E-Book, Spanisch, 380 Seiten
Reihe: Ensayo
Sánchez Perera Crítica de la razón puta
La Oveja Roja, 2023
ISBN: 978-84-16227-81-5
Verlag: La Oveja Roja
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Cartografías del estigma de la prostitución
E-Book, Spanisch, 380 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-16227-81-5
Verlag: La Oveja Roja
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Profesora de filosofía especializada en comercio sexual y activista feminista. Sus líneas de investigación parten de un bagaje académico nutrido por estudios de filosofía, teoría crítica de la cultura y formalizados mediante un doctorado en Humanidades. En 2014 comenzó a investigar el estigma de la prostitución compaginando el análisis filosófico- argumentativo con un dilatado trabajo de campo, desde el voluntariado de intervención social, en zonas de prostitución callejera de Madrid. Ese trabajo se complementó con una serie de entrevistas semiestructuradas en profundidad a trabajadoras sexuales activistas de diferentes sectores de la industria, recorriendo para ello España y Buenos Aires; esta última durante una estancia de investigación. Crítica de la razón puta procede de su tesis doctoral y constituye su primer libro en solitario. Ha expuesto sus tesis tanto en múltiples ponencias en congresos, seminarios y encuentros, como en artículos para medios generalistas y académicos; también varios máster y cursos le han invitado a compartir sus posiciones. Recientemente ha prologado el volumen sobre el modelo neozelandés de la prostitución Trabajo sexual con derechos: una alternativa de despenalización, de Lynzi Armstrong y Gillian Abel (Virus, 2022).
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Prólogo
1. Mi recorrido
En 2014, tras licenciarme en Filosofía, andaba cursando un máster sobre Teoría crítica. Entonces llegó el momento de escoger un tema concreto sobre el que realizar la tesina y no se me ocurrió otro más difícil que la prostitución. De entre todas las cuestiones que abordan los feminismos, aquella era la única en la que no sabía cómo posicionarme, aunque mi sentido común y mis tripas estaban del lado del abolicionismo. Supongo que en el fondo perseguía comprender por qué ese tema me producía sentimientos viscerales y tantísima indignación. Pasé unos meses enfrascada en toda clase de lecturas, de una envergadura mucho mayor de la que podía gestionar por aquel entonces, y terminé escribiendo un TFM que analizaba los argumentos de las posturas feministas bastante ambivalente, pero con una conclusión que ratificaba mi posicionamiento inicial. A decir verdad, aquel trabajo no era sino un parafraseo de mis autoras abolicionistas de cabecera y carecía de una voz propia.
En el tribunal de defensa de aquella tesina, una profesora sugirió que, si para la tesis doctoral decidía continuar con el mismo tema, sería recomendable que realizara mis propias entrevistas en lugar de valerme de otras fuentes. ¿Era necesario realizar trabajo de campo —me pregunté— para elaborar no un estudio, sino un ensayo? La tesina me había servido al menos para comprender que las fuentes disciplinarias de las dos posturas feministas en conflicto eran distintas. Mientras que quienes defendían el término «trabajo sexual» procedían mayoritariamente de las ciencias sociales, las abolicionistas jugaban desde formulaciones teóricas que me eran mucho más familiares. ¿Quizá me estaba perdiendo algo? En aquel momento concedí que tal vez la naturaleza especulativa de la filosofía, su tendencia abstracta y con predilección por alcanzar respuestas universales, pudiese resultar un obstáculo para capturar otra clase de argumentos. Así que acepté la sugerencia de aquella profesora y me dije que, en lugar de valerme de la mirada de halcón con la que procede en primera instancia la filosofía, me acercaría a las herramientas de la antropología, que buscan comprender la realidad desde dentro. De las asociaciones a las que escribí para realizar el trabajo de campo, solo el Colectivo Hetaira1 me abrió sus puertas, quienes no se asustaron de mis preconcepciones, al contrario, me dijeron: «tú haz las salidas, y ya nos contarás».
Desde diciembre de 2014 hasta junio de 2018, recorrí cada quince días zonas de prostitución callejera de Madrid (como el Polígono de Villaverde y la zona centro) como voluntaria de intervención social. Gracias al reparto del material preventivo, las voluntarias disponíamos de una excusa para interactuar con las mujeres y conocer así la situación en la que se encontraban y las necesidades que tenían. Aquellos primeros meses de inmersión en el terreno fueron progresivamente erosionando mi anterior edificio argumentativo como abolicionista. ¿Cómo era posible que hubiese leído tan poco, solo unas breves líneas, sobre la situación de vulneración de derechos en la que se encontraban las mujeres?, ¿por qué toda esa batería de argumentos no comparecía ante el debate clásico?, ¿dónde estaba la indignación por las continuas multas, los abusos policiales, la Ley de Extranjería, la ausencia de acceso a la vivienda?, ¿por qué solo había oído hablar del sexo, la falta de libertad y el putero?
