Scarrow | Las garras del águila | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 3, 432 Seiten

Reihe: Cato y Macro

Scarrow Las garras del águila


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-350-4731-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, Band 3, 432 Seiten

Reihe: Cato y Macro

ISBN: 978-84-350-4731-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Esta novela nos adentra en el mundo de los druidas y los ritos de las llamadas tribus bárbaras, en este caso los durotriges. El ejército romano, que no ceja en su empeño de conquistar Britania, se enfrenta a un crudo invierno mientras espera el momento propicio para continuar su avance, pero el secuestro de la familia del general Aulo Plautio complica sus planes. El centurión Macro y Cato son enviados a tierras desconocidas, en compañía de un intérprete que se revelará muy poco útil, para intentar liberar a los secuestrados, y ello les llevará a enfrentarse a las más sorprendentes y arriesgadas aventuras, sin otra ayuda que su ingenio (y la ingenuidad de los bárbaros).

Simon Scarrow Fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César y Sangre de Roma, entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa.
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CAPÍTULO I

El convulso tumulto del barco quedó paralizado un instante por un difuso relampagueo. A su alrededor, el espumoso embate del mar se apaciguó mientras las bien delineadas sombras de los marineros y de las jarcias surcaban la brillantemente iluminada cubierta del trirreme. Luego la luz se desgajó y la oscuridad se apoderó una vez más de la embarcación. Unas bajas nubes negras flotaban en el cielo y, provenientes del norte, se deslizaban sobre el gris oleaje. Todavía no había caído la noche, aunque los aterrorizados miembros de la tripulación y del pasaje tenían la sensación de que ya hacía mucho que el sol había abandonado el mundo. Sólo la débil mancha en un tono más claro de gris a lo lejos, al oeste, señalaba su paso. El convoy se había dispersado completamente y el prefecto al mando de la escuadra de trirremes, recién puesta en el servicio activo, soltó una maldición, enojado. Con una mano firmemente agarrada a un estay, el prefecto utilizó la otra mano para protegerse los ojos de las heladas salpicaduras mientras escudriñaba las efervescentes crestas de las olas que los rodeaban. Únicamente eran visibles dos barcos de su escuadra, unas oscuras siluetas que se alzaban ante la vista mientras que su buque insignia se elevaba en lo alto de una enorme ola. Las dos embarcaciones se encontraban a una gran distancia hacia el este y tras ellas iría el resto del convoy, diseminado en el océano embravecido. Aún podrían llegar a la entrada del canal que conducía tierra adentro hasta Rutupiae. Pero para el buque insignia no había esperanzas de alcanzar la gran base de abastecimiento que equipaba y alimentaba al ejército romano. Más al interior las legiones se hallaban emplazadas sin peligro en sus cuarteles de invierno de Camuloduno, a la espera de la renovación de la campaña de conquista de Britania. A pesar de los enormes esfuerzos de los hombres que estaban a los remos, la embarcación era arrastrada lejos de Rutupiae.

Al mirar por encima del oleaje hacia la oscura línea de la costa britana, el prefecto admitió con amargura que la tormenta lo había vencido y pasó la orden de que se subieran los remos. Mientras él consideraba sus opciones la tripulación se apresuró a izar una pequeña vela triangular en la proa para ayudar a estabilizar el barco. Desde que se había emprendido la invasión el verano anterior, el prefecto había atravesado aquel tramo de mar montones de veces, pero nunca en tan terribles condiciones. A decir verdad, nunca había visto cambiar el tiempo con tanta rapidez. Aquella mañana, que tan lejana parecía entonces, el cielo estaba despejado y un fresco viento del sur prometía una pronta travesía desde Gesoriaco. Normalmente ningún barco se hacía a la mar en invierno, pero el ejército del general Plautio andaba escaso de provisiones. La estrategia del jefe britano, Carataco, de arrasar todo lo que podía serle útil al enemigo significaba que las legiones dependían de un constante suministro de grano del continente que les permitiera pasar el invierno sin reducir las reservas necesarias para continuar la campaña en primavera. Así pues, los convoyes habían seguido cruzando el canal siempre que el tiempo lo permitía. Aquella mañana la pérfida naturaleza había engañado al prefecto y le había hecho dar la orden a sus embarcaciones cargadas de provisiones de zarpar rumbo a Noviomago sin imaginarse que la tormenta iba a sorprenderlos.

