Shibaki | Susaki Paradise | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 101, 200 Seiten

Reihe: Narrativas

Shibaki Susaki Paradise


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19168-67-2
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 101, 200 Seiten

Reihe: Narrativas

ISBN: 978-84-19168-67-2
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



«Pasado el puente, en la entrada del barrio del placer, se levantaba un arco que sustituía a la gran puerta que presidió el lugar en tiempos remotos. Allí se iluminó un neón en el cual se leía: Susaki Paradise. La calle principal al otro lado se extendía en línea recta hasta que quedaba cortada por un dique. En la parte derecha se encontraba el primer barrio de Benten y, a la izquierda, el segundo. En conjunto, era un pequeño mundo rodeado de agua distinto a todo lo demás.» Publicado en 1955, Susaki Paradise reúne seis historias interconectadas que giran en torno a la decadente taberna Chigusa y su propietaria, Tokuko, y que combinan el lirismo con un mundo salvaje. Shibaki retrata con un realismo desalmado a estas trabajadoras del sexo que viven en los márgenes de la sociedad. Lo que une a las mujeres de estas historias es la urgencia inquebrantable con la que viven sus vidas en medio de los desafíos del período de posguerra. Una joven de quince años recién reclutada cuya inocencia infantil se hace añicos en cuestión de días, una exprostituta que anhela tener su propio burdel, una camarera dividida entre un novio suicida y un seductor motociclista. Todos los relatos conforman una mirada tierna a los sueños rotos de aquellas mujeres que alimentaban las fantasías de los hombres. Las historias aquí reunidas sirvieron de inspiración para las películas Suzaki Paradise: Barrio Rojo, de Yûzô Kawashima, y La calle de la vergüenza, de Kenji Mizoguchi (ambas de 1956).

Yoshiko Shibaki nació en Tokio el 7 de mayo de 1914 en una familia de comerciantes. En 1932, se graduó en la Escuela Secundaria Daiichi de la Prefectura de Tokio y comenzó a estudiar inglés en la Academia de Mujeres de la YWCA de Surugadai. En 1935, tras la muerte de su madre, comenzó a colaborar con revistas literarias como Reijokai y Wakakusa, y en 1941 recibió el Premio Akutagawa por su cuento Seika no ichi, convirtiéndose así en la segunda escritora en ganarlo. Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno militar japonés la envió a Manchuria para escribir sobre los asentamientos japoneses en la zona. Su trilogía de historias biográficas (Yuba, Sumidagawa y Marounuchi hachigokan), publicadas entre 1960 y 1962, es considerada el punto culminante de su carrera literaria.
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Llama negra


Tal vez por el hecho de que Kiba estuviese cerca de Fukagawa, todos los barrios del distrito estaban rodeados de canales y, se mirase en la dirección que se mirase, se veían cursos de agua coronados por pequeños puentes. Había tanta agua, de hecho, que era inevitable preguntarse por qué habían bombardeado esa zona. Kyoko preparó la comida a Shozo en una cocina por donde se colaba la brisa del río y cuando hubo terminado se la dio. Aquella mañana se oía en la distancia el rumor de las fábricas de Toyoshu y Tsukishima. La gente había levantado algunas casuchas entre las montañas de ruinas y escombros, y la mayor parte de quienes vivían allí trabajaba bien en los astilleros, bien en los aserraderos. Kyoko estaba de mal humor. Antes de despedirse de su marido, que estaba a punto de irse a trabajar al astillero, le preguntó:

—¿Tú crees que debería ir a Ueno?

—Es la primera vez que viene a Tokio, ¿no?

—Estoy harta.

