E-Book, Spanisch, Band 451, 208 Seiten
Reihe: El Acantilado
Sparr Grunewald en Oriente
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19036-31-5
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La Jerusalén germanojudía
E-Book, Spanisch, Band 451, 208 Seiten
Reihe: El Acantilado
ISBN: 978-84-19036-31-5
Verlag: Acantilado
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Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Thomas Sparr (Hamburgo, 1956) estudió Teoría de la Literatura y Filosofía en Hamburgo, Marburgo y París, y de 1986 a 1989 trabajó en el Instituto Leo Baeck de la Universidad Hebrea de Jerusalén. De 1990 a 1998 dirigió la editorial Ju?dische Verlag, y de 1999 a 2004 fue lector de la editorial Siedler. En la actualidad vive en Berlín, donde es editor en la editorial Suhrkamp.
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NOCHE EN JERUSALÉN
Había anochecido, y toda la ciudad cambiaba de aspecto. Las calles parecían serenarse; algunas se volvían blancas, otras grises. El aire era negro a la altura del suelo y rosa en lo alto del cielo, mientras que a media altura permanecía indescriptible, casi incoloro. Los árboles de la avenida, así como los hombres y las mujeres en la calle estaban envueltos en un halo de misterio del que no eran conscientes. Es más, ambos parecían decir: no sabéis quiénes somos.
S. Y. AGNÓN,
Rehavia, al caer de una tarde de sábado de principios de la década de 1960. El silencio del reina en el prado, la Llanura de Dios. La noche del , las silenciosas calles son aún más silenciosas. Sólo por la noche, en el , la ciudad recobra el pulso y se hace más enérgica, más ruidosa, también en Rehavia. Circulan autobuses y coches, se oye música y noticias en la radio, cines y teatros abren sus puertas, los conciertos empiezan a las ocho y media de la noche. Con su estilo Bauhaus, la inconfundible piedra arenisca de Jerusalén, las calles pequeñas, el sonido del piano, que se oye a menudo, con sus eucaliptos, pinos, palmeras y jacarandás, con sus setos meticulosamente recortados, Rehavia parece un barrio de las afueras.
A sus habitantes de Berlín les recuerda a Dahlem, y sin embargo Rehavia no es un barrio de las afueras, sino que está cerca del centro de Jerusalén Oeste, no lejos de las calles de Jaffa y Ben Yehuda, la plaza de Sion, el Machane Yehuda, el mercado judío. Se halla a pocos kilómetros del casco antiguo, pero a principios de la década de 1960 aún está separado por vallas, muros y alambre de espino. La ciudad histórica de Jerusalén pertenece a Jordania. Desde 1948, una frontera separa Jerusalén Este y Jerusalén Oeste; en ella hay constantes tiroteos. Al borde de Rehavia se pueden oír los disparos y ver los focos.
El periódico en lengua alemana ha anunciado un concierto de piano «al final del , a las 8:30»: Daniel Barenboim interpreta las sonatas de Mozart. Se ofrecen «excursiones populares desde Tel Aviv, Haifa y Jerusalén a Ejlath», la nueva ciudad a orillas del mar Rojo, «dos días: miércoles y viernes», o una «excursión de día a Sodoma el jueves», y promete «precios populares» y que «la actividad se llevará a cabo en las lenguas habituales». Sin duda, eso significa también en alemán. En otro anuncio, se dirige a los «perceptores de restitución»: «Les suministramos, por su 33 por ciento de fondos de indemnización, artículos de marca de primera clase y fama mundial, entre ellos radiocasetes Grundig […] cámaras de fotos Zeiss Ikon. No se deje engañar. Fíjese en nuestras marcas». El 16 de febrero de 1961 se calcula la cantidad de agua recogida «en la temporada de lluvias de este año» en 335,66 milímetros cúbicos. «En la capital reinó ayer un frío bastante notable durante las primeras horas de la mañana». Y a principios de la década de 1960 el maestro Robert Stolz, de más de ochenta años, dirige, no lejos de nuestro barrio, en la gran Casa del Pueblo de Binjanej ha’uma, , con la Orquesta Filarmónica de Israel.
Esa tarde de , Gershom Scholem sale de su casa en la calle Abarbanel y va hasta la esquina de King George para, una vez allí, doblar a la izquierda. Va sumido en sus pensamientos, no es un habitual de los cafés; los cafés y todo lo que los rodea—prolongadas lecturas de prensa, conversaciones casuales, tiempo perdido—repelen a su temperamento prusiano. Hoy hace una excepción para ir a reunirse con Martin Buber, que nació en Austria-Hungría y ha pasado en Viena años de su vida y de su formación. Normalmente el anciano caballero, de ochenta y tres años, recibe las visitas en su casa. Pero esa casa de Talbiya, el barrio vecino a Rehavia, no era un buen lugar para encontrarse ese sábado en concreto. Allí, pocas semanas antes, algunos amigos y compañeros de viaje, profesores y editores habían hecho entrega a Martin Buber del último volumen de su traducción de la Biblia, que había empezado junto con Franz Rosenzweig casi cuarenta años antes. Gershom Scholem había dicho: «Querido señor Buber, si hoy nos hemos reunido en su casa es para celebrar la memorable fecha de la conclusión de su traducción de la Biblia al alemán, un poco a la manera de un viejo judío cuando termina sus estudios; para nosotros es una importante oportunidad de volver la vista atrás hacia su obra, su propósito y sus logros».
