Steinbekc | La perla | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 144 Seiten

Reihe: unnumerated

Steinbekc La perla


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-350-4818-7
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 144 Seiten

Reihe: unnumerated

ISBN: 978-84-350-4818-7
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Esta novela breve narra el hallazgo de una perla de incalculable valor y las consecuencias que acarrea a un modesto pescador, Kino, cuyo hijo ha sido víctima de la picadura de un escorpión. Sin embargo, el interés de esta novela reside en el enfrentamiento entre dos mundos, el de los ricos y el de los pobres, y en el proceso de cambio en las relaciones humanas en función de la situación económica de las personas. Esto explica que sea una novela ampliamente usada en la escuela para invitar a la reflexión ética. En el centenario de este gran autor era obligado dignificar y poner de nuevo al alcance de los lectores españoles una buena edición en tapa dura de esta pequeña joya literaria. Steinbeck consiguió sus grandes novelas centrándose en la observación de la realidad cotidiana y describiendo la indiscutible grandeza de personajes aparentemente sencillos, elementos a partir de las cuales mostraba las grandes verdades del comportamiento humano. Ahora en un nuevo formato de bolsillo.

Escritor americano que se dio a conocer al gran público con La taza de oro (1929) y Tortilla Flat (1935), a las que siguiento El poni rojo (1936), De ratones y hombres (1937), su primer gran éxito y Las uvas de la ira (1939), por la que obtuvo el Pulitzer, entre otras grandes novelas, o La luna se ha puesto (1942). Durante la segunda guerra mundial fue corresponsal del New York Herald Tribune, y producto de este trabajo nos legó el impresionante libro Hubo una vez una guerra (1958). También escribiría dos obras inmortales, La Perla (1947) y Al este del Edén (1952). Considerado, junto a Willliam Saroyan, como el más importante de los representates de la llamada Escuela del Pacífico, coincide sin embrargo con los miembros de la Escuela de Chicago (Dreiser, Dos Passos, Hemingway...) en el componente social de su novelística, pero se distingue de ellos por el profundo recelo que muestra hacia el 'sueño americano'. Los hechos del rey Arturo y sus novles caballeros fue publicada póstumamente en 1977. En 1962 había obtenido el Premio Nobel de Literatura.
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CAPÍTULO I

Kino despertó antes de que aclarara. Las estrellas brillaban todavía y el día sólo había extendido una tenue capa de luz en la parte más baja del cielo, en el este. Hacía un rato que los gallos cantaban, y los cerdos más madrugadores habían comenzado ya a hurgar incesantemente entre ramitas y trozos de madera, en busca de algo de comer que les hubiese pasado inadvertido. Fuera de la cabaña de paja, entre las tunas, una bandada de pajarillos se estremecía y agitaba frenéticamente las alas.

Los ojos de Kino se abrieron y él miró primero el recuadro algo más claro que correspondía a la puerta, y luego miró la caja, colgada del techo, en que dormía Coyotito. Y por último volvió la cabeza hacia Juana, su mujer, que yacía junto a él en el jergón, el chal azul sobre la nariz y sobre los pechos y alrededor del talle. Los ojos de Juana también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto jamás cerrados al despertar.

Los ojos oscuros de la mujer reflejaban pequeñas estrellas. Ella le miraba como le miraba siempre cuando despertaba.

Kino escuchó el leve romper de las olas de la mañana en la playa. Era estupendo... Kino volvió a cerrar los ojos y atendió a su música interior.

Quizá sólo él hiciera eso, y quizá lo hiciera toda su gente. Los suyos habían sido una vez grandes creadores de canciones, hasta el punto de que todo lo que veían o pensaban o hacían u oían, se convertía en canción. Hacía mucho de eso. Las canciones habían perdurado; Kino las conocía; pero no se había agregado ninguna nueva. Eso no significa que no hubiese canciones personales. En la cabeza de Kino había ahora una canción, clara y dulce, y, de haber sido capaz de hablar de ello, la hubiera llamado la Canción de la Familia.

La manta le cubría la nariz para protegerle del aire húmedo y malsano. Parpadeó al oír un susurro a su lado. Era Juana, que se levantaba en un silencio casi total. Con los pies desnudos, se acercó a la caja colgante en que dormía Coyotito, y se inclinó sobre él y dijo una palabra tranquilizadora. Coyotito la miró un momento y cerró los ojos y volvió a dormirse.

