordatorio doloroso de los malos tiempos que estaba sufriendo El Pireo a causa de la depredación de los piratas. Aunque siempre habían existido unas pocas tripulaciones que causaban terror en las rutas marítimas, cargándose de vez en cuando a algunos mercaderes incautos, la situación había empeorado mucho los últimos años, ya que los piratas, envalentonados por su éxito, asaltaban cada vez más frecuentemente y más atrevidos, tanto en el Mediterráneo oriental como más allá. La situación ahora era tan mala que Clemestes ya había decidido retirarse del negocio en cuanto hubiese pagado sus deudas. En un año o dos planeaba vender el Selene y establecerse en una de las islas del Egeo. Se casaría con una chica del lugar, compraría un terreno, lo cultivaría y pasaría las noches bebiendo en alguna posada local, intercambiando historias de marinos con otros viejos lobos de mar. Si es que conseguía vivir hasta entonces.
Se le cayó el alma a los pies cuando se dio cuenta de que dos de sus perseguidores todavía iban tras él. Y se acercaban. Se volvió y siguió avanzando, pese a la cojera. En la distancia oía carcajadas, y supo que se acercaba al muelle. Una vez llegara allí, aquellos hombres se verían obligados a abandonar la persecución. Aunque el comercio de El Pireo no estaba en su mejor momento, el muelle estaría atestado; el puerto aún bullía de mercaderes, marineros y tabernas, incluso a aquella hora tan tardía. Seguramente los atracadores no se atreverían a atacarlo en una zona tan concurrida de la ciudad.
Se metió en un callejón que tenía a la derecha, un espacio estrecho situado entre dos edificios medio caídos, y por dos veces casi resbaló al intentar evitar la orina y la mierda que fluían por el pavimento de aquella parte de la ciudad. En la oscuridad sólo veía unos pasos por delante de él, y tenía que cuidar mucho dónde pisaba, abriéndose camino entre los montones de basura apestosa tirada a ambos lados del callejón. A una corta distancia por delante, una lámpara de aceite colgaba de un soporte de hierro para iluminar la entrada de uno de los almacenes adyacentes al emporio, y notó que su corazón se ensanchaba, pues casi había alcanzado su objetivo. Al siguiente paso, notó que su pie rozaba algo duro y huesudo. Trastabilló hacia delante, y sólo recuperó el equilibrio en el último instante.
–¡Eeeh!
–¡Vigila! –le susurró una voz.
Clemestes se detuvo y echó un vistazo hacia atrás. Entre las sombras sólo pudo distinguir a un joven escuálido, con una manta raída alrededor de su cuerpo flaco. Debido a la oscuridad del callejón no se había fijado en la figura del mendigo y había tropezado con sus piernas extendidas. El joven lo miró y frunció el ceño.
El sonido de unos pasos urgentes corriendo hacia él atrajo la atención del capitán, apartándola del desdichado chico, y se tambaleó de nuevo. Estaba a menos de diez pasos de la esquina, y por un instante pensó que podía escapar de sus perseguidores. Luego atisbó una sombra enorme que aparecía ante su vista, en el extremo del callejón. Avanzaba entre las sombras, y Clemestes se detuvo en seco, pues había reconocido al hombre de la cabeza afeitada y la cara llena de cicatrices. Se dio cuenta horrorizado de que era el tercer atracador. Seguramente había echado a correr por delante de sus camaradas, por una de las calles paralelas al callejón, cortando la única ruta de escape hacia el muelle, mientras los otros dos mantenían la distancia detrás de su objetivo. Clemestes se vino abajo. El plan de los ladrones había funcionado a la perfección. Estaba atrapado.
Giró sobre sí mismo, justo cuando los otros dos asaltantes aparecían en la entrada del callejón. Se movían rápidamente hacia él. Miró frenéticamente a todos lados, buscando una salida, pero no la había. Un escalofrío de terror le recorrió la columna vertebral. Los tres atracadores seguían acercándose. Abrió la boca, queriendo gritar para pedir ayuda, pero uno de ellos saltó hacia él de repente y le hundió un puño en el estómago. El capitán jadeó, intentando llenar de aire los pulmones, y se dobló en dos, agarrándose los costados. El hombre le dio una patada con la bota y lo envió estrepitosamente...




