E-Book, Spanisch, 252 Seiten
Simic / Simi? De qué nos enamoramos
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16320-21-9
Verlag: Baile del Sol
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 252 Seiten
ISBN: 978-84-16320-21-9
Verlag: Baile del Sol
Format: EPUB
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Roman Simi? Licenciado en Literatura Comparada y Filología Española por la Universidad de Zagreb. Editor de la revista literaria Relations y la colección ?ivi jezici [Lenguas vivas], una antología de relatos cortos europeos. Organizador y editor del Festival del Relato Corto Europeo europeanshortstory.org/en. Ha sido incluido en varias antologías y relaciones de la prosa croata contemporánea y sus relatos han sido traducidos al francés, sueco, esloveno, alemán, polaco, checo, búlgaro, lituano, español e inglés. Ha publicado las poesías U trenutku kao u divljini [En el momento como en la selva; finalista premio Goran para poetas jóvenes, 1996], los relatos Mjesto na kojem ?emo provesti no? [Lugar donde pasaremos la noche, 2000] y U ?to se zaljubljujemo [De qué nos enamoramos, 2005]. Su obra Mjesto na kojem ?emo provesti no? ha sido traducida al polaco (2003) y esloveno (2004). U ?to se zaljubljujemo ha sido galardonado con el premio del diario Jutarnji list para el mejor libro croata de prosa en 2005. En 2007 fue publicado en Alemania y Serbia y a principios de 2008 también en lengua eslovena.
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MARCO PARA EL LEÓN FAMILIAR
Para M.
«Maybe this flm is about growing older.»
Robert Frank, Conversations in Vermont
FOTOGRAFÍAS
Varias veces he imaginado que podemos recuperar cualquier recuerdo como si fuera una fotografía que entregamos para revelar después de, digamos, tres veranos. Los lugares y la gente son reconocibles, la foto todavía rememora el color del cielo, el mantel a cuadros, la ropa, sólo que ahora —al sacarla de un sobre de papel plasticado— es invierno u otoño, llueve y nos cuesta intuir por qué el dedo que la tomó apretó el botón precisamente en aquel momento, transformándola, más que en un recuerdo, en un testimonio claro y duradero del olvido.
Los recuerdos de la infancia que mi hermana y yo pasamos con mis padres, entre mudanzas de una ciudad a otra, los leo en las fotografías de mi padre, sorprendentemente numerosas para ese período irreal de nuestra vida. Son fotografías de pisos en los que vivíamos, de patios, entradas y ventanas que daban o no daban al mar; fotografías de perros y gatos, de parientes diversos, nosotros sus hijos y, por fin, de mi madre.
La enfermedad de fotografiar e la debilidad para recordar, me escribe en el dorso de una fotografía en blanco y negro Anja, que al cumplir los quince años heredó de nuestro padre esa enfermedad, junto con una antigua cámara Kiev y algunos objetivos. Hace ya una década que Anja está en América y entre viajes y proyectos, varias veces al año, en lugar de cartas me envía fotos de gentes y ciudades que de un modo extraño llenan los espacios en blanco de nuestra memoria común.
En esta ocasión, liberada del sobre de correo aéreo, se trata de una escena tomada en algún nevado zoológico norteamericano: una fotografía que retrata a un león. Salpicado de copos de nieve, el rostro del león parece sosegado y manso, mientras al fondo, entre las rejas, se divisa el perfil congelado del guarda. El olvido enjaulado; está escrito al dorso. Naturaleza viva con guarda. En invierno. ¡No dejarlo salir!
Como tantas veces antes, en los álbumes de familia dispersos por la mesa busco entre un montón de fotografías una que pueda servir de respuesta. Al final elijo un retrato de Anja, sacado al estilo de las antiguas películas rusas, encima de un búnker italiano al atardecer, y le pongo: Nos gustaba este sitio los domingos, después del bosque. A la vuelta, una de las casas olía a patatas y pollo asado. Tú te sientas a la derecha y yo a la izquierda de la mesa. La mesa es un caballo tranquilo de aluminio. Sus patas, a diferencia de las nuestras, llegan hasta el suelo. Eso no está en la foto. El empapelado de la pared está hecho de líneas marrones y claras. Canto del jilguero en la jaula. Una fila de mamuschkas en la ventana. Mamá y la tele. Papá en el baño. El olor de la espuma de afeitar de él, el olor de la caricia de ella al acostarnos. La cama: tu lugar está en el medio, el mío junto a la pared. Sombras en el techo. Ruidos de la calle. Tu sueño, ligero y confuso. Tu hermano, R.
Guardo la foto en un sobre preparado hace ya mucho tiempo y espero a que los recuerdos se calmen; se detengan, se queden tranquilos y congelados como el león de la fotografía de Anja. Quietos como el guarda, como la nieve atrapada en la foto. También pienso en quién guarda a quién, y de qué: ¿el león al guarda o el guarda al león? ¿El recuerdo como guardián del olvido, o el olvido como guardián del recuerdo? Al final pienso en lo que es ese león en realidad, dónde está ahora, de qué se alimenta y de dónde vienen pensamientos como éste.
Anja y yo, cada uno por nuestro lado, no lo sabemos.
Nuestras conversaciones a través de fotografías, al igual que el mundo que intentan construir, conllevan un desenlace fatal. Cuando agote la reserva de las palabras de mi padre, callaré, y cada palabra que mi hermana produzca la empujará más hacia el silencio. Así, la conquista del pasado propio, cada vez más lejano, nos llevará a los dos al silencio original, al vacío de una película todavía intacta que desconoce luz, fijador y revelador.
