Scarrow | Traidores a Roma (XVIII) | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 18, 504 Seiten

Reihe: Serie Quinto Licinio Cato

Scarrow Traidores a Roma (XVIII)


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4782-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 18, 504 Seiten

Reihe: Serie Quinto Licinio Cato

ISBN: 978-84-350-4782-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Año 56 d.C. El tribuno Cato y el centurión Macro, veteranos ya del ejército romano endurecidos por la batalla, aguardan la próxima campaña en Thapis, pequeña ciudad situada cerca de la frontera oriental. Roma prepara sus ejércitos para la lucha contra los partos, cada vez más cercana. Mientras, los espías de la peligrosa y misteriosa Partia los tienen en su punto de mira, pero también son conscientes de que el verdadero enemigo puede estar entre los suyos. Hay un traidor en sus filas. Y ésa podría ser la amenaza más mortal para la legión... y el mismo Imperio, Roma no muestra piedad con los que traicionan a sus camaradas. Pero primero hay que descubrir al culpable. De forma que Cato y Macro se exponen a una carrera contra el tiempo para sacar a la luz la verdad, mientras que el poderoso enemigo sobre la frontera se mantiene alerta para explotar cualquier debilidad en la legión. Luego, el traidor deberá morir....

Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César y Sangre de Roma, entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa. En 2017, junto con Lee Francis, se ha embarcado en un nuevo proyecto: Jugando con la muerte, thriller protagonizado por Rose Blake, agente especial del FBI.
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CAPÍTULO DOS

Mientras el resto del ejército vivía en tiendas en sus campamentos fuera de Tarso, Cato y sus hombres estaban alojados en la ciudad, ya que los pretorianos habían sido asignados como guardia personal del general. La decisión de Córbulo de enviarlos a la acción el año anterior había sido un riesgo político calculado, así como militar, ya que el emperador se habría tomado muy mal la pérdida de una de sus más preciadas unidades de guardia. En aquel entonces, sin embargo, el general tenía tan pocos hombres fiables a su disposición que consiguió sus propósitos a la fuerza. La Segunda Cohorte había tenido muchas pérdidas, y ahora, tan lejos de Roma, no había forma de reemplazarlas con reclutas nuevos. Resultaba un magro consuelo saber que a Córbulo le quedaban tan pocos hombres que no podía enviarlos de nuevo al campo de batalla. Servirían en la campaña junto al general y su Estado Mayor, lejos de la línea de combate. Eso iba a frustrar muchísimo al centurión Macro, pero era una fuente de profundo alivio para su novia, Petronela. Especialmente, dado que estaba a punto de convertirse en su esposa.

Cato sonrió anticipando las celebraciones de la boda, al día siguiente. Sería una cosa discreta. Además de él y otros oficiales de la cohorte, asistirían unos pocos hombres de las otras unidades que eran amigos de Macro, así como un puñado de gente de la localidad, y el hijo de Cato, de cinco años, Lucio.

Gracias a Lucio había conocido Macro a su futura esposa. Petronela había sido la niñera del chico, tras ser comprada en un mercado de esclavos en Roma para tal fin. Orgullosa e inteligente, era exactamente el tipo de mujer que necesitaba Macro, pensaba Cato. Además, adoraba a Lucio, y él a su vez la quería mucho también. Su madre había muerto poco después de nacer él y, dado que Cato había estado de campaña durante la mayor parte de la vida del niño, se había generado un fuerte vínculo entre Lucio y su niñera. Ella ya no era esclava, desde luego. Cato le había concedido la libertad un año antes, y ella y Macro vivían con él, juntos, en la casa que tenía alquilada en Tarso. Y ahora el centurión había decidido legalizar su relación.

A lo largo del último mes, Petronela se había mantenido alegremente ocupada con los preparativos, mientras Macro la contemplaba con una diversión que luego se transformó en preocupación, cuando vio la cantidad de dinero que ella estaba gastando. Pero, como le explicaba ella, cosas como una estola de seda para la ocasión, las flores, el festín, los entretenimientos y las bendiciones del sacerdote del culto imperial de Tarso no eran baratas, ni mucho menos gratis. Cato contemplaba maravillado a su amigo, el intrépido veterano de tantas batallas, cuando éste se encogía de hombros mansamente, rindiéndose a los deseos de la mujer. Parecía que el amor había podido conseguir lo que ningún arma enemiga, ningún guerrero bárbaro, había conseguido nunca.

En ese momento, Cato caminaba por una calle que salía del foro hacia el barrio judío, a la cómoda casa en la cual su pequeña familia tenía alquiladas unas habitaciones. El calor de la tarde era mucho más pegajoso aún en los confines de la ciudad, y el sudor le caía por la frente mientras trataba de evitar los pequeños montones de desperdicios y aguas residuales que se habían acumulado en la vía. Intercambió un saludo con un grupo de legionarios, que se apartaron precavidamente cuando Casio pasó junto a ellos. Al pasar cerca de un arco con una menorá tallada en la superficie de la piedra angular, entró en una pequeña plaza.

La casa del platero Yusef quedaba en el extremo más alejado; la entrada flanqueada por una panadería y una tienda de alfarería. Al acercarse, vio a Petronela sentada en un escalón, a poca distancia de la puerta, intentando refrescarse con un abanico de paja. Frente a ella, Lucio jugaba con algunos de sus soldados de madera. Una niña pequeña, de pelo oscuro, vestida con una túnica sencilla, estaba sentada junto a él. Cato la reconoció como la hija de uno de los vecinos; Lucio hablaba de aquella niña como amiga suya, aunque luego se había vuelto tímido y negaba que había decidido jugar con una chica y decía que ella simplemente andaba por allí.

