E-Book, Spanisch, Band 22, 200 Seiten
Reihe: Quinto Licinio Cato
Scarrow Rebelión
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-350-4682-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 22, 200 Seiten
Reihe: Quinto Licinio Cato
ISBN: 978-84-350-4682-4
Verlag: EDHASA
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Simon Scarrow fue profesor de Historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya más de veinte entregas (El águila en el Imperio,?Centurión,?Invictus y Muerte al emperador, entre otras). Además de la serie juvenil «Gladiador», es autor de cuatro novelas?históricas?independientes:?La espada y la cimitarra,?Piratas de Roma, Sangre en la arena y?Corazones de piedra, de un ambicioso proyecto sobre las vidas paralelas de Napoleón y Wellington (Sangre joven,?Los generales,?A fuego y espada?y?Campos de muerte), y de dos?thriller?: uno sobre inteligencia artificial, Jugando con la muerte, y otros ambientados en el Berlín de las SS: Blackout y Muerte en la noche.?En su último proyecto, Guerrero, vuelve a la época de la Antigua Roma para contarnos la conquista desde el punto de vista de los britanos.??
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CAPÍTULO UNO
Provincia romana de Britania, verano del 61 d. de C.
La columna tenía problemas. El centurión Bernardico, comandante de la Primera Cohorte de la Novena Legión, lo notó en cuanto avistaron al enemigo. Se hizo sombra en los ojos con la mano para poder superar el fulgor del sol y atisbar lo que estaba pasando. Una fila de jinetes distantes contemplaba a los romanos que se aproximaban desde un risco bajo, a menos de un kilómetro por delante. Al principio, el centurión los confundió con alguno de los exploradores de la legión que protegían el avance del legado Cerialis y sus soldados. Pero había algo irregular en la disposición de los jinetes. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la ausencia de estandarte alguno o de crestas rojas en los cascos de los oficiales.
Así que se preguntó cómo, por el Hades, aquellos jinetes rebeldes habían logrado introducirse entre las filas de sus exploradores. El oficial al mando del piquete montado iba a probar el agudo filo de su lengua aquella noche, cuando la columna se detuviese para formar el campamento, suponiendo que el enemigo no hiciera de las suyas antes, claro.
Bernardico guiñó los ojos por culpa del sol mientras calculaba que debían quedar unas tres horas más de marcha antes de que el legado detuviera la marcha. Quizás un poco más, ya que el día anterior habían parado tarde. Tanto que sólo pudieron establecer la empalizada de estacas afiladas en torno al campamento. Ni foso, ni terraplén.
Aquello hizo que el centurión pasara una noche inquieta. Estaban en territorio hostil, una región repleta de peligros, constatados además durante la sesión informativa de Cerialis en la base de la legión en Lindum, dos días antes. Había llegado un mensaje del magistrado de mayor rango de la colonia de veteranos de Camuloduno informando de un levantamiento de la tribu de los icenos y sus aliados trinovantes. El magistrado se había enterado de que los rebeldes se dirigían hacia Camuloduno, así que rogó a la Novena Legión que marchase al rescate de los veteranos.
Como centurión de mayor rango de la legión, Bernardico expuso entonces sus preocupaciones al legado, pero lo rechazaron con altivo desdén.
–Estamos tratando con gentuza, campesinos armados –se burló Cerialis–. Son dirigidos por los restos de la casta de los guerreros que sobrevivieron a la conquista. No tenemos nada que temer de semejante chusma. En cuanto echen un vistazo a la vanguardia de la Novena, se volverán con el rabo entre las piernas y correrán a ponerse a salvo en el bosque y los pantanos de su territorio.
–Ojalá tengas razón, señor –asintió Bernardico, diplomáticamente–. Pero... ¿y si nos plantan cara y pelean?
Una sonrisa fría se formó en los labios de Cerialis.
–Entonces los aplastaremos, dispersaremos a los supervivientes y crucificaremos a los cabecillas. Y después dudo que ninguna tribu de la isla que viva bajo nuestro gobierno tenga el valor de volver a rebelarse jamás.
Bernardico no pudo evitar sentir una cierta amargura irónica ante las palabras de su superior. Había visto a la reina Boudica varios meses antes, durante la entrega del tributo anual ante el gobernador provincial, en Londinium. Alta, arrogante, con el cabello rojo como la llama, sobresalía entre los líderes tribales. Una mujer a la que había que tener en cuenta, pensó entonces Bernardico, y resultó que tenía razón. Si Boudica se ponía al mando, su gente, hombres y mujeres, viejos y jóvenes por igual, con toda seguridad la seguirían en su deseo de humillar al emperador Nerón.
Roma siempre había temido a las mujeres poderosas, pero, por fortuna para el Imperio, acabó triunfando sobre ellas. Sin embargo, el centurión no podía evitar sentir una cierta ansiedad. En otras circunstancias, hubiese compartido la confianza del legado. Tal como estaban las cosas, el grueso del ejército romano en Britania se hallaba ocupado en una campaña contra las tribus de las montañas, lejos, hacia el oeste de la isla. El gobernador Paulino había despojado a la provincia de sus mejores soldados para rellenar las filas del ejército, incluyendo cuatro cohortes de la Novena. Las únicas fuerzas disponibles para enfrentarse a Boudica y sus rebeldes comprendían los reclutas más inexpertos: los que se estaban ejercitando en la base de la Segunda Legión, en Isca Dumnonioro, que apenas eran un puñado de auxiliares de baja calidad y las seis cohortes que quedaban de la Novena, en Lindum.
