E-Book, Spanisch, Band 80, 232 Seiten
Reihe: Fragmentos
Sola Historia de los papas
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-10188-72-3
Verlag: Fragmenta Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, Band 80, 232 Seiten
Reihe: Fragmentos
ISBN: 978-84-10188-72-3
Verlag: Fragmenta Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Diego Sola (Granollers, 1988) es doctor en historia moderna con premio extraordinario por la Universidad de Barcelona, donde actualmente es profesor lector y director del máster en Historia e Identidades en el Mediterráneo Occidental (siglos XV-XIX). Sus principales intereses son el estudio de la espiritualidad y la cultura religiosa en época moderna, las mediaciones culturales en la monarquía hispánica y la historia de los misioneros ibéricos en Asia. Su tesis doctoral, ?El cronista de China. Juan González de Mendoza, entre la misión, el imperio y la historia (Publicacions de la Universitat de Barcelona e Institut Confuci de Barcelona, 2018), ya trataba estas cuestiones. La Historia de los papas que Fragmenta edita ahora no es la primera incursión de Sola en el campo de la divulgación de la historia de las religiones. En 2017 ya publicó Europa se desangra. Las guerras de religión (Bonalletra Alcompás-EMSE).
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
prefacio crisis
Pocos momentos resultan tan definitorios en la historia de un hombre o de una institución como el de una crisis. Cuanto más grave y profunda sea, mejor puede uno mostrar sus luces y sombras y, si su sabiduría e inteligencia lo permiten, también su capacidad de reinventarse. Una crisis es un corte seccional sobre el cuerpo que deja al desnudo nuestras debilidades y carencias, pero también nos permite comprobar las esencias y valores genuinos que llevamos dentro. Esta historia de dos mil años, una historia de los papas al uso —o quizás no tan al uso—, no arranca en el siglo 1 de nuestra era, sino en medio de una crisis que amenazaba con derruir todo un edificio: el de la Iglesia de Roma. Con el paso de los siglos, esta Iglesia se había convertido en la confesión cristiana principal y hegemónica, pero en modo alguno era la única, sobre todo después de unos primeros tiempos de cristianismo dividido y enfrentado por motivos que no siempre fueron teológicos. Esta Iglesia se declaraba a sí misma como la Iglesia de Pedro, el apóstol a quien, según la tradición del Nuevo Testamento, Jesús había elegido para edificar su ekklesía («Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo», tal como se lee en el Evangelio de Mateo).
La crisis de 1517 es probablemente uno de los momentos más reveladores de la historia papal. De unos papas que primero al abrigo del Imperio romano, y luego, en la primera Edad Media, al abrigo de la perturbadora fragmentación política en Europa, se habían convertido en el cemento absoluto de un edificio definido por la figura del obispo de Roma. Curiosamente, Jerónimo de Estridón, el autor de la traducción latina de la Biblia del siglo iv, la Vulgata, que se convertiría en la versión oficial de la revelación cristiana para la Iglesia de Roma, había empleado la palabra cementum para referirse a la argamasa metafórica que también construía sólidamente edificios como el de esta ekklesía. En 1517, cuando el edificio amenazaba ruina, una ruina salpicada por los escándalos morales y económicos, los jefes de esta Iglesia romana hicieron de la necesidad virtud y levantaron —física pero también espiritualmente— un nuevo edificio sobre los cimientos de lo heredado de la Antigüedad.
Antes de explicar lo que la tradición historiográfica sabe, y que convendrá repetir, que el obispo Clemente de Roma, en el siglo i, fue el primero en tomar conciencia de que, como episcopus de la urbe romana, tenía una especial autoridad y ascendencia sobre las otras Iglesias cristianas del Imperio que le pedían consejos doctrinales, o que su sucesor Gelasio, ya en el siglo v —y recién derrumbado el Imperio romano de Occidente—, encargará a sus secretarios la compilación del derecho canónico (la ley ordinaria sobre la que se sustentará el derecho de la Iglesia en todo el mundo europeo occidental durante la Edad Media y más adelante), antes de explicar todo esto, decíamos, conviene asomarse a través del pórtico de la crisis de 1517, muchos siglos más tarde, para comprender de qué estamos hablando cuando nos referimos a la historia de los papas, historia de fe y de poder. O de un trono y de un altar. Un momento definitorio. El protagonista de este corte no podía ser otro que el hijo de un banquero, descendiente de una familia toscana que había sido humilde en origen, pero que, a base de esfuerzos, había llegado a construir el banco más rico de Europa. Giovanni di Medici había crecido escuchando las historias de un pasado remoto de la familia que él difícilmente podía imaginar, educado como lo había sido en las suntuosas villas y palacios mediceos de Florencia y sus alrededores. Los Medici se habían convertido en señores de Florencia por mérito, no por sangre, lo que preconizaba la llegada de una nueva era. El principio del fin, muy largo y lento, del viejo orden feudal. Todos estos valores burgueses, de historias de hombres hechos a sí mismos —patrón de vida que ni él, ni sus hermanos, ni su padre, Lorenzo el Magnífico, tuvieron que vivir—, capaces de hacer de las adversidades palancas de cambio, darán un talante muy especial a su reinado de ocho años al frente de la Iglesia. Porque, si hay un hecho que corone la historia familiar de los Medici como una historia familiar de éxito, este es, sin duda, la elección de Giovanni, hijo segundo de Lorenzo, como papa de Roma. Un hombre renacido en 1513, año de la elección pontificia, como León X, el nombre que escogerá al ser elegido por los otros cardenales del Sacro Colegio que, desde hacía unos siglos, elegía por voto secreto y mayoría cualificada al sumo pontífice de aquella antigua ekklesía originaria de Oriente Próximo pero con epicentro en Roma.
