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E-Book, Spanisch, 110 Seiten

Schaeffer La Verdadera Espiritualidad

que Es Realmente La Vida Cristiana, La Verdadera Espiritualidad?
1. Auflage 2017
ISBN: 978-1-938420-76-4
Verlag: Logoi Inc
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

que Es Realmente La Vida Cristiana, La Verdadera Espiritualidad?

E-Book, Spanisch, 110 Seiten

ISBN: 978-1-938420-76-4
Verlag: Logoi Inc
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Después de servir como pastor durante más de una década, Francis Schaeffer -fundador de L'Abri Fellowship- se encontró luchando con preguntas profundamente desconcertantes como éstas. Estaba cansado de no ver resultados en su propia vida espiritual y en la de los demás. Se encontró hablando del cristianismo, pero no lo vivía. Así que, como pastor, decidió 'comenzar desde el principio', volver al agnosticismo y reexaminar su fe cristiana. '¿Hizo el cristianismo realmente alguna diferencia en mi vida?' La Verdadera Espiritualidad es el resultado de la honesta búsqueda de respuestas de Schaeffer. Cuando el libro fue publicado hace más de treinta años, sacudió al mundo cristiano. Los jóvenes acudieron a L'Abri, su centro de retiro espiritual en los Alpes suizos. Hoy en día, es un libro clásico sobre la comprensión de lo que es el cristianismo realmente, lo que significa seguir a Jesús momento a momento

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2 La centralidad de la muerte

Este capítulo es el primero de tres muy relacionados entre sí en los que vamos a tratarlas consideraciones fundamentales de la vida cristiana, o de la verdadera espiritualidad. Nos hemos referido ya a un aspecto negativo y a otro positivo de la vida cristiana. Volvamos ahora a las consideraciones negativas. Estas consideraciones negativas pueden quedar resumidas en las palabras de cuatro versículos bíblicos:

1.Romanos 6:4a: «Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo».

2.Romanos 6:6a: «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él».

3.Gálatas 2:20a: «Con Cristo estoy juntamente crucificado».

4.Gálatas 6:14: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo».

Según estas afirmaciones, sabemos que como cristianos estamos muertos con Cristo ante Dios, desde el momento en que le aceptamos como Salvador. Pero aún hay mucho más que esto. Implica también la exigencia de que hemos de morir cada día. Este es el aspecto negativo que mencionamos en el capítulo primero y que vamos ahora a desarrollar con mayor amplitud.

Como mencionamos en el capítulo primero, la Biblia nos da una negativa incisiva en gran manera de la que no se puede hacer abstracción, sino que incide en la dura trama de la vida normal. Vimos que la Palabra de Dios dice con claridad que, en todas las cosas, incluyendo las más arduas, debemos estar contentos y darle las «gracias a Dios». He aquí algo negativo y se trata realmente de una negación. Es la negación de decir «no» al dominio que ejercen sobre nosotros las cosas y el propio yo.

Vemos también que la Biblia nos dice que hemos de amar a los hombres, no sólo en un sentido romántico o idealizado, sino tanto como para no sentir envidia. De nuevo aquí nos engañaríamos si no señaláramos que esta palabra no tendría sentido —sería una palabra puramente romántica y utópica en mal sentido— a menos que veamos que implica también un aspecto muy claramente negativo. Si tenemos esta actitud correcta, significa que estamos diciendo «no» en ciertas zonas muy definidas a ciertas cosas, y diciéndonos «no» a nosotros mismos.

Digamos otra vez que esto no es algo que se deba tomar románticamente, para excitar una especie de emoción en nosotros mismos. Se trata de una negativa rotunda. Tenemos que estar dispuestos a decirnos «no» a nosotros mismos, y a decirle «no» a las cosas, a fin de que el mandamiento de amar a Dios y a los hombres pueda tener un sentido real. Aun en aquellas cosas que me están permitidas y no suponen una infracción de los Diez Mandamientos —no debo buscar mi propio bien, sino el de los demás. Y cualquiera de nosotros que este reflexionando sinceramente debe decir al llegar a este punto concreto que esta posición que nos presenta la Escritura es al parecer muy difícil. Cuando nos situamos en el círculo de una perspectiva de la vida normal entre los hombres y nos enfrentamos sinceramente a estas cosas en la Biblia, debemos decir una de dos cosas. Bien hemos de ponernos románticos y pretender que lo que se intenta con estas afirmaciones es darnos simplemente un buen sentimiento, y algún día —muy lejano— en el reino de Dios, en el futuro, bien en el cielo eterno, significará algo práctico. O bien, si no decimos esto, pero nos enfrentamos con sentido real que le da la Biblia a estas palabras, debemos sentirnos como que topamos con una pared dura. No podéis escuchar de una manera confortable versículos como este, esta arremetida negativa en la Palabra de Dios referente a la vida cristiana, a menos que nos pongamos románticos. Ciertamente esto ha sido siempre así desde la caída del hombre. Pero ciertamente que es válido especialmente en la filosofía «cosista»2 y en la filosofía «exitista»3 del siglo XX. Estamos rodeados por un mundo que a ninguna cosa dice «no». Cuando estamos rodeados por esta filosofía, en la que se juzgan todas las cosas por su tamaño y por su éxito, puede resultar muy duro que se nos diga luego que en la vida cristiana tenemos que adherirnos a este aspecto fuertemente negativo de decir «no» a las cosas y «no» al yo. Y si no nos resulta duro es que en realidad no prestamos atención a su voz.

