Scarrow | Venganza - Gladiador IV | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 4, 288 Seiten

Reihe: Gladiador

Scarrow Venganza - Gladiador IV


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4744-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 4, 288 Seiten

Reihe: Gladiador

ISBN: 978-84-350-4744-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Marco ha quedado al fin libre del brutal régimen de entrenamiento de los gladiadores, pero no va a descansar hasta que encuentre a su madre. Junto con sus viejos amigos a su lado, Festo y Lupo, y una carta firmada por el propio César pidiendo a todos los que se crucen en su camino que lo ayuden en su nombre, comienza el viaje. Regresará a las tierras donde vivió como esclavo: la remota hacienda agrícola del salvaje Décimus. Sin embargo, Grecia está gobernada por el engaño y la corrupción, y nadie parece querer que Marco tenga éxito en su empresa. De hecho, la mayoría preferiría verlo muerto y los poderosos conspiran contra él... ¿Será el fin del hijo de Espartaco? Venganza es la cuarta y emocionante entrega de la maravillosa y exitosa serie 'Gladiador' que Scarrow, best-seller de la novela histórica, ha escrito para los más jóvenes. La introducción perfecta a la historia de Roma y los gladiadores para jóvenes lectores; excelente para los fanáticos de Percy Jackson de Rick Riodan y Harry Potter de J.K. Rowling.

Simon Scarrow fue profesor de historia hasta obtener un resonante éxito en el ámbito de la narrativa histórica con la serie protagonizada por los militares Cato y Macro, de la que Edhasa ha publicado ya las catorce entregas ('El águila en el Imperio!, '¡Roma Vincit!', 'Centurión', 'Hermanos de sangre','Britania', Los días del César y Sangre de Roma, entre otras). Además de la serie juvenil Gladiador, es autor de tres novelas independientes: 'La espada y la cimitarra', 'Sangre en la arena' y 'Corazones de piedra'. Con 'Sangre joven' inició el que quizá sea su más ambicioso proyecto novelesco: las vidas paralelas de Napoleón y Wellington, que ha culminado en cuatro entregas (Sangre joven, Los Generales, A fuego y espada y Campos de muerte), todas publicadas por Edhasa.
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Capítulo I

–¿Preparado? –preguntó Festo.

Marco asintió y miró a su alrededor. Estaban en la plaza del mercado de Calcis, un pequeño puerto en la costa del golfo de Corinto. Por debajo del mercado, la tierra bajaba en declive hasta el mar, de un azul brillante, bajo el cielo despejado, y con el resplandor del sol temprano de la tarde. Habían llegado a la ciudad después de caminar toda la mañana por la carretera de la costa, y allí se habían parado a tomar una comida sencilla, un estofado, en una tasca a un lado del mercado. Una multitud considerable se reunía ya en torno a los puestos del mercado y alrededor de la fuente se apiñaban los habituales grupitos de jóvenes. Eran una presa fácil para el ojo experto de Marco.

–¿Tenemos que hacer esto? –preguntó Lupo, sentado junto a Marco. Tenía diecisiete años, cuatro más que Marco, pero a menudo parecían tener la misma edad. Mientras que Lupo era bajo y delgado, Marco era alto para su edad. El duro entrenamiento al que se había sometido en la escuela de gladiadores, y después a cargo de Festo, cuando ambos servían a Julio César en Roma, le había dotado de un físico muy musculado.

Festo se volvió hacia Lupo con un suspiro de cansancio.

–Sabes que sí. El dinero que nos dio César no durará siempre. Será mejor que lo estiremos un poco ganando lo que podamos a lo largo del camino. Quién sabe cuánto tiempo nos costará averiguar dónde tienen prisionera a la madre de Marco.

