E-Book, Spanisch, 424 Seiten
Shusterman Roxy
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19680-42-6
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 424 Seiten
ISBN: 978-84-19680-42-6
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Neal Shusterman (Nueva York, 1962) es autor superventas de más de treinta libros para lectores jóvenes y adultos, entre los que destacan la serie Desconexión, Sed (Nocturna, 2019), Everlost (Nocturna, 2023) y El abismo. Tras ganar el Premio Nacional de Literatura Juvenil, ha publicado la trilogía El arco de la Guadaña -compuesta por Siega (Nocturna, 2017), Nimbo (Nocturna, 2018) y Trueno (Nocturna, 2020)-, que no solo ha obtenido la nota más alta en cinco de las ocho revistas literarias más importantes de EE.UU., sino que se ha publicado en una docena de idiomas, ha entrado en la lista de best sellers del New York Times y Universal ha comprado sus derechos cinematográficos. En su nueva novela, Punto de inflexión (Nocturna, 2022), plantea una reflexión sobre los privilegios a partir de una trama relacionada con los mundos paralelos. Jarrod Shusterman ha publicado relatos en libros como como la antología superventas UnBound y es guionista de cine y televisión. En la actualidad, está trabajando con Neal Shusterman en la adaptación cinematográfica de Sed, producida por Paramount.
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2
Isaac, Ivy y el pringado infinito
DOS MESES ANTES…
«Ivy tiene que estar por alguna parte —piensa Isaac Ramey cuando abre la puerta de la cloaca para buscar a su hermana—. No me cabe duda; esta fiesta es de las suyas». La casa apesta a vómito, hormonas y cerveza, así que Isaac arruga la nariz mientras atraviesa el salón. Está rodeado de vagos, tirados y drogatas, todos ellos demasiado colgados para darse cuenta de que, para cualquier persona medio sobria, perrear al ritmo de la música tecno es como sufrir convulsiones. O, peor todavía, es como sufrir convulsiones de verdad mientras bailas danza interpretativa, lo que sería una forma muy triste de morir porque el público se limitaría a aplaudir despacio, con desprecio, mientras tú te retuerces en el suelo hasta palmarla.
Isaac no puede distraerse. Sigue buscando por el lodazal. Una chica con la mitad de la cabeza afeitada. Un chico que se ha meado encima. Un tío con mala pinta, demasiado viejo para estar allí, hablando con una chica demasiado joven para estar allí. Nada que Isaac no se esperase. Y si esa noche es como el resto de los viernes por la noche, allí encontrará a Ivy. Ivy es un año mayor que Isaac, pero Isaac casi siempre se siente como el hermano mayor.
No es que a él no le gusten las fiestas. Tiene diecisiete años, de manera que ha ido a muchas en las que pasaban cosas que sus padres no querrían saber… Pero no va a este tipo de fiestas, a las fiestas que le gustan a su hermana. Donde las cosas chungas no se esconden en las habitaciones interiores, sino que te las restriegan por las narices; los tristes y los desesperados metiendo el cerebro en una prensa hidráulica para olvidar su propia finitud.
Sale al patio de atrás. Está descuidado y tiene una piscina con forma de ameba tan pequeña que solo sirve para flotar en ella u orinar en secreto. Quizá por eso el agua está turbia y verde, como un experimento de bioterrorismo.
Isaac no tarda en localizar a su hermana: su pelo de color azul pitufo se ve de lejos. Está junto a la piscina con Craig, su novio, el pringado infinito que vive aquí. Craig es la pesadilla perfecta para cualquier padre: uñas de rata, tatuajes por todas partes y un moño que le sobresale de la cabeza como un tumor.
—Ivy —la llama Isaac cuando se acerca.
Tiene que llamarla tres veces para captar su atención. Ella tarda un segundo en ocultar su sorpresa.
—Mamá y papá saben que has salido sin permiso y están que se suben por las paredes.
—¿Y te han enviado a ti?
—No tienen ni idea de dónde estás. Ni siquiera saben que he salido a buscarte.
Ivy se vuelve para alejarse, como hace siempre que algo no le gusta, sobre todo si ha estado bebiendo. Isaac la sigue y la agarra por el brazo antes de que tropiece con un arbusto.
—Si se enteran de lo de esta fiesta y te encuentran aquí así, se va a liar. Ya me darás las gracias mañana.
De repente, Craig encuentra las suficientes neuronas vivas para percatarse de la presencia de Isaac.
—Oye, ¿te está molestando este tío? —le pregunta a Ivy.
—Cierra la boca, Craig. Es mi hermano. Lo has visto como seis veces. —Se gira hacia Isaac—. No soy una pirada; no necesito que me salves. Así que vete a casa a estudiar o lo que sea que hagas los viernes por la noche.
—Sí —la secunda Craig—. Ya la has oído. Quiere seguir de fiesta conmigo.
Entonces, Isaac ve la bolsa de droga que cuelga de la mano de Craig como un pequeño escroto lleno de vete a saber qué. El mero hecho de verla despierta algo primitivo en su interior que se apodera de él y lo impulsa a darle un manotazo a la bolsa para lanzarla a la piscina.
—Ay, perdón —dice Isaac.
No es la clase de chico que busca pelea, pero algunas peleas merece la pena empezarlas.
—Pero ¿qué coño…?
La sorpresa de Craig se transforma en furia y se abalanza sobre Isaac. Empiezan a forcejear y, en unos segundos, eso se transforma en una pelea en toda regla. Una horda de zombis colocados los rodea para mirarlos con cara de pasmo, de modo que se convierten en el centro de la limitada capacidad de atención de la fiesta.