En nuestra cultura se nos repite insistentemente que no debemos decir «no» a nuestros hijos. Más aun, nuestra sociedad fuertemente relaciona la represión con el mal. Tenemos una sociedad que no se quiere desentender de nada, si no es para ganar algo más en otra zona distinta. Cualquier idea que suponga un «no» real se esquiva en lo posible. Los que somos ya un poquitín mayores podemos creer que quien dice esto es la generación más joven. La mayor parte de la generación joven es con toda seguridad así: no saben decir «no», ni a sí mismos ni a cualquier otra cosa. Pero esto es solo la mitad de la verdad, ya que también son así los mayores. Es la actual generación madura la que ha creado este ambiente, un ambiente de cosas y de éxito. Hemos creado la filosofía de la abundancia, en la que todo se debe juzgar sobre la base de si lleva o no a la abundancia. Ante esto, lo demás no tiene importancia: Los absolutos de cualquier clase, los principios éticos, todo debe ceder ante la riqueza y la paz personal egoísta.

Por supuesto que este ambiente, el de no decir «no», se adapta estupendamente a nuestra disposición natural como individuos, porque desde la caída del hombre, no queremos negarnos a nosotros mismos. Realmente hacemos todo lo que podemos, ya sea en un sentido filosófico o práctico, para colocarnos a nosotros mismos en el centro del universo. Es ahí donde naturalmente queremos vivir. Y esta disposición natural se amolda estupendamente al ambiente que nos rodea en el siglo XX.

Este fue el centro mismo de la caída. Cuando Satanás le dijo a Eva: «No moriréis… sino… seréis como Dios», ella quiso ser como Dios (Génesis 3:4-5). No quiso decir «no» a la fruta apetecible a los ojos, aunque Dios le había dicho que dijera «no» y le había advertido de las posibles consecuencias, y de ahí derivó todo lo demás. Ella se puso en el centro del universo y quiso ser como Dios.

Al iniciar la vida cristiana debo enfrentarme ante el hecho con honradez y constatar que también el cristiano percibe en su interior unas ondas de frecuencia similar a las que existen a su alrededor, en lo referente a las cosas y al éxito. Por consiguiente, es falso decir que no tengo la sensación de golpear contra una dura pared cuando presto atención a esta negativa; significa que me estoy engañando a mí mismo, no me comporto honradamente. Si me sitúo en la perspectiva normal del hombre caído, y especialmente en la perspectiva normal del siglo XX, resulta mucho más difícil aún. Pero si cambio mi perspectiva, cambia todo el conjunto, y es esto lo que quiero intentar al empezar este segundo capítulo: cambiar nuestra perspectiva.

Vamos a reflexionar sobre Lucas 9:20-23, 27-31, 35, teniendo esto presente:

«Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Entonces, respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios. Pero él les mandó que a nadie dijesen esto, encargándoselo rigurosamente, y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto y resucite al tercer día. Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustaran la muerte hasta que vean el reino de Dios. Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar. Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente. Y he aquí dos varones que hablaban con Él, los cuales eran Moisés y Elías; quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén. Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a Él oíd».

«Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo [o renuncie a sí mismo] (versículo 23).

Es lo mismo que leemos en Corintios, no buscando lo suyo propio, aun cuando tengamos derecho a ello.

«Quienes aparecieron rodeados de gloria y hablaban de su partida (muerte)», y esta palabra «hablaban» en griego tiene el sentido de hablar en forma continuada; no se trata de un simple decir una vez. Era un continuo hablar de la próxima muerte de Cristo.

El versículo 35 nos sitúa en una perspectiva distinta. «Este es mi Hijo amado; a El oíd». Tenemos aquí en el monte de la transfiguración un anticipo de Cristo en su gloria. Tenemos un anticipo de esa porción del Reino de Dios en el que nos situamos tras aceptar a Cristo como a nuestro Salvador. Pero somos conducidos más allá de esto a la resurrección, no solo la de Cristo, sino a nuestra resurrección futura; somos trasladados al reino de Cristo y a la eternidad.

Esta es una perspectiva diferente. Es la antítesis perfecta de la perspectiva del mundo que normalmente nos rodea. Cuando empezamos a mirar estas palabras en este contexto, desde esta perspectiva absolutamente distinta, la perspectiva del reino de Dios y no la del mundo caído ni la de nuestra naturaleza caída, todo cambia. Sentimos la presión que ejerce sobre nosotros un mundo que no...



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