Scarrow | El hijo de Espartaco | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 259 Seiten

Reihe: Gladiador

Scarrow El hijo de Espartaco

Gladiador III
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-350-4717-3
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Gladiador III

E-Book, Spanisch, Band 3, 259 Seiten

Reihe: Gladiador

ISBN: 978-84-350-4717-3
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



TERCERA ENTREGA DE LA SERIE GLADIADOR. Libre al fin de la esclavitud, Marco está decidido a encontrar y salvar a su madre, que lleva ya tiempo secuestrada. Sin embargo, su amo, Julio César, pretende que lo ayude a acabar con las bandas de esclavos rebeldes, comandadas por Brixus, quien planea unir un ejército de esclavos y resucitar la causa de Espartaco. Pero Marco y Brixus son viejos aliados y comparten un secreto que puede acabar con sus vidas. Marco se debate entre su amigo y maestro. ¿Podrá convencer a Brixus de que no es el momento de una rebelión mortal? ¿Y será capaz de persuadir al César de que negocie la rendición de los esclavos antes de que haya más carnicería y derramamiento e sangre? imon Scarrow, autor best-seller con su serie de romanos sobre Macro y Cato, consigue con esta serie 'Gladiador' unas novelas de aventuras sorprendentes y divertidas con la que introducir en la Hisotria de la Roma antigua y los galdiadores a los lectores más jóvenes. Si os gustó Percy Jackson, seguro que esta serie también os gustará.

Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César y Sangre de Roma, entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas ('Sangre joven', 'Los Generales',' A fuego y espada' y 'Campos de muerte'), todas publicadas por Edhasa. En 2017, junto con Lee Francis, se ha embarcado en un nuevo proyecto: 'Jugando con la muerte', thriller protagonizado por Rose Blake, agente especial del FBI.
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Capítulo II

Un grupo dirigido por Píndaro corrió hacia las escaleras que conducían a la parte superior del muro, y fueron hacia el centinela más cercano. En el complejo, unas siluetas oscuras corrían hacia las puertas del barracón. Un salvaje rugido surgía de la garganta de cada uno de los hombres, mientras los atacantes avanzaban. Brixo hizo lo que pudo para mantener el ritmo, pero se vio entorpecido por su antigua herida y la mayoría de sus hombres lo adelantaron con rapidez. Los dos guardias desarmados que estaban de pie en la entrada se recuperaron rápidamente de su sorpresa y, tirando las jarras que llevaban, echaron a correr y volvieron dentro.

Alertado por la conmoción, el primero de los defensores ya había alcanzado las puertas del barracón, armado con una espada corta y una daga. Era un hombre que iba descalzo, muy robusto, con el pelo canoso y la cara arrugada. Por la rapidez de su reacción y la manera que tenía de plantar los pies muy firmes en el suelo, estaba claro que era un soldado muy experimentado. Contempló la oleada de hombres que se acercaban a él y gritó, por encima de su hombro:

–¡A las armas! ¡Formad detrás de mí!

Un puñado de hombres consiguió unirse a él antes de que los atacantes llegaran a ellos. El exsoldado esquivó limpiamente el arco de una porra, y dio con su espada en el costado del primer atacante, consiguiendo tirarlo al suelo. El hombre se derrumbó con un gemido, agarrándose el costado, y pisó a uno de sus camaradas, que quedó despatarrado frente al guardia y acabó eliminado con una rápida estocada entre los omoplatos.

A pesar del valor y del ejemplo del exsoldado, los guardias que estaban en el exterior de los barracones se vieron superados en número, y al cabo de unos momentos, los atacantes habían eliminado a uno de los defensores y forzado al resto a retroceder al interior. Por encima de los hombros de sus compañeros y los destellos que relumbraban en las hojas, el exsoldado vio que el resto de los guardias se habían armado para unirse a los que estaban ante la puerta abierta. Sólo un puñado de hombres a cada lado podían luchar en aquel hueco tan estrecho, y a medida que caía uno era reemplazado por otro, y ninguno de los dos bandos adelantaba.

