Scarrow | Muerte en Berlín (III) | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 432 Seiten

Reihe: Inspector Schenke

Scarrow Muerte en Berlín (III)


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-350-5028-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 3, 432 Seiten

Reihe: Inspector Schenke

ISBN: 978-84-350-5028-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Un nuevo thriller del inspector Schenke Berlín, mayo de 1940. Hitler se prepara para invadir Europa occidental, y, mientras tanto, sigue proyectando su amenazadora sombra de terror y sangre sobre la ciudad. El inspector Horst Schenke lucha por mantener a los criminales fuera de su zona. La guerra se acerca, ya se pueden sentir sus consecuencias, y a cada día que pasa sus dudas sobre el régimen nazi crecen, al tiempo que su lealtad mengua. Sabe que camina por la cuerda floja: si se descubre su relación secreta con una mujer judía, su carrera estará acabada. Y el destino de ella será muchísimo peor... Pero Schenke es diferente, y no es capaz de hacer la vista gorda ante la libertad con que actúan los delincuentes y asesinos de Berlín, cada vez más atrevidos, protegidos como están por nazis de alto rango. Y, de pronto, unas gentes inocentes se ven atrapadas en el fuego cruzado entre dos bandas en pugna. Pese al peligro, y a que sabe que esos enemigos lo saben todo sobre él y harán lo que sea necesario para doblegar a su voluntad, Schenke decide que ha llegado el momento de actuar... Desde la sórdida vida nocturna de la guerra hasta las casas aristocráticas que frecuentaba el Führer, con la guerra hasta ahora distante ya en ciernes, Muerte en Berlín transmite el horror y la banalidad del mal y el terrible peligro que acecha a quienes se atreven a oponerse a él. Simon Scarrow ha publicado dos títulos más sobre el inspector Schenke: 'Blackout' y 'Muerte en la noche'.

Simon Scarrow fue profesor de Historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya más de veinte entregas (El águila en el Imperio,?Centurión,?Invictus y Muerte al emperador, entre otras). Además de la serie juvenil «Gladiador», es autor de cuatro novelas?históricas?independientes:?La espada y la cimitarra,?Piratas de Roma, Sangre en la arena y?Corazones de piedra; de un ambicioso proyecto sobre las vidas paralelas de Napoleón y Wellington (Sangre joven,?Los generales,?A fuego y espada?y?Campos de muerte), y de dos?thriller?: uno sobre inteligencia artificial, Jugando con la muerte, y otros ambientados en el Berlín de las SS: Blackout y Muerte en la noche.?En su último proyecto, Guerrero, vuelve a la época de la Antigua Roma para contarnos la conquista desde el punto de vista de los britanos.??
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Capítulo dos

Comisaría de policía de Pankow, 5 de mayo

–Soy el Oberführer Radinsky.

El comandante de la comisaría miró a sus subordinados desde la plataforma elevada. Estaban reunidos en la cantina para la sesión educativa ideológica mensual. Sus conversaciones entre susurros cesaron de repente y todos dirigieron la atención hacia él. Radinsky se había hecho cargo como comandante en funciones de Pankow hacía diez días, tras el suicidio de su predecesor. Ésta era la primera oportunidad que tenía para dirigirse a la mayoría de sus hombres, a falta de aquellos que estaban de patrulla.

Juntó las manos a la espalda y levantó un poco la barbilla. Era un hombre alto, esbelto y de unos treinta y tantos años. A pesar de tener una expresión alerta y rasgos juveniles, las canas se habían apoderado casi por completo de su cabello. Llevaba el uniforme de las SS, cosa que había provocado que algunos levantaran las cejas cuando llegó por primera vez a Pankow. Aunque varios en la comisaría habían aceptado el rango de las SS, además del de la policía, a nadie le había dado por usar el uniforme en el trabajo.

Radinsky carraspeó antes de continuar su discurso.

