Sánchez Soler | El leñador | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 181, 226 Seiten

Reihe: Narrativa

Sánchez Soler El leñador


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19615-97-8
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 181, 226 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-19615-97-8
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



«He pasado mis mejores años tratando de contar la verdad hasta donde fuera posible buscarla, pero la vida no deja de ser como la escalera de un gallinero: corta y llena de mierda, y con su realidad te persigue...». El protagonista de esta novela negrísima, un periodista jubilado con un pasado glorioso como reportero de sucesos, escribe a toda velocidad El leñador, su última novela policiaca, mientras hace balance de su vida e investiga por su cuenta «el crimen de Raspai». Sangre derramada, hachas en ristre y negocios infames. En su novela, el inspector-jefe José Pulido debe enfrentarse a su peor caso: el asesinato, a golpes de hacha, del alcalde de una pequeña población mediterránea. Un crimen de una violencia feroz que le hará descender a los sótanos de su propio infierno cuando se tope con el muro de la verdad y del gran dinero. El leñador nos sumerge en una trama de espejos que reflejan, con una irónica lucidez, realidad y ficción. La verdad de un crimen trasladado a la ficción y, sobre todo, la realidad del propio Mariano Sánchez Soler, que a través de su narrador, ese periodista de sucesos jubilado, nos habla de sus recuerdos, de su carrera y de su experiencia en el tratamiento de casos reales de crimen y corrupción de la España de los últimos cincuenta años que nadie conoce mejor que él. Una novela emocionante, intensa y adictiva que es, también, una aguda reflexión sobre lo que queda de esos años de la Transición y el periodismo de investigación con nombres propios, sin concesiones, con sinceridad descarnada. Mariano Sánchez Soler nos deja una joya que pone a cada uno en su sitio. A él mismo también.

MARIANO SÁNCHEZ SOLER (Alicante, 1954). Escritor, periodista, historiador y profesor. Doctor en Historia y licenciado en Ciencias de la Información, ha ejercido el periodismo durante tres décadas y tiene publicados más de sesenta libros. Ha recibido los premios: Rodolfo Walsh de literatura de no ficción (2002), Francisco García Pavón de Narrativa (2008), L'H Confidencial de novela negra (2013) y, por su trayectoria literaria: Bruma Negra (2017), Castelló Negre (2020) y Black Mountain Bossòst (2021). Profesor de guión cinematográfico y narrativa en la Universidad de Alicante, entre sus estudios destacan: Manual esencial del guión cinematográfico (2011), Manual esencial de relatos urbanos (2020) y Anatomía del crimen, por el que obtuvo el premio de la Crítica Literaria Valenciana en su modalidad de ensayo en 2012. Estudioso del franquismo y la Transición, sus obras más recientes son: La transición sangrienta (2018), La familia Franco S.A. (2019), Los ricos de Franco (2020), La larga marcha ultra (2022) y Una hojarasca de cadáveres. Crónica criminal de la España posfranquista, editado por Alrevés en 2023.
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Un hombre solitario con una bolsa de tela


A las nueve y media, el Mercado Central aún no albergaba el bullicio del mediodía, cuando la agitación rodea los puestos y la prisa empuja a las hormigas compradoras. El sol calentaba sin molestar y el ruido era un susurro tranquilo antes de que las voces en alto, las colas y el chirrido de los cláxones de la avenida de Alfonso el Sabio lo ocuparan todo. «La Plaza», para los más viejos, el corazón de la ciudad desde 1929, multicolor, con su fauna característica.

Crucé a varios metros del semáforo de Oliveretes. Siempre esperaba a que se pusiera en rojo para los coches. Entonces, los sorteaba con lentitud de sexagenario amenazado por la artrosis. Vivir solo no tiene ninguna ventaja, sobre todo cuando se ha tenido una familia, y la rutina diaria se convierte en tu único salvoconducto: reconocer los rostros cotidianos que te rodean; la cafetería Chocolat donde saben lo que vas a desayunar sin que lo digas, el Transilvano con su cerveza checa y sus patatas a la brava, la librería alternativa Fahrenheit 451, el taller de motos, la fotocopiadora, el bazar chino, el estanco… El paisaje de mi existencia retirada en la casa donde nací y a la que regresé cuando me despidieron de Tiempo, la revista madrileña en la que fui periodista de investigación hasta el año 2000.

