E-Book, Spanisch, 326 Seiten
Schiff Cleopatra
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7951-2
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 326 Seiten
ISBN: 978-607-16-7951-2
Verlag: Fondo de Cultura Económica
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Stacy Schiff plasma en Cleopatra. Una vida el resultado de una investigación meticulosa a través de la cual reconstruye de forma aguda y fascinante la vida de Cleopatra como una de las principales protagonistas de la época helenista. Su ojo crítico cuestiona y recontextualiza todo lo que se creía saber sobre la reina egipcia para mostrarnos atisbos de la asombrosa mujer que yace debajo de un cúmulo de mitos desgastados. La biografía de Schiff es una muy necesaria bocanada de aire fresco que revitaliza a uno de los personajes más importantes de la historia occidental.
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I. ESA EGIPCIA1
Y es que no hay nada, créeme, más útil a los hombres que una prudente desconfianza.
EURÍPIDES2
UBICADA entre las mujeres más famosas de la historia que hayan existido, Cleopatra VII gobernó Egipto por 22 años. Perdió un reino una vez, lo recuperó, casi lo volvió a perder, amasó un imperio, lo perdió todo. Una diosa de niña, una reina a los 18, una celebridad poco después, fue —incluso en su tiempo— objeto de especulación y veneración, de habladurías y leyendas. Durante el apogeo de su poderío controló prácticamente la totalidad de la costa oriental mediterránea: el último gran reino de cualquier gobernante egipcio. Por un fugaz momento, tuvo el destino del mundo occidental en sus manos. Concibió un hijo con un hombre casado; tres más con otro. Murió a los 39 años, una generación antes del nacimiento de Cristo. Puede darse por hecho que una reputación se cimenta en la catástrofe, y el fin de Cleopatra fue súbito y sensacional. Se ha alojado en nuestra imaginación desde entonces. Muchas personas han hablado por ella, incluyendo a los más excelsos dramaturgos y poetas; hemos puesto palabras en su boca por 2 000 años. En el curso de una de las vidas póstumas más ajetreadas de la historia, Cleopatra ha llegado a convertirse en un asteroide, un videojuego, un cigarro, una máquina tragamonedas, un club nudista, un sinónimo de Elizabeth Taylor. Shakespeare atestiguó la infinita variedad de Cleopatra. No tenía ni idea.
Si bien el nombre es imborrable, la imagen es borrosa. Cleopatra puede ser una de las figuras más reconocibles de la historia, pero tenemos una noción precaria de cómo lucía en realidad. Sólo los retratos que aparecen en sus monedas —impresos durante su vida, y los cuales seguramente aprobaba— pueden aceptarse como auténticos. La recordamos también por las razones equivocadas. Una soberana capaz y perspicaz, sabía cómo construir una flota, suprimir una insurrección, controlar una divisa, aliviar una hambruna. Un eminente general romano avaló su entendimiento de cuestiones militares. Incluso en una época en la que las mujeres gobernantes no eran una anomalía, destacó al ser la única mujer de la Antigüedad que gobernó sola y que desempeñó un papel en los asuntos de Occidente. Su riqueza no tenía comparación con la de nadie en el Mediterráneo. Y gozó de un mayor prestigio3 que cualquier mujer de su era, tal como se le recordó a un nervioso rey rival cuando exigió —durante la estancia de Cleopatra en su corte— la muerte de la reina. (A la luz de la envergadura de ésta, la petición no podía concederse.) Cleopatra descendía de una larga línea de asesinos y mantuvo fielmente la tradición familiar pero, para su época y lugar, se comportó notablemente bien. Sin embargo, sobrevive como una tentadora mesalina; no sería la última vez en la que una mujer genuinamente poderosa ha sido transmutada en una seductora desvergonzada.
Como todas las vidas que se prestan a la poesía, la de Cleopatra fue una de disrupciones y decepciones. Creció en medio de lujos insuperables sólo para heredar un reino en decadencia. Durante 10 generaciones, sus familiares se habían designado a sí mismos faraones. Los Ptolomeos eran en realidad griegos macedonios, lo cual hace a Cleopatra casi tan egipcia como Elizabeth Taylor. A los 18 años, Cleopatra y su hermano de 10 años asumieron el control de un país con un pasado acendrado y un futuro vacilante. Mil trescientos años separan a Cleopatra de Nefertiti. Las pirámides —que casi con toda certeza Cleopatra dio a conocer a Julio César— ya exhibían grafitis. La Esfinge se había sometido a una restauración mayor 1 000 años antes. Y la gloria del una vez eminente Imperio ptolemaico se había atenuado. Cleopatra se volvió adulta en un mundo eclipsado por Roma, la cual, en el transcurso de su niñez, extendió su dominio a las fronteras de Egipto. Cuando Cleopatra tenía 11 años de edad, César les recordó a sus oficiales que si no querían hacer guerras, si no querían obtener riquezas y gobernar a otros, no eran romanos. Un soberano oriental que libró una batalla épica por sí solo contra Roma articuló de diferente forma lo que se convertiría en la circunstancia apremiante de Cleopatra: los romanos tenían el temperamento de los lobos. Odiaban a los grandes reyes. Todo lo que poseían lo habían saqueado. Pretendían apoderarse de todo, y “destruirán todo o sucumbirán”.4 Las implicaciones eran claras para el último país pudiente que quedaba en la esfera de influencia de Roma. Egipto se había distinguido por su sagacidad al negociar; había conservado la mayoría de su autonomía. Además, ya se había enredado antes en los asuntos romanos.