Marco notó una puñalada de dolor en el corazón. Habían pasado más de dos años desde que la viera por última vez, cuando se separaron después del asesinato de Tito, el hombre que Marco pensaba que era su padre. Vivían felices, en una granja de la isla de Leucas, hasta el día en que Tito no pudo pagar a un prestamista. Unos hombres despiadados vinieron a apresar a la familia y venderlos como esclavos para pagar la deuda de Tito. El viejo soldado intentó resistirse, pero fue asesinado, y Livia y Marco acabaron condenados a la esclavitud. Marco había conseguido escapar, y desde entonces había jurado encontrar a su madre y liberarla.

Al principio pensó que era una tarea imposible, pero después de salvar la vida del César, el gran estadista romano le había entregado una pequeña suma de plata y una carta de presentación, junto con los servicios de Lupo y Festo, el guardaespaldas de mayor confianza de César, y lo liberó para que pudiera salvar a su madre. Navegaron entonces a Grecia con otros dos hombres, a quienes Festo había enviado de vuelta a Roma cuando quedó claro que el dinero del César se iba a agotar con demasiada rapidez con tantas bocas que alimentar.

Al desembarcar en Grecia, los tres tomaron la carretera de la costa a lo largo del norte del Golfo y se dirigieron hacia Estrato, donde Marco había encontrado por primera vez a Décimo, el prestamista que le había causado tanto dolor y sufrimiento. A lo largo de la ruta se habían financiado haciendo pequeñas representaciones en las ciudades y puertos por los que pasaban.

Festo apartó a un lado su cuenco vacío, se puso de pie y estiró los hombros y el cuello.

–En pie, chicos. Es hora de que empiece el espectáculo.

Marco y Lupo se levantaron del banco y cogieron sus bolsas. Contenían un poco de ropa de repuesto y un puñado de pertenencias personales: material de escritura, en el caso de Lupo, y un surtido de armas, en las de Marco y Festo. Festo buscó en su bolsa y arrojó unos cuantos ases de bronce en la mesa para cubrir el coste de su comida, y luego hizo un gesto a los dos chicos de que lo siguieran. Salieron de debajo del desgastado toldo de la tasca al resplandor del sol y se abrieron camino a través de la plaza hacia la fuente. Era finales de abril, y los arroyos de montaña iban tan llenos que el agua llegaba por los canales hasta el puerto, desde donde se alimentaba la fuente. Una corriente constante rebosaba de la copa central y salpicaba en el cuenco redondo que había debajo, refrescando el aire en torno a ella. Y por eso era el lugar de reunión favorito de los grupos de jóvenes y de matones que ofrecían sus servicios pagados a terratenientes y prestamistas. Justo el tipo de gente que Festo andaba buscando.

La fuente estaba rodeada por un breve tramo de escaleras, suficientes como para que quien estuviera arriba del todo fuera visto claramente por encima de la multitud en la plaza del mercado. Festo dejó la bolsa y los otros lo siguieron.

–Vigílalos –dijo Festo a Lupo. Luego se volvió hacia Marco–: Empecemos.

Se subieron al borde de la fuente y Festo levantó las manos, tomó aire, y entonces gritó a la multitud, en griego:

–¡Amigos! ¡Escuchadme, escuchadme!

Las caras se volvieron hacia la fuente. La gente se detuvo a mirarlo con curiosidad. Los grupos de hombres cerca de la fuente dejaron sus bromas ociosas y miraron al hombre y al chico que habían alterado su rutina diaria. No faltarían voluntarios para recoger el desafío que estaba a punto de lanzar Festo.

–¡Noble gente de Calcis! –continuó Festo–. Vosotros sois los herederos de la orgullosa tradición de los heroicos griegos que en tiempos se enfrentaron al poderoso imperio persa y lo derrotaron. Más recientemente, ay, habéis caído ante el poderío de Roma, y ellos..., o sea, nosotros, somos ahora vuestros amos.

Hizo una pausa para dejar que algunos gritos feroces de desafío resonaran entre la pequeña multitud que se iba reuniendo delante de la fuente. Marco, que se había criado entre los griegos, sabía lo orgullosos que se sentían de su civilización. Les contrariaba amargamente vivir bajo la orden de los romanos, a quienes consideraban inferiores, y Festo estaba explotando ese hecho deliberadamente, asegurándose de hablar con marcado acento latino cuando se dirigió a ellos de nuevo.

