Scarrow | Muerte en la noche | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 432 Seiten

Scarrow Muerte en la noche


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-350-4973-3
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 432 Seiten

ISBN: 978-84-350-4973-3
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



UN THRILLER DEL INSPECTOR SCHENKE Berlín, enero de 1940. El poder del partido nazi es absoluto en la ciudad. Y, además, Alemania ya ha conquistado Polonia. Una noche gélida, un médico de las SS y su esposa regresan a casa tras una agradable velada junto con sus compañeros de partido en una sala de conciertos. Pero, al amanecer, encuentran el cuerpo del médico sin vida en medio de un charco de sangre. Hay quien pretende registrar el fallecimiento como un suicidio, pero las primeras pruebas halladas por el inspector criminal Horst Schenke apuntan a un asesinato escalofriantemente bien preparado. Y pronto, además, descubrirá ciertos vínculos con la misteriosa muerte de un niño... Entonces, y pese a que sus superiores deciden bloquear la investigación, Schenke sabe que no puede detenerse. Un aterrador secreto está a punto de salir a la luz. En tiempos de guerra, bajo un régimen despiadado, hay lugares a los que nadie debería entrar jamás. Y Schenke teme no regresar con vida...

Simon Scarrow fue profesor de Historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya más de veinte entregas ('El águila en el Imperio', 'Centurión' ,'Invictus' y 'Muerte al emperador', entre otras). Además de la serie juvenil «Gladiador», es autor de cuatro novelas históricas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Piratas de Roma', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'; de un ambicioso proyecto sobre las vidas paralelas de Napoleón y Wellington ('Sangre joven', 'Los generales', 'A fuego y espada'y 'Campos de muerte'), y de dos thrillers: uno sobre inteligencia artificial, 'Jugando con la muerte', y otros ambientados en el Berlín de las SS: 'Blackout' y 'Muerte en la noche'. En su último proyecto, 'Guerrero', vuelve a la época de la Antigua Roma para contarnos la conquista desde el punto de vista de los britanos.
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Prólogo

Berlín, 28 de enero de 1940

El coro y la orquesta llegaban ya al final de la repetición de Fortuna Imperatrix Mundi. Con un movimiento último de su batuta, el director de orquesta puso fin a la interpretación e inclinó la cabeza como si estuviera exhausto. De inmediato, el público de la Philharmonie dejó escapar los vítores, y los aplausos resonaron atronadores en toda la sala. El director se volvió y parte del público se puso en pie, en una ovación. El resto no tardó mucho en seguir su ejemplo.

El doctor Manfred Schmesler suspiró al levantarse, muy tieso. Como la mayoría de los asistentes, llevaba puesto el abrigo y los guantes. La escasez de carbón en la ciudad había obligado a restringir el uso de la calefacción, así que después de una hora el aire estaba gélido, a pesar de que la sala estaba abarrotada. Schmesler se preguntó cómo habrían podido tocar los intérpretes en esas condiciones. Quizá la necesidad de concentrarse fuera suficiente para abstraerse de la helada atmósfera.

Notó una ligera presión en el brazo y se volvió hacia su mujer, Brigitte. Ella le dijo algo inaudible, luego carraspeó un poco y levantó la voz, mientras él aguzaba el oído en su dirección.

–Decía que han tocado de maravilla.

–Sí –respondió él–. Dadas las circunstancias.

Los aplausos continuaron mientras Wilhelm Furtwängler indicaba con un gesto a su orquesta que hiciera una reverencia, tras lo cual le llegó el turno al coro. Los aplausos fueron apagándose hasta dar paso al típico bullicio del público marchándose. Schmesler guio a su mujer hacia el exterior, junto con la pareja que los había acompañado, el abogado Hans Eberman y su esposa Eva. Los dos matrimonios se habían conocido unos meses antes, en una fiesta, y desde entonces compartieron algunos eventos sociales.

–Ha sido una suerte que las entradas fuesen gratis –les dijo Eberman.

Schmesler, que conocía lo suficiente a su amigo para notar la ironía, le sonrió. Desde que el Partido Nazi se hiciera con el poder, gran parte de los músicos y compositores del país habían tenido que partir hacia el exilio, lo cual hizo que los conciertos en la capital fueran bastante repetitivos. «Al menos nos hemos ahorrado una velada de Wagner», pensó Schmesler.

Mientras se dirigían hacia la salida, la gente buscaba los pañuelos, las bufandas y los sombreros con la intención de prepararse para el frío. Berlín se enfrentaba al invierno más duro desde que había memoria. Los canales y el río Spree estaban completamente congelados, y la nieve cubría toda la ciudad.

Parecía que la dura climatología se hubiese adecuado a que la nación estaba de nuevo en guerra. Schmesler, que había participado en el anterior conflicto, todavía conservaba en el recuerdo las cicatrices de lo vivido en el frente occidental. «La guerra que acabaría con todas las guerras», la habían llamado, y, sin embargo, apenas veinte años más tarde había estallado la siguiente. Y, con ella, el racionamiento de los alimentos y el suministro energético. En cuanto se ponía el sol, Berlín quedaba completamente inmersa en la más negra oscuridad.

La escasez cada vez más acuciante de carbón hacía que la calefacción fuera un lujo al que sólo unos pocos tenían acceso, sobre todo los miembros importantes del Partido Nazi o sus secuaces. Por fortuna, Schmesler era miembro. Al igual que otros profesionales, como Eberman, tuvo la visión suficiente para comprender que ser miembro del partido era condición sine qua non para tener éxito en su carrera, así como para servir a algún objetivo más privado. Los que llevaban en el partido desde los días de la República de Weimar miraban con desdén a los recién llegados y su flamante entusiasmo por la causa. Y, más importante aún: no les entusiasmaba compartir con ellos su suministro de carbón.