Sin embargo, continuaba de acuerdo con otros tantos argumentos abolicionistas, relacionados con la crítica a la demanda y la libertad de ejercicio. La división interna que experimentaba me llevó a optar por una vía provisional y metodológica: la epojé escéptica. En otras palabras, me dije que suspendería el juicio y no tomaría una postura hasta que tuviera todos los argumentos sobre la mesa. En aquella época tuve que reconocerme que no disponía del mismo grado de información sobre el argumentario de la postura abolicionista, que conocía al dedillo, que de la proderechos, la cual iba descubriendo cada día. ¿A qué respondía esta asimetría de información?
En paralelo al trabajo de campo, seguía profundizando en el estudio de fuentes primarias y secundarias, leyendo toda la literatura sobre el sexo comercial que llegaba a mis manos. Advertí que mucha información la había pasado por alto en mi anterior ronda de lecturas. Todo lo que no casase con mi representación o que resultase confuso por el exceso de factores a considerar lo había descartado, casi sin darme cuenta. Pronto reparé en que más que un error personal, representaba una tendencia académica. Así, en los textos se suele ignorar toda la evidencia empírica contraria a las premisas que se defienden, como los informes de entidades de derechos humanos que desaconsejan las medidas abolicionistas2. Estos informes a menudo no se citan y se actúa como si no existieran. Más allá de quién tuviese «la razón» en este debate, lo cierto es que, en las investigaciones, sobre todo las de carácter cuantitativo, abunda la prevalencia de sesgos. En palabras de Weitzer: «en ningún área de las ciencias sociales la ideología ha contaminado el conocimiento de manera más generalizada que en los estudios sobre la industria del sexo»3.
Con frecuencia, en los estudios se ofrecen generalizaciones sobre toda la prostitución que en realidad se encuentran extrapoladas de muestras poco amplias, nada aleatorias ni diversas, sino que parten de contextos locales y sujetos escogidos ad hoc, como exprostitutas con historiales de violencia o víctimas de trata. Sin embargo, sus resultados se presentan como representativos de todo el comercio sexual. Un ejemplo de este procedimiento lo tenemos en el archicitado estudio de Silbert y Pines4 en el que se mezclan menores con adultos y trata con prostitución. Estas muestras que se extrapolan a todo el conjunto suelen extraerse de la prostitución callejera, la modalidad más estudiada del comercio sexual por su fácil acceso, pero que, además de aparejar las mayores tasas de victimización, comprende el ejercicio minoritario por excelencia: tan solo supone entre el 10 y el 20% de la industria5. Además, los estudios no suelen describir las metodologías empleadas, las preguntas de las encuestas rara vez se ponen a disposición del lector o lectora y, a menudo, no se indica cómo y dónde se contactó con los sujetos del estudio. Al ocultar esta información también se consigue obviar el procedimiento frecuente de derivar desde los recursos asistenciales hasta los estudios, lo que ya segmenta la población estudiada y la vincula con otros factores.
Tampoco suelen incluirse grupos de control que compartan las mismas características demográficas que sus sujetos de estudio, para advertir si existen diferencias significativas entre la población general y las prostitutas. Por ejemplo, las afirmaciones que correlacionan la prostitución con abusos sexuales en la infancia, bajo nivel de estudios o haber sufrido violencia de género no se contrastan con la población general y, cuando se hace, se dan muestras paralelas, presentan resultados mixtos o no se encuentran diferencias significativas6. Weitzer, en su análisis de los estudios de Raphael y Saphiro7, Farley8 y Raymond9 indica que la previa posición abolicionista de estas autoras guía la investigación. Se trata de demostrar la máxima de que la prostitución es por definición violencia y que esta violencia es tanto endémica como intrínseca. En consecuencia, los resultados de estos estudios cuantitativos no ayudan a mejorar nuestra comprensión sobre el fenómeno, no permiten articular estrategias para reducir el daño en la medida en que, al asumir que dicha violencia es esencial, no ofrecen estimaciones ni grados10.
Mientras que en el enfoque cuantitativo se discute cuáles sean las tendencias generales de la industria, en el cualitativo se libra la batalla por cuál sea el testimonio representativo de la prostitución. De este modo, en la elaboración de historias de vida asistimos a un retrato dicotómico que oscila entre testimonios dramáticos, donde la narración gira en torno a episodios de violencia sexual, y aquellos otros románticos que la representan como una actividad divertida y transgresora a partir de testimonios exclusivos de escorts. De acuerdo con Laura Agustín11, el carácter que tenga el testimonio estará previamente condicionado por el foco en el que se enmarque quien investiga: en los servicios asistenciales para víctimas se hablará solo con víctimas; en los recursos para inmigrantes se hablará con personas que buscan regularizar su situación; en los clubes de alterne la violencia puede no ser una constante, sí la explotación, etc. En su obra sobre los procedimientos de investigación antropológicos para estudiar el sexo comercial, Dewey y Zheng12 advierten que en los Estados Unidos una posición contraria al abolicionismo repercute tanto en la evaluación que el estudio obtenga como en su acceso a la financiación. ¿Ocurre lo mismo en España? Si una sola de las posturas posee el altavoz mediático y el consenso político, mientras que a la otra se le escucha de manera deficitaria y caricaturizada, ¿puede, en rigor, hablarse de un «debate»?
El 1 de julio de 2015...




