Sierra I Fabra | La modelo descalza | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 201, 240 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

Sierra I Fabra La modelo descalza


1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9841-661-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 201, 240 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

ISBN: 978-84-9841-661-9
Verlag: Siruela
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Un trepidante caso policiaco y sentimental para jóvenes, del autor de Kafka y la muñeca viajera. Jon Boix, periodista, acaba de regresar de un viaje por África, adonde ha ido a investigar sobre las mafias del mundo de la moda que buscan nuevas candidatas. A su regreso, recibe una noticia: Alejandra, una de las más famosas top models españolas, y su novia hace tres años, ha sido acusada de asesinato después de una noche de alcohol y drogas. Pero Jon, a pesar de las evidencias, no cree que ella haya matado a nadie. Se propone, pues, buscar a Alejandra, que ha desaparecido, y demostrar su inocencia. Una carrera contrarreloj.La modelo descalza es un viaje a los infiernos de la fama en general y del mundo de las top models en concreto. Chicas muy jóvenes sometidas a la brutalidad de un mercado voraz. El precio del éxito a veces es demasiado caro: soledad, anorexia, alcohol, drogas... El lado oscuro del mundo de la moda que pocos conocen y que aquí se muestra con toda su crudeza, envuelto en un trepidante caso policiaco... y sentimental.

JORDI SIERRA I FABRA (Barcelona, 1947) es un reconocido y prolífico autor de novelas infantiles y juveniles, muchas de ellas han sido llevadas al teatro, a la televisión y a la gran pantalla. Ha recibido múltiples galardones, entre ellos, el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Kafka y la muñeca viajera o el Premio Cervantes Chico.
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4

Por la mañana recuperé viejas sensaciones al subir de nuevo a mi moto. Me gusta su sonido. Ese run-run tan especial, tan lleno de vida. En los distintos países de África que había visitado hice lo más adecuado: alquilar coches. Pero me habría gustado recorrer en moto muchos lugares, aunque fuese tragando el polvo de sus caminos milenarios.

No había dormido demasiado.

Mejor dicho, no había dormido nada.

Alejandra estaba en mi cabeza.

En mi estómago.

Varias veces, a lo largo de la noche, me puse a ver la televisión, por si pillaba algo, una noticia, lo que fuera. Pero ya no se comentó nada más. Al amanecer, en los primeros informativos, no hicieron sino repetir lo mismo que yo había visto al llegar a casa.

Allí estaba ella, con el rostro oculto por unas enormes gafas oscuras, el cabello revuelto, la ropa descuidada de acuerdo con su más puro estilo libertario y cómodo. Rodeada de policías, de periodistas, ausente, sin hablar con nadie, atrapada en una tela de araña de la que no saldría fácilmente.

O de la que tal vez nunca saliese.

Y mientras la veía, todo volvía a mí.

Cada recuerdo, cada palabra, cada...

Llegué a la revista pasadas las diez de la mañana. Mi querida Elsa fue la primera con la que me tropecé, como siempre. La recepción estaba tranquila, balsámica. Elsa iluminó su cara con una sonrisa de oreja a oreja y hasta se levantó, saliendo de detrás de la media luna de su mesa, para darme dos besos.

Para ella, regresar de África debía de ser como volver de la Luna. Toda una aventura.

–¡Hola, Livingstone! –me demostró su cultura.

–Hola, preciosa.

–Me alegro de que hayas vuelto de una pieza.

–Mujer...

–Si es que todo lo que se ve por la tele es como para morirse.

–Es que allí se mueren, ya ves tú.

–Sí, ¿verdad? –puso cara de pena.

Sonó el teléfono y regresó corriendo a su puesto. Eso me liberó de continuar hablando. Dejé atrás la recepción, con el logo de Zonas Interiores presidiéndola y me interné en la redacción pasando al lado de los que estaban en sus puestos de trabajo. Hubo un par de manos alzadas, un par de sonrisas, un par de intentos de detenerme que se vieron frenados por mi paso firme y seguro.

Al que no pude evitar fue a Mariano.

Nuestro «Hombre para todo» me interceptó un par de metros antes de llegar al despacho de mi madre.

–¿Qué tal? –me preguntó.

–Yo, bien. Ellos, fatal –me referí a África.

–¿El reportaje?

–Muy bueno.

–¿Cuándo podré verlo?

–Las fotografías ya mismo –le pasé una memoria USB de máxima capacidad–. El texto depende.

–¿De qué?

–Voy a hablar con mi madre.

–Vale –asintió cerrando su mano sobre la memoria.

Di dos pasos. Ni siquiera pensaba preguntarle a su secretaria si estaba disponible. La puerta del despacho de la todopoderosa Paula Montornés se abrió de pronto y me encontré de frente con la persona a la que menos quería ver y con la que menos quería hablar, sobre todo después de un viaje.

Nuestro querido Porfirio, director de administración.

–Ah, hola –me miró a los ojos fijamente antes de agregar–: Ya has vuelto.

No era una pregunta, era una aseveración.

–Pues sí, por eso me ves –me salió mi lado irónico.

–¿Qué tal?

–Duro.

–Pero si ibas a recorrer las rutas que siguen las agencias internacionales para descubrir a nuevas modelos en los lugares más recónditos de África –me espetó como si regresara de unas vacaciones caribeñas.

–¿Te hablo del sida, la sharia, la ablación de clítoris y otras lindezas típicas de la mayoría de esos países?

