E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Sin Fronteras
Sánchez Blesa / Caño Tamayo Voluntarios en prisión
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-288-2553-5
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Sin Fronteras
ISBN: 978-84-288-2553-5
Verlag: PPC Editorial
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A finales de los años 80, varios estudiantes de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid fueron los primeros voluntarios en trabajar en el entorno penitenciario. Cristóbal Sánchez Blesa, uno de aquellos jóvenes, hoy presidente de Solidarios para el Desarrollo, no ha dejado de acudir desde entonces cada sábado a su cita carcelaria. Después de tantos años de experiencia, estos dos autores, voluntarios, nos ofrecen un completo manual del voluntariado en el ámbito de las prisiones, escrito con lucidez y autocrítica. No defraudará a quien se acerque.
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2. Voluntariado y tratamiento
La labor del voluntario es complementaria con la de los profesionales de la prisión; suele serlo en todas las parcelas donde ellos colaboran, desde hospitales a centros de mayores o de discapacidad, en la cárcel también y quizá con mayor sentido debido a las normas coactivas que inundan la institución. La complementariedad es algo fácil de entender y es uno de los argumentos principales de la formación en las organizaciones: nuestra primer tarea es no estorbar, y de ahí en adelante crecer junto a los que llevan la continuidad de los centros.
Profesionales de la sanidad, de la administración y la gerencia, juristas y sociólogos, pero sobre todo profesionales del tratamiento –de la educación, de lo social, de la cultura– y profesionales de la custodia y el orden han de convivir y, en multitud de ocasiones, orientar el trabajo de los voluntarios. Debería ser así, aunque todavía en lo que más énfasis se pone es en las labores de control, y no la misma diligencia en crear un ámbito común de trabajo que multiplique los resultados mediante una buena armonización de objetivos. Quedan multitud de parcelas por desarrollar en este aspecto que hacen todavía deficiente esta colaboración.
En la mayoría de los casos aún existe una separación demasiado pronunciada entre la actividad que desarrollan los voluntarios y el trabajo que llevan a cabo los profesionales que tratan a los internos. Nos centraremos, en especial, en la relación con los funcionarios de tratamiento, los que se encargan de la educación y de la intervención terapéutica o social con los internos. Son los trabajadores sociales, educadores, monitores deportivos u ocupacionales, responsables de talleres, psicólogos, maestros, etc.
Las condiciones en las que este personal desarrolla sus funciones hacen a menudo difícil la intervención. Pongamos por caso los psicólogos, una de cuyas máximas es la libertad de aproximación del paciente a la consulta. No es fácil atender profesionalmente desde la psicología cuando muchos de los atendidos lo hacen de manera forzosa o condicionados por los beneficios de índole no terapéutica que este acercamiento puede conllevar. Sin una valoración y sin un diagnóstico psicológico, muchos reclusos no podrían pensar en un acceso rápido al tercer grado penitenciario ni a los permisos. Por eso, quieran o no, visitan al psicólogo e inician un supuesto camino de mejora. Pero el psicólogo en tantas ocasiones está convencido de la inutilidad de ese tratamiento que no responde a una necesidad interior, y este hecho afecta a los resultados de manera poderosa. Podemos decir algo similar de muchas de las funciones del tratamiento. Es cierto que muchos internos se acercan con esperanza o al menos con deseos de mejora, pero existe una desconfianza de partida que no ayuda a crear un marco adecuado de intervención.
A esto hay que añadir que lo que sobre el papel es una teoría de la intervención, en la práctica queda muy mermada por las carencias de recursos. El personal de tratamiento es escaso y no tiene capacidad de regularizar la atención para que esta tenga garantías de éxito. Hay cárceles que poseen un taller ocupacional por cada módulo, es decir, catorce o quince en el total del centro, y, sin embargo, cuentan con escasos educadores para coordinarlos. Si tenemos en cuenta las restricciones en el uso de instalaciones con herramientas, y resguardadas, y si tomamos también en consideración las dificultades para moverse entre un módulo y otro, concluimos que existen locales y recursos infrautilizados por falta de medios humanos. Las quejas más habituales del funcionariado es la escasez de personal de vigilancia, y, sin embargo, estimamos que los voluntarios –y en mayor medida los internos– sufrimos a menudo la carencia de funcionarios de tratamiento.
Esto influye poderosamente en cuestiones tan fundamentales como que los informes a la Junta de Tratamiento no puedan tener la profundidad de conocimiento necesaria para tomar decisiones ecuánimes. La opinión del profesional acerca de los presos atendidos a veces se basa en una o dos sesiones y una consulta a su historial delictivo. Y de ahí dependen beneficios elementales y, a largo plazo, la posibilidad de la reinserción.
