E-Book, Spanisch, Band 13, 576 Seiten
Reihe: Saga de Quinto Licinio Cato
Scarrow Hermanos de sangre
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-350-4613-8
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 13, 576 Seiten
Reihe: Saga de Quinto Licinio Cato
ISBN: 978-84-350-4613-8
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Quinto Licinio Cato y Lucio Cornelio Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas (El águila en el Imperio, Roma Vincit!, Centurión, Hermanos de sangre, Britania, y Los días del César, entre otras).Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: La espada y la cimitarra, Sangre en la arena y Corazones de piedra. Con Sangre joven inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa. En 2017, junto con Lee Francis, se ha embarcado en un nuevo proyecto: Jugando con la muerte, thriller protagonizado por Rose Blake, agente especial del FBI.
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CAPÍTULO I
Roma, febrero de 52 d. de C.
Las calles de la capital estaban repletas de gente que disfrutaba de un calor nada habitual para la estación. Era poco después de mediodía, brillaba el sol y el cielo estaba despejado. Musa tuvo la sensación de que le estaban siguiendo antes incluso de ver a su perseguidor. Era aquel instinto lo que había llamado la atención de su amo ya desde el principio, su habilidad innata para husmear el peligro. Una cualidad valiosísima, en su negocio. Se gastó una pequeña fortuna entrenándole, desde que le recogió de las calles junto al Aventino, y ese entrenamiento había aguzado su ingenio y sus ágiles reflejos.
Era tan hábil como cualquier agente del palacio imperial. Sabía acechar a su víctima y matar en silencio. Sabía desfigurar un cadáver y deshacerse de él, de modo que hubiera poquísimas posibilidades de que cualquiera de sus víctimas fuese hallada, y mucho menos identificada. Sabía encriptar y descifrar mensajes, qué venenos actuaban con mayor efectividad y no dejaban rastros. Musa sabía seguir a un hombre en medio de una multitud y por callejones prácticamente desiertos sin revelar jamás su presencia.
También le habían enseñado a detectar cuándo le seguían a él. Un momento antes, cuando se detuvo en el puesto del panadero, saliendo del Foro, cuando no parecía a ojos de todos sino otro cliente más que se limitaba a contemplar las hileras de pequeñas hogazas y pasteles que cubrían el puesto, había visto a aquel hombre: delgado, con el pelo oscuro, con una túnica sencilla de color marrón. También él se había detenido en un pequeño puesto de fruta a unos quince pasos por detrás, cogiendo una pera con indiferencia, como para examinarla.
Musa siguió manteniéndolo a la vista, por el rabillo del ojo, fijándose en todos los detalles de su aspecto cuidadosamente anónimo. Al cabo de un rato recordó que lo había visto en la calle, saliendo de la casa a la que le había enviado su amo aquella misma mañana, para transmitir un mensaje. Uno demasiado importante para confiarlo al papel, y que había tenido que memorizar antes de salir. Su perseguidor formaba parte entonces de un grupo de hombres agachados en torno a una partida de dados, y luego se levantó, se enderezó y se fue andando despreocupadamente por la calle en la misma dirección que Musa, abriéndose paso a través de la multitud. Se había fijado en aquel detalle y en ese mismo momento lo había dejado pasar, pero ya no, porque la coincidencia le parecía excesiva.
Sonrió para sí, serio. Bueno, parecía que el juego estaba en marcha... Sabía muchos trucos para desprenderse de su seguidor. Pero si éste era bueno, se daría cuenta de la mayoría de ellos al momento. Sin embargo, Musa tenía una ventaja que le daba las de ganar en el combate de ingenios que se avecinaba: había nacido en aquellas calles, se había criado en el arroyo, y durante gran parte de su juventud fue un huérfano harapiento que vivía entre bandas callejeras. Conocía cada recoveco, cada rincón de las calles y callejones de la vasta ciudad que se extendía a través de las siete colinas y atestaba las corrientes rápidas del río Tíber.
Por los rasgos oscuros del hombre de la túnica marrón, Musa supuso que no era oriundo de la ciudad, sino que procedía de algún lugar del imperio oriental, o más allá todavía. No sería capaz de seguir a Musa a través del laberinto de apestosas y oscuras callejuelas de la Subura, el barrio bajo que se extendía más allá del Foro. Allí perdería a su perseguidor, y que los dioses ayudasen al hombre si se perdía intentando seguir a su presa. Los habitantes de la Subura eran una gente muy unida, capaces de oler a un extraño a millas de distancia, aunque sólo fuera porque no apestaba tanto como ellos. Sería presa fácil para la primera banda que decidiera caer sobre él.
Un atisbo de piedad cruzó por la mente de Musa, pero lo desterró al instante. No había lugar para los sentimientos. El amo de aquel hombre sin duda sería tan implacable como el suyo propio, y por tanto su perseguidor estaría igual de dispuesto a rebanarle la garganta a Musa simplemente porque se lo habían ordenado. La mano de Musa se deslizó hacia su cinturón y rozó con las yemas de los dedos suavemente el ligero bulto del cuchillo oculto bajo la amplia banda de cuero. Se sintió más tranquilo, dio un brusco giro apartándose del puesto del panadero y se dirigió a paso rápido hacia el arco que conducía fuera del Foro. No tuvo que echar ni un vistazo a su espalda para cerciorarse de que el hombre le seguía. Éste se volvió a mirar justo en el momento en que Musa empezó a moverse.
