Sherman | Las campanas del viejo Tokio | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Reihe: Ensayo

Sherman Las campanas del viejo Tokio


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125540-3-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-125540-3-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Un elegante y absorbente recorrido por Tokio y sus habitantes. Durante más de 300 años, desde 1632 hasta 1854, los gobernantes de Japón restringieron el contacto con el extranjero, un casi aislamiento que fomentó una cultura notable y única que perdura hasta nuestros días. Durante su periodo de aislamiento, los habitantes de la ciudad de Edo, más tarde conocida como Tokio, confiaban en sus campanas públicas para dar la hora. En su extraordinario libro, Anna Sherman relata su búsqueda de las campanas de Edo, explorando la ciudad de Tokio y sus habitantes y la relación individual y particular de la cultura japonesa -y la lengua japonesa- con el tiempo, la tradición, la memoria, la impermanencia y la historia. A través de los viajes de Sherman por la ciudad y de su amistad con el propietario de una pequeña y exquisita cafetería, que eleva la preparación y el consumo de café a una forma de arte, 'Las campanas del viejo Tokio' sigue voces inquietantes a través del laberinto que es la capital japonesa: una anciana recuerda haber escapado de las bombas incendiarias estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial. Un científico construye el reloj más preciso del mundo, un reloj que no perderá un segundo en cinco mil millones de años. El jefe de la casa shogunal Tokugawa reflexiona sobre la destrucción de la ciudad de sus abuelos: 'Una cosa perdida está perdida. Perseguirlo lleva a la oscuridad'. El resultado es un libro que no sólo aborda como ningún otro la sorprendente otredad de la cultura japonesa, sino que también marca la llegada de una deslumbrante nueva escritora al presentar una absorbente y seductora meditación sobre la vida a través de la exploración de una gran ciudad y sus gentes. As read on BBC Radio 4 'Book of the Week' Shortlisted for the Stanford Dolman Travel Book of the Year Award Longlisted for the RSL Ondaatje Prize

Nació en Little Rock, Arkansas. Estudió griego y latín en el Wellesley College y en el Lincoln College de Oxford antes de mudarse a Tokio en 2001. 'Las campanas del viejo Tokio' es su primer libro. 'Cuando me mudé por primera vez a Japón, trabajé como investigadora para un arquitecto. Durante dos años recorrí la ciudad todos los días, especialmente sus barrios más antiguos, tomando notas sobre los espacios secretos de Tokio, sus historias ocultas. Aunque las guerras, los terremotos y los incendios han borrado gran parte del pasado de Tokio, hay muchas cosas que permanecen.'
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Nihonbashi.

El punto cero

Durante más de doscientos años, la primera y más antigua campana del tiempo tocó las horas desde la prisión de los sogunes Tokugawa. Tres campanadas, doce veces al día.

El reloj y la cárcel eran uno.

—El patio de ejecución estaba por allí —dijo el jardinero, que llevaba una camiseta rosa bajo un mono negro descolorido. Y añadió—: La cárcel llegaba hasta esa escuela de primaria.

El hombre llevaba gafas de sol tipo aviador y su pelo engominado se alzaba formando picos al estilo de una estrella de pop japonés.

La prisión de Kodenmacho se ha reconvertido en parque infantil, la tierra que la sostenía queda ahora oculta bajo una gravilla gris con reflejos metálicos. El lugar desprendía una sensación de espacio aséptico, limpio, como si lo hubieran incinerado o cauterizado todo. Predominaban los tonos monocromos, excepto en las escaleras metálicas que subían al tobogán infantil, que estaban pintadas de un color rojo brillante.

La campana sigue colgada en el piso superior de una torre de ladrillo amarillo pálido, construida al estilo de la Corona Imperial de la década de 1930. La campana de bronce está alejada, inalcanzable. Un dragón se enrosca alrededor de la corona de la campana.

El parque olía a asfalto caliente, a polvo y a lluvia. Unos cuantos salarymen[20] se apiñaban para fumar bajo los aleros del edificio, cerca de la valla de la escuela. En la base del campanario dormía un sintecho. Mientras yo lo observaba, este se dio media vuelta y, acercando las rodillas a la barbilla, adoptó una posición fetal. Más allá había dos pinos y unas cuantas plantas de yuca en parterres apuntalados con rocas grises. Y aún más lejos se alzaban unas piedras toscas grabadas con unos caracteres kanji y, junto a ellas, un obelisco rodeado con unas cadenas de hierro.

Le pregunté al guarda qué quería decir lo que estaba escrito en las piedras.

—No sabría decirle —respondió—. No me interesa.

Se alejó y siguió con su tarea de rastrillar colillas, hojas secas, basura. Las cerdas de la escoba dibujaban remolinos en la pálida arena: un círculo, un cero, trazado en sentido inverso. El jardinero estaba rodeado de esos remolinos, como si fueran ensos zen,[21] esos círculos casi completos que representan el vacío de todas las cosas.

Uno de aquellos salarymen, vestido con pantalones de traje y en mangas de camisa, se acercó al pabellón de hormigón y le susurró unas palabras al indigente que allí dormía; este fue despertándose poco a poco.

En el parque infantil, además de otros columpios, había tres pequeños balancines de madera ya muy deteriorada en forma de animales anclados al suelo con unos muelles metálicos: un panda, un koala y otro animal de color rojo que resultaba difícil de clasificar.

