Scarrow | La exiliada del emperador (XIX) | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 19, 480 Seiten

Reihe: Serie Cato y Macro

Scarrow La exiliada del emperador (XIX)


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-350-4839-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 19, 480 Seiten

Reihe: Serie Cato y Macro

ISBN: 978-84-350-4839-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Libro XIX de Quinto Licinio Cato. Corre el año 57 d. C. cuando el tribuno Cato y el centurión Macro regresan por fin a Roma. Pero el fracaso de su reciente campaña en la frontera oriental conlleva a un recibimiento hostil en la corte del Imperio. Están en juego su reputación y su futuro. Entretanto, los enemigos políticos del emperador tratan de derrocarlo aprovechando su enamoramiento por una joven y, cuando Nerón, de mala gana, la destierra, Cato, aunque se siente solo e incómodo en Roma, se ve obligado a acompañarla a su exilio en Cerdeña. Y sus problemas empezarán de nuevo allí: la isla vive una gran inquietud por un pequeño grupo de oficiales, y tres serán los problemas del tribuno: un mando fracturado, una plaga mortal y una insurgencia violenta que amenaza con llevar a toda la provincia a un caos sangriento.

Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie Quinto Licinio Cato, protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya diecinueve entregas ('El águila en el Imperio!', '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', 'Los días del César', 'Sangre de Roma' y 'La exiliada del emperador' entre otras). Además de la serie juvenil 'Gladiador', es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa.
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CAPÍTULO UNO

Roma, verano de 57 d. C.

Desde el jardín del Orgullo del Lacio había una buena panorámica de la ciudad. La posada estaba encima de una pequeña elevación, justo al salir de la Vía Ostiensis, la carretera que conducía desde el puerto de Ostia a Roma, a unos veinticinco kilómetros.

La brisa ligera movía las ramas de un alto álamo que crecía cerca de la posada. Las mesas y bancos del jardín quedaban a cobijo del resplandor asfixiante del sol de media tarde gracias a una serie de emparrados sobre los que crecían unas vides. El Orgullo del Lacio estaba bien situada para aprovechar el comercio. Mercaderes y conductores de carros transitaban aquella ruta transportando bienes a la capital desde todo lo largo y ancho del Imperio, y funcionarios y turistas iban y venían del recientemente acabado complejo portuario de Ostia. Allí se veían viajeros que abandonaban Roma para atravesar el océano, o bien, en el caso del pequeño grupo sentado a la mesa con las mejores vistas de Roma, que volvían a la capital después de un periodo de servicio en la frontera de Oriente.

Eran cinco: dos hombres, una mujer, un muchacho y un perro grande y de aspecto salvaje. A todos ellos los observaba atentamente el propietario de la posada mientras limpiaba las hormigas del mostrador con un trapo viejo. Era lo bastante astuto para reconocer a unos soldados en cuanto los veía, llevasen o no el uniforme. Aunque iban vestidos con ligeras túnicas de lino, en lugar de la pesada lana de las legiones, su porte era seguro, como el de los veteranos, y ostentaban las cicatrices de aquellos que habían vivido mucha acción. El mayor era de estatura inferior a la media, pero muy robusto. Su pelo, oscuro y muy corto, estaba veteado de gris, y sus rasgos eran gruesos y estaban llenos de cicatrices. Tenía arrugas junto a los ojos y en la comisura de los labios, y una sonrisa pronta que indicaba buen humor, así como las señales de una experiencia duramente conseguida. Tendría ya unos cincuenta años, estimó el posadero, y seguramente estaría en el tramo final de su carrera. El otro hombre, sentado junto al niño, tenía también el pelo oscuro, pero parecía bastante más joven, con unos treinta y tantos años; le resultaba difícil saberlo, ya que mantenía una expresión muy pensativa y la facilidad controlada de sus movimientos revelaba una madurez que superaba su edad. Era tan alto como bajo era su camarada, pero mucho más esbelto que el otro, que era robusto y musculoso.

Formaban una pareja de lo más pintoresco que había visto, pero tuvo claro que los dos eran gente curtida y dura, y el posadero se sentía agradecido de que sólo estuvieran tomando su primera jarra de vino y todavía estuvieran sobrios. Esperaba que siguieran así. Los soldados borrachos podían mostrarse muy alegres y sentimentales en un momento dado y enfadados y violentos al siguiente, ante la menor insinuación de un desaire. Por suerte, la mujer y el niño probablemente ejercerían una influencia moderadora. Ella, que se sentaba junto al hombre mayor, se acercó a él cuando éste le pasó su brazo peludo alrededor de los hombros. El pelo oscuro y largo lo llevaba atado a la espalda en una sencilla coleta, revelando un amplio rostro con ojos oscuros y labios sensuales. Tenía una figura plena y un aire muy espontáneo que hacía juego con la actitud de esos hombres que se estaban bebiendo el vino copa a copa. El niño tendría unos cinco años, el pelo oscuro y muy rizado, y los mismos rasgos finos que el hombre más joven, por lo que el posadero supuso que sería su padre. Se reflejaba una astucia traviesa en la expresión del niño y, mientras los adultos hablaban, éste alargó la mano hacia la copa de la mujer, hasta que ella le dio una suave palmada apartándolo a un lado sin mirarlo siquiera, como suele ocurrir con las mujeres que han desarrollado el sexto sentido que trae consigo el haber educado a niños.

El posadero sonrió, arrojó el trapo a un cubo de agua turbia y se dirigió hacia ellos aunque manteniendo la distancia con el perro.