Unos días antes había recibido una carta de su hermana Hisako, escrita con una pésima caligrafía, en la cual le anunciaba su intención de ir a Tokio y ella le contestó para decirle que no viniera. No obstante, solo dos días más tarde, esa misma mañana, de hecho, había recibido un telegrama para anunciar que llegaba a la estación de Ueno. Kyoko sabía que no podía volver a su ciudad natal después de lo ocurrido, pero le molestaba que se presentara allí. El hecho de estar tan enfadada, algo muy raro en ella, divertía a su marido y antes de marcharse a trabajar le dijo que sí, que fuera a buscarla. Kyoko no había visto a Hisako desde hacía tres o cuatro años. Tampoco se habían escrito en ese tiempo. Sentía lástima por ella, pero, en la medida de lo posible, no deseaba tener ninguna clase de relación. En cualquier caso, iba a ir y no podía abandonarla. No tenía forma de saber lo que podría llegar a hacer una mujer como ella y eso la inquietaba.

Como ya había pasado el mediodía, atajó por un puente colgante que se balanceaba peligrosamente sobre un foso. Pasó junto al santuario del barrio y cruzó el puente de Susaki hasta llegar a Chibusa.

—Buenos días —dijo nada más llegar—. ¿Está la señora?

El interior de la estrecha taberna estaba desierto. Su propietaria, Tokuko, dormitaba en la habitación del fondo y se incorporó para salir. Kyoko siempre iba bien vestida. Para ese día había elegido una falda negra estrecha y una camisa de punto del color de las hojas secas. Ceñía su cintura esbelta con un fajín. Tokuko alargó la mano para acariciar la camisa y le preguntó si la había hecho ella. Kyoko había renunciado al trabajo en la taberna para casarse con Shozo y desde hacía algo más de un año asistía a clases de corte y confección.

—El otro día vino tu marido y se quejaba de ti porque, según él, solo te dedicas a coser y cuando vuelve del trabajo ni siquiera le has preparado la cena. Incluso dijo que quería separarse de ti.

Kyoko se limitó a sonreír sin decir nada.

—Le dije que en tal caso te trajera de vuelta aquí, y terminó por admitir que una separación sería un verdadero descalabro porque te ha comprado una máquina de coser, una cómoda y un montón de telas para tus labores. Dijo que nunca se había comprado nada para sí mismo y que si se separaba solo iba a tener pérdidas, de manera que terminó por renunciar a la idea.

Tokuko siempre esperaba con ilusión a que Shozo apareciera por allí para tomar algo. Era un hombre fornido que aguantaba bien el alcohol, amable, y jamás escatimaba cuando llegaba la hora de pagar. Entendía bien las razones de Kyoko para elegirle a él entre todos los clientes de la taberna, pero no sabía cuándo habían empezado su relación. Kyoko siempre ofrecía el mejor servicio a los clientes sin hacer ninguna distinción. De todas las mujeres que habían trabajado con ella, era la más exitosa entre la clientela y, además, siempre había tenido un comportamiento intachable. Casi nunca salía a beber después del trabajo. De hecho, apenas se alejaba de la taberna, y se preocupaba mucho de ahorrar todo cuanto podía. Apareció por pura casualidad una noche de verano en la que un vendedor de peces de colores se había instalado con su puesto en el puente y atraía tanto a los numerosos clientes que se dirigían al barrio del placer como a los niños de la zona. Ella pasaba por allí con sus cosas envueltas en una tela bajo el brazo. Dudaba si cruzar el puente iluminado con neones que daba acceso al barrio del placer o no hacerlo, y al final se decidió por entrar en la taberna Chibusa, justo al lado del puente, porque leyó en un anuncio que buscaban camarera.

Hasta entonces había trabajado en varios comedores sociales y en un restaurante de fideos chinos, pero se había cansado de aquello y había caminado desde Kameido sin rumbo fijo hasta llegar allí. Cuando se maquilló, comenzó a llamar la atención, y los hombres que pasaban por delante de la taberna empezaron a detenerse. Era simpática con todos, y Tokuko no habría podido decir con cuál de ellos tenía una relación más estrecha. Ni siquiera se percató del día que fue al cine con Shozo. Él tenía una hija de cinco años de su difunta mujer, y era su cuñada, la hermana mayor de ella, quien se hacía cargo de la niña. Kyoko conocía perfectamente su situación, pero se casó con él a pesar de los once años que él le llevaba.