Cuando había empezado a divisarse la costa de Britania por encima de la picada superficie del mar, una oscura franja de nubes se había concentrado a lo largo del horizonte septentrional. Rápidamente la brisa se hizo más fuerte y cambió de dirección de forma brusca, y los hombres de la escuadra observaron con creciente horror cómo los negros nubarrones se abalanzaban sobre ellos como voraces bestias espumosas. La borrasca atacó de forma repentina y atroz al trirreme del prefecto, que iba a la cabeza del convoy. El viento ululante azotó la manga de la embarcación y la inclinó tanto que los miembros de la tripulación se habían visto obligados a abandonar sus funciones y a asirse allí donde pudieron para evitar ser arrojados por la borda. Mientras el trirreme se enderezaba pesadamente el prefecto echó un vistazo al resto del convoy. Algunos de los transportes de fondo plano habían volcado por completo y cerca de los oscuros bultos de sus cascos unas diminutas figuras cabeceaban en el espumoso océano. Algunas de ellas agitaban los brazos de forma patética, como si en realidad creyeran que las demás embarcaciones aún eran capaces de ir a rescatarlos. La formación del convoy había quedado ya totalmente deshecha y cada uno de los barcos luchaba por sobrevivir, sin tener en cuenta la difícil situación de todos los demás. Con el viento llegó la lluvia. Unos gélidos goterones que, como cuchillos, caían diagonalmente sobre el trirreme y azotaban la piel de los hombres con su impacto. El frío entumecía los huesos y pronto hizo que los marineros se volvieran lentos y torpes en su trabajo. Acurrucado bajo su capa impermeable, el prefecto comprendió que, a menos que la tormenta amainara pronto, el capitán y sus hombres seguramente perderían el control de la embarcación. Y a su alrededor el mar rugía y desperdigaba los barcos en todas direcciones. Por uno de esos caprichos de la naturaleza los tres trirremes que encabezaban el convoy sufrieron lo más violento de la tempestad, que rápidamente los alejó de los demás; el trirreme del prefecto fue el que quedó más aislado. Desde entonces la tormenta había bramado durante toda la tarde y no daba señales de que fuera a remitir con la caída de la noche.

El prefecto repasó sus conocimientos sobre el litoral britano y recorrió la costa mentalmente. Calculó que el mar ya los había arrastrado bastante lejos del canal que llevaba a Rutupiae. Los escarpados acantilados de caliza cercanos al asentamiento de Dubris eran visibles desde estribor y aún tendrían que luchar contra la tormenta unas cuantas horas más antes de poder intentar aproximarse a una distancia segura de la costa. El capitán del barco avanzó hacia él tambaleándose por la agitada cubierta y lo saludó mientras se acercaba, manteniendo una mano firmemente asida al pasamano.

–¿Qué pasa? –gritó el prefecto.

–¡La sentina! –exclamó el capitán con la voz ronca a causa del esfuerzo de haberse pasado las últimas horas dando las órdenes a voz en grito para vencer el aullido del viento–. ¡Nos está entrando demasiada agua!

–¿Podemos achicarla?

El capitán inclinó el oído hacia el prefecto.

Tras coger aire, el prefecto se llevó una mano a la boca para hacer bocina y bramó:

–¿Podemos achicarla?

El capitán movió la cabeza en señal de negación. –¿Y ahora qué?

–¡Tenemos que navegar por delante de la tormenta! Es nuestra única esperanza de mantenernos a flote. ¡Luego tendremos que encontrar un lugar seguro para atracar!

El prefecto asintió exageradamente con la cabeza para dar a entender que había comprendido. Pues muy bien. Tendrían que encontrar algún lugar donde varar la embarcación. A unos cincuenta o sesenta kilómetros siguiendo la costa los acantilados daban paso a unas playas de guijarros. Siempre que el oleaje no fuera demasiado embravecido podían intentar embarrancar. Eso podría causar serios daños al trirreme, pero era mejor que la certeza de perder la embarcación y con ella toda la tripulación y el pasaje. Al pensar en ello, el prefecto se acordó de la mujer y sus hijos pequeños que se hallaban resguardados debajo de él. Se los habían confiado a su cuidado y debía hacer cuanto estuviera en su mano para salvarlos.

–¡Dé la orden, capitán! Me voy abajo.

–¡Sí, señor! –El capitán saludó y regresó a la sección central del trirreme, donde los marineros se apiñaban junto a la base del mástil. El prefecto se quedó mirando un momento mientras el capitán bramaba sus órdenes y señalaba la vela recogida en la verga de lo alto del mástil. Nadie se movió. El capitán volvió a gritar la orden y luego le propinó una brutal patada al marinero que tenía más cerca. El hombre retrocedió acobardado, únicamente para recibir otro puntapié. Entonces dio un salto para agarrarse a las jarcias y empezó a ascender. Los demás lo siguieron, aferrándose a los obenques mientras subían como podían por el oscilante flechaste y de ahí pasaban a la verga. Los helados pies desnudos apoyaban los dedos con fuerza mientras trepaban lentamente por encima de la cubierta. Sólo cuando todos los marineros estuvieron en posición pudieron deshacer los nudos y colocar un rizo en la vela. Era toda la envergadura que se necesitaba para proporcionarle a la embarcación velocidad suficiente para ser gobernada con el timón y navegar por delante de la tormenta. Con cada relámpago se perfilaba brevemente la silueta del mástil, la verga y los hombres, de un intenso color negro contra un resplandeciente cielo blanco. El prefecto observó que con los rayos daba la impresión de que la lluvia se detenía en el aire por un instante. A pesar del terror que le oprimía el corazón, no podía evitar emocionarse ante aquel formidable despliegue de los poderes de Neptuno.

Por fin todos los marineros estuvieron en sus puestos. Afirmando sus robustas piernas en cubierta, el capitán hizo bocina con las manos y levantó la cabeza en dirección al mástil.

–¡Largad vela!

Los entumecidos dedos empezaron a manipular frenéticamente las correas de cuero. Algunos estaban más torpes que otros y la vela se aflojó del palo de forma irregular. Un súbito y penetrante sonido que atravesó las jarcias...



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