–¿Querréis algo de comer, amigos míos?

Ellos levantaron la vista, y el hombre mayor repuso:

–¿Qué tienes?

–Pues tengo estofado de buey, costillas de cerdo… calientes o frías. También tengo pollo asado, queso de cabra, pan recién horneado y fruta del tiempo. Elegid, y mi chica os preparará la mejor comida de taberna que habréis probado en el camino de Ostia.

–¿La mejor comida en nada menos que veinticinco kilómetros? –El mayor rio y continuó con tono irónico–: No sería demasiado difícil someterlo a prueba…

–Dejémoslo, Macro –intervino el más joven, volviéndose hacia el posadero–. Necesitamos comer algo rápido. Tomaremos las costillas de cerdo frías y un poco de pollo con una cestita de pan. ¿Tienes aceite de oliva y garum?

–Sí, por un poco más de dinero.

–A mí no me gusta el garum –replicó el niño–. Qué cosa más mala.

El hombre mayor le sonrió.

–No tienes por qué comerlo, Lucio. Yo me tomaré tu ración.

–¿Y qué vale?

El posadero hizo un cálculo mental basado en el coste de los ingredientes crudos, pero, sobre todo, en la calidad de la ropa de los hombres y la probabilidad de que llevasen encima sus ahorros de su puesto anterior. Según su experiencia, los que volvían a casa tendían a estar dispuestos a gastar por encima de la media sin armar demasiado escándalo. Se rascó un lado de la cabeza y se aclaró la garganta.

–Puedo haceros una buena comida por tres sestercios por cabeza. Garum, aceite y otra jarra de vino incluido.

–¡Tres sestercios! –bufó la mujer, con desdén–. ¡Tres! ¿Estás de broma, amigo? Si te pagamos cinco en total, estaríamos pagándote por encima de lo normal.

–Pero ¿qué dices? –El posadero transmutó sus rasgos en una expresión de indignación y dio medio paso atrás.

Pero ella lo cortó antes de que pudiera ir más lejos, señalándolo con el dedo y mirándolo de arriba abajo, como si estuviera apuntando para disparar una flecha.

–¡No, tú eres el que dice cosas raras, comadreja! He comprado comida en los mercados de Roma desde que aprendí a andar. También he estado en los mercados del campo y de las calles de Tarso, los dos últimos años. En ninguna parte he visto que alguien nos la intentara colar como estás haciendo tú ahora mismo.

–Pero… los precios han subido desde que os fuisteis –protestó él–. Ha habido hambruna en Sardinia, y la peste, y eso ha disparado los costes.

–A otro perro con ese hueso –replicó ella.

El hombre más joven no pudo evitar echarse a reír. Tomó la mano de la mujer y le dio un apretón afectuoso.

–Tranquila, Petronela. Estás asustando a este buen hombre. Quiero obsequiaros. –Miró al posadero–. Repartamos la diferencia. Todo sea por la paz y la armonía, ¿eh?

–Bueno, pues diez –replicó rápidamente el posadero–. No puedo hacerlo por menos.

–¿Diez? –suspiró el hombre–. Digamos que serán ocho, o si no te suelto a Petronela otra vez…

El posadero la miró, suspicaz, y cogió aire entre sus manchados dientes. Luego asintió.

–Ocho, de acuerdo. Pero sin vino.

–Con vino –insistió el otro con firmeza, con cualquier rastro de humor desaparecido de su voz y sus ojos oscuros mirándolo con dureza.

El posadero hinchó las mejillas, pero enseguida se dio la vuelta y corrió hacia la puerta que había detrás del mostrador, que conducía a la cocina, gritando instrucciones a su sirvienta.

–Viva mi chica –dijo Macro–. Fiera como una leona. Tengo arañazos que lo demuestran.

–No tendrías que haber pagado ocho, amo Cato –frunció el ceño Petronela–. Es demasiado.

Cato meneó la cabeza, ligeramente divertido porque ella lo llamara amo, en ocasiones. Hacía ya un año que la había liberado, una vez que quedó claro el afecto que Macro sentía por ella. Y ahora estaban casados y el veterano centurión estaba decidido a solicitar su baja para poder establecerse los dos en un pacífico retiro. Aunque, en realidad, la paz podía ser un poco más difícil de conseguir de lo que suponía Macro, ya que en breve pondrían rumbo a Britania, donde él iba a hacerse cargo de la mitad de un negocio que poseían él y su madre en conjunto. Cato la conocía lo suficientemente bien para saber que su personalidad orgullosa coincidía punto por punto con la de Petronela. Si era buen juez del carácter de una mujer, Macro iba a tener mucho trabajo. El centurión pronto desearía estar de vuelta sirviendo con las legiones, y así enfrentarse a unos conflictos menos temibles. Pero, de todos modos, él lo había elegido, y no había nada que Cato pudiera ni quisiera hacer ahora que su amigo había tomado su decisión. Echaría de menos tener a Macro a su lado, lo encontraría a faltar terriblemente, pero debía seguir su propio camino. Quizá volvieran a encontrarse en el futuro, si Cato era asignado al ejército de Britania.

Procuró despejar los pensamientos del futuro distante y chasqueó la lengua mirando a Petronela.

–No debes llamarme amo nunca más. Ya no soy tu amo, igual que tampoco lo será nunca tu marido.

Macro sonrió y bajó la mano, dándole unas suaves palmaditas en la cadera.

–Durante años, he conseguido domar a reclutas mucho menos prometedores que ella. Por los dioses, Cato, tú eras el tipo más...



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