Petronela se levantó cuando vio llegar a su antiguo amo y lo saludó.

–¡Mira quién está aquí, Lucio!

El niño levantó la mirada y, poniéndose en pie, sonrió ampliamente.

–¡Casio!

Casio tiró de la correa, pero Cato lo sujetó firmemente mientras se acercaba. Lucio corrió a abrazar al perro, y la larga lengua de Casio paseó por su rostro. La niña retrocedió. Cato comprendía su nerviosismo, dado el tamaño y el aspecto salvaje del animal.

–Casio, ¿eh? –suspiró, teatralmente–. ¿Y a tu padre no lo saludas?

Se inclinó y alborotó los oscuros rizos de Lucio. Su hijo le dio un abrazo de circunstancias, sin dejar de palmear el flanco del perro. Cato miró a la niña.

–¿Cómo está hoy la pequeña Junilla?

Ella le devolvió la sonrisa, tímidamente; luego se dio la vuelta de repente y se alejó corriendo, metiéndose en un pasaje que estaba un poco más allá, en la misma calle.

–¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? –frunció el ceño Cato.

Petronela se echó a reír.

–No eres tú, amo. Es el perro. A mucha gente de la ciudad en realidad le parece un lobo. Si no lo conociera mejor, yo pensaría lo mismo. Vamos, Lucio, recoge tus juguetes. Es hora de ir dentro.

El niño dio una última palmada en la cabeza al animal y retrocedió cuando la larga lengua le lamió de nuevo la cara. Tras recoger las figuras de madera, siguió a los adultos y subió los escalones de la puerta delantera para entrar en la casa del platero.

Dentro, un pasillo corto conducía al sencillo atrio, donde una pequeña pileta reflejaba parte de la luz que entraba por la abertura superior. Dispuestas en los cuatro lados se encontraban la oficina y la vivienda del propietario, y también la cocina. Las habitaciones que alquilaban Cato y Macro daban al pequeño patio con jardín de la parte de atrás. El suave gorgoteo de la fuente saludó a Cato en los oídos cuando se abrió camino hacia el jardín y recorrió el sendero de grava hasta el estanque donde salpicaba el agua. Desató la correa del perro y se sentó en uno de los bancos sombreados por una celosía cubierta de parras que rodeaba el estanque.

Lucio colocó sus soldados de juguete al lado de su padre. Se sentó en el borde del estanque, de mármol, y metió los pies desnudos en el agua, dando suaves patadas para refrescarse los pies. Mirando a su alrededor con un esperanzado movimiento del rabo, Casio esperaba el momento de que alguien jugase con él. Como nadie respondía, se sentó pesadamente a los pies de su amo y luego bajó la cabeza entre las patas delanteras y dejó escapar un profundo suspiro.

–¿Qué tal van los preparativos para el gran día? –preguntó Cato.

Petronela se instaló en el banco de al lado y sonrió, feliz.

–Creo que todo está dispuesto, amo.

–¿Tú crees? –Cato arqueó una ceja y sonrió–. Será mejor estar seguros, antes de que vuelva el centurión. Insiste mucho en los detalles, como sabes. No me gustaría contrariar a Macro...

–Ah, es un gatito, si uno sabe cómo tratarlo. Además, creo que le he dejado bien claro quién será la que lleve aquí los pantalones.

–¿Seguro que no fuiste centurión en una vida anterior? O bien prefecto de campo... Para ser una mujer tan guapa y futura esposa, pareces tener el porte y los modales de un veterano bien curtido.

La expresión de Petronela se volvió algo tensa.

–Pasar la mayor parte de tu vida como esclava hace eso a las personas, amo.

–Pero ya no eres esclava. Eres libre. Ya no soy tu amo.

–Es la fuerza de la costumbre, señor.

Intercambiaron una ligera sonrisa. Aunque ya no era propiedad de Cato, Petronela, como cualquier persona que había sido liberada, estaba obligada a contemplarlo como su patrón durante el resto de su vida. A cambio de su lealtad y de servicios ocasionales, era deber de él asegurarse de su bienestar. Por supuesto, reflexionó él, ése era el principio general. Muchos no lo cumplían. Algunos amos trataban a los antiguos esclavos como si sólo estuvieran un escalón por encima de su situación anterior. Y muchos esclavos pagaban la amabilidad de sus antiguos amos con un frío desprecio cuando eran liberados. En algunas circunstancias, los libertos resultaban tener tanto éxito en sus empresas que amasaban grandes fortunas y se volvían mucho más ricos que sus antiguos propietarios. Sin embargo, habían sido esclavos, y ni todas las ropas finas ni perfumes caros del mundo podrían cambiar su posición, muy inferior dentro de la jerarquía social de Roma.

De no ser por el favor imperial del que había disfrutado su padre, Cato habría sufrido el mismo destino de los libertos. Y de hecho se le había concedido la ciudadanía con la condición de que sirviera en el ejército. Pero, incluso ahora, se preguntaba cuántos de los oficiales conocían su humilde origen y se burlaban de él a sus espaldas, a pesar de haber sido elevado al rango ecuestre. A él no le preocupaba mucho lo que pensaran de él, en realidad. Se había ganado la reputación de la manera más difícil, a diferencia de todos aquellos cuyo prestigio les era concedido por el simple azar de nacimiento. Él poseía una cierta riqueza también, tras haber heredado las propiedades de su suegro, el senador Sempronio. Tenía una casa en Roma, una finca de labranza en Campania y unas rentas procedentes de una casa de...



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