E-Book, Spanisch, 512 Seiten
Scarrow Guerrero
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-350-4927-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Carataco rebelde a Roma
E-Book, Spanisch, 512 Seiten
ISBN: 978-84-350-4927-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
SIMON SCARROW fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie Quinto Licinio Cato, protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya diecinueve entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César, Sangre de Roma y La exiliada del emperador entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas ('Sangre joven', 'Los Generales', 'A fuego y espada' y 'Campos de muerte'), todas publicadas por Edhasa. En 2018, junto con Lee Francis, se embarca en nuevos proyectos en el género del thriller: Jugando con la muerte, protagonizado por Rose Blake, agente especial del FBI y la Inteligencia artificial y en 2022 Blackout, novela situada en la Segunda Guerra Mundial. En 2023 nos devuelve a Roma con Guerrero, esta vez sobre la figura del Britano Carataco.
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CAPÍTULO UNO
Roma, 61 d. C.
Dicen que la historia la construyen los grandes hombres, y, cuando se les permite, las grandes mujeres. Como la mayoría de lo que se dice, esto es una absoluta estupidez. En realidad, la historia la crean los historiadores que viven asidos a las togas de los hombres importantes, con la esperanza de que parte de su grandeza se les acabe pegando. Y esta historia no es distinta.
Empezó una cálida tarde de verano en un banquete en el que se celebraban las noticias que acababan de llegar desde Britania. Al fin habían aplastado la rebelión de los nativos, que había conseguido destruir tres de los asentamientos más importantes de la provincia. Decenas de miles de enemigos habían sido asesinados junto con su líder, una arpía feroz con un nombre bárbaro.
Los festines en el palacio imperial nunca eran tan divertidos como cabría esperar. A menos que formases parte del círculo más íntimo de Nerón, los divanes donde se comía no resultaban cómodos para permanecer en ellos largo rato. Además, aunque los platos se servían a su debido tiempo, a ninguno de los invitados se le permitía empezar a comer antes de que lo hiciera el emperador, con lo cual los platos se quedaban fríos; las salsas, congeladas, y los apetitos, bastante apagados. Y estaba también el estrépito de cientos de voces resonando en las altas paredes de la sala. Para mantener una conversación, era necesario subir el tono de voz, cosa que obligaba también a los de alrededor a hacer lo mismo, y el volumen general iba aumentando progresivamente hasta que se tenía que aguzar mucho el oído para captar alguna de las palabras que decía la persona que se reclinaba justo enfrente, y, pese a gritar para hacerte oír, la voz, a menudo, amenazaba.
El único respiro de tamaña algarabía era cuando el mayordomo del emperador pedía silencio para anunciar la llegada del siguiente plato o del siguiente entretenimiento. Éste era un antiguo instructor de la Guardia Pretoriana y, como tal, poseía una voz fuerte y grave. El hombre sabía cómo hacerse escuchar, y por un momento pensé que estaba desaprovechado en palacio, pues debería haberse dedicado al teatro. No se podía decir lo mismo de su amo, cuya voz fina y aflautada apenas llegaba más allá de las diez primeras filas de asientos, a menos que gritase, en cuyo caso sus palabras surgían con un chillido estrepitoso que daba dentera.
Lo único menos tolerable aún que el ruido era el silencio forzado, y eso sucedía en algunas ocasiones, cuando el emperador decidía someter a sus huéspedes a una de sus recientes composiciones musicales o poéticas. A veces, optaba por lo que él consideraba comedia; en esos casos, el mayordomo, de pie detrás de su amo, señalaba al público cuándo debía reírse. Sin embargo, Nerón prefería la tragedia, y, cuando se daba a ella, que era casi siempre, las lágrimas de muchos entre el público eran genuinas, aunque no por el motivo que suponía el emperador. Se debían, sobre todo, al aburrimiento. Yo, en todo caso, no lloraba, porque no deseaba animarlo. En resumen: los banquetes del emperador debían ser considerados como lo incomible seguido por lo indigesto.
Y luego estaba la cuestión de los invitados. Nerón invitaba personalmente a unos pocos elegidos, quienes ocupaban los puestos más cercanos al marco dorado y el cojín púrpura del sofá imperial, en el estrado que había en un extremo de la sala. Siempre eran los viejos amigos de costumbre: el elegante y persuasivo Séneca, cuyos halagos ridículamente aduladores Nerón se tomaba siempre al pie de la letra, y Burrus, comandante de la Guardia Pretoriana, que carecía de la habilidad de Séneca para suavizar los tópicos, pero lo compensaba con una lealtad obstinada. Y, junto a ellos, los actores favoritos del momento del emperador, los senadores que gozaran de su favor en ese momento y un puñado de los mejores poetas, músicos e incluso unos pocos historiadores de la capital. Y era buena idea tener a unos cuantos de éstos a tu lado, si no querías que la posteridad arrastrase tu nombre por el fango.
