E-Book, Spanisch, 640 Seiten
Scarrow La espada y la cimitarra
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-350-4693-0
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Malta 1575
E-Book, Spanisch, 640 Seiten
ISBN: 978-84-350-4693-0
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Quinto Licinio Cato y Lucio Cornelio Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas (El águila en el Imperio, Roma Vincit!, Centurión, Hermanos de sangre, Britania, y Los días del César, entre otras).Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: La espada y la cimitarra, Sangre en la arena y Corazones de piedra. Con Sangre joven inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa. En 2017, junto con Lee Francis, se ha embarcado en un nuevo proyecto: Jugando con la muerte, thriller protagonizado por Rose Blake, agente especial del FBI.
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CAPÍTULO 1
El mar estaba oscuro como boca de lobo en la negra noche, y la galera cabeceaba suavemente con el leve oleaje frente a la bahía. La se había puesto al pairo a media legua de distancia de la costa, al otro lado de la oscura masa del cabo. Un joven caballero se encontraba a solas en la cubierta del castillo de proa, asiendo con fuerza el obenque que caía arqueado desde lo alto del palo de trinquete. La humedad de la atmósfera resultaba incómoda, y el joven se llevó una mano a la frente para secarse las gotas de sudor. Tras él había dos cañones largos de bronce con las bocas tapadas para que no entrara en ellas la espuma del mar. Hacía ya tiempo que se había acostumbrado al movimiento de la galera, y no necesitaba asidero en el mar en calma; sin embargo, agarraba la cuerda embreada con el puño apretado, al tiempo que escudriñaba el oscuro oleaje. Aguzó el oído para distinguir el menor sonido por encima del golpeteo de las pequeñas olas contra el casco de la nave. Habían pasado más de tres horas desde que el capitán y cuatro de los marineros tomaron un pequeño bote para dirigirse a la costa. Jean Parisot de La Valette le había dado unas suaves palmaditas en el hombro a Thomas, que pudo ver el brillo apagado de sus dientes cuando le sonrió de manera tranquilizadora y le dijo que tomara el mando de la galera en su ausencia.
–¿Cuánto tardaréis, señor?
–Unas cuantas horas, Thomas. El tiempo que lleve asegurarme de que nuestros amigos se hayan instalado para pasar la noche.
Ambos habían mirado de forma instintiva en dirección a la bahía al otro lado del cabo. El barco mercante turco estaría anclado a no más de tres millas de distancia, no muy lejos de la playa, allí donde los pescadores que se encontraron el día anterior les habían dicho que estaba. La mayor parte de la tripulación estaría en tierra, sentados en torno a las hogueras, y sin duda unos cuantos hombres permanecían a bordo del galeón, atentos a cualquier señal de peligro proveniente del mar. A lo largo de la costa africana, las aguas estaban plagadas de corsarios, pero no era de los feroces piratas de quienes los turcos estarían pendientes. La orden del sultán Solimán en Estambul protegía sus embarcaciones de los estragos de los corsarios. Existía un peligro mucho mayor para las embarcaciones musulmanas que surcaban el mar Blanco, como los turcos denominaban al Mediterráneo. Dicho peligro radicaba en la Orden de San Juan, un pequeño grupo de caballeros cristianos que luchaba incesantemente contra aquellos que seguían las enseñanzas de Mahoma. Estos caballeros eran lo único que quedaba de las grandes órdenes religiosas que, en otro tiempo, ejercieron el control en Tierra Santa, antes de que Saladino los expulsara. Ahora su hogar era la roca árida de Malta, regalo del rey de España a la Orden. Desde esa isla, los caballeros y sus galeras salían al mar para atacar los grandes barcos mercantes que permanecían anclados a no más de tres millas de distancia.
–Habrá cuantiosas ganancias… –había dicho Thomas con aire pensativo.
–Ciertamente, pero nosotros estamos aquí para hacer la obra de Dios –le recordó el capitán en tono severo–. Sea cual sea el botín que capturemos, será bien utilizado para combatir a los que siguen la falsa fe.
–Sí, señor. Lo sé –contestó Thomas en voz baja, avergonzado al pensar que su capitán pudiera creer que sólo pensaba en el botín.
La Valette se rió.
–Tranquilo, Thomas. Sé perfectamente quién sois. Sois un miembro de la Santa Religión tan devoto como yo, y un guerrero igual de magnífico. Con el tiempo acabaréis teniendo el mando de vuestra propia galera. Cuando llegue ese día, no debéis olvidar nunca que vuestra embarcación es una espada en la mano derecha de Dios. Las ganancias son para Él.
Thomas asintió con la cabeza, y La Valette dio media vuelta, se metió por el hueco de la barandilla del barco con cuidado y descendió para unirse a los cuatro hombres de la pequeña embarcación que cabeceaba junto a la proa de la galera. El capitán dio una orden con un gruñido, y los otros hombres empezaron a remar para hacer avanzar el pequeño bote por las aguas negras. La oscuridad los engulló enseguida, mientras Thomas los seguía con la mirada.