—Mi marido bebe igual que antes. Es un problema, la verdad, aunque admito que antes de casarme me gustaban los hombres que bebían.

Hablaba medio en broma, pero enseguida volvió al asunto central que la había llevado allí:

—Escúcheme. Mi hermana mayor viene a Tokio. ¿No podría darle trabajo?

—¿Se parece a ti?

—Pues…

Kyoko no supo qué responder. No se parecían en nada, y no podía hacerse una idea de cuánto había cambiado con el paso del tiempo. Un cambio a peor, debía suponer. De pequeña había sido una niña callada y retraída. En su carácter no había rastro del desparpajo y la decisión que llevan a una criatura a decir lo que piensa, y nunca se había relacionado bien con los demás. Por lo tanto, el tiempo debía de haberla ensombrecido todavía más. No era la persona adecuada para ese trabajo, para tratar con clientes, pero Kyoko no tenía la más mínima idea de otra alternativa que pudiera servirle.

—Vendré un día con ella.

Miró el reloj de pulsera y se excusó porque iba a llegar tarde.

Casi nunca iba a Ueno. Su hermano mayor vivía con su familia en su ciudad natal, pero por culpa de su hermana se sentía incómoda y casi nunca iba por allí. Cuando el tren se detuvo en el andén, Kyoko la buscó entre los pasajeros que se apeaban sin dejar de preguntarse cuánto habría envejecido aquella mujer menuda de veintisiete años con los ojos rasgados. El tren procedía de Naoetsu, y el andén se llenó enseguida de gente de campo cargada con bultos enormes, como si fuera una inundación. No era una tarea sencilla encontrar un rostro familiar entre la multitud. Se fijaba solo en las mujeres mientras fluía a su alrededor la riada de gente. Caminó a contracorriente hasta el final del andén sin éxito. Se dirigió al vestíbulo para probar suerte allí, probó en las dos salidas de la estación. Nada. Se sintió frustrada, pero llegó a la conclusión de que no le iba a servir de nada seguir allí, de manera que fue hasta la parada del tranvía para volver a Susaki. Cuando llegó a casa, vio en la puerta a una mujer cargada con su equipaje.

—¿Hisako?

Era una mujer de escasa estatura. Se dio media vuelta. Tenía la cara pálida y ni siquiera se había empolvado las mejillas ni pintado los labios. Llevaba el pelo recogido en una trenza sujeta en un moño, algo poco habitual en aquellos tiempos. Vestía una falda de sarga de color azul marino y un jersey marrón. La falda era un poco corta, ya que a duras penas le escondía las rodillas. También era demasiado estrecha. Se veía muy pasada de moda. En cuanto vio a Kyoko, sus ojos rasgados adoptaron un gesto desabrido. Un escalofrío le recorrió la espalda, pues le pareció que llevaba escrito en la cara: ‹‹Acabo de salir de la cárcel de mujeres».

—Eres Kyoko, ¿verdad? No te reconozco de lo guapa que estás.

Finalmente, su gesto se relajó. Al desaparecer la tensión de su mirada y dibujar una sonrisa, se le marcaron unos hoyuelos y su expresión se tornó encantadora. Kyoko abrió la puerta deprisa y la invitó a pasar dentro. Era una casa angosta, con una habitación de dos tatamis nada más entrar que daba paso a otra de seis a la izquierda y a otra más de dos a la derecha. También había una de tres que alquilaba temporalmente a un trabajador del astillero, por lo que en ese momento solo podía ofrecerle la más pequeña.

—Este cuarto es demasiado pequeño —le dijo Kyoko—. Te buscaré un apartamento en alguna parte. También puedes emplearte como interna en alguna casa. Eso, al menos, te permitiría ahorrar todo el salario. Las personas solo podemos confiar en el dinero, así que deberías empezar a ganarlo lo antes posible. Puedes preguntar en una taberna donde trabajé yo. Para las mujeres sin familia en Tokio como nosotras, lo más rápido y sencillo es casarte con algún cliente que te...



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