Se dice que, al ser elegido papa, Giovanni escribió una carta a su hermano Giuliano, muy animado, explicándole que Dios les había «entregado el papado». «Disfrutemos ahora de él», remató. Aunque seguramente León, por formación y escrúpulos religiosos, quizás nunca escribió tal blasfemia (la frase ha sido puesta en labios y plumas de otros papas del Renacimiento, antes y después de León X), la atribución, por tradición, al primer papa Medici informa de un fuerte sentido de la patrimonialización de la institución papal para estos pontífices que actuaron como príncipes de su tiempo, además de como obispos de Roma. La fe y el poder serán un binomio más fuerte que nunca, pero esto no será algo nuevo: sin los precedentes medievales de un papado en busca del llamado Dominium Mundi, ningún sucesor de san Pedro posterior hubiera reivindicado su autoridad a nivel internacional. Lo que, sin embargo, es obvio es el hecho de que León, por su origen de linaje y por sus valores, tomará unas decisiones controvertidas que marcarán el futuro de la Iglesia católica (la Iglesia de Roma) y definirán parte de su imagen y legado. Volvemos aquí a la crisis de 1517: León X está decidido a dar un impulso definitivo a su mayor proyecto personal: dotar a la ciudad de Roma, la ciudad santa que, según la tradición, acoge los restos de San Pedro del templo más grande y esplendoroso del mundo. Un auténtico paraíso arquitectónico en la tierra. No era una idea nueva ni propia del papa Medici. Sus predecesores del siglo anterior habían encargado a varios maestros y arquitectos distintos proyectos para remodelar o sustituir la basílica de san Pedro, construida en tiempos del emperador Constantino el Grande, en el siglo iv, cuando el cristianismo fue oficializado en el Imperio romano. Era también el siglo de Jerónimo y de la Vulgata. En pleno Renacimiento, el templo ya no era del gusto de la época y se lo consideraba pequeño y poco adecuado para ser la iglesia mayor de toda la cristiandad. El predecesor inmediato de León, Julio II, otro papa renacentista del que tendremos que hablar más adelante, dio el pistoletazo de salida al proyecto con la colocación de la primera piedra de la nueva iglesia, en el año 1506. Sin embargo, a lo largo de una década, se pusieron de manifiesto las dificultades técnicas y económicas para sacar adelante un proyecto mucho más que ambicioso. Las riquezas de las arcas papales no eran suficientes para hacerse cargo del proyecto más faraónico de la historia de los obispos de Roma. Hasta que León X apretó el botón que todo lo podía hacer posible: quizás los papas no tenían suficiente dinero para hacer realidad su sueño de construir la iglesia más grande del mundo, pero sí que tenían a su disposición el único poder que todo lo podía hacer posible: la fe del pueblo.
De la decisión del pontífice, de la que hablaremos en el capítulo correspondiente, y que todo el mundo recuerda como el triste y escandaloso momento en el que el papa recibía dinero a cambio de vender el perdón de Dios a los fieles, se derivó el mayor cisma en el Occidente cristiano jamás visto, con el inicio de la Reforma protestante de Martín Lutero. Después de este hecho, Europa nunca volvería a ser la misma. El bisabuelo de León X, Cosimo de Medici, había dado a la catedral y a la ciudad de Florencia la más bella y más grande cúpula del momento (la espectacular cúpula de Brunelleschi). León, encarnando los sueños más imposibles de su familia como vicario de Cristo —así se titulaba a los pontífices medievales— en este mundo terrenal, había querido dar al orbe cristiano la casa de Dios más alta y espaciosa jamás vista. La nueva San Pedro del Vaticano. El precio que pagar fue mucho mayor que el presupuesto ilimitado propio de una octava maravilla del mundo. El programa faraónico del nuevo papado moderno contribuía a hacer más profundas las divisiones de una Iglesia en crisis. Y un nuevo cisma —y ya había habido unos cuantos en los quince siglos anteriores— nació. Pero las consecuencias de todo ello no hicieron reversible el curso de la historia del papado, que tendía a la afirmación de su autoridad, y que saldría de esta enésima crisis, décadas más tarde, con un poder reforzado en el que algunos han querido ver la oportunidad de una teología puesta al día y otros la hábil alianza de Roma con las técnicas políticas propias del absolutismo. El siglo xvi reajustará, sin embargo, el mensaje de la Iglesia romana. Este mensaje, en ningún caso nuevo, pero sí repetido con herramientas más fuertes y contundentes, será...