Por las mañanas, los hombres solos como yo van al Mercado Central con una bolsa de tela sobresaliendo en uno de los bolsillos laterales de su pantalón cómodo, gastado, de un color sufrido que disimula las manchas y soporta bien la lavadora. Mi bolsa tiene inscrita la leyenda: «El espectáculo DEBE continuar». Es casi una declaración de principios. Además, es fácil reconocernos por las zapatillas deportivas o las alpargatas que demuestran nuestra marginalidad, pero que siempre acaban siendo un signo de libertad y dejadez, con el convencimiento de que a nadie le importa nuestra presencia y que, para nosotros, el suelo de hormigón es blando y el asfalto amable. Mi soledad después de una existencia agitada en la tribu, un retiro laboral de pensión mínima envuelto en el silencio de las carnicerías pasadas y los cementerios futuros.

En la calle era fácil reconocer a los oficinistas y a los trabajadores bancarios que caminaban con prisa en busca del café y la tostada. Eran los únicos que llevaban traje. El resto, incluidos los funcionarios displicentes, siempre deambulábamos como abejas en torno al viejo edificio del Mercado, con su muestrario de tullidos sin prótesis y vagabundos maquillados de pobreza con sus mochilas al hombro, vendedores del cupón de los ciegos y gitanas en las puertas posteriores con sus ristras de ajos de Las Pedroñeras a un euro, rumberos mugrientos con guitarras desafinadas tratando de resucitar a Los Chichos. Antesala de la agitación en los puestos de pescado, de fruta, de carne, en las panaderías, entre salazones y vinos de la tierra; y coches mal aparcados, furgonetas de reparto, embotellamiento casi permanente en la avenida. El otoño siempre ha sido una estación que prácticamente no existe en Alicante; el verano se alarga, ya sin la presencia multitudinaria de turistas invasores, y todos los días parecen iguales.

Después del café descafeinado y la media tostada con aceite en el Chocolat, un corto paseo entre calles dominadas por la zona azul me conducía hasta la plaza del 25 de Mayo, también llamada de las Flores, con su olor a tallos rotos.

Había dejado atrás la terraza del quiosco del Mercado, con sus mesas abarrotadas como un soleado abrevadero, cuando una voz a mi espalda gritó mi nombre:

—¡Carlos! ¡Carlos Albert!

Me giré en redondo, sorprendido, y vi cómo un hombre, cargado con una voluminosa mochila, se levantaba del banco metálico junto a la estatua sentada del pintor Gastón Castelló, y avanzaba hacia mí con paso ligero.

—¡Eh, insigne escritor!

Me detuve en seco, molesto por aquel ataque frontal a mi anonimato. Era Ximo, un chico que había conocido en mis tiempos de las Juventudes Socialistas a mediados de los años setenta, antes de mi regreso a Madrid para buscarme la vida como periodista.

La calvicie había reemplazado su pelo rubio, pero mantenía su aire juvenil y su regusto antiguo por la retórica.

—Quiero felicitarte por tus novelas.

—Gracias.

—Eres el mejor escritor de Alicante. Si no el único que merece la pena y un periodista excepcional.

—No exageres, Ximo.

—Te admiro.

—¿Quieres tomar algo?

—No he desayunado todavía.

Ocupamos una mesa del quiosco La Rotonda, bajo la sombra del toldo. Las mesas estaban ocupadas por grupos de señoras maduras, guiris rubios en pantalón corto, mujeres nórdicas ligeras de ropa y clientes del mercado que hacían una parada antes de la compra. El sol calentaba el hormigón del suelo y los rostros blanquecinos de los intrusos. Los puestos de flores ofrecían en ramos todos los colores del arco iris. Era lo más parecido al paraíso si no fuera por el grupo de mendigos arremolinados en torno a la figura de bronce de Gastón Castelló.

Tardaron varios minutos en servirnos. Cambiaban de camarera continuamente. «Contratos basura», pensé, «la explotación en estado puro, la realidad que no queremos ver mientras disfrutamos de nuestro propio tiempo».

—Tú eres un gran escritor y no sabes lo que ha sido mi vida. Podrías escribir una novela con lo que me ha pasado, con lo que estoy pasando.

