E-Book, Spanisch, Band 16, 484 Seiten
Reihe: Cato y Macro
Scarrow Los días del César
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-350-4730-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 16, 484 Seiten
Reihe: Cato y Macro
ISBN: 978-84-350-4730-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Cato y Macro los personajes que ya se han convertido en una leyenda de la novela histórica para millones de lectores, se vuelven a meter en líos, para salvar el Imperio Romano. El emperador Claudio ha fallecido y ahora es Nerón quien lleva las riendas del Imperio. Sin embargo, su hermanastro, Británico, ha reclamado el trono. Una sangrienta lucha de poder está en marcha. Todo lo que desean el prefecto Cato y el centurión Macro es vivir la vida militar que les corresponde, luchando con sus valientes y leales hombres. Pero Cato ha llamado la atención de algunos grupos rivales que están decididos a ponerlo de su parte. Para sobrevivir, Cato deberá fiarse de su astucia y sólo cuenta con la ayuda del único romano de todo el Imperio en quien puede confiar: Macro. A medida que las fuerzas rebeldes aumentan, los legionarios y guardias pretorianos son movidos como piezas de ajedrez por figuras poderosas y sombrías. Un juego político ha creado el máximo desafío militar. ¿Se puede evitar la guerra civil? El futuro del Imperio está de nuevo en manos de Cato...
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CAPÍTULO UNO
Roma, a finales del 54 d. de C.
Todo empezó, como pasa siempre con estas cosas, con unas cuantas bebidas. Las peleas no eran algo inusual en el barrio de la Subura, y mucho menos en la posada llamada Rómulo y la Loba, bien conocida por su vino barato, sus alegres fulanas y los múltiples clientes que vendían información confidencial sobre las carreras de carros. Era una de las tabernas más grandes de todo el suburbio, y ocupaba toda la planta baja de una casa de piso, en la esquina de una pequeña plaza. Un largo mostrador corría a lo largo de la pared del fondo y, desde allí, el propietario, Tribonio, dirigía a un pequeño grupo de mujeres muy maquilladas que servían a los clientes bebidas, una gama limitada de alimentos e incluso otros servicios si alguien tenía apetito carnal. Dos hombres muy robustos permanecían de pie a cada lado de la puerta que daba a la calle, para comprobar que los clientes no llevaran armas antes de dejarlos entrar. Algunos posaderos declinaban tomar tales precauciones por miedo a alejar a la gente, pero Tribonio llevaba más de veinte años en el negocio y tenía una clientela fija, que toleraba la restricción por el aprecio que tenía a los placeres que encontraba dentro.
Había pasado apenas un mes de la muerte del emperador Claudio. Aquella noche llovía y las calles de Roma relucían bajo el golpeteo y el susurro constante de las gotas de lluvia. Los moradores de la capital habían recibido la noticia del fallecimiento de Claudio con mucha prevención y ansiedad, y ésa no era una buena noticia para Rómulo y la Loba, ya que muchos vecinos evitaban las calles en lo posible, temiendo enfrentamientos entre las facciones rivales que apoyaban a los hijos del emperador, Nerón y Británico. El viejo podía ser un poco atolondrado y torpe, pero había sabido mantener al pueblo alimentado y entretenido; y lo más importante: su reinado había sido estable, consiguiendo hacer olvidar la crueldad implacable de los dos emperadores que le habían antecedido. Pero cuando hay dos herederos al Imperio más poderoso del mundo conocido, lo normal es que haya tensión, por decirlo de una manera suave.
Nerón, con dieciséis años, era el mayor de los dos chicos, que se llevaban tres años de diferencia. No era hijo natural de Claudio, pero sí hijo de la emperatriz Agripina, que por su parte era hija del hermano de Claudio. El matrimonio entre tío y sobrina había requerido un cambio de la ley, pero los senadores habían decidido magnánimamente perdonar un pequeño inconveniente como era el incesto a cambio de granjearse el favor de su emperador. Y, por tanto, Nerón se convirtió en hijo legítimo de Claudio. Justamente por ello, por la imposición de aquel hermano adoptivo, el hijo natural, Británico, se sintió dolido, aunque su situación como preferente pronto se vio empeorada gracias al control que ejercía su madrastra sobre la mente y los deseos carnales del emperador. Y así, en los últimos años de su reinado, Claudio creó sin darse cuenta una rivalidad que amenazaba la paz de Roma. Aunque la emperatriz se apresuró a anunciar que su hijo era el sucesor al trono, era bien sabido que Británico y sus aliados no lo aceptaban, y la gente corriente, por tanto, mostraba gran nerviosismo mientras esperaba a que se resolviera la rivalidad.
Un grupo de guardias pretorianos con sus gruesos mantos atravesó la plaza y se dirigió a toda prisa hacia la posada, hablando entre ellos y riendo en voz alta. Podían hacer lo que quisieran, ya que los pretorianos eran los soldados más valorados por los emperadores, que recompensaban con generosidad su lealtad. Y el nuevo emperador no era ninguna excepción. Cuando se anunció el acceso al trono de Nerón, todos los guardias de Roma recibieron una pequeña fortuna, y ahora sus bolsas estaban bien repletas de plata. Tribonio levantó la vista y mostró una amplia sonrisa al ver que los soldados entraban, se bajaban las capuchas y se quitaban las capas empapadas, que colgaron en las estaquillas situadas a lo largo de la pared, y luego se acercaban al mostrador a pedir los primeros tragos. Monedas recién acuñadas cayeron al momento en la superficie de madera manchada y llena de marcas, y desde la habitación interior llegaron rápidamente vasos y jarras de vino que se tendieron a los sedientos soldados.