Fuera, Brixo maldijo en voz baja. Había esperado sorprender a su enemigo con la rapidez suficiente para aparecer entre ellos y asesinar a los guardias en sus barracones antes de que pudieran armarse y formar filas. Era demasiado tarde para ello ya, y tenía que cambiar de plan antes de perder a demasiados hombres. Sus compañeros gladiadores eran los únicos hombres que conocía en los que podía confiar. El resto eran esclavos fugitivos que se habían unido a su creciente banda, ansiosos por vengarse de sus antiguos opresores, pero carentes del entrenamiento y la disciplina de los luchadores más experimentados. Si veían caer a demasiados camaradas suyos, probablemente acabaría por faltarles el valor.

Envainó su espada y pasó en torno a los hombres que se agolpaban a la entrada, y cogió el borde de la puerta.

–¡Atrás! –ordenó a los que tenía más cerca–. Tú y tú, ayudadme a cerrar esta puerta.

Con hombres a cada lado, Brixo empezó a empujar. Al principio no hubo resistencia, pero cuando los defensores vieron lo que estaba ocurriendo, el exsoldado aulló una orden:

–¡Mantened la puerta abierta!

Mientras la lucha desesperada continuaba en el estrecho hueco, los jinetes clavaban sus botas y empujaban la áspera superficie de madera con todas sus fuerzas, y los defensores se resistían por el otro lado. La puerta fue moviéndose más despacio y al final quedó inmóvil.

–¡Tauro! –gritó Brixo, con los dientes apretados–. ¡Aquí! ¡Ahora!

El gigante apartó a un lado a uno de los atacantes y arrojó todo su peso contra la puerta, junto a su líder. De inmediato la puerta empezó a moverse de nuevo a un ritmo constante, cerrándose poco a poco hasta que el hueco fue demasiado estrecho para que pasara nadie. El pálido rayo de luz que arrojaban las lámparas se fue encogiendo y al final se desvaneció cuando la puerta se encajó en su marco.

–Mantenla cerrada –ordenó Brixo, e hizo un gesto al hombre que tenía más cerca para que ayudara a Tauro, luego se retiró y miró a su alrededor en el complejo.

A poca distancia, junto a uno de los graneros, vio un carro pesado. Llamó a varios hombres y corrió atravesando el complejo, y agarró el yugo. Haciendo fuerza contra el peso muerto del vehículo, los atacantes lo llevaron al otro lado de los barracones, donde la puerta temblaba bajo el impacto de cuerpos y armas desde dentro. Maniobraron el carro junto al muro y lo pusieron a lo largo de la puerta, sujetándola. Los guardias sólo podían abrirla un poquito, dejando pasar un estrecho rayo de luz.

–¿Y ahora qué? –preguntó Tauro.

–Coge a tus hombres y ve a buscar comida seca de los establos, y amontónala en torno a los barracones. El resto, cubrid las ventanas. No dejéis ninguna abierta.

Mientras rodeaban los barracones y apilaban balas de heno contra las paredes, unos cuantos guardias adivinaron el destino que los atacantes les estaban preparando e intentaron escapar a través de las pequeñas ventanas que tenía el edificio. Viéndolos, los atacantes levantaron sus lanzas, obligando a los hombres a volver dentro. En cuanto Brixo estuvo satisfecho y los preparativos completos, ordenó que vertieran aceite por encima de los materiales combustibles, y le dijo a Píndaro que encendiera una antorcha en el brasero que había encima de la torre de entrada. Cuando Píndaro volvió, le tendió la antorcha a Brixo, que fue cojeando hasta el carro que bloqueaba la puerta.

–¡Vosotros, los que estáis dentro, escuchadme! Arrojad vuestras armas y rendíos.

