Scarrow | La sangre de Roma | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 17, 516 Seiten

Reihe: Serie Cato y Macro

Scarrow La sangre de Roma


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4757-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 17, 516 Seiten

Reihe: Serie Cato y Macro

ISBN: 978-84-350-4757-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Libro XVII de Quinto Licinio Cato. Corre el año 54 d.C. y se avecinan problemas en las fronteras orientales del Imperio romano. Una vez más, el prefecto Cato y el centurión Macro, de la Legión romana, deben prepararse para la guerra... El astuto pueblo de los partos ha invadido la Armenia gobernada por los romanos y ha conseguido derrocar al rey Radamisto, ambicioso y despiadado, pero leal a Roma. El general Corbulo tiene una misión: debe devolverlo al trono y, al mismo tiempo, preparar las tropas para la guerra contra el poderoso imperio de los partos. Por eso, Corbulo da la bienvenida a los recién llegados Cato y Macro, dos soldados experimentados en poner el forma a una unidad de hombres mal equipados y mal preparados para el conflicto que se avecina. Pero restaurar en el trono a un rey depuesto es un juego peligroso. La brutalidad de Radamisto hacia sus enemigos puede resultar la chispa para un levantamiento que pondrá a prueba la valentía y la habilidad del ejército romano. Y, mientras tanto, un nuevo y siniestro enemigo los vigila desde la frontera...

Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César y Sangre de Roma, entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa.
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CAPÍTULO DOS

Tarso, capital de la provincia oriental romana de Cilicia, dos meses más tarde

–Habrá guerra –anunció el centurión Macro al entrar en el alojamiento de su oficial al mando. Se quitó el manto y lo dejó en un baúl, junto a la puerta. Había vuelto de la inspección matutina de las tropas que custodiaban la casa del comerciante de sedas donde se alojaba el general Córbulo.

–¿Guerra? –Cato levantó la vista desde el suelo, donde estaba con su hijo, Lucio. El niño estaba jugando con unos soldados de juguete de madera, tallados por algunos de los legionarios a los que mandaba su padre como regalo para el niño. La Segunda Cohorte pretoriana había sido enviada desde Roma para servir como guardia personal del general Córbulo y su estado mayor. Cato estaba empezando a acostumbrarse a que se dirigieran a él con su rango oficial de tribuno, porque los hombres y oficiales previamente recurrían a él como prefecto, el rango bajo el cual había ganado tanto renombre en años recientes. Pero el general Córbulo era muy estricto en cuestiones de protocolo, así que tenía que ser tribuno Cato. Durante el largo viaje desde Brundisio, los hombres habían llegado a considerar a Lucio como una mascota, y lo mimaban a la menor oportunidad que tenían. Cato alborotó suavemente el fino cabello oscuro de su hijo y se incorporó.

–¿Dónde has oído eso?

–Es una proclama imperial. Un mensajero enviado desde Roma la estaba leyendo en el foro, hace un momento. Parece que el chico, Nerón, ha agarrado el toro por los cuernos, y ha decidido clavárselos a los partos y retomar Armenia. –Macro hinchó las mejillas–. Así que tendremos guerra.

Ambos hombres se quedaron callados un momento pensando en las implicaciones de aquella noticia. No era una sorpresa tan grande como la decisión de enviar al general para que mandara los ejércitos del Imperio oriental unos meses antes. Aun así, pensó Cato, Roma a menudo había conseguido salirse con la suya en el pasado simplemente amenazando con usar la fuerza, tal era el terror con el que contemplaban al Imperio la mayoría de los reinos que tenían la desgracia de encontrarse con sus legiones en el campo de batalla. Quizás el emperador y sus consejeros esperasen que enviar a un oficial de la importancia de Córbulo bastara para convencer a Partia de que abandonase sus ambiciones de restituir a Armenia a su imperio. Parecía que el farol de Nerón había sido igualado. O que el emperador estaba convencido de que nada excepto que la guerra satisfaría las necesidades de establecer su reinado allí con firmeza. No había nada que gustara más al pueblo romano que la noticia de otra batalla perseguida con éxito.

–Bueno, una cosa sí que es cierta –dijo Macro–: no estaremos preparados para ir a Partia hasta dentro de un tiempo, hasta que el general haya conseguido suficientes hombres y suministros. Podría costar meses...

–Yo había pensado en un año, como muy pronto –respondió Cato–. Y ese tiempo los partos no lo desperdiciarán. Estarán preparados para enfrentarse a nosotros mucho antes de que Córbulo cruce la frontera.

Macro se encogió de hombros.

–Que se preparen todo lo que quieran; no supondrá una gran diferencia. Ya sabes cómo son esos orientales, muchacho: un puñado de mariquitas que se pavonean por ahí con vestiduras de seda. Ya nos hemos enfrentado antes a ellos y les hemos dado una buena tunda.

–Cierto –concedió Cato–, pero la próxima vez puede ser precisamente lo contrario. No te olvides de que Craso perdió gran parte de cinco legiones en Carras. Roma no puede permitirse repetir semejante desastre.

–Córbulo no es Craso. El general lleva luchando en el Rin gran parte de su carrera, y el enemigo no será más duro que esos cabrones de Germania. Si los partos tienen algo de sentido común, se ablandarán tan rápido como un espárrago hervido. –Macro cruzó la sala y metió la cabeza en la siguiente habitación. Los postigos estaban cerrados y el interior estaba oscuro, pero pudo distinguir fácilmente a la mujer que yacía de lado en el gran diván que había dentro.