Los demás invitados formábamos un batiburrillo variopinto. Convocados a través de invitaciones de la corte que emitían los escribas del mayordomo, nos habían considerado adecuados para rellenar la lista de invitados. Eso incluía a senadores que no formaban parte del círculo íntimo y que pasaban gran parte del banquete mirando con ojos asesinos a los que se sentaban junto al emperador; a sus mujeres, todas con aire deprimido, ya que sabían que sus matrimonios concertados habían acabado obligándolas a respaldar a un caballo perdedor, y también a diversos jóvenes aristócratas o políticos en busca de fortuna... Y luego estaban los representantes menores de los círculos artísticos e intelectuales: filósofos desdeñosos, poetas con un éxito moderado, dramaturgos aspirantes a la recompensa lucrativa del patronazgo imperial, pintores y escultores que miraban por encima del hombro la decoración de la sala de banquetes y otros más. Esta última categoría me incluía a mí.
Cayo Placonio Felícito a vuestro servicio. Historiador.
Yo estaba en aquel banquete porque recientemente había completado la última de una larga fila de historias hagiográficas de familias nobles romanas. Había sido bien recibida, en gran medida, porque el senador que me encargó la historia era lo suficientemente rico como para asegurarse de que se entregasen copias de la obra a todos y cada uno de sus pares del Senado. Como consecuencia, yo esperaba obtener unos cuantos encargos más en los meses venideros. Era un buen trabajo: se pagaba bien, y casi podía escribir semejantes historias aun estando dormido. Invariablemente empezaban con algún vínculo espurio con una figura legendaria del pasado de Roma. Si el encargo era lo bastante generoso, podía incluso descubrir un vínculo con algún personaje mitológico...: una deidad menor en el árbol familiar normalmente ponía una sonrisa en los rostros de mis clientes. A partir de ahí, era cuestión simplemente de ir buscando en los anales e insertando antepasados más o menos oscuros en los momentos clave de la historia de Roma. Os sorprendería cuántos de los antepasados de mis clientes representaron un papel vital ayudando a la enérgica defensa de Horacio en el puente Sublicio contra la horda etrusca de Lars Porsena, o dirigieron la carga para destituir a Tarquinio el Orgulloso. Pero la historia suele escribirse para aquellos que pueden permitírsela.
No diré que me encantaba ese trabajo, pero sí que me ganaba la vida cómodamente con él. Mi sueño era, algún día, escribir una historia de verdad; la historia de un héroe genuino, que no requiriese un constante embellecimiento de ficciones, grandes y pequeñas, para hacer más aceptable la historia. Naturalmente, había muy pocas figuras de las familias senatoriales de Roma dispuestas a pagar por un relato de sus vidas o las de sus antepasados con todo lo bueno y lo malo. Allí de pie, en el Senado, vestidos con sus bellas togas, hablaban de honor e integridad, aunque eran tan venales como el líder de cualquier banda callejera de Roma. No había soborno que no aceptaran para defender una causa, ni soborno que no estuvieran dispuestos a pagar para ascender políticamente ellos mismos, los miembros de su familia o sus amigos. Se habrían apuñalado entre sí alegremente para conseguir ese objetivo.
Ese día, en el banquete, al ver las caras de los aristócratas que tenía a mi alrededor, me di cuenta de lo cansado que estaba de contar sus historias.
De repente, me fijé en un recién llegado a quien escoltaban a su sitio, no lejos del mío. Era un hombre alto, fuerte, con el pelo largo y gris sujeto hacia atrás con una simple tira de cuero. Llevaba un bigote poblado cuyos extremos le colgaban a los lados de la barbilla, y tenía las mejillas adornadas con unos tatuajes medio desvaídos en forma de remolino. Se veían más tatuajes en los brazos, debajo de las mangas de una túnica sencilla que se había sujetado con un cinturón. Imposible imaginarse a un individuo que tuviera más aspecto de celta, y eso allí llamaba tanto la atención como una polla balanceándose en un festival de eunucos. Ocupó su asiento entre los senadores e invitados de menor categoría, como yo mismo, lo que significaba que disfrutaba de un cierto estatus social. Me llamó la atención porque no lo había visto antes. Sin embargo, cuando apareció, muchos intercambiaron con él un gesto o lo saludaron con una mirada despectiva. Por tanto, sí lo conocían en los círculos sociales y no era ningún gorrón que se hubiese colado y que, sin saber cómo, hubiese conseguido pasar entre los pretorianos de guardia en palacio. Pero, por lo que parecía, no era bien recibido por todos.
Me acerqué a mi vecino, un filósofo estoico menor que acababa de servirse un vaso grande de vino de Falerno y masticaba un pastelillo relleno de carne de ternera picada.
–Ese hombre... –Hice un gesto discreto hacia el recién llegado–. ¿Sabes quién es?
El estoico se volvió y asintió. Masticó rápidamente y tragó antes de hablar.
–Lo conozco. Bueno, más bien sé cosas de él. Es britano. Fue el líder de las tribus que alzaron las armas contra nuestras legiones cuando invadimos la isla, durante el reinado de Claudio. Nos dio un poco de dolor de cabeza durante casi una década, y luego lo derrotaron y lo trajeron a Roma. Se suponía que lo iban a ejecutar en el Foro, junto con su familia, pero resultó ser un orador muy elocuente, halagó al viejo Claudio... y se les perdonó. Se les dio una casa y una pensión para que pasaran sus días en el exilio. Nunca se les permitirá abandonar Roma.
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