Cuando volví a mirar la torre de la campana, el vagabundo ya se había alejado de allí y estaba atando sus pertenencias a una carretilla de madera que luego cubrió con una lona de color azul claro. Después la agarró por el asa y se dirigió hacia Dai-Anraku-ji, un templo fundado en la década de 1870 «para confortar las almas» de las decenas de miles de personas que habían muerto en Kodenmacho desde la década de 1610, cuando se construyó la cárcel, hasta 1875, en que se clausuró.

El salaryman tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó aplastándolo con el pie.

Se apoyó en uno de los pilares de la torre y cerró los ojos.

La cárcel era más antigua que el sogunato Tokugawa[22] y sobrevivió a él. Durante más de doscientos años, Kodenmacho albergó la prisión de la ciudad: hogar de carteristas, pirómanos, asesinos, alborotadores, jugadores y disidentes. Las sentencias eran inapelables y las condenas a muerte se ejecutaban de forma inmediata.[23] Un recluso común describió el ambiente de la prisión como «una reminiscencia del periodo de los Estados Combatientes,[24], [25] con hombres desesperados que se animaban unos a otros y aprendían a reír ante la inminencia de la muerte».

Edo también tenía dos campos de ejecución pública,[26] que se encontraban en las puertas norte y sur. A medida que la ciudad creció, también los campos de ejecución se reubicaron más hacia el exterior, siguiendo los límites de la ciudad: desde Shibaguchi a Shinagawa y luego a Suzugamori en el sur; en el norte, desde Asakusabashi a Kotsukappara, en la orilla oriental del río Sumida. Pero la ciudad amurallada dentro de la ciudad que era Kodenmacho permaneció donde estaba. Frente a su Gran Puerta, los criminales eran azotados; en el interior de la cárcel se tatuaba a los condenados[27] mientras esperaban el juicio; o el exilio en las islas penales al sur y al oeste; o la muerte.

«El castigo público en el Japón de los Tokugawa —ha escrito Daniel Botsman— era una forma de teatro popular. Conseguir la representación de un espectáculo horrible era más importante que [infligir] dolor a un malhechor concreto».[28] El sogunato procuraba, sin embargo, llevar a cabo ejecuciones al aire libre solo en los casos de los crímenes más terribles, con el propósito de que la multitud no empatizara con los condenados y se amotinase.

En 1876, ocho años después de que el último sogún Tokugawa dejase la ciudad, la cárcel fue trasladada al oeste, a Ichigaya. Pero incluso después de la desaparición de la cárcel, Kodenmacho seguía siendo considerada una zona impura. Se creía que la propia tierra estaba emponzoñada por el kegare,[29] la contaminación espiritual provocada por los crímenes, las ejecuciones y la sangre vertida.

La escritora Hasegawa Shigure[30] creció cerca del distrito de Kodenmacho, rodeada del sonido de sus herrerías y de los olores de los caracoles de mar fritos y de las tiendas de aceite de camelia. En sus memorias escribió que la gente creía que la prisión era algo sucio, lo que le parecía injusto, ya que «en ella se encerraba tanto a gente inocente como culpable». Cuando se clausuró la cárcel en 1875, los edificios que formaban sus dependencias fueron demolidos y se ofreció a algunas personas de cierto rango, como el padre de Hasegawa, una parte del terreno donde se había levantado la prisión. Este lo rechazó: «Absolutamente no». «Ya da kara, na». No era un hombre débil, escribió Hasegawa: «Era un samurái, y llevaba una espada larga y custodió el castillo de Edo en los meses posteriores a la salida del sogún, cuando la nueva capital del emperador vivía sin ley. Ni por todo el oro del mundo aquel hombre superaría su aversión a aquel lugar que consideraba mancillado».

La madre de Hasegawa le suplicó a su marido que lo reconsiderara: «¡Podríamos ser ricos terratenientes!». Pero él fue inflexible: «He oído los gritos de la gente que torturaban allí sin razón. Y he visto a hombres a punto de ser ejecutados. Vi a uno que era arrastrado por el pelo hasta el patíbulo. Seguía intentando huir. Incluso después de que le cortaran la cabeza, con las manos atadas a la espalda, su cuerpo se movía a pesar de estar muerto. No quiero tener nada que ver con ese lugar».

—¿Ha venido usted aquí porque es cristiana? —me preguntó el monje Nakayama—. Siempre sé cuándo ha estado un cristiano de visita. Suelen dejar lirios blancos en honor al jesuita que fue torturado y ejecutado en esta cárcel.

—Estoy buscando las campanas del tiempo.

—¡Ah, ya comprendo! —dijo el monje mirando hacia la torre de la campana—. Esta solía estar en el castillo de Edo, pero se trasladó a la prisión porque su sonido irritaba al sogún. Ahora solo la tocamos en fin de año. No suena muy bien porque se toca poco, pero cuando se hace a menudo, mejora su sonido.

El sacerdote, Nakayama Hiroyuki, tenía unos ochenta años y había vivido en Dai-Anraku-ji desde los catorce, cuando su familia llegó proveniente de Kioto.

El patio de Dai-Anraku-ji es una especie de delta de aluvión, lleno de objetos traídos de otros templos, de otros lugares y de otras épocas.

Hay un bloque de piedra pulida considerado sagrado por los ainus, el pueblo indígena de Japón. Y contiene el fósil de una serpiente. Se cree que si los enfermos tocan la piedra con la palma de la mano, curarán sus males. El cuerpo calcificado del reptil se curva como un látigo, o como un signo de un alfabeto desconocido.

Hay una imagen de madera de la diosa del conocimiento, las artes y la...



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