E-Book, Spanisch, 600 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
Shimazaki La sombra del cardo
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8756340-0
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 600 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
ISBN: 979-13-8756340-0
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Novelista y traductora canadiense de origen japonés. Se mudó a Canadá en 1981, y ha vivido en Vancouver y Toronto. Actualmente vive en Montreal, donde enseña japonés. Escribe y publica sus novelas en francés desde 1991.
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Bajo las escaleras consultando el reloj. Son las tres pasadas. Acabo de comer a deshora en la planta alta del restaurante.
Esta mañana he entrevistado al señor L. para presentarlo a los lectores. A partir de ahora llevará un consultorio de autoayuda en nuestra revista. Luego he pasado un buen rato en mi despacho transcribiendo la grabación de la entrevista. Necesitábamos el texto final antes de las dos de la tarde. Enfrascado en mi redacción, me olvidé por completo de ir a almorzar.
Todavía me quedan treinta minutos de pausa. Mientras contemplo la madera natural que cubre la pared exterior del restaurante, me pregunto cómo puedo matar el tiempo.
Me meto en la calle comercial con soportales, desde donde puedo volver directamente a la oficina. Hay mucha gente, porque son las vacaciones de la Semana Dorada.[1] Camino sin rumbo entre la multitud.
Dos mujeres de mediana edad me adelantan, parloteando a voz en grito. Un fuerte olor a perfume me cosquillea en la nariz. El color de su pelo teñido es similar: violáceo. Por su aspecto inusual, tengo la impresión de que son chicas de alterne en un bar o cabaret. Entran en el pachinko-ten[2] situado al final de una fila de tiendas a mi izquierda. El pachinko me tienta, pero sigo andando.
Unos metros más allá, me paro delante de un escaparate. Es una tienda especializada en plumas estilográficas de alta gama. Atraído por una pluma negra de la marca P., barajo comprármela más tarde si mi mujer está de acuerdo.
Al pasar por una tienda de música, oigo una canción popular de los años setenta. Me paro y aguzo el oído. Al escucharla, me acuerdo de Azami, la nana de mi abuela.
De nuevo esta noche tu almohada está bañada en lágrimas.
¿Con quién sueñas? Ven, ven a mí.
Me llamo Azami y soy la flor que mece la noche.
Llora, llora en mis brazos. Aún queda lejos el alba.
Salgo de mi ensimismamiento cuando oigo:
—Mitsuo.
Alguien susurra mi nombre. Una voz masculina. Debe de ser una coincidencia, así que lo ignoro.
—Kawano-san.
«¡Es mi apellido!». Me vuelvo hacia la voz. Delante de mí hay un hombre de estatura y complexión medianas, con gafas de montura negra. Su chaqueta elegante y su corbata a rayas atraen mi atención. Pienso: «¿Lo conozco?». Parece de mi edad. Con la cabeza ligeramente inclinada a un lado, el desconocido me pregunta:
—Eres Mitsuo Kawano, ¿verdad?
—Sí…
Me quedo perplejo ante ese individuo que me conoce y que incluso me tutea.
—Soy Gorô Kida —se presenta—. Éramos compañeros en la escuela primaria.
—¡Ah, Gorô! ¡Qué sorpresa! —exclamo al instante.
Gorô sonríe. En ese momento pienso en la tarjeta de invitación que me manda cada año. Él es quien organiza las reuniones de antiguos alumnos del colegio T. Nunca he asistido a esas reuniones, pero recuerdo el nombre de Gorô que aparece cada año en la tarjeta.
—¿Cuánto hace? —pregunto—. ¿Más de veinte años?
—Veinticuatro —precisa.
—¿Tanto? ¡Increíble! —exclamo.
Gorô mira a su alrededor, como si observara a la multitud.
—¿Cómo me has reconocido? —le pregunto mirándole fijamente.
Él se toca la nuca y responde:
—Hace un rato me encontraba en el restaurante donde estabas comiendo y te he seguido para asegurarme de que eras tú.
Estoy sorprendido. «¿Me ha seguido?». Atento a la menor de mis reacciones, se disculpa rápidamente.
—Perdona mi indiscreción. Solo quería saludarte.
Veo su mirada huidiza y siento curiosidad.
—¿Por qué has susurrado mi nombre?
—Todo el mundo distingue su nombre cuando lo oye. Estaba seguro de que tú reaccionarías si yo estaba en lo cierto.
Me echo a reír sin querer.
—¡Qué interesante! Lo probaré si se presenta la ocasión.
Gorô propone invitarme a una copa.
—Lo siento, estoy ocupado —digo tras echar un vistazo al reloj—. Tengo que volver a la oficina dentro de un cuarto de hora.
—¿A qué te dedicas? —me pregunta.
—Trabajo en la revista N.
—¡Ah, la conozco! Es una buena revista de información general.
Sonrío.
—¿Eres periodista?
—No, soy redactor.
Cuando le doy mi tarjeta, exclama:
—¡Qué chulo! Mucha gente sueña con trabajar en el mundo del periodismo.
Me echo a reír.
