Sloterdijk | Los hijos terribles de la Edad Moderna | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 84, 328 Seiten

Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie mayor

Sloterdijk Los hijos terribles de la Edad Moderna

Sobre el experimento antigenealógico de la modernidad
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16465-79-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Sobre el experimento antigenealógico de la modernidad

E-Book, Spanisch, Band 84, 328 Seiten

Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie mayor

ISBN: 978-84-16465-79-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



¿Qué impulsa a la humanidad hacia delante? El aprendizaje de la historia ¿es lo que orienta el progreso? Este tipo de preguntas y las respuestas habituales -normalmente desacertadas- oscurecen poco a poco el paso de una generación a otra. En el éxito o el fracaso de este tránsito generacional entra en juego la supervivencia de la civilización que conocemos. Según Peter Sloterdijk, Europa (superada después por su filial cultural norteamericana) transmitió a casi todos los demás conjuntos étnicos un legado paradójico y fatuo: el mensaje de la herencia. Y, así, Europa y Estados Unidos, en nombre de la joven, voluble y agresiva diosa Libertad, llevaron hasta las regiones más alejadas un arriesgado experimento... Las modernas generaciones de padres son débiles desde un punto de vista civilizador, de forma que estos progenitores potencialmente terribles solo pueden aportar una descendencia con este mismo potencial. En este sentido, Los hijos terribles de la Edad Moderna podría considerarse un libro negro, pero extraordinariamente revelador, sobre las generaciones venideras.

Peter Sloterdijk (Karlsruhe, Alemania, 1947) , uno de los filósofos contemporáneos más prestigiosas y polémicos, es rector de la Escuela Superior de Información y Creación de Karlsruhe y catedrático de Filosofía de la Cultura y de Teoría de Medios de Comunicación en la Academia Vienesa de las Artes Plásticas. De su extensa obra pueden destacarse, entre otros, su novela El árbol mágico y sus libros ensayísticos El pensador en escena, Eurotaoísmo, Extrañamiento del mundo (Premio Ernst Robert Curtius 1993) y El desprecio de las masas.
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Capítulo 1
El flujo permanente
Sobre una ocurrencia de madame de Pompadour

Si la humanidad de nuestros días en los «países más desarrollados» —abstengámonos por un instante de comentar la expresión— fuera capaz de ponerse de acuerdo en una única frase que expresase sus sentimientos, probablemente repetiría la ocurrente observación atribuida a la marquesa de Pompadour: après nous, le déluge.

La ingeniosa dama, durante algunos años la amante oficial de Luis XV, más tarde su consejera más importante y la regente secreta de Francia, parece que la formuló en noviembre de 1757 en una fiesta vespertina, al llegar la noticia de la derrota de las tropas francesas en la batalla de Rossbach contra el ejército de Federico II de Prusia, inferior en número. Todavía hoy puede uno imaginarse perfectamente cómo la anfitriona de esa reunión, probablemente en la corte de Fontainebleau, decidida a no poner en peligro el ánimo de sus visitantes, encontró en un instante una salida con ese buen humor histérico-galante que es desde antiguo uno de los requisitos de la conversación cortesana. Parece que fueron esos modos cortesanos los que le dictaron el giro, cuya brillante falta de escrúpulos se grabó en la memoria de la posterioridad17.

¡Después de nosotros, el diluvio! Una vez más, la «ocasión», más tarde alabada por Goethe, mostró sus dotes literariamente creadoras, aunque esta vez surgiera de ella una confidencia nada inofensiva. En sus diez años al lado del rey, la volátil dama había aprendido a seguir el protocolo, jugando con él imperceptiblemente. De la etiqueta cortesana a la improvisación al borde del abismo no hubo para ella en ese instante más que un paso.

Generaciones posteriores quisieron ver en el dicho el testamento de la nobleza francesa, incluso la última palabra de la era aristocrática. Las clases despreocupadas de épocas siguientes se apropiaron de esa rápida ocurrencia. Los ricos y arrogantes saben muy bien desde entonces que la despreocupación es una ficción que tiene sus costes. Quien no está dispuesto a la huida hacia delante es proclive a la melancolía y al desequilibrio. El semblante ha de ser más risueño que la situación: esto lo entiende cualquiera que ha de sonreír por profesión. Los despreocupados, los irreflexivos, los desinhibidos de hoy no celebran entre Saint Moritz, Dubái y Moscú fiesta alguna en la que no penda en el aire la célebre frase de la marquesa. Puede constatarse en tono tranquilo: con ella ha comenzado la gaya ciencia de la vida en una época sin suelo en que apoyarse.

Prácticamente nunca se ha considerado que madame de Pompadour, antes señora de Le Norment d’Etiolles, nacida Poisson, se manifestó con su frívolo comentario como una hija fiel del siglo ilustrado. El quid de su sentencia solo lo entiende quien percibe en ella el nuevo espíritu del tiempo, que se perfila bajo el reinado de Luis XV para imponerse tras 1789 como potencia rectora en el mundo de las ideas. Este espíritu se ejercitó en los giros todavía inusuales de la filosofía de la historia, esa escuela torpemente optimista de pensamiento que pretendió formar del devenir deshilachado de la humanidad un currículum coherente. Sí, incluso intentó establecer sin disimulo un curso de enseñanza que desde el tosco pasado, a través de un presente siempre esforzado afanosamente, había de señalar a un futuro despejado. Con el uso de conceptos de desarrollo ascendente comenzó el giro futurista que —tras milenios passéistes— impuso a los modernos la prioridad del futuro.