Los retrasos en estas valoraciones son significativos, incluso en aquellos procedimientos que tienen plazos estipulados o en aquellos que hacen aconsejable un pronto acercamiento del profesional. Ya hemos hecho referencia al psicólogo, pero otro tanto podríamos decir de las unidades de trabajo social, que emiten e inician en tantos casos sus procesos con el interno y con los familiares después de meses o de un año desde el ingreso en prisión. Si la familia padece necesidades urgentes, y de ello se desprende una posible asignación de destino remunerado al preso o la derivación hacia otro servicio social, las consecuencias económicas para el núcleo familiar son notables, y la intervención de los profesionales de la cárcel casi siempre llegará a destiempo.
Después de estas reflexiones, es lógico que los voluntarios apoyen las reclamaciones de falta de personal que regularmente lanzan los sindicatos de funcionarios de prisiones. Quizá la diferencia radica en que el foco se desplaza desde el personal de seguridad hasta el de tratamiento o incluso al de régimen, que hará más ágiles las comunicaciones y los movimientos de todo tipo en el interior de la cárcel y desde aquí hacia el exterior.
En cuanto a la motivación, la institución penitenciaria, como ya hemos dicho, no se distingue por una organización moderna que incluya, entre sus estrategias de gestión, la motivación del empleado. Más bien al contrario, el funcionario de tratamiento, desbordado por la ingente cantidad de necesidades, y en tantas ocasiones por los abundantes fracasos, tiene difícil mantenerse en guardia y desarrollar un trabajo eficaz. La profesionalidad no siempre es suficiente para mantener la calidad en el servicio de manera sostenida.
A pesar de todo hablamos de un personal que conoce a fondo la vida en prisión. Su formación, su vocación y su profesionalidad le inducen a considerar lo más humano y lo más social del grupo al que se dirige. Desde la medicina, el trabajo social o la educación, desde la animación del tiempo libre o desde el deporte, la visión del otro es compasiva y confiada. Te haces cargo de que la realidad es como es, y desde ella hay que trabajar. Al mismo tiempo se le da el encargo de reeducar y de preparar a esos hombres y mujeres para la vida en libertad, y tiene un compromiso que ha de ejercer con rigor. De esta manera ha de plantear caminos y escenarios para la intervención que también pasan por pedir disciplina y acatamiento de las normas. El profesional de tratamiento se convierte en un gozne importante entre las necesidades de custodia, con los elementos punitivos que acarrean, y las de educación, cargadas de esperanza.
El voluntario coincide a menudo en los espacios y en los tiempos con estos profesionales y colabora con ellos en numerosas líneas de trabajo. No es extraño que la entrada de voluntarios en un centro penitenciario pueda venir de la mano de un profesional de esta área. Son los que mejor conocen las necesidades y los que buscan soluciones también externas.
En el Centro Penitenciario de Navalcarnero, como ejemplo, ha funcionado durante años «El Rincón de la Infancia», una sala donde varios voluntarios atienden a los hijos de las familias que van a comunicar con el interno. Se trata de una ludoteca donde preservar a los niños del ambiente insano y de las conversaciones inadecuadas que se producen en una sala de espera de familiares en una cárcel. Se trata de una experiencia interesante que se creó y se ha mantenido por el interés de un grupo pequeño de funcionarios, que promovieron que, sucesivamente, dos organizaciones de voluntarios se hicieran cargo de la atención a los menores. Esta experiencia se repite habitualmente en otros establecimientos carcelarios, y la colaboración es fructífera y, como antes decíamos, inevitable e imprescindible entre los voluntarios y los profesionales.
Los encuentros no siempre son tan positivos. A veces ni existe el encuentro, y más bien ambas partes intentan ignorarse, aunque sin mucho éxito, porque tarde o temprano acaban encontrándose de frente. Un profesional que no entienda el sentido del voluntariado se resistirá a ver con buenos ojos la cierta confusión que este introduce en una actividad. La frescura y la espontaneidad que los voluntarios aportan serán vistas como elementos distorsionadores de unos planes teóricos que tratan de cuadrar el círculo. Y se trata, por el contrario, de introducir esas características del trabajo de los voluntarios en el marco más general de intervención como elementos vivificadores. Ante esta actitud, el funcionario tendrá que comprender que el voluntariado hoy en día es una figura social que no les puede pasar inadvertida. En todos los centros sociales, las personas atendidas tienen el derecho a que los voluntarios desempeñen una tarea importante. Hospitales, residencias de tercera edad, hogares de discapacitados, comedores sociales y también las cárceles tienen la obligación moral –y en muchos casos legal– de permitir y ayudar a la tarea de los ciudadanos organizados bajo las pautas de la acción voluntaria. Lo contrario sería desnaturalizar un proceso global de acercamiento humano a la exclusión que incorporara solo lo profesional como elemento de...