* * *
En aquellos momentos, al cabo de unas horas –daba la impresión de que demasiadas–, Thomas se sentía embargado de temor por su capitán. La Valette llevaba fuera demasiado tiempo. Faltaba poco para que amaneciera, y si el capitán no regresaba pronto resultaría imposible aprovechar el amparo de la oscuridad para lanzar su ataque contra los turcos. ¿Y si La Valette y sus hombres habían sido capturados? Aquella idea le provocó un escalofrío en lo más profundo de su ser. Los turcos solían deleitarse torturando y prolongando la muerte de todos los caballeros de la Orden que caían en sus manos. A continuación, otra idea alarmante cruzó su mente: si La Valette no aparecía, la responsabilidad del mando recaería sobre él y supo, con terrible certeza, que no estaba preparado para comandar una galera de guerra.
Percibió un movimiento a sus espaldas y, al volver con rapidez la mirada por encima del hombro, vio una figura alta que subía por el corto tramo de escaleras a la pequeña cubierta del castillo de proa. El hombre iba con la cabeza descubierta, y el gambesón que llevaba debajo de una sobreveste oscura cuya cruz blanca apenas se distinguía bajo la luz de las estrellas le hacía parecer más corpulento. Oliver Stokely era un año mayor que Thomas, pero se había incorporado a la Orden más recientemente y, por lo tanto, era su subalterno. A pesar de ello, los dos se habían hecho amigos.
–¿Se sabe algo del capitán?
Thomas no pudo evitar un esbozo de sonrisa ante aquella pregunta retórica. No era el único a quien la larga espera le estaba poniendo a prueba los nervios.
–Aún no, Oliver –respondió con fingido aire despreocupado.
–Si no llega pronto, tendremos que cancelarlo.
–Dudo que haga eso.
–¿Lo crees de verdad? –repuso Stokely con desdén–. Sin el elemento sorpresa, nos arriesgamos a perder a más hombres de los que nos podemos permitir.
Era una buena observación, caviló Thomas. Había menos de quinientos caballeros que aún seguían en la Orden de Malta. El precio de la guerra interminable contra los turcos se pagaba con sangre, y estaba resultando cada vez más difícil reponer las filas. Con los reinos de Europa en guerra entre ellos y los estrictos requisitos de ingreso para los que se incorporaban a la Orden, el número de nobles jóvenes que se presentaban para la selección era cada vez más reducido. En el pasado, un veterano como La Valette podría haber salido a la mar con una docena de caballeros de los más jóvenes en su galera, ansiosos por demostrar su valía. Ahora tenía que arreglárselas con cinco, de los cuales sólo Thomas se había enfrentado a los turcos en batalla.
A pesar de ello, Thomas conocía lo bastante bien a su capitán como para saber que no renunciaría a una presa a menos que lo tuviera todo en contra. El corazón de La Valette hervía con fervor religioso, inflamado más aún con la sed de venganza por el sufrimiento que había soportado como esclavo encadenado a un fino banco de madera de una galera turca hacía muchos años. La Valette tuvo la fortuna de haber sido liberado a cambio de un rescate. A la mayoría de condenados a galeras los hacían trabajar hasta matarlos, atormentados por la sed, el hambre y el dolor de las llagas causadas por el hierro pesado que utilizaban para engrilletarlos. Thomas pensó que sólo por ese motivo La Valette iba a combatir, tanto si gozaba del elemento sorpresa como si no.
–¿Y si le ha ocurrido algo? –Stokely echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no le oyeran los hombres de la cubierta principal–. Si el capitán desaparece, alguien tendrá que tomar el mando.
«Ya estamos», pensó Thomas. Stokely estaba a punto de reclamar el mando para sí. Debía imponerse antes de que lo hiciera su amigo.
–Dado que me ha nombrado su lugarteniente, en caso de su muerte o captura yo debo ocupar su puesto. Ya lo sabes.
–Pero yo llevo más tiempo que tú siendo caballero –replicó Stokely con un susurro comedido–. Tal vez sea mejor que tome yo el mando. Los hombres sin duda prefieren que los dirija alguien con más experiencia. Vamos, amigo mío, seguro que lo entiendes, ¿no?
Pensara lo que pensara Stoleky, lo cierto era que la capacidad de Thomas para el combate había llamado la atención de sus superiores desde el principio. En su primera acción, había dirigido un asalto a un pequeño puerto de la costa cerca de Argel, y capturado un galeón cargado de especias. Después de aquello lo destinaron a servir con La Valette, el más osado y exitoso de los capitanes de la Orden, para hacer la guerra a los turcos. Aquélla era su tercera campaña en el mar, y había forjado un fuerte vínculo con la tripulación y los soldados de la galera de La Valette. No tenía ninguna duda de que ellos preferirían que fuera él quien asumiera el mando en lugar de un caballero que se había incorporado a la galera tan sólo un mes antes, recién llegado de las oficinas del intendente de la Orden.
–Sea como sea –contestó Thomas, consciente de los sentimientos de su amigo–, el asunto no tiene que preocuparnos. El capitán regresará pronto, no tengo ninguna duda de ello.
–¿Y si no regresa?
...