Isaac, que es más fuerte, acierta con algunos puñetazos, pero Craig agarra un vaso de plástico lleno de alcohol de noventa grados y se lo lanza a los ojos. Craig cuenta con la clara ventaja de que jugar sucio es su superpoder.
Y ahora Craig golpea a Isaac una y otra vez mientras a este le arden los ojos. Puñetazos en la cabeza y en el cuerpo, cualquier cosa que le sirva para hacerle daño antes de que Isaac recupere la vista. Ivy intenta separarlos, pero no puede.
Al final, Isaac se recupera lo suficiente como para darle un puñetazo a Craig en la nariz, puede que lo bastante fuerte como para rompérsela, pero antes de que el dolor le haga efecto, Craig empuja a Isaac con todas sus fuerzas y lo tira al suelo.
En un segundo, Ivy llega hasta Isaac y lo ayuda a levantarse. Después mira a Craig, que ahora recita todos los tacos que conoce mientras se sujeta la nariz ensangrentada.
—¡Qué coño pasa contigo! —le grita Ivy a Craig.
—¡Ha empezado él!
Pero Ivy no se lo perdona.
—¡No te nos acerques!
Craig le da la espalda muy deprisa para dejarle claro lo poco que le importa.
—Vale. Lo que tú digas. De todos modos, tu familia y tú sois unos psicópatas.
Después se acerca a la piscina y se queda allí, contemplando el agua turbia y lamentando la pérdida de su pequeño escroto de plástico.
Cuando se le pasa el subidón de adrenalina, Isaac nota que le duele el tobillo. Y no, no es un dolor superficial; le palpita. Más que una torcedura corriente, es un dolor que le llega hasta el hueso. Ya nota que no se le va a quitar pronto. Cuando su hermana lo ve cojear y poner cara de dolor, lo ayuda a llegar al patio lateral y, juntos, salen a la calle.
Van hacia el viejo Sebring plateado de Isaac, que está aparcado junto a la acera; el chico se apoya en él y, al exhalar, se da cuenta de que había estado aguantando la respiración casi todo el camino. Entonces, al abrir la puerta, apoya demasiado peso en el tobillo herido y está a punto de caerse. Se le oscurece la vista por el dolor; después se le vuelve a aclarar, pero el dolor no remite apenas nada. Es entonces cuando se percata de que la simple tarea de regresar a casa ya no es tan simple.
—No puedo conducir con el tobillo así…
—Bah, para eso tienes dos pies.
Isaac se lo piensa, pero niega con la cabeza.
—Conduzco con el derecho. Ni siquiera sé si puedo usar el izquierdo.
—Vale, conduciré yo.
Alarga las manos para que le dé las llaves, pero Isaac no es tan estúpido.
—No. Estás borracha. O algo peor.
—No estoy nada peor —le responde ella, fulminándolo con la mirada.
—¿No? Tenía toda la pinta de que estabas a punto de hacerlo.
—¡Ni se te ocurra darme un sermón!
Isaac recula. Sabe que se ha pasado.
—Pediré un Uber —dice—. Mañana recojo el coche.
La app dice que su coche está a tres minutos de distancia, lo que siempre quiere decir diez. Ven a la gente salir y entrar de la casa. Los vecinos se asoman a las ventanas, enfadados. Uno sale al porche y empieza a gritarles a Isaac y a Ivy, como si estar esperando junto a la acera los convirtiese en embajadores oficiales de la fiesta.
—¡Como no paréis ya, llamo a la policía!
—¡Pues hazlo ya, imbécil! —le responde Ivy, así que Isaac tiene que darle un manotazo para que se calle. Está deseando que llegue su Uber.
Por fin aparece el coche y se meten detrás; Isaac vuelve a apoyar demasiado peso en el tobillo y gruñe de dolor.
—Que sepas que no me has salvado —le dice su hermana cuando arrancan—. Me habría ido yo sola. Cuando tocara.
Isaac asiente y decide creerla, aunque también desearía que le costara menos.
Ahora están ahí sentados, en silencio, incómodos, y su rutina vuelve a la normalidad.
Ivy esboza una sonrisita.
—Qué cara ha puesto Craig cuando le has tirado la bolsa a la piscina. Como si te hubieras cagado en sus Froot Loops.
A pesar del dolor, Isaac no puede evitar sonreír. Ivy se inclina sobre él, apoya la cabeza en el hombro de su hermano y cierra los ojos.
—Lo siento —le dice.
Isaac nota que lo dice en serio. Aunque ninguno de los dos sabe bien qué es lo que lamenta.
Ivy cree de verdad que se habría marchado ella sola. Aunque nunca abandonaba una fiesta antes de que soltaran a los perros, por así decirlo, y echaran a todo el mundo. El superpoder de Ivy consiste en creerse algo que sabe que no es cierto.
Cuando llegan a casa, decide entrar antes que Isaac. Enciende la luz suponiendo que sus padres estarán esperándola a oscuras. Así es como funcionan las cosas en esta casa. Es un proceso que consta de tres etapas. Primera etapa: sus padres estallan al ver que se ha escabullido por la ventana. Segunda etapa: se echan la culpa mutuamente durante un intervalo de siete a doce minutos. Tercera etapa: una hora rumiando en solitario, en la que su padre se retira al ordenador, mientras que su madre se inventa tareas de la casa que en realidad no existen, como colocar por orden alfabético las especias de la cocina o emparejar los calcetines de los...