Juana se acercó al fuego, y separó un ascua, y la aventó para avivarla, mientras rompía ramas en trozos pequeños y los dejaba caer encima.

Entonces Kino se levantó y se envolvió la cabeza y la nariz y los hombros con la manta. Deslizó los pies en las sandalias y salió a mirar el amanecer.

Fuera, se sentó en cuclillas y se cubrió las piernas con el extremo de la manta. Veía el perfil de las nubes del Golfo flamear en lo alto del aire.

Y una cabra se acercó y le olió y se quedó mirándole con sus fríos ojos amarillos. Tras él, el fuego de Juana se alzó en una llama y arrojó lanzas de luz a través de las grietas del muro de la cabaña, y proyectó un vacilante rectángulo de claridad hacia afuera. Una polilla rezagada se lanzó ruidosamente en busca del fuego. La Canción de la Familia surgía ahora de detrás de Kino. Y el ritmo de la canción familiar era el de la muela en que Juana molía el maíz para las tortillas de la mañana.

Ahora, el amanecer se acercaba rápidamente: un remolino, un arrebol, un destello, y luego un estallido al levantarse el sol en el Golfo. Kino bajó la vista para protegerse los ojos del resplandor. Oyó batir la masa de las tortas de maíz dentro de la casa, y de la plancha de cocer le llegó su dulce aroma. Las hormigas se afanaban en el suelo, unas grandes y negras, con cuerpos brillantes, y otras pequeñas, polvorientas y rápidas. Kino observó con la objetividad de Dios cómo una hormiga polvorienta trataba frenéticamente de escapar de la trampa de arena que una hormiga león había preparado para ella. Un perro flaco y tímido se acercó y, a una palabra dulce de Kino, se acurrucó, acomodó la cola diestramente bajo las patas y apoyó con delicadeza el hocico sobre un pilote. Era un perro negro, con manchas de un amarillo dorado en el sitio en que debía haber tenido las cejas. Era una mañana como cualquier otra mañana y, sin embargo, era perfecta entre todas las mañanas.

Kino oyó el chirrido de la cuerda cuando Juana sacó a Coyotito de su caja colgante, y lo lavó, y lo envolvió en su chal de modo de tenerlo junto al pecho. Kino veía todas estas cosas sin mirarlas. Juana cantaba en voz queda una antigua canción que tenía sólo tres notas, aunque contaba con una interminable variedad de pausas. Y también formaba parte de la canción familiar. Todo formaba parte de ella. A veces, se elevaba hasta alcanzar un acorde doloroso que se aferraba a la garganta, diciendo esto es seguro, esto es cálido, esto es el Todo.

Al otro lado del seto había otras cabañas, y el humo salía también de ellas, y el sonido del desayuno, pero aquéllas eran otras canciones, sus cerdos eran otros cerdos, sus esposas no eran Juana. Kino era joven y fuerte y el pelo negro le caía sobre la frente morena. Sus ojos eran cálidos y fieros y brillantes, y su bigote era delgado y áspero. Dejó caer la manta, descubriendo la nariz, porque el ponzoñoso aire oscuro se había ido y la luz amarilla del sol caía sobre la casa. Cerca del seto, dos gallos se enfrentaban, haciendo reverencias y fintas, con las alas abiertas y las plumas del cuello erizadas. Sería una pelea torpe. No eran pollos que jugaran. Kino los miró durante un momento, y luego alzó los ojos para seguir el centelleo del vuelo de unas palomas salvajes que buscaban las colinas del interior. El mundo ya estaba despierto, y Kino se puso de pie y entró en su cabaña.

Cuando él entró, Juana se levantó y se apartó del fuego que ardía. Devolvió a Coyotito a su caja y luego se peinó el negro pelo y se hizo dos trenzas y ató sus extremos con fina cinta verde.

Kino se acuclilló junto al fuego y enrolló una tortilla de maíz caliente y la metió en salsa y se la comió. Y bebió un poco de pulque y ése fue su desayuno. Era el único desayuno que conocía, fuera