Scarrow | Invictus | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 15, 512 Seiten

Reihe: Saga de Quinto Licinio Cato

Scarrow Invictus


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-350-4723-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 15, 512 Seiten

Reihe: Saga de Quinto Licinio Cato

ISBN: 978-84-350-4723-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



En el año 54 a.C. el ejército romano patrulla a lo largo y ancho de un Imperio creciente, que abarca desde el Mediterráneo hasta el Mar del Norte, desde el Atlántico hasta las orillas del Nilo. Roma aplica brutalmente sus leyes y sus normas, y sus legiones son la fuerza de combate más eficiente y agresiva del mundo conocido.Tras sobrevivir a varios años de campaña en Britania, el prefecto Cato y el centurión Macro, dos veteranos de la legión romana, han vuelto a Roma. Sin embargo, su tiempo en la ciudad, peligrosa y polémica es corto, y muy pronto comenzarán un nuevo viaje con la guardia pretoriana. Su destino: Hispania, una colonia problemática en la que el enfrentamiento y la tensión con el Imperio romano se agravan por la amarga rivalidad existente entre los propios nativos. Allí, Vitellius, un veterano con vasta experiencia militar y ambición sin igual, intenta alcanzar la paz. Los desafíos a los que se enfrentan los dos amigos y sus compañeros de armas son, sin duda, diferentes a todo lo que han visto antes. Por un lado, la intriga y la traición de aquellos que buscan socavar al emperador Claudio. Por otro, Hispania se declara inconquistable... Otra nueva entrega de las emocionantes y divertidas aventuras de Quinto Licinio Cato y su fiel compañero y amigo Lucio Cornelio Macro, los milites más audaces y con peor suerte que campearon por los dominios romanos. Steven Saylor, conocido escritor de novela histórica estadounidense, ha definido la serie de Cato y Macro como 'Una serie sorprendente, apasionante, ingeniosa... se la recomiendo sin reservas.'

Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Quinto Licinio Cato y Lucio Cornelio Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas (El águila en el Imperio, Roma Vincit!, Centurión, Hermanos de sangre, Britania, y Los días del César, entre otras).Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: La espada y la cimitarra, Sangre en la arena y Corazones de piedra. Con Sangre joven inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa. En 2017, junto con Lee Francis, se ha embarcado en un nuevo proyecto: Jugando con la muerte, thriller protagonizado por Rose Blake, agente especial del FBI.
Scarrow Invictus jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


CAPÍTULO UNO

Puerto de Ostia, a un día de marcha de Roma

–¿Qué es todo este jaleo, amigo? –preguntó Macro al posadero, señalando con un gesto a la multitud ebria que se encontraba en el extremo más alejado de la taberna El botín de Neptuno. Varios hombres hablaban con un tono alterado mientras compartían una gran jarra de vino. Un par de prostitutas de la posada se habían unido al grupo y se sentaban en el regazo de los hombres, probando suerte por si caía algo de vino y, posteriormente, algo para su negocio, si ésta les sonreía.

Sin responder a la pregunta, el posadero, un individuo bastante baqueteado con un parche que le cubría un ojo, fijó su mermada mirada en su cliente y aventuró una suposición.

–Supongo que acabáis de bajar de algún barco, ¿no?

Macro asintió como respuesta a la bronca pregunta y señaló a un compañero, alto y larguirucho, que estaba usando el borde de su manto para secar la superficie de un banco que se encontraba al lado de la entrada. Tras quitar toda la porquería que pudo, Cato se sentó con una mueca rápida, con su silueta recortada ante la luz intensa que procedía del exterior. La calle estaba muy transitada y los gritos de las gaviotas que buscaban restos, dando vueltas en el cielo de un azul claro, penetraban entre la barahúnda de voces y los gritos de los vendedores callejeros. Aunque estaban sólo a media mañana, el calor ya era opresivo y la sombra de la posada proporcionaba un refugio muy agradable del sol abrasador.

–Eso es. Necesitaba beber un poco antes de coger el barco para subir por el Tíber hacia Roma.