No eran los primeros guardias en convertirse en clientes de la casa aquella noche. Un grupo más pequeño había llegado un poco antes y había ocupado un rincón, donde seguían sentados, en unos bancos a cada lado de una mesa. Su humor era mucho menos jovial, aunque también habían sido merecedores de la generosidad del emperador. El que parecía su líder se volvió para mirar hacia los pretorianos que estaban ante la barra y frunció el ceño.
–Malditos idiotas –gruñó uno de ellos–. ¿Qué se creen que están celebrando?
–La paga extra de un año, en primer lugar –replicó el hombre que estaba sentado a su lado, con una débil sonrisa. Levantó su vaso–: Un brindis por nuestro nuevo emperador.
El gesto fue recibido con un silencio hosco por el resto de los soldados sentados en la mesa, y el hombre continuó en un tono lleno de ironía:
–¿Qué ocurre, muchachos? ¿Nadie se va a unir a mí en un brindis por nuestro amado Nerón? ¿No? Todos tan cabizbajos como tú, Prisco.
El líder apartó su atención de los hombres y la centró en la barra.
–Sí, Pisón, la verdad es que tenemos todos los motivos del mundo para estar desanimados, teniendo en el trono a ese prodigio sin barbilla. Tú has estado de guardia en palacio, igual que yo, y has visto a Nerón de cerca. Sabes cómo es. Se atiborra de exquisiteces y mariposea por ahí con poetas y actores... Y también tiene mal carácter. ¿Te acuerdas de aquella vez que tuve que escoltarlo en uno de sus viajes anónimos por la ciudad? ¿Cuando se metió en una pelea con un viejo e hizo que sujetásemos al hombre pegado a la pared mientras él lo mataba a puñaladas?
Pisón meneó la cabeza negativamente ante aquel recuerdo.
–No fue nuestro mejor momento, lo reconozco.
–No –dijo Prisco, con los dientes apretados–. En absoluto. Y será mucho peor ahora que es emperador. Ya lo verás.
–Al menos nos ha pagado bien...
–A algunos –replicó Prisco–. Todavía faltan los chicos que estuvieron de campaña en Hispania. No se sentirán muy felices cuando vean que no han guardado nada de plata para ellos cuando vuelvan a Roma.
–No te equivocas... Pero, de todos modos, ¿qué te hace pensar que el hermano pequeño de Nerón sería mejor, si fuese él el emperador?
Prisco reflexionó un momento y luego se encogió de hombros.
–Pues nada, quizá. Pero Británico no es tonto. Y lo han educado desde que era niño para gobernar el Imperio. Además, es de la carne y la sangre de Claudio. Tiene derecho por nacimiento a ser emperador. Y en cambio, a ese pobre lo han apartado a un lado la zorra intrigante de Agripina y el hijo de puta de Palas.
Al mencionar al nuevo consejero más apegado al emperador, Pisón miró a su alrededor con nerviosismo. La posada era uno de los sitios que frecuentaban los espías e informadores imperiales con el fin de escuchar las conversaciones e identificar a posibles agentes conflictivos ante sus amos en palacio. Se sabía que Palas tenía poca tolerancia hacia aquellos que lo criticaban a él, o hacia aquellos que se atrevían a criticar al emperador. Sin embargo, nadie parecía estar escuchando, y Pisón rápidamente dio un sorbo de vino y luego dirigió a su amigo un gesto de advertencia:
–Será mejor que tengas cuidado con lo que dices, Prisco, o te meterás en problemas y nos meterás también a los demás. Habría preferido que Británico fuese nuestro nuevo emperador, igual que tú, pero no lo es, y nosotros no podemos hacer nada.
Prisco sonrió con rapidez.
–Tú quizá no. Pero hay personas que sí harán algo...
–¿Qué quieres decir?
Antes de que Prisco pudiera responder, los interrumpió una carcajada muy fuerte justo detrás de ellos.
–¡Pero chicos! ¡Si es nuestro amigo Prisco y sus enfurruñados colegas!
Prisco reconoció la voz, pero no se volvió de inmediato. Por el contrario, primero dejó el vaso, y sólo entonces habló en voz alta:
–Oye, Biblio, ¿por qué no te vas a tomar por culo y me dejas beber en paz?
–¿A tomar por culo? –El recién llegado dio la vuelta al final de la mesa y miró a Prisco y sus acompañantes–. Ésas no son maneras de recibir a un antiguo camarada que te trae un regalo.
Sacó el tapón de la jarra de vino que llevaba bajo el brazo y llenó el vaso de Prisco antes de que éste pudiera reaccionar, y luego levantó el vaso que él llevaba en la mano en dirección a los hombres de la mesa.
–Venga, muchachos. ¿Quién se une a mí para brindar por nuestro común benefactor? ¡Por el emperador Nerón, que los dioses lo bendigan! –Apuró el vaso de un solo trago, e inmediatamente lo arrojó al suelo con estrépito y se secó los labios con el dorso de la mano–. Qué bueno está.
Ninguno de ellos había respondido a su brindis, y él los miró con una ceja levantada.
–Pero ¿qué es esto? ¿No vais a beber por nuestro emperador? Esto me suena a deslealtad... –Miró a su alrededor, y sus amigos se apiñaron más aún–. ¿Qué opináis, chicos? Parece que esta gente no aprecia mucho a Nerón... Algunos dirían que es algo más que simple deslealtad. Quizá sea incluso traición. Quizás esperaban que ese pequeño gilipollas de Británico vistiese la púrpura... Pero resulta que ganó nuestro chico. El...