Aun así, o quizás a pesar de ello, la fotografía que pego con celo verde transparente en el tablero de corcho sobre mi mesa, se convierte en nuestro silencioso león familiar, enigma nevado que me observa desde el desayuno y hace que me acuerde de que también yo olvido y recuerdo, mientras espera pacientemente un desenlace.
HISTORIA
Cuando de los ojos cerrados comienzo a desenrollar nuestra historia familiar, las primeras palabras que intentan escapar de mi boca son «pequeña» y «breve»; palabras ante las cuales normalmente nada se aparta. Las historias pequeñas y breves son casi una contradicción en sí mismas, o por lo menos esa ausencia de grandeza y extensión se interpreta como señal inequívoca de deficiencia y mala suerte, como si algo detrás de ellas dijera: «Si hubieran sido felices, probablemente habrían durado más». En las fotografías que acompañan nuestra breve historia —no puedo más que reírme— todo indica precisamente lo contrario. Cumpleaños, excursiones, abrazos, veranos; Anja que sonríe de mil formas distintas, mi padre y yo en cuclillas como jugadores de fútbol y mi madre de pie como un entrenador, perdida en la chaqueta de uniforme de él, mientras sobre su cabeza se entrecruzan en el cielo estelas de aviones que fácilmente podrían confundirse con las tiras de algodón pegadas a la tela azul transparente de una camiseta de deporte, si uno estuviera tan loco como para que se le ocurriera algo así.
Abro los ojos y vuelvo a reírme, esta vez del mundo inseguro fuera de las fotos.
Las cosas como las despedidas o la muerte han sido expulsadas a ese mundo como a un purgatorio imaginario, vertedero de residuos desagradables de primeros y últimos planos no deseados.
En las fotografías que guardamos, éstas no existen.
Gracias a esa pereza del ojo, nuestra breve historia familiar, conservada en fotos, es feliz y está diseñada para durar por lo menos mil años.
Y no se trata de un montaje.
Quizás se pueda explicar esta discrepancia entre el mundo y las imágenes que lo documentan con aquello que Anja, ausente y americana, llama «la afición fotográfica de papá». Según ella, esa ingenuidad particular no es más que la incapacidad del fotógrafo para captar en una instantánea cualquier cosa que no sea, o por lo menos no invoque, uno de los posibles estereotipos de la felicidad. El dorso de una de sus primeras postales ultramarinas, un pez raya degollado y extendido sobre el hielo picado de una pescadería, que se convierte ante los ojos del observador en un trozo de invierno o en la figura de alguna santa germánica acabada de asesinar, decía que sólo los profesionales pueden y quieren sacar fotografías de la tristeza, precisamente como sólo los cirujanos —a diferencia de todos los que alguna vez se han cortado, han tenido un accidente de coche o incluso han matado a alguien— pueden apreciar de verdad la tristeza del cuerpo humano por dentro.
Para Anja, la afición es peor que la mentira.
Su única fotografía de nuestro padre lo retrata de espaldas, casi irreconocible. Durante un paseo por la ciudad después del bombardeo. Sus espaldas se pierden en un lateral, hacia las fachadas borrosas, y no le pertenecen a nadie, mucho menos a él. Una de sus manos se levanta hacia la pared y parece separarse y huir del cuerpo.
Nuestro padre está irreconocible en esa foto, y no sólo porque fue fotografiado de espaldas. Al sacarla, la cámara en las manos de Anja captó ese día el movimiento y la desdicha, mientras que la de él jamás volverá a captar nada. Poco tiempo después dejan de dirigirse la palabra y Anja se marcha a Estados Unidos. Nuestro padre muere. Si hubiera estado cerca, el diagnóstico no pronunciado de Anja podría haber sido: debido a la falta de posibles estereotipos de felicidad. La fotografía de su espalda es también la última fotografía que describe a una familia, la última en la que cualquiera de nosotros es recordado u olvidado por la mirada del otro. Pero también es la única que no entra en los álbumes, simplemente porque no les pertenece. Su león invisible es peligroso porque vive de otras fotografías, otros recuerdos; mata los cambios suaves entre los cumpleaños y las estaciones, nos obliga a olvidar y a dividir nuestra propia vida entre lo que aconteció antes y después, dejando que una mitad invisible se esconda sola y olvidada en un cajón.
FRAGMENTOS
Sin saber cuándo ni por qué, decido llevar el diario de esta búsqueda. En realidad tampoco se trata de un diario. Las cosas que anoto se parecen más a una carta dirigida a un destinatario que nunca la va a abrir. Son confusas, pero hay en ellas cierto orden; emplean las palabras de toda la gente, pero conciernen a aquello que nos pertenece sólo a nosotros: son apuntes destinados a alguien familiar. A veces pienso que un día, cuando los termine, podría enviárselos a mi madre. Es muy probable que por eso nunca los acabe. Reunir a una familia dispersa, aunque sea con palabras, a la caza del terrible león de papel, parece patético y hasta ridículo. Sin embargo, eso ocurre. Me echo a reír otra vez, para quitar hierro al asunto. Ya sea por la risa o por algún otro motivo, después de cada frase escrita siento la necesidad de dibujar una enorme señal de advertencia, un erizado punto de exclamación rojo que avise: ¡peligro, mentira! Mentira porque la familia no está en las palabras. Además, el intento de esclarecer cualquier misterio, de leer nuestra propia vida en las vidas de los familiares...