Era raro, pensó Schmesler, que un recurso antes tan habitual ahora fuese un artículo raro y valioso. El poco carbón que se podía encontrar en la capital era, para colmo de todos los males, de la variedad desgasificada. Le faltaba ese brillo grasiento que tenía el de mayor calidad, y que generaba mucho más calor. Tanto era así que Brigitte y él se veían obligados a quemar leña en las estufas de su casa de Pankow, para mantenerse calientes y tener el agua suficiente para lavarse. La caldera sólo funcionaba los fines de semana y los martes y jueves por la noche, cuando lo permitían los suministros de carbón. Incluso la leña escaseaba ya, así que Schmesler no hacía más que rezar para que acabase ya aquella prolongada ola de frío polar.

Al acercarse a la salida en el vestíbulo, oyó una áspera voz que penetraba entre el murmullo de las conversaciones.

–¡«Ayuda para el invierno»! ¡Recaudación de «Ayuda para el invierno»!

Vio a cuatro hombres con sobretodo y las gorras marrones de los paramilitares del partido. Uno de ellos agitaba en alto una lata al mismo tiempo que repetía una y otra vez la consigna.

–Malditos sean –murmuró Eberman–. ¿No nos sangran ya bastante con sus condenadas colectas?

Schmesler buscó en el bolsillo de su abrigo y sacó un puñado de insignias. Hurgando entre ellas, encontró las que se había ganado mediante anteriores donaciones de «Ayuda para el invierno». Tendió una a Eberman y se puso la otra en la solapa, donde pudiera verse bien. Su compañero sonrió al pensar en marcar un tanto a los esbirros del partido, apiñados junto a las salidas, donde intimidaban a los transeúntes para que entregasen dinero para la causa. Un visitante en Berlín podía pensar que aquello era caridad, pero sus habitantes lo reconocían como lo que era: prácticamente un atraco.

Un hombre sonriente bloqueó el camino del grupo que iba delante de Schmesler.

–Ofrece algunas monedas para ayudar a los que las necesitan, amigo.

Detrás de aquella aparente petición educada, se escondía, en realidad, una orden. Los que salían del concierto lo sabían bien, así que si no tenían la suerte de contar con una insignia se apresuraban a pagar y salían corriendo.

Cuando le tocó el turno a Schmesler, éste inclinó ligeramente el hombro para enseñar la insignia. Con un simple gesto, el de las SA les indicó que podían pasar y se encaró a los que iban tras ellos. Schmesler cogió a su mujer por el brazo y apretó el paso para dejar atrás el vestíbulo y luego la puerta giratoria de salida. De inmediato, el helado aire de la noche mordió la piel expuesta, así que bajaron la cabeza y se taparon bien los cuellos. De sus bocas escaparon remolinos de vapor.

Eberman fue a devolverle su insignia a Schmesler, pero él negó con la cabeza.

–Guárdatela. Quién sabe cuántos grupos de SA habrá en las calles esta noche.

–Gracias.

A pesar del bloqueo, entre la luz de los faros de los coches y los montículos de nieve tuvieron suficiente para saber por dónde iban. Schmesler los condujo a lo largo de la calle hacia la estación del U-Bahn. En cuanto se apartaron de la multitud que surgía del teatro, aminoraron el paso para que la otra pareja pudiera ponerse al mismo nivel que ellos. La nieve pisoteada se había convertido en hielo, lo que obligó a su esposa a agarrarse a su brazo para no resbalar. Dadas las penosas circunstancias para moverse, no volvieron a intercambiar palabra alguna hasta llegar a los escalones de la estación, donde se separarían. Schmesler y su esposa debían coger un tren a Pankow, mientras que los Eberman continuarían caminando hasta su apartamento, en la calle siguiente.

–¿Vamos al concierto de Richard Strauss el viernes que viene? –preguntó Eva.

Su marido bufó.

–Tampoco es que haya mucho donde elegir ahora mismo.

Ella le dio un golpe en el hombro.

–Quizá Strauss no sea el tipo de compositor de primera clase de esos que tanto te gustan, pero al menos es un compositor de segunda clase de primera.

Los cuatro rieron la broma, que Eberman se apresuró a rematar:

–Parece que ninguna pieza de música alemana sea tan sofisticada que no se pueda cantar en un mitin del Partido Nazi, ¿no?

–Venga ya... –dijo Schmesler–. Es música, de todos modos, una distracción agradable de la guerra. Nos irá bien.

–Supongo...

–Arreglado, pues. Esta vez te toca a ti sacar las entradas, amigo mío.

Schmesler miró hacia la entrada de la estación y oyó que se aproximaba un tren.

–Tenemos que irnos. –Se volvió hacia su compañero–. ¿Nos vemos para comer el lunes próximo y hablar de ese tema que quieres discutir?

Eberman negó con la cabeza.

–Ya no importa. En otra ocasión, quizá.

Se estrecharon la mano para despedirse, y ambas parejas se separaron. Los Schmesler corrieron escaleras abajo hacia la estación. Llegaron al andén justo cuando paraba el tren que iba hacia el norte. Se abrieron las puertas; algunos bajaron, otros subieron, y volvieron a cerrarse. Después de que el guardia hiciera sonar el silbato, el tren se puso en movimiento con una sacudida. Schmesler y su mujer estuvieron a punto de perder el equilibrio mientras buscaban asiento, lo que les hizo recordar aquella noche en que Schmesler invitó a Brigitte a salir, nada más conocerse. El movimiento del tren los lanzó el uno hacia el otro, y él instintivamente le pasó un brazo alrededor a ella para evitar que se cayese. Fue suficiente para romper el hielo, para que ambos se pusieran a reír como tontos....



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