–¿El barco? No creo que tengas esa suerte. Ya no quedará espacio en ningún barco ahora mismo. Se avecina un día de fiesta en la capital, de modo que todos los barcos estarán llenos de vino, festines y turistas. Tendrás que ir por carretera, amigo mío. ¿Irás solo?

–No. Voy con el prefecto, ése de ahí.

–¿El prefecto? –El único ojo del posadero se abrió mucho, y luego astutamente se entornó, reconsiderando a sus últimos clientes. No llevaban ningún signo externo de rango ni de riqueza. Ambos hombres iban vestidos con mantos militares y túnicas sencillas. El más bajo, el que estaba en la barra, llevaba unas recias botas de soldado, pero las de su compañero, el prefecto, eran de piel y parecían caras, teñidas de rojo. Ambos llevaban pequeños morrales colgados al hombro, y el bulto que se notaba en cada uno era indicio de una bolsa llena de monedas. El posadero esbozó una sonrisa mellada.

–Siempre es un placer servir a caballeros de calidad. De modo que él es un prefecto... ¿Y tú? ¿Tienes el mismo rango?

–Yo no –Macro le devolvió la sonrisa–. Yo trabajo para vivir –se dio unas palmaditas en el pecho–. Centurión Macro. Últimamente de la Legión Decimocuarta, sirviendo en Britania, y antes de la Segunda Augusta, la mejor legión de todo el ejército. De modo que, como he dicho, ¿qué es lo que pasa? Toda la ciudad parece estar de muy buen humor.

–¿Y por qué no, señor? Tú deberías conocer el motivo mejor que nadie, dado que vienes de Britania. Hemos acabado con ese tal rey Carataco, el único que ha conseguido tomar el pelo a nuestros generales.

Macro suspiró.

–No hace falta que me lo digas. Ese hijo de puta era tan resbaladizo como una anguila, y tan orgulloso como un león. Es bueno que finalmente lo hayamos derrotado. Pero ¿qué pasa con él? Lo último que supe de Carataco es que lo enviaban a Roma cargado de cadenas.

–Y así ha sido, señor. Él y los suyos han pasado seis meses en la prisión Mamertina mientras el emperador decidía qué hacer con ellos. Y ahora ya conocemos qué pasará. Claudio ha decidido que todos ellos desfilen por Roma y los lleven al templo de Júpiter para estrangularlos allí. Va a ser una buena celebración. Su señoría va a dar un festín a la ciudad y va a organizar cinco días de luchas de gladiadores y carreras de carros en el Circo Máximo. –El posadero hizo una pausa y se encogió de hombros–. Por supuesto, Ostia estará tranquila como una tumba cuando ocurra. Malo para el negocio. Así que tengo que vender ahora todo lo que pueda. ¿Qué tomarás, señor?

–¿Qué es lo mejor que tienes? Nos merecemos algo bueno para celebrar que volvemos a casa. Nada de esos meados aguados que vendes a los clientes que acaban de bajar de los barcos, ¿eh?

El posadero adoptó un aire ofendido y aspiró aire con fuerza, y luego tensó el cuello, indignado.

–Yo no llevo ese tipo de establecimiento, señor. Te comunico que Lucio Escabaro sirve los mejores vinos que se pueden encontrar de todas las posadas de Ostia.

«Eso no es decir gran cosa», pensó Macro. Aquella posada, como todas las que se amontonaban en las calles junto a los muelles, disfrutaba de un comercio exagerado debido a los recién llegados, desesperados por tomar una bebida, así como aquellos que necesitaban una antes de embarcarse. Tales clientes se mostraban inclinados a pensar más en los efectos que en el sabor de las mercancías de los posaderos.

–Bueno –lo intentó de nuevo–. ¿El mejor que tienes?

El posadero hizo una seña hacia una pequeña hilera de jarras que estaban en el estante superior, detrás del mostrador.

–Recibí una mercancía muy buena de Barcino el mes pasado.

–¿Buena cosecha?

–Sí, lo es, señor.

Macro asintió.

–Una jarra entonces, y dos vasos. Que estén limpios. El prefecto tiene sus normas.

El posadero frunció el ceño.

–Y yo también, señor. ¿Queréis algo de comer para acompañarlo?