Por una cantidad exorbitante de dinero, el padre de Cleopatra había asegurado la designación oficial de “amigo y aliado del pueblo de Roma”. Su hija habría de descubrir que no era suficiente con ser una amiga de ese pueblo y su Senado, sino que era esencial tender lazos amistosos con el romano más poderoso del momento. Semejante voluntad equivalía a asignarse una tarea desconcertante en la República tardía, la cual se veía arruinada por las guerras civiles. Éstas estallarían regularmente durante la vida entera de Cleopatra, poniendo a una sucesión de comandantes romanos en contra de otros tantos, en lo que era en esencia una competencia iracunda de ambición personal, que inesperadamente concluyó en territorio egipcio en dos ocasiones. Cada convulsión dejaba al Mediterráneo temblando, moviéndose a tientas para corregir sus lealtades y redirigir sus tributos. El padre de Cleopatra había unido su suerte a la de Pompeyo el Grande, el brillante general romano sobre quien la buena fortuna parecía brillar eternamente. Este general se convirtió en el patrono de la familia. También se involucró en una guerra civil contra Julio César justo en el momento en que, al otro lado del Mediterráneo, Cleopatra ascendía al trono. En el verano del 48 a.C., César le infligió a Pompeyo una derrota fulminante en Grecia central; Pompeyo huyó a Egipto, para ser apuñalado y decapitado en una costa egipcia. Cleopatra tenía 21 años. No contaba con otra opción más que congraciarse con el nuevo amo del mundo romano. Y así lo hizo, de manera muy diferente respecto a otros reyes que también eran clientes, y cuyos nombres —no incidentalmente— se han olvidado hoy en día. Durante los siguientes años luchó por voltear la implacable marea romana a su favor al cambiar de patronos otra vez tras la muerte de César, sólo para terminar con el protegido de éste: Marco Antonio. Visto desde la distancia, su reinado se equipara a la suspensión de una pena; su historia en esencia ya estaba terminada incluso antes de que empezara, aunque, por supuesto, Cleopatra no lo habría visto de esa forma. Tras su muerte, Egipto se convirtió en una provincia romana. No recuperaría su autonomía hasta el siglo XX.
¿Se puede decir algo bueno de una mujer que durmió con los dos hombres más poderosos de su época? Posiblemente, pero no en una era en la que Roma controlaba la narrativa. Cleopatra se halló a sí misma en una de las intersecciones más peligrosas de la historia: la de las mujeres y el poder. Las mujeres inteligentes —había advertido Eurípides cientos de años antes— eran peligrosas. Un historiador romano estaba perfectamente satisfecho con despacharse a una reina de Judea llamándola una simple gobernante títere y —seis páginas más adelante— condenándola por su imprudente ambición y su indecente adhesión a la autoridad.5 Una forma de poder con efectos más devastadores empezó a su vez a ganar prominencia. En un contrato matrimonial del siglo I a.C., la novia prometía ser leal y afectuosa.6 Asimismo, juraba no añadir pociones amorosas a la comida y las bebidas de su esposo. No sabemos si Cleopatra amó a Antonio o a César, pero sí sabemos que consiguió que cada uno cumpliera sus peticiones. Desde el punto de vista romano, ella los “esclavizó” a ambos. Desde ese entonces, ya era un juego de suma cero: la autoridad de una mujer acarreaba el engaño sufrido por un hombre. Cuando se le preguntó cómo había logrado influenciar a Augusto —el primer emperador romano—, su esposa supuestamente respondió que lo había logrado “siendo extremadamente casta, haciendo todo aquello que a él le agradaba, no interviniendo en ninguno de sus asuntos y pretendiendo no escuchar ni enterarse de los placeres sexuales que le apasionaban”.7 No hay razón alguna por la que no debamos tomar esto al pie de la letra. Por otro lado, Cleopatra no había sido cortada por la misma tijera. En el transcurso de un ocioso viaje de pesca, bajo el lánguido sol de Alejandría, no tuvo problema en sugerirle al general romano más celebrado del momento que atendiera sus responsabilidades.
Para un romano, el libertinaje y la anarquía eran remanentes griegos. Cleopatra era doblemente sospechosa: por descender de una cultura conocida por “el natural de [su] gente, inclinado al engaño”8 y por tener su lugar de residencia en Alejandría. Un romano no podía separar lo exótico de lo erótico; Cleopatra era una representación del Oriente como venero del ocultismo y la alquimia, de su sinuoso y sensual territorio, tan perverso y original como su asombroso río. Los hombres que entraban en contacto con ella parecían haber perdido la cabeza o, al menos, haber reconsiderado sus planes. Incluso trastoca los objetivos que Plutarco tenía en mente al escribir...