–Algunos de ustedes quizá se pregunten por qué me han nombrado para dirigir Pankow. El hecho es que la comisaría ha conseguido cierta reputación en la Oficina Principal de Seguridad del Reich. En concreto, se dice de ustedes que son algo laxos a la hora de hacer cumplir la ley. Tienen fama de corruptos, de contar con demasiados miembros poco afines a la ideología del Reich. Así que me han enviado aquí por orden directa del Obergruppenführer Heydrich para tomar medidas enérgicas contra los perezosos, los corruptos y cualquiera que actúe en contra de la patria. Me han enviado para recomponer la reputación de la comisaría y restaurar el honor de los que sirven en la policía. Les aviso que no toleraré que nadie se interponga en esa misión. Se adecuarán al nivel que espera de ustedes el pueblo alemán, o serán expulsados de la comisaría. Y pueden apostar que los corruptos o quienes demuestren valores no alineados con los alemanes se enfrentarán al castigo más severo. –Sus fríos ojos grises se pasearon por todos cuantos estaban de pie en la cantina–. Confío en que haya quedado bien claro.

Se volvió hacia otro hombre con uniforme de las SS que esperaba de pie en un lado del estrado, y que había sido enviado para dar la charla.

–Proceda.

Radinsky se apartó a un lado y el oficial más joven colocó un atril en el centro del estrado. Luego se sacó un puñado de hojas mecanografiadas de debajo del brazo y las colocó ante él. Tragó saliva, nervioso, y luego empezó a hablar en voz alta y sin expresión alguna.

–¡Camaradas! Todos sois muy conscientes de los desafíos a los que se enfrenta nuestra sagrada misión de conseguir el espacio necesario para que se establezcan, domestiquen y civilicen los de nuestra sangre, en beneficio de toda la humanidad. Ya habéis leído las condiciones que han encontrado nuestros victoriosos soldados en Polonia. También conocéis los noticiarios, donde se muestra la naturaleza bárbara de los polacos y las condiciones penosas e infrahumanas en las cuales viven. Sólo los judíos polacos los sobrepasan en repulsión debido a su carácter y modales. –Miró hacia el fondo de la cantina–. Cortinas, por favor. Y preparen el proyector.

Mientras algunos hombres tapaban las ventanas, otros encendieron el proyector, que arrojó un brillante rayo de luz por encima de las cabezas de los policías. El operador puso en marcha el rollo de propaganda. El chillido agudo de trompetas procedente del altavoz unido al traqueteo del aparato llenó toda la sala en cuanto aparecieron en la pantalla los familiares títulos del noticiario Deutsche Wochenschau. El narrador, con su discurso emotivo, contaba la gloriosa conquista de Polonia. Las imágenes mostraban a unos soldados polacos que arrojaban sus rifles frente a unos soldados alemanes sonrientes, mientras se desenvolvían los estandartes con la esvástica desde los balcones de los edificios públicos. Los civiles, sumisos, levantaban la vista hacia ellos.

Al fondo de la cantina, un pequeño grupito permanecía ligeramente aparte de sus camaradas uniformados. Eran miembros de la sección Kripo, la élite de la división de investigación policial. El inspector Horst Schenke, de aspecto fibroso, llevaba el pelo ondulado y castaño algo más largo que el austero corte que ostentaba la mayoría de los hombres de Alemania. En Berlín todavía persistía cierto aire rebelde en contra del régimen, a pesar del esfuerzo de las autoridades. Schenke estaba sentado en el borde de una mesa de la cantina, con los brazos cruzados, mirando el noticiario.

–Por Dios santo, ¿cuántas veces hemos visto ya este tipo de cosas? –Gruñó el hombre que tenía al lado–. Se diría que Polonia fue derrotada ayer mismo... y ya han pasado seis meses.

Schenke miró al hombre, robusto y con el pelo muy corto. El sargento Hauser era el segundo al mando de los diez hombres y dos mujeres de la sección. El oficial de policía tenía veinte años de experiencia, y también fue veterano del ejército imperial y sirvió en el Frente Occidental. Era miembro del partido, pero laxo en cuanto a sus postulados se refería.

–Dé gracias que los líderes todavía estén recreándose con esta victoria en lugar de buscar pelea en otro sitio –murmuró Schenke.