Pronunciaba las palabras con parsimonia y me miraba directamente a los ojos.

—Duermo todas las noches en los bajos de la Escuela de Idiomas, junto a la puerta principal, en un rincón tranquilo, recogido del relente.

—Sigues en la calle —dije con cierta decepción—. La última vez que nos vimos hace dos o tres años…

—Yo te vi hace unos meses, pero te hiciste el longui.

—No creo…

—Te llamé y aceleraste el paso.

—¿Y qué haces…? —No sabía cómo continuar la conversación.

—Pido, vivo con lo poco que me dan. He perdido la vergüenza. Ya soy un miserable. He pasado la frontera. Acabas adaptándote a vivir al raso y con la casa a cuestas. —Señaló su mochila.

La camarera nos puso sobre la mesa las dos tazas, el salero, la botella de aceite de oliva virgen y la tostada quemada en los bordes. Ni siquiera nos miró a la cara.

—Simplemente has tenido mala suerte —proseguí, sin demasiada convicción.

—¿Mala suerte? Ya sabes que me peleé con mi familia hace ya más de cuatro años… —añadió mientras devoraba con avidez su tostada y la mojaba en el café con leche—, y me he convertido en una sombra. Para la mayoría de la gente, no existo.

—¿Tus padres siguen viviendo al lado de la Estación?

—Donde siempre. No quieren saber nada de mí. —Hizo una pausa para dar un sorbo al café—. No fui precisamente un buen chico y no les importa que duerma en la calle, a poca distancia de nuestra casa. Y, además, desde que murió mi hermano me he quedado más solo que la una.

Se hizo un pequeño silencio. Ximo era un vagabundo aseado, vestido con ropa discreta. Sobrio. Aparentaba la edad que tenía: poco más de cincuenta años.

—¿Acabaste la carrera?

—La dejé en cuarto, cuando empecé a tener problemas. Fui metiendo la pata con auténtico ahínco.

La taza y el plato estaban vacíos.

—¿Qué vas a hacer… ahora?

—Seguir, a la deriva, merodeando con mi cruz, mientras el cuerpo aguante. —Su rostro se oscureció al decir con sinceridad—: Oye, me enteré de lo de tu mujer. Lo siento. El cáncer sí que es mala suerte.

El puñal volvió a clavárseme hondo, pero no dije nada. Pagué la consumición, le di el único billete de veinte euros que tenía suelto y nos estrechamos la mano como despedida. La próxima vez que me topara con él volvería a acelerar el paso para que no me viera. Demasiada melancolía.

Antes de entrar en el edificio del Mercado, sorteé el monumento con la inscripción: «Alicante por las más de trescientas víctimas civiles en el bombardeo fascista del 25
de mayo de 1938». Era una placa metálica a ras del suelo, plana, que era pisada por la gente con indiferencia.
Y en el interior, un rumor especial, voces amortiguadas, carteles de cerámica puestos por comisiones de hogueras y asociaciones cívicas, una vitrina con la sirena que no sonó el día del bombardeo, saboteada posiblemente por los quintacolumnistas, y por todos lados el bullicio de las paradas luminosas de salazones, embutidos, ultramarinos, productos cárnicos, pescado recién traído de la mar, encurtidos… Toda una metáfora que empieza por el estómago antes de llegar al corazón y al cerebro.

Descendí por la escalera mecánica hasta la planta baja para comprar un par de botellas de Monastrell, algunos filetes preparados con especias, jamón serrano, queso manchego, varios tomates de Mutxamel y una barra de pan a la leña. Siempre recorría el mismo circuito de puestos en los que era cliente y sabían mi nombre porque me habían visto alguna vez en los periódicos. Luego, a casa.

De regreso, ya con mi bolsa llena, soportaba la maldición de saber que aquel peso iba a tener que llevarlo hasta mi cuarto piso sin ascensor. Mientras camino, siempre me ha gustado mirar a las personas fijamente a los ojos; creo descubrir en ellos su dolor, su miedo, sus tristezas, e imagino todas las historias que esconden. Los creo tan perdidos como yo, aunque Golpes Bajos cantara en mis tiempos más jóvenes aquello de «No mires a los ojos de la gente, porque la gente siempre...



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