No estaba para monsergas. Porfirio era bajo, regordete, calvo. El perfecto jefe financiero. En su mundo sólo había números. El universo se movía regido por ellos. Lo demás...

–¿Me has traído justificantes de todo?

Eso era lo suyo. Ése era Porfirio. Capaz de echarle la bronca incluso a mi madre si no justificaba un gasto. Y yo era su tormento favorito, su eterno clavo en el zapato. Nunca entendía que en la mayoría de lugares no te daban un recibo porque no sabían qué era eso o, simplemente, no tenían papel, y menos un sellito que lo validara.

Más de una vez un gasto sin justificar había ido a parar a mi cuenta.

–De todo, no, Porfirio –le advertí–. Vengo de África. Á-fri-ca. Hoteles, alquileres de coches y gastos mayores, sí, pero comidas, propinas, taxis...

Me atravesó con una mirada de forzada resignación.

Yo era un cabeza hueca.

Y él un santo.

–Pásate por mi despacho antes de irte, ¿vale?

–Lo intentaré.

Otra mirada fulminante. Intentar no era una palabra válida en su concepción laboral. Las cosas, o se hacían, o no se hacían.

–Vale –suspiré rendido.

Se alejó con toda su real dignidad y yo le saqué la lengua por la espalda. Hubo un par de risitas delatoras.

–Lo sé –me dijo Porfirio sin volver la cabeza, como si tuviera ojos en la nuca.

–¡El día que mande yo, lo primero que haré será despedirte! –le advertí.

–¡Ese día no llegará nunca! –siguió su camino–. ¡Tu madre es inmortal!

Me metí a toda prisa en el despacho de ella.

Estaba sentada, con el bastón apoyado en la mesa y al alcance de su mano, como siempre. En mitad de aquel lugar enorme su butaca parecía un trono y su despacho el mundo. Ordenadores, impresoras de papel y de imagen, viejos archivos, estanterías con libros, mesas luminosas para ver las diapositivas que todavía utilizaban muchos fotógrafos de la vieja escuela, para los que las cámaras digitales eran una afrenta, cuadros con sus premios y los de papá, retratos con personalidades...

–Hola, hijo –me saludó con una sonrisa amorosa.

Rodeé la mesa y le di un beso. No me fui por las ramas.

Allí mismo, tres años atrás, me había mostrado aquella foto.

–¿Qué hay de Alejandra?

–Nada.

–Mamá...

–He hecho llamadas –señaló sus teléfonos, los dos fijos y el móvil–, y de momento no hay nada.

–Todo el mundo te debe favores, o quiere debértelos y estar a buenas contigo.

–Pero no soy todopoderosa –manifestó–. Tengo un amigo en comisaría, en la mismísima central, pero aún es pronto. ¿Las palabras «secreto de sumario» te dicen algo? –no quiso ser sarcástica–. Es un caso de asesinato, Jon.

–Vale. ¿Y la última hora?

–No hay última hora.

–Siempre hay una última hora, mamá.

–Ella no es una desconocida, sino una figura pública, y el muerto también. Se mueven con mucho tacto.

–Sabes que no voy a quedarme cruzado de brazos, ¿verdad?

–Jon...

–Soy periodista.

Zonas Interiores no se ocupa de escándalos.

–Van a destrozarla por ser joven, famosa, guapa...

–Y por todos los líos en que se ha metido en estos últimos tiempos, dándoles carnaza de la buena, ¿no crees? –hizo un gesto de cansancio, como si quisiera borrar estas últimas palabras de nuestro disco duro–. Jon, Jon... cariño, ¿quieres que seamos los portavoces de su luz por encima de las sombras de estos años?

–Si hace falta escribiré un reportaje. «El ángel caído» y todo eso.

–No serías capaz.

–Apuéstate algo.

–Tú no eres el más indicado para hablar de ella. Si lo haces saldrás en su pasado y te convertirás en parte de su pesadilla presente.

–O sea, que no quieres que me meta en esto.

–Hace tres años...

–Exacto –la detuve–. Hace tres años. Ni yo soy el mismo ni lo es ella. Si entonces tuve la cabeza sobre los hombros, más la tendré ahora, ¿no te parece?

–Entonces era una niña que emergía hacia un futuro luminoso. Ahora lo acabas de decir tú mismo: es el ángel caído. Jon, tú siempre has sentido debilidad por ser un paladín, el defensor de las doncellas, las ballenas, las focas, la verdad, la justicia...

–Sólo quiero...

–Ya vale, Jon –Paula Montornés alzó una mano agotada–. Haré las llamadas que quieras, pero a su tiempo y dentro de un orden. Por favor.

–Vale, lo siento –no me rendí, pero claudiqué ante ella.

–Háblame de África.

–¿Ahora?

–Sí. Hasta el más mínimo detalle.

–Aquello es un circo –no tuve más remedio que actuar con comedimiento–. Llegan los cazatalentos y los descubridores de las agencias internacionales a un pueblo donde las chicas no han usado zapatos jamás. Seleccionan a las adolescentes más guapas. Les hacen fotos a cambio de cuatro chucherías baratas con muchos colorines y si alguna pasa el filtro, le pagan un viaje a París para probarla. ¿Te imaginas? De un poblado de Somalia, Etiopía o Nigeria, a París. Las arrancan de sus hábitats naturales, muchas sin saber siquiera leer o escribir. No conocen ninguna otra lengua que no sea la...



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