–Francia y Gran Bretaña todavía nos siguen en el juego –respondió Hauser.

–Cierto, pero ¿por cuánto tiempo? Es demasiado tarde para salvar a Polonia, y les están dando una buena paliza en Noruega. Cabe preguntarse, por tanto, qué es lo que ganarían si continuaran la guerra –replicó Schenke con voz seca y sarcástica–. Como sigue señalando el Führer.

Aquélla era una argumentación que había oído en muchas ocasiones. Solía presentarse en todos esos artículos con los que la prensa trataba de presentar a Hitler como un hombre de paz, alguien empeñado en poner fin a las hostilidades. Sin embargo, existía un sentimiento creciente de ansiedad en Berlín ante la perspectiva de que la guerra escalara hasta convertirse en un conflicto mucho más peligroso. Schenke estaba convencido de que eso era lo que les deparaba el futuro, aunque se cuidaba mucho de compartir sus preocupaciones sólo con su círculo de confianza más íntimo.

En el noticiario apareció un nuevo título: «¿Qué vamos a hacer con las razas inferiores?». Y más trompetas, hasta que el tono de la música fue cambiando y adquirió un registro mucho más siniestro. Siguió un montaje de campesinos retratados junto a sus chozas, y luego de judíos en suburbios destartalados. Schenke bajó la vista y miró las gastadas tablas del suelo, mientras sus pensamientos se desplazaban hacia una mujer judía a la que conocía tan íntima como ilegalmente. Ruth había pasado las semanas más crudas del invierno en su apartamento, hasta que llegaron los primeros días de primavera. Tuvo que permanecer en completo silencio cuando él no estaba, por si los vecinos detectaban su presencia, así que ambos se sintieron muy aliviados cuando por fin encontró una habitación en una casa cerca de la fábrica Siemens, donde ahora trabajaba para ganarse el pan. No había tenido noticias suyas desde hacía casi un mes, y estaba ansioso por saber algo de ella.

Cuando volvió a levantar la vista, el noticiario ya estaba tratando otro tema distinto. Un nuevo letrero llenaba la pantalla: «Llevando la ley y la civilización al este». La narración ensalzaba el valor y la decisión de los batallones policiales que estaban cazando a los partisanos polacos que aún resistían, o despejando las granjas y propiedades urbanas de judíos en favor de los colonos alemanes. Schenke prestó poca atención a los detalles, y de este modo el noticiario llegó a su fin con otro floreo de trompetas.

–¡Abran las persianas! –exclamó el oficial de educación nazi, cuando el proyector se apagó. Los rieles de las cortinas chirriaron antes de permitir que los rayos de luz inundaran la sala. El oficial consultó sus notas y se dirigió al público.

–Esta última parte es de una relevancia particular para los camaradas de la policía. La misión del Reich se enfrenta a grandes retos para imponer el orden en nuestras nuevas tierras del este. Los batallones de policía ya están llevando a cabo un buen trabajo, pero son muy pocos, dada la inmensidad del desafío al que se enfrentan. Por lo tanto, se están formando nuevos batallones para que acudan en su ayuda. Me enorgullece anunciar que se está creando uno aquí, en Berlín. Se ha emitido un llamamiento a los agentes más experimentados para que acompañen a los numerosos jóvenes que ya se han ofrecido voluntarios.

–No me sorprende –gruñó Hauser–. Todos esos sólo son cobardes que prefieren un destino cómodo y seguro antes que ser reclutados para ir al frente, donde el enemigo se revuelve y lucha.

Era una queja bastante justa, y Schenke lo reconoció. No había oído hablar de informes de bajas en el batallón policial que servía en Polonia. Controlar en ese sentido el territorio conquistado seguramente sería una misión más segura que verse embarcado en cualquier conflicto que Alemania tuviera en el horizonte. Miró a los miembros de su sección: Persinger tenía ya los cuarenta y estaba casado, así que dudaba de que se ofreciera voluntario para el nuevo batallón. Pero Baumer, que se había casado el año anterior, era más joven y ambicioso. No...



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