–Sin duda muchos de vosotros todavía os mantenéis leales al espíritu guerrero de vuestros antepasados.

–¡Sí! –gritó entonces uno de los matones que estaba a poca distancia–. ¡Y lo averiguarás enseguida, si no cierras esa bocaza!

Se oyó un coro de apoyo por parte de sus amigotes.

–¡Lárgate, romano! –continuó el matón, con una mueca amenazadora–. Y llévate a tus alfeñiques contigo.

Festo se volvió hacia el hombre con una sonrisa radiante.

–¡Ah, ya veo que tenía razón con lo de la gente de Calcis! Todavía viven un par de hombres de verdad aquí...

–¡Y más, romano! –respondió otro hombre muy robusto–. Y, ahora, haz lo que te dice éste y vete de aquí, antes de que la emprendamos contigo.

Festo levantó las manos y pidió silencio. Pasó un rato antes de que aquellos que se encontraban entre la multitud profiriendo insultos y amenazas se callaran, pero la mayoría de los habitantes de la ciudad querían saber qué pasaría a continuación, y les hicieron guardar silencio.

–¡No quería ofender a nadie! –exclamó Festo–. Somos simples viajeros que pasamos por vuestras tierras. Yo me llamo Festo. Si os he hecho enfadar, me disculpo con toda humildad ante vosotros. Pero parece que hay algunos aquí para los que no basta con una disculpa...

–¡Qué razón tienes, romano! –gritó el primer matón mirando a sus compañeros, que lo vitorearon.

Festo se encaró directamente con el hombre.

–En ese caso, me parece justo que tengas la oportunidad de darnos una buena lección –se volvió a Marco–. Es hora de usar los bastones de entrenamiento.

Marco asintió y abrió el hato de piel de cabra que llevaba colgado, y sacó de él un pequeño paquete de bastones de madera, todos de metro y medio de largo y más gruesos que el pulgar de un hombre. Le pasó uno a Festo, que lo levantó para que lo vieran todos.

–¿Hay alguien que quiera enfrentarse conmigo y con el chico y competir para ver quién aguanta más tiempo en pie de los dos?

–¡Yo! –El matón se golpeó el pecho y otros se unieron a él, señalando a Festo–. Me llamo Andreas. ¡Y te daré una paliza tal que nunca la olvidarás!

–¡Muy bien! –replicó Festo–. Pues tendremos competición. Pero que sea justa. Cuatro de los vuestros contra dos de los nuestros.

El matón se echó a reír, burlón.

–¡Hecho! Es hora de que los romanos, que os lo tenéis muy creído, os llevéis una buena lección. Cuatro contra vosotros, tú y tu niñato. Te llevarás una buena tunda, sin duda. Bueno, si me suplicas perdón, entonces quizá te deje salir de Calcis de una sola pieza. Eso sí: me tendréis que dar todo vuestro equipaje. Botín de guerra, romano. Supongo que habrás oído hablar de ello...

–No soñaría siquiera con negaros el placer de humillarnos –respondió Festo suavemente–. Pero hagamos que esto sea más interesante aún...

Buscó su bolsa y la levantó.

–Apuesto diez piezas de plata a que ganamos el chico y yo. ¿Alguien acepta la apuesta?

Hubo un momento de duda mientras la gente del pueblo asimilaba esta novedad, pero al final un comerciante bien vestido, con túnica azul, levantó el brazo.

–Yo acepto la apuesta. Igualaré tu plata si luchas contra Andreas y sus camaradas –señaló hacia el matón.

Este último asintió con entusiasmo.

–¡Hecho! Aquí, Eumolpo, ven conmigo. –Se volvió a mirar al grupo de jóvenes más cercano y señaló con el dedo a los dos chicos más altos–. Trapso y tú, Ático. Vosotros os enfrentaréis...



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