—Está lejos de ser chulo. Es un trabajo como en cualquier otro campo —replico.
Él se queda callado y también me da su tarjeta. Las palabras «presidente» y «sakaya Kida» me sorprenden de inmediato.
—¡Ahora eres el presidente del sakaya Kida! —exclamo.
Gorô asiente, orgulloso. Todo el mundo conoce esa empresa que importa licores de primera calidad e incluso destila whisky. Desde hace un tiempo está más activa que nunca. La revista N. le ofreció espacio publicitario, pero no ha recibido respuesta.
—La heredé de mi padre, que murió hace cinco años —me explica.
Al examinar su tarjeta, pienso: «Entonces, ¿ha sido Gorô quien ha hecho que esta empresa prospere tanto?». Impresionado, elevo la mirada hacia este antiguo compañero que sigue hablando.
—Hoy he venido a este barrio para ver al gerente de un bar, uno de nuestros clientes más importantes. Como en tu caso, yo no tengo vacaciones.
Hablamos de la familia. Él tiene una hija de seis años y un hijo de tres, y yo una hija de siete años y un hijo de cuatro. Me cuenta que su mujer y sus hijos están en el campo durante la Semana Dorada. Cuando se entera de que los míos también están en el campo, me suelta en tono de broma:
—¡Entonces estamos solteros! ¡Hay que aprovecharlo!
Tengo que irme. Gorô promete llamarme pronto. Nos despedimos y él se va en dirección opuesta a la mía.
Delante del pachinko-ten, me cruzo con las mujeres que me adelantaron hace un rato. Siguen hablando igual de alto. Sus cabellos violáceos recuerdan a la flor del azami. Canturreo: «De nuevo esta noche tu almohada está bañada en lágrimas. ¿Con quién sueñas? Ven, ven a mí…».
Me vuelvo un instante. Ese encuentro fortuito me ha dejado una sensación extraña. Rara vez almuerzo fuera. Me suelo llevar un bentô o, si no, como en la cantina del trabajo. Además era la primera vez que entraba en el restaurante donde Gorô me vio. «¡Qué curiosa coincidencia!».
Salgo de los soportales de la calle comercial. El cielo se nubla y va a llover, de modo que apuro el paso.
Agotado de mi jornada, por fin estoy en casa. Son casi las diez y media.
Tengo sed y tomo una botella de cerveza bien fría. En la mesa de la cocina está la nota habitual de mi mujer: «Cariño, he preparado estofado de ternera y ensalada para esta noche. ¡Que aproveche! Espero que no bebas demasiado. ¡Hasta el sábado! Atsuko». Sonrío.
Mi mujer y los niños se han ido esta tarde a la casa de campo, donde van a pasar cinco días. Atsuko tiene que limpiar el huerto antes de sembrar. Heredó esa casa de su padre, que murió hace tres años de un cáncer de hígado. El pueblo se halla muy cerca de M., la ciudad donde ella creció. Se tarda casi cincuenta minutos en coche en llegar allí.
A Atsuko le encanta cultivar verduras ecológicas. La cosa ha ido creciendo y ella prefiere quedarse en el pueblo todos los fines de semana y los días festivos. Naturalmente, los niños se van con su madre y yo a veces me reúno con ellos, sobre todo después del cierre mensual de la revista.
Entro en el salón. Encima de la mesa veo la pequeña bolsa de mi hijo donde guarda sus animales de plástico. Sentado en el sofá, hojeo rápidamente el periódico de hoy, sobre todo la sección política y el deporte. Nada particular. Enciendo la televisión, pero tampoco echan nada interesante.
Vuelvo a la cocina y me tomo la ensalada mientras espero a que se caliente el estofado de ternera.
La casa se halla en completo silencio. Echo de menos las voces animadas de los niños. Se estarán divirtiendo en el campo con sus amigos del pueblo. Mejor así, porque no tienen amigos en nuestro barrio. Ayer les prometí que pronto los llevaría al zoo Higashiyama.
Suena el teléfono justo cuando voy a coger el estofado de ternera. Es Atsuko. Me pregunta si ya he cenado y le respondo que iba sentarme a la mesa. Está de buen humor y me habla del huerto que ha empezado a escardar.
Le cuento mi entrevista de la mañana con el señor L. Atsuko conoce a este consejero de autoayuda y está deseando leer mi artículo sobre él. Le menciono también mi encuentro fortuito con Gorô Kida, un compañero de la escuela primaria. Ella sabe que se trata del organizador de las reuniones de antiguos alumnos.
—¿Después de veinticuatro años? ¡Es sorprendente! —exclama.
Me pregunta por la profesión de Gorô. Impresionada por el nombre del sakaya Kida, cuya publicidad tiene mucha presencia en los medios, me hace preguntas sobre su familia. Le repito lo que me ha dicho Gorô.
—¿Una niña y un niño? Además, son casi de la misma edad que los nuestros —señala ella—. Cariño, ¿qué te parece si invitáramos un día a esa familia a nuestra casa?
—No sé. Él y yo no...