En los días de Madame el futurismo es vago e indeciso. La palabra «historia» significa todavía, como desde siempre, su tratado, más que nada cómo han sucedido las cosas en otros tiempos. Como en tiempos pasados se escribe de ella para averiguar lo que sucedió antes y por qué en lo que ha sido se encuentran las pautas para lo de hoy. Historia magistra vitae. Primero, son pocos quienes expresan la duda en el primado de lo sucedido frente a lo venidero. Aún menos numerosos son los esclarecidos que ya han entendido que, pese a todas las antologías de relatos ejemplares, nunca se ha aprendido nada de la historia sucedida. No obstante, las generaciones aún no nacidas escucharán a este pequeño número de escépticos y su reclamo en pro del giro de la perspectiva hacia el todavía-no. Fueron los literatos de las lumières quienes pretendieron hacer de cada contemporáneo un ciudadano del futuro y de cada no nacido, un estudiante inscrito en este plan de estudios: evolución.

Nadie sabe mejor que madame de Pompadour que si se tratara de principios hubiera tenido que decir lo contrario de lo que efectivamente manifestó. «Después de nosotros» ¿qué otra cosa podría seguir que un futuro despejado, brillante? Pero la ocasión y el principio discursivo divergen. Madame sigue el impulso del ánimo, y el ánimo tiene razón la mayoría de las veces. El futuro está ya entre nosotros. Pero para el estado de ánimo la diferencia entre progreso y decadencia se convierte durante un segundo en bagatela. Después de nosotros ¿qué? ¡El diluvio, diablos! Madame no imagina que ha inventado el discurso político de lo incorrecto.

Desde mitad del siglo XVIII se produce en los ecosistemas mentales de Europa una reinterpretación de la relación entre pasado y futuro que inspira en los modernos la idea más audaz, más incomprensible, más inimaginable surgida en los cerebros humanos desde la expulsión de los primeros padres del paraíso: de golpe parece concebible que los acontecimientos más importantes, tanto en lo malo como en lo bueno, pudieran ser aquellos que todavía no han sucedido. Tales acontecimientos se van «desarrollando» inadvertidamente en el seno de la actualidad, para abrirse camino, un día no del todo lejano, manifiestos, palpables. De modo que, en consecuencia, serían los finales, ya no los comienzos, los que decidirían sobre los sucesos de en medio. Serían los futuros, y no los orígenes, los que contarían de verdad. Ahora ya no recaería más el peso pesado del ser sobre el pasado; el ámbito mítico, donde son endémicas las antiguas leyes, los poderes originarios, lo fundacional, pierde importancia progresivamente. Tampoco es el presente ya la continuación de un antes, siempre válido, en el medio de la vida actual. Hegel lo entendió el primero: en formulación memorable llama a la realidad la «posibilidad de lo que sigue»18. Desde que el tiempo y el futuro urgen el pensar, el pasado y el presente constituyen el tiempo de incubación de un monstruo, que aparece en el horizonte bajo un nombre engañosamente inocuo: lo nuevo.

¿Qué sucedería si realmente solo lo que ha llegado inesperadamente como nuevo, lo que nunca ha sucedido antes y nunca ha sido comprobado, descifrara algún día lo que hubieron de significar lo de hoy, lo de ayer y lo antiguo? ¿No ha de caer realmente sobre nosotros el diluvio antes de que seamos capaces de comprender en qué fiestas nos divertíamos en años más jóvenes, más ciegos? ¿No ha de irse a pique el viejo mundo para que los póstumos consigan reconocer sobre qué presupuestos tan insostenibles estaba levantado lo ahora hundido? Madame de Pompadour no había de temer el reproche de una ingenuidad inoportuna. La lectora de Montesquieu, Voltaire y Diderot imaginaba ya entonces hasta qué punto había que contar con el monstruo que dormitaba en el futuro oculto.

A los póstumos quedó reservado el conocer que quien antes dijo «diluvio» hubo de referirse a la revolución. Jamás fue más fácil ser perspicaz a posteriori. A la vez, jamás fue más vergonzante tener que admitir que no se había previsto para nada la dimensión de lo venidero. El intérprete de la historia Alexis de Tocqueville ya contaba con suficiente distancia de los años tumultuosos que siguieron al final de la monarquía borbónica como para hacer notar al comienzo del primer capítulo de El Antiguo Régimen y la Revolución, de 1856:

No hay nada más apropiado para requerir modestia a los filósofos y a los hombres de Estado que la historia de nuestra revolución, pues nunca hubo un acontecimiento tan grande, con tan larga y tan buena preparación y a pesar de ello menos previsto19.

«Después de nosotros, el diluvio»: si se mira doscientos cincuenta años atrás a la escena descrita de noviembre de 1757, se impone la idea de que madame de Pompadour profetizó mucho más de lo que nadie de su tiempo fue capaz de ver y de captar. Quien dio la bienvenida al diluvio para que una fiesta galante no se interrumpiera manifestó un no-querer-ver, en cuyo núcleo se ocultaba a la vez una clarividencia intranquilizadora; por no hablar ya, naturalmente, de la exacerbación de un cinismo derrotista y de un hálito de travesura corrupta. Solo han de pasar treinta y seis años entre el comentario histérico de la marquesa respecto a la derrota de las tropas francesas en Rossbach y aquel decisivo día de enero de 1793 en el que la cuchilla de la guillotina, ampulosamente recomendada por el doctor Guillotin, separó la cabeza del tronco de Luis XVI. Los «asesinos del rey» ya se habían preocupado con la debida antelación de que no quedara vivo ningún representante de la monarquía que pudiera resucitar como sucesor suyo: el 21 de septiembre de 1792 habían anunciado la novedad política radical, la República. Para dar testimonio de la profundidad de la ruptura con el pasado, al día siguiente entró en vigor un nuevo calendario; con el grito jamás escuchado hasta entonces de la royauté est abolie en France, el cuerpo...



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