Aunque Bernardico estaba muy orgulloso de su legión, era consciente de que las cohortes que marchaban tras él andaban escasas de fuerzas. Sus hombres no habían dado la talla para unirse a esos camaradas que ahora servían bajo Paulino.
También tenía claras las limitaciones de su superior. El legado Cerialis había sido nombrado comandante de la Novena recientemente. Llegó a Britania envuelto en la habitual arrogancia y ambición de los de su clase. Su única experiencia de combate se limitaba a una breve expedición punitiva al otro lado del Rin durante su servicio como tribuno. Le faltaba mucho esfuerzo para conseguir la experiencia necesaria para convertirse en un legado decente.
Todas aquellas reflexiones se deslizaron por la mente del veterano centurión en unos instantes. A continuación, dejó escapar un hondo suspiro antes de dar la orden.
–¡Primera Cohorte! ¡Alto!
Los hombres, inclinados ligeramente hacia delante bajo el peso de las sarcinas que colgaban de las furcas, dieron un paso y medio más por el camino antes de detenerse. Algunos lo miraron con sorpresa. No habían pasado ni dos kilómetros desde su última parada, así que les pareció que era demasiado pronto para establecer un campamento. Pero Bernardico los ignoró. Se adelantó otros veinte pasos para observar a los jinetes distantes.
El sordo ruido de los cascos anunció la llegada del legado Cerialis con su pequeño grupo de oficiales del estado mayor, tribunos de cara juvenil que todavía no habían visto ningún combate. Quizás eso estuviera a punto de cambiar, pensó Bernardico.
–¿Qué demonios significa esto? –saltó Cerialis–. ¿Quién ha dado la orden de alto?
El centurión se volvió y saludó.
–He sido yo, señor.
Cerialis frunció el ceño.
–¿Por qué?
Bernardico señaló hacia el risco. El legado se puso tenso y guiñó los ojos con brevedad.
–¿Y qué?
–El enemigo, señor.
–Tonterías. Son nuestros exploradores.
–Míralos bien. Si ésos son romanos, yo soy druida, señor.
Cerialis y sus tribunos volvieron a observar, hasta que uno de los últimos se aclaró la garganta.
–El centurión tiene razón, señor.
–¿Y dónde están los exploradores, pues? Se suponía que tenían que limpiar el camino delante de nosotros.
Bernardico respiró hondo antes de responder.
–Sospecho que o están muertos o han sido hechos prisioneros. Con suerte, habrán huido y algunos puedan regresar. Lo que está claro es que no son esos que vienen hacia aquí, señor.
–¿Cómo es posible? –Cerialis lo miró como si el centurión se hubiese vuelto loco.
Bernardico se encogió de hombros, lo que provocó un silencio tenso mientras los oficiales esperaban que el legado diera nuevas órdenes. Cerca, los legionarios permanecían atentos, todavía con las furcas al hombro. Al final, el tribuno de mayor rango situó su caballo junto a su superior.
–Da la orden, señor, y yo mismo dirigiré al resto de nuestro contingente montado hacia delante para expulsar del camino a esos rebeldes.
Cerialis se mordió el labio superior un momento y luego negó con la cabeza.
–Si han acabado con los exploradores, no desperdiciaré más hombres ni los enviaré a una persecución inútil. No... Seguiremos avanzando. Los rebeldes no se atreverán a atacar a la columna. Además, hay que llegar a Camuloduno tan rápidamente como podamos para salvar a nuestros camaradas.
Y, sin duda, recibir una corona cívica por dicha heroicidad, pensó de manera cínica Benardico. Como la mayoría de los de su clase, Cerialis estaba ansioso por conseguir condecoraciones militares para añadir más brillo a su nombre familiar.
–Transmite la orden de que la columna se cierre –continuó el legado–. La caballería debe formar en la retaguardia.
–Sí, señor.
El tribuno recorrió de vuelta las filas de legionarios. Mientras tanto, Bernardico avanzó por el sendero, se llevó una mano en torno a la boca y aulló:
–¡Centuriones de la Primera Cohorte! ¡Conmigo!
Cuando estuvo lo bastante lejos del legado, se detuvo. Los otros centuriones de su cohorte se reunieron a su alrededor.
–Parece que ya no veremos más a nuestros exploradores, muchachos. Cerialis está decidido a llegar a Camuloduno como sea. Cree que podemos liquidar a cualquier rebelde que intente meterse con nosotros. De modo que toca mantenerse muy juntos y con los ojos bien abiertos, por si hay problemas. Somos la punta de lanza de la Novena, de modo que tenemos que dar ejemplo. Nada de flojeras ni de quejas, ¿entendido? Si los demás intentan bloquear nuestro camino, iremos a por ellos más rápido de lo que caga una oveja. –Al contemplar a sus subordinados, sólo encontró miradas firmes–. Los camaradas de Camuloduno cuentan con nosotros. Son buenos hombres, os lo aseguro. Conozco a su magistrado en jefe, de cuando ambos servíamos en la...