Hubo una breve pausa y luego una voz respondió:

–¿Y dejar que nos sacrifiques como si fuésemos ganado? Ni hablar. Yo moriré como un hombre.

–Pues muere, si quieres –gritó Brixo. Una fría sonrisa se pintaba en sus labios–. ¡Que vuestras muertes sean como una señal para todos los romanos y esclavos! ¡Por la libertad!

Dio un paso al frente y aplicó la antorcha a la paja apilada encima del carro. La llama prendió de inmediato y se extendió por los materiales secos con un crujido leve, y luego un gruñido rugiente, cuando las llamas lo fueron acariciando y ardiendo violentamente. Se extendieron en torno al borde de los barracones y el humo se arremolinó en el aire, unas nubes de un naranja chillón, iluminadas por el fuego violento.

En el interior de los barracones se oyeron gritos y chillidos de pánico, y los hombres aparecieron ante las ventanas, pero el calor los echó atrás. Los atacantes estaban de pie en círculo ante el edificio que ardía, con las siluetas oscuras contra el resplandor brillante de las llamas, y sus largas sombras extendiéndose tras ellos en la oscuridad. Antes de que pasara mucho tiempo, las llamas habían prendido en las vigas del tejado, y parte de las tejas se hundieron hacia dentro. No hubo más voces, sólo penetrantes gritos de agonía ahogados por los ocasionales estallidos de las maderas que ardían. Los chillidos continuaron un rato, y luego sólo se oyó el rugir del fuego.

* * *

Brixo se subió al borde del pozo y examinó a la pequeña multitud que tenía ante él, con las caras iluminadas por el fuego de los barracones, que se iba extinguiendo poco a poco. A un lado estaba el administrador que dirigía la propiedad para su adinerado amo, con su mujer y dos hijos que no llegarían a los diez años. Todos tenían la mirada baja, clavada en el suelo, temiendo encontrarse con los ojos de sus captores. Brixo volvió a mirar hacia la multitud. Sus expresiones eran sobre todo temerosas, pero algunos le miraban con la esperanza en los ojos. Serían los más fáciles de reclutar para su bando, reflexionó Brixo, mientras ordenaba sus pensamientos y se preparaba para dirigirse a los esclavos, que acababan de ser liberados del largo y bajo cobertizo donde los encerraban cuando no estaban trabajando en los campos o bosques de la propiedad. Cuando retiraron la barra que cerraba las puertas y éstas se abrieron, el hedor habitual a sudor y desechos humanos salió del interior, y maldijo a los romanos por tratar a aquella gente poco mejor que si fueran animales.

Manteniendo su antorcha bien alta, Brixo entró en el edificio, intentando reprimir las náuseas, mientras los esclavos se apartaban de él, acobardados. La mayoría estaban encadenados entre sí por los tobillos, para evitar cualquier posible intento de huida, cuando estaban fuera, en los campos. Sólo un puñado (especialmante niños, mujeres y ancianos) iban sin grilletes. Llevaban apenas unos trapos como vestido, manchados y desgarrados, y su piel sucia estaba cubierta de hematomas y cicatrices por las palizas de sus capataces.

–Soy Brixo –anunció–. Lugarteniente de Espartaco. He venido a liberaros.

Se volvió a sus seguidores.

–Quitadles las cadenas y sacadles de aquí. Que sigan juntos, para poder hablar con ellos cuando estén preparados.

Ahora los esclavos estaban de pie ante él, ansiosos por saber qué sería de ellos.

Brixo respiró hondo y habló con voz fuerte, para que se le pudiera oír por encima de los chasquidos distantes de las llamas que seguían consumiendo lo que quedaba de los barracones.

–Vuestras vidas de trabajo agotador han terminado, amigos míos. Ya no habrá más látigos, ni más cadenas, ni moriréis poco a poco de hambre comiendo sólo las pobres gachas que os daban vuestros amos. ¿Veis lo bien que vivían mientras vosotros...



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