–Ah, me preguntaba dónde estarías, amor mío.

Ella se removió y dejó escapar un gemido, y luego se subió más las mantas, hasta los hombros.

–Deja dormir a la pobre mujer. –Cato lo apartó de la puerta–. Petronela ha estado levantada casi toda la noche con el niño, tenía dolor de muelas.

–¿Y por qué él está despierto ahora y ella dormida? –Macro guiñó un ojo–. Creo que a mi mujer le pasa algo raro, Cato. Es una vaga, no me equivoco.

–Ven aquí y dime eso si te atreves –gruñó la niñera de Lucio–. Si quieres que te hinche la oreja...

Macro se echó a reír.

–¡Así es mi amor! Siempre dispuesta para una buena pelea...

Se dio la vuelta, suavemente cerró la puerta y luego se dirigió hacia la mesa, donde todavía se encontraban los restos del desayuno: un poco de pan, queso, miel y una jarra de vino especiado que tanto gustaba a la gente de la localidad. Macro cogió la jarra, le dio un meneo, para ver si estaba llena, y sonrió feliz al notar que el líquido se agitaba dentro. Se sirvió un vaso, hizo una pausa y miró a su amigo.

–¿Quieres un poco?

–¿Por qué no? La verdad es que no tenemos nada que hacer aquí, aparte de emborracharnos hasta que Quadrato llegue a la ciudad.

Macro meneó la cabeza.

–Me parece que esa reunión no irá demasiado bien...

Cato asintió. Umidio Quadrato era el gobernador de Siria, uno de los puestos más prestigiosos para cualquier senador, al menos hasta que Córbulo llegó a la región con autoridad del emperador para utilizar todos los recursos, civiles y militares, de las provincias que rodeaban Partia. El general había enviado un mensaje antes de su llegada convocando a Quadrato a Tarso para hablar de los arreglos para la inminente campaña. Cato ya se imaginaba cómo reaccionaría el gobernador cuando Córbulo le requisara la mayoría de sus soldados, equipo y suministros. También estaba el asunto de ordenar a los provincianos que soltaran más impuestos todavía para pagar las reparaciones de las carreteras de la región, así como que proporcionaran animales de tiro y carretas para el tren de bagaje y monturas para las unidades de la caballería. Quadrato iba a verse abrumado a protestas por parte de magistrados furiosos que asegurarían que no podían permitirse tales imposiciones. Aunque es verdad que estas quejas no tendrían ningún efecto: era deber de las provincias del Imperio pagar los gastos cuando el ejército se preparaba para la campaña en su región, y no se podía evadir tal obligación, a menos que los implicados quisieran enfrentarse a la ira del emperador cuando llegase a Roma la noticia de su mezquindad.

–Quadrato no se va a poner muy contento –aseguró Cato–, pero es la cadena de mando y no tendrá nada que decir al respecto. Además, Córbulo no es de ese tipo de hombres que aceptan un no por respuesta.

Intercambiaron una sonrisa divertida. En el curso del viaje desde Roma habían llegado a conocer bien al general y sabían perfectamente cuál era su tipo. Córbulo era un soldado de carrera, un aristócrata a quien le gustaba la vida militar y con talento para ella. Así que, después de servir como tribuno, se quedó con las legiones, en lugar de volver a Roma a sumergirse en el mundo de la política. Una de las pocas virtudes de la carrera de la aristocracia romana, pensó Cato, era que permitía descartar a aquellos que tenían un potencial militar limitado, mientras que hacía posible que los que brillaban se quedasen en el ejército. Córbulo era un general muy disciplinado. A menudo compartía las raciones y las penalidades de los soldados. Cuando dormían al raso, él también lo hacía. En batalla, una vez los soldados se habían colocado y había dado sus órdenes, los dirigía desde la vanguardia. Presionaba mucho a sus hombres, pero se presionaba a sí mismo más aún. Con eso se había ganado el respeto de los soldados, y hasta su afecto, aun a regañadientes. Eso lo sabían Macro y Cato por el puñado de oficiales del estado mayor que Córbulo había elegido llevarse consigo desde la frontera del Rin. Los dos amigos habían servido ya con suficientes comandantes mediocres para felicitarse por haber sido asignados al general.

Había otros motivos para estar agradecidos por poder alejarse de Roma. Un nuevo emperador significaba cambios, y aquellos que habían disfrutado del favor de Claudio ahora se enfrentaban a un futuro incierto. Habría hombres nuevos nombrados para puestos de poder, y se tendrían que saldar algunas deudas. Siempre se encontraban sumidos en el pozo hirviente de la política romana. Inevitablemente, hombres poderosos serían acusados de crímenes cometidos bajo el régimen anterior y eliminados discretamente, y sus propiedades acabarían divididas entre los informadores y el tesoro imperial. La inocencia era irrelevante cuando los informadores y abogados olían la sangre y, lo más importante, el dinero.

Cato no tenía deseo alguno de verse involucrado en tales temas, especialmente cuando lo habían recompensado con las propiedades de su suegro, tras haber sido tan imprudente como para formar parte de una conspiración para derrocar a Nerón los primeros días de su reinado. Los amigos supervivientes del senador Sempronio no mantenían en secreto sus sentimientos ante el origen de la riqueza reciente de Cato, y él sabía que si había hecho fortuna era al precio de crearse enemigos que intentarían perjudicarlo en cuanto creyeran que había llegado el momento oportuno. Así que se sintió muy...



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