–Quizá más tarde. Cuando el vino nos caliente la tripa, después del viaje desde Massilia. Una buena tormenta.

–Muy bien, señor. Haré que una de las chicas prepare algo bueno, por si queréis comer. Y hablando de chicas: son limpias, bien dispuestas y conocen muchos trucos. Por un buen precio.

–Estoy seguro. Al menos las dos últimas cualidades, seguro. No he sobrevivido a tres campañas en Britania para que ahora me abata una buena dosis de gonorrea. Así que pasaré sin tus fulanas esta vez, gracias. Trae la bebida a la mesa.

Macro se apartó y se dirigió a la mesa donde Cato se había instalado, con la espalda apoyada contra el yeso cuarteado y manchado. Su expresión era sombría, y Macro notó un pinchazo de compasión por su amigo. Unos meses antes, cuando todavía estaban en Britania, Cato había recibido la noticia de la muerte de su esposa. El regreso a su casa en la capital avivaría el terrible dolor que había sufrido. Julia era una muchacha encantadora, pensó Macro, y lloraba por ella. Pero no todo estaba perdido. Había dado a luz a un hijo que podía ofrecer algún consuelo a Cato cuando lo conociese. Al menos tenía eso, y algo de ella sobreviviría en el joven Lucio. Se esforzó por sonreír al sentarse frente a Cato.

–Ya nos traen el vino. El mejor que puede ofrecer este antro. Servirá para quitarnos el sabor a sal de la boca. Nunca he sido un gran entusiasta de los viajes por mar. Especialmente después de aquella vez que naufragamos en Creta, ¿te acuerdas?

–¿Cómo iba a olvidarme?

Macro se maldijo a sí mismo silenciosamente. Por aquel entonces Cato sentía los primeros brotes de su amor por Julia. Rápidamente cambió de tema.

–Hay noticias interesantes. Acaba de dármelas el posadero. Dice que Claudio ha decidido acabar con Carataco y su familia. Por eso hay tanta gente por aquí que ha bebido lo suyo. El emperador va a dar un gran fiestón para celebrar el acontecimiento.

Cato suspiró con fuerza.

–¿Ejecución? No, no está bien. Se merece algo mejor, aunque sea nuestro enemigo. Luchó con honor. No hace ningún bien a Roma matarlo como un criminal. Cuando llegue la noticia de su muerte a las tribus que dirigió en Britania, no estarán nada contentos. Tendremos suerte si esto no provoca una revuelta.

–Quizá –respondió Macro–, pero también es posible que sean lo bastante listos para aprender que no compensa desafiar la voluntad de Roma. La muerte de Carataco lo probará sobradamente. En cuanto se enteren de su destino, probablemente estarán dispuestos a mantener la cabeza baja y acatar nuestras órdenes.

Ambos se quedaron un momento en silencio. Finalmente, Cato se aclaró la garganta.

–Pero la verdad es que no me sorprende. Por los acontecimientos recientes en Britania... El emperador Claudio y sus consejeros querrán quitarles tanta importancia como les sea posible, al menos por un tiempo. Las derrotas nunca gustan a la multitud.

–Eso es cierto –Macro asintió con énfasis–. Las tribus de las montañas nos vapulearon bien. Gracias a la diosa Fortuna conseguimos salir con los hombres que salimos.

El posadero llegó con una modesta jarra de vino y dos vasitos de cerámica glaseada, y los colocó en la mesa con un golpecito.

–El mejor de la casa. Lo reservo sólo para aquellos caballeros de calidad como vosotros que frecuentan mi establecimiento.

Macro cogió el vasito más cercano y lo inspeccionó por encima.

–Pues no los usas demasiado, la verdad.

El posadero iba a replicar pero se lo pensó mejor y tendió la mano.

–Diez sestercios, señor.

–¿Diez? –Macro le echó una mirada–. Un robo descarado.

–No, señor. La oferta y la demanda. Y con los grandes acontecimientos que se esperan en Roma, el palacio está comprando hasta la última gota de vino que se puede conseguir.

Cato se aclaró la garganta.

–Paga a este hombre.

–Pero...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.