Y precisamente esas palabras, que pretendían ser elogiosas, habían causado una desavenencia entre Gershom Scholem y Martin Buber que, si bien no era nueva, había rebrotado con fuerza. Estaban en desacuerdo en casi todo: la tradición judía, la forma de interpretarla, las conclusiones que ambos extraían de ella. A primera vista, podía parecer una pequeña disputa entre dos eruditos, pero no lo era. En el fondo, atañía a la relación entre alemanes y judíos, su peso histórico, la manera de abordar un posible acercamiento entre ambos pueblos, la relación entre dos Estados: Alemania e Israel. Que se inflamara esa controversia con motivo de una traducción de la Biblia no era fruto del azar, sino el testimonio de un contexto histórico. Y, a principios de la década de 1960, eso tiene un lugar en el mundo: Rehavia.
Esa tarde, en el café Atara, Anna Maria Jokl, que ha venido de Berlín a visitar Jerusalén, se sienta junto a Buber. Está dándole vueltas a la idea de emigrar a Israel, de arriesgarse a cambiar de vida con más de cincuenta años, de cambiar de casa, de trabajo, aprender un nuevo idioma, acostumbrarse a un nuevo entorno que la atrajo ya en su primer viaje a Israel, en 1957, y que, sin embargo, representa un cambio profundo en todos los sentidos, el desafío de una sexta vida: después de su lugar de nacimiento, Viena, su ciudad, Berlín, la Praga de la emigración, Londres, donde había llegado en barco desde Danzig en 1939, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Berlín Este y Berlín Oeste, donde aún vivía en ese momento, en la Sächsische Strasse. Fue a visitar a Martin Buber durante su primer viaje a Jerusalén, y están en contacto desde entonces. Él la ha familiarizado, como a tantos otros, con el mundo del yasidismo, sus relatos e historias del judaísmo oriental de los territorios austrohúngaros, de los que provenía Anna Maria. Martin Buber era el mentor de su cambio de Berlín a Jerusalén.
El café Atara, abierto en 1938 en la calle Ben Yehuda por la familia Grinspan como «casa de comidas», se convirtió rápidamente en un punto de encuentro de los , en el que, junto al , editado en inglés, y el , se podían leer el , el o el de Berlín y el de Zúrich, que traían a sus lectores noticias cada vez más angustiosas de su país natal. Exteriormente, en 1961 el Atara (Corona) era muy similar a como era el día de su fundación, hacía más de dos décadas: la marquesina verde, el grano de café marrón como emblema, las sencillas mesas y sillas, el «café » o ‘café al revés’, un poco de café con mucha leche, probablemente un invento vienés de los tiempos en que los turcos habían dejado atrás unos cuantos sacos con granos de café al levantar el sitio de la ciudad. O el , que consiste simplemente en echar café en polvo a la jarra y verter agua caliente encima. Como cuenta Gad Granach:
Para los , el Atara era un trozo de su patria. Se iba al café para ver y ser visto. Todo el mundo conocía a todo el mundo. Arriba, en el primer piso del viejo Atara, se sentaban los más jóvenes. Los mayores, que ya no podían subir las escaleras, lo hacían abajo. Y cada uno tenía camarera. No eran jovencitas de servicio, sino mujeres hechas y derechas que a menudo habían trabajado allí durante años. Me acuerdo de Stella y Zima, que no sólo sabían exactamente lo que pedían siempre sus clientes habituales, sino que eran también sus confesoras. Es probable que algunos de los clientes hablaran más con ellas que con sus propias esposas.
Gershom Scholem llega al café Atara, abre la puerta de cristal, distingue a Buber y su desconocida acompañante. Buber se la presenta: Anna Maria Jokl, de Berlín; ella mira atenta, amablemente, a ese hombre de elevada estatura, le tiende la mano: «». Scholem se sienta, pide café y tarta de chocolate en un café por el que raras veces aparece.
—Déjeme decírselo abiertamente, señor Scholem: su denominación de «monumento funerario» para referirse a mi traducción de la Biblia me pesa. —Buber entra enseguida en materia—. Intuyo lo que quería usted decir con eso esa tarde de invierno en mi casa, pero esa dura, áspera y pesada expresión no es adecuada a mis años, a mis décadas de trabajo; no está bien hablar así de eso. —Coge aire, pero aún no deja hablar a Scholem—. El proyecto de traducir la Biblia del antiguo hebreo al alemán se remonta a décadas atrás, cuando empecé con él en Francia junto a Franz Rosenzweig. Fue la fecha de nacimiento de un trabajo vitalicio, no el monumento funerario que a usted le...