Mientras pasaba a través de la multitud, suscitando broncos comentarios y miradas asesinas por parte de algunos de los que rozaba al pasar, Musa notó que su corazón latía con mayor rapidez. Una extraña mezcla de emoción, temor y euforia le llenaba el estómago. Pasó bajo un arco en cuyo techo curvado resonaba el eco de las sandalias y los breves comentarios de los que caminaban por debajo con mayor claridad que el alboroto de la ciudad a ambos lados. Giró hacia la izquierda y atravesó casi al trote la parte abierta de un callejón que conducía hacia la Subura. A poca distancia por delante de él, un chico con una túnica sucia y unas sandalias muy gastadas, atadas con trapos, estaba agachado y apoyado contra una pared mugrienta, engalanada con burdos grafitos, mirando a la gente. Un ladrón, pensó Musa. Conocía bien a los de su calaña, y buscó en su bolsa una moneda de bronce.
–Chico, me viene siguiendo un hombre con una túnica marrón. Si viene por aquí, dile que me he ido por otro camino, por ese callejón de ahí. –Musa señaló hacia una empinada calleja que conducía en una dirección distinta. Lanzó la moneda al chico, que la atrapó en el aire y asintió. Entonces Musa entró en el callejón que conducía hacia la Subura. La siniestra calle era muy estrecha y con montones de basura acumulada a ambos lados. Por allí había muchísima menos gente, y echó a correr, dispuesto a poner distancia entre él y su perseguidor lo antes posible.
Con suerte le perdería en el arco. Si su oponente era bueno, sospecharía que Musa trataría de escapar de él en las serpenteantes callejuelas de la Subura e interrogaría también al chico que vigilaba a los que pasaban. Quizá creyera su mentira, pero, aunque no lo hiciera, la mera duda retrasaría su persecución lo suficiente como para que el rastro se enfriara cuando llegase al distrito del suburbio. Musa corrió varios cientos de pasos más, girando a derecha e izquierda al entrar en edificios de pisos medio derruidos muy elevados, casi decididos a aplastar la pequeña rendija de cielo que corría irregularmente por encima de las oscuras callejas. Entonces aminoró el paso y respiró profundamente, arrugando la nariz con asco ante el desagradable olor a comida podrida, excrementos, orina y sudor que un tiempo atrás le había parecido de lo más normal.
Musa se preguntaba cómo había podido soportar el hedor que le rodeaba mientras iba creciendo. Desde entonces se había acostumbrado al mundo perfumado de los ricos y poderosos, aunque él solo viviera en la periferia, trabajando en las sombras. Aun así, recordaba aquellas estrechas calles lo bastante bien para saber exactamente dónde estaba y cómo podía abrirse camino por el suburbio antes de reemprender su camino hacia la casa en la colina del Quirinal donde le esperaba su amo. Allí, en la Subura, acechaban otros peligros, y Musa avanzó con mucha cautela, vigilando a cada hombre o grupo de hombres con los que se topaba por la calle, sopesando cualquier amenaza que pudieran suponer para él. Pero aparte de algunas miradas hostiles, lo dejaron en paz, y finalmente llegó a la pequeña plaza en el corazón de la Subura donde una gran fuente suministraba agua a los habitantes por un ramal que procedía del acueducto Juliano.
Como de costumbre, la plaza estaba atestada de mujeres y niños cargados con pesadas jarras, enviados a recoger agua por sus familias. Muchos habían dejado de cotillear. Entre ellos se encontraban grupitos de jóvenes y de hombres que compartían odres de vino mientras hablaban o jugaban a los dados. Musa llevaba una túnica negra sencilla y, aparte del corte pulido de su cabello y su barba, no se diferenciaba de los demás. Notó que parte de la tensión se desprendía de su cuerpo y se acercó a la fuente. Se agachó por encima del borde de piedra y metió ambas manos huecas en el agua; bebió lo suficiente para saciar la sed que le había acuciado después de eludir a su perseguidor. Luego se echó un poco de agua en la cara, se enderezó y estiró los hombros con la sensación de satisfacción que suponía ver que sus habilidades le habían sido útiles una vez más.
Se dio la vuelta, apartándose de la fuente. Entonces se quedó helado.
El hombre de la túnica marrón estaba de pie a no más de quince metros de él, detrás de la gente que se agrupaba en torno a la fuente. Ya no intentaba pasar inadvertido, sino que miró a Musa directamente y sonrió. La expresión del rostro de aquel hombre le heló la sangre a Musa, mientras un montón de preguntas asaltaban su mente. ¿Cómo era posible? ¿Cómo le había seguido el hombre? ¿Cómo sabía dónde encontrarlo? Quizá sí fuese nativo de la ciudad, después de todo. Musa se maldijo por haber subestimado tanto a su oponente.
Una vez más deslizó la mano hacia el cinturón, buscando la tranquilidad de su arma, ahora que había algo más en juego. Ya no se trataba de escapar de aquel hombre. Ahora era muy probable que hubiese una confrontación, una perspectiva mucho más peligrosa. Musa sabía que había un...




