E-Book, Spanisch, 432 Seiten
Scarrow Blackout
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4875-0
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Berlín 1939
E-Book, Spanisch, 432 Seiten
ISBN: 978-84-350-4875-0
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie Quinto Licinio Cato, protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya diecinueve entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César, Sangre de Roma y La exiliada del emperador entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa.
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Prólogo
Berlín, 19 de diciembre de 1939
No hacía mucho que había empezado la fiesta de Navidad. Serían las ocho y media de la tarde, cuando aparecieron Gerda Korzeny y su acompañante. Una gruesa capa de nieve cubría las calles, y se sacudieron las botas para desprender el hielo antes de entrar en el vestíbulo, donde una doncella les recogió los abrigos y los gorros de piel. Gerda se quitó las botas y, tras dejarlas junto a la puerta, sacó de una bolsa unos zapatos de vestir con tacón y se los puso. Se miró en el espejo colgado en la pared del vestíbulo. Se alisó el vestido de cóctel, levantó los brazos y se pasó las manos un poco por el pelo, ordenándolo y colocándolo bien con las yemas de los dedos. Vio que su compañero sonreía detrás de ella, e hizo un mohín.
–Así está mejor –dijo ella–. Ya me siento más persona.
Él le sonrió y, agarrándola por el codo, se colocó a su lado. Ofrecía una imagen inmejorable con las botas negras relucientes y el uniforme pulcramente planchado.
–Hacemos muy buena pareja –dijo ella, levantando una mano enguantada para acariciarle la mejilla–. Lástima que no estemos casados. Entre nosotros, al menos.
La sonrisa de él desapareció mientras la conducía a través del gran vestíbulo. Ya estaban allí la mitad de los invitados; más de un centenar de personas pertenecientes a la alta sociedad de la ciudad se reunían en pequeños grupos, de pie, bajo la brillante lámpara de araña que iluminaba la enorme sala. Camareros con chaquetillas blancas y camareras con delantal llevaban bandejas llenas de copas de champán de un lado a otro.
Las conversaciones y risas hacían eco en las altas paredes, mientras Gerda examinaba a la multitud en busca de caras familiares. Había personas de la industria cinematográfica a las que conocía por los años en que había sido una estrella de los estudios de la UFA. Algunos eran actores, como Emil Jannings, el hombre corpulento de frente amplia que se reía a carcajadas. También reconoció a algunos directores, así como a productores, guionistas y compositores. Desgraciadamente, muchos habían emigrado hacía mucho tiempo. La mayoría a Hollywood y algunos a otras naciones europeas, donde era menos probable que la política o la religión les supusieran problemas con las autoridades.
Además de la gente de la industria del cine, reconoció a artistas y escritores, a figuras destacadas del mundo del deporte y a los ricos alemanes que les hacían de mecenas, como el conde Harstein, en tiempos patrocinador del equipo de coches de carreras de los Silver Arrows. También había muchos invitados vestidos con el uniforme del ejército, la marina y las fuerzas aéreas, así como representantes del partido del Gobierno. Uno de estos últimos, un oficial de las SS, le devolvió la mirada con expresión fría.
–Dios mío, ese baboso de Fegelein está aquí... –murmuró Gerda, volviéndose hacia su compañero–. Por favor, procura que no se acerque a mí.
–¿Por qué?
–Porque, mi querido Oberst Karl Dorner, es un hipócrita odioso que me llamará la atención por engañar a mi marido; eso primero, y luego intentará seducirme. Preferiría no tener que aguantarlo esta noche.
–¿Y qué quieres que haga yo?
–Pues, si me molesta, lo que me gustaría es que fueras galante y le dieras un buen puñetazo.
–No estoy seguro de que sea sensato que un oficial del ejército dé un puñetazo a uno de los favoritos de Himmler.
–Entonces piensa en ello simplemente como un caballero que da una lección a un arribista sin escrúpulos.
–En otros tiempos, lo habría hecho encantado –respondió Dorner–. Pero ahora los arribistas gobiernan en Alemania, y no se sienten muy inclinados a permitir que lo olviden los que son mejores que ellos. Pero haré lo que pueda para mantenerlo ocupado.
Gerda sonrió.
–Sólo será una hora o así. Luego podemos irnos. Tengo la llave del piso de un amigo. No volverá a Berlín hasta Año Nuevo, así que el resto de la noche lo tendremos para nosotros solos.
Con una sonrisa en los labios, el oficial le cogió la mano y la besó.
–Espero ansioso ese momento. –Notó que ella temblaba con su contacto.
–¿No te gustaría estar conmigo cada noche, amor mío? –Gerda hablaba muy bajito para que sólo él pudiera oírla–. ¿No nos merecemos esa felicidad?
–Ya hemos hablado de eso –suspiró él–. Te lo he dicho, no voy a divorciarme de mi mujer hasta que pueda permitírmelo. Si tú dejas a ese imbécil con el que estás casada, no te dará ni un céntimo. ¿Y de qué viviremos entonces, eh?
Ella lo fulminó con la mirada.
–Nos tendremos el uno al otro. ¿No basta con eso para ti?
–Pues no. Y ciertamente, para ti tampoco. Con los gustos que tienes, no. ¿Por qué no dejamos que las cosas se queden como están y disfrutamos de lo que tenemos?
–Pero yo quiero algo más que pasar una tarde o una sobremesa contigo de vez en cuando. Te quiero a ti. Pero para ti yo no soy más que un buen polvo. ¿Acaso no es verdad?
Él se quedó parado, y luego sonrió fríamente.
–-Quizá ni siquiera eso..., pero al menos eres un polvo fácil.
–Cabrón. –Ella lo apartó–. ¿Crees que eres el único hombre que me quiere? Ya verás...
Iluminó su rostro con una sonrisa y se dirigió a un grupo de invitados de la industria cinematográfica, a los que empezó a saludar.
–¡Leni!
Una mujer con traje pantalón, el pelo oscuro largo hasta el hombro y rasgos varoniles, le devolvió la sonrisa y abrió los brazos para darle la bienvenida. Intercambiaron besos, y luego Gerda saludó a otros y le presentaron a los pocos a quienes no conocía.
Dorner la miró un momento desde una esquina del vestíbulo y se dirigió a dos oficiales que estaban al pie de la amplia escalera que subía hasta una galería. Uno de ellos era el ayudante con el que trabajaba en su oficina de la Abwehr, la inteligencia militar alemana. El otro, el general Von Tresckow, mostraba las insignias rojas de un oficial del Estado Mayor. Aunque aún no tenía los cuarenta, lucía unas grandes entradas en el pelo que afeaban sus rasgos, hermosos por lo demás.
–Buenas noches, señor. –Dorner inclinó la cabeza ligeramente.
–Dorner, me alegro de verlo de nuevo –replicó von Tresckow–. Dígame, reconozco la cara de esa mujer. Ésa con la que ha llegado.
–Ya me imaginaba que sería así, señor. Es una actriz. O, al menos, lo era. Gerda se retiró del cine hace algunos años.
–¡Ah! ¡Así que es esa Gerda! Pero yo pensaba que era rubia...
–Entonces lo era. Pero su color natural es castaño.
El general miró hacia el grupo. Ahora se había apretado en torno a Gerda, que empezaba a desplegar su magnético encanto.
–Rubia o morena, es una mujer muy guapa. Afortunado usted...
–Sí, soy afortunado. –Dorner levantó su copa, dio un sorbo y se colocó entre su superior y Gerda–. Bueno, general, después de Polonia, ¿qué tiene planeado el Estado Mayor para el frente occidental?
Von Tresckow se echó a reír y lo señaló con un dedo.
–No tengo libertad para dar ningún detalle, amigo mío. Pero digamos, sencillamente, que nuestros amigos franceses y británicos se van a llevar un buen susto cuando llegue el momento.
El general empezó a ensalzar la superioridad de las armas y tácticas alemanas sobre las del enemigo, pero la atención de Dorner flaqueaba; sus pensamientos volvían a Gerda. No bastaba con que ella estuviera presente para calentarle la cama cuando su lujuria exigiese satisfacción. Era un hombre celoso, y no podía tolerar la idea de compartirla con nadie más. Era cierto que ambos estaban casados, pero ella le había asegurado que ya no dormía con su marido, un abogado nazi. Por su parte, Dorner había contraído matrimonio muy joven con una chica agradable que tenía una enorme finca al pie de las montañas Harz, pero que había resultado ser bastante aburrida. Y más comparada con una antigua estrella del cine como Gerda... Y ése era el problema: que debía elegir entre la comodidad que le daba la riqueza de su esposa y la sofisticación de Gerda. Pero deseaba ambas cosas.
Más invitados iban llegando, y el salón empezó a llenarse tanto que resultaba difícil mantener una conversación en medio del escándalo. Comenzó a sonar música de gramófono en la galería, una pieza alegre de una antigua cantante de cabaré aún tolerada por el partido.
Al final se agotó la charla insustancial del general, se apagó su voz y se marchó a buscar otra bebida. El ayudante de Dorner hizo un gesto de fastidio.
–Pensaba que no callaría nunca. Ese hombre no sabe para qué sirven las reuniones sociales. ¿Quién lo ha invitado?
–Pues no tengo ni idea, Schumacher. Pero no pienso aguantar que me siga aburriendo. Si vuelve, procure mantenerlo ocupado. Tengo que hablar con otra persona.
–¿Con su amiga Gerda? En su caso, no esperaría demasiado. –Schumacher hizo una seña hacia las espaldas de su superior.
Dorner se volvió, y sus ojos rápidamente se fijaron en el extremo más alejado del salón, donde bailaban varias parejas al son de la música. Gerda estaba entre ellos, con los brazos en torno a un joven esbelto con una chaqueta de terciopelo, sus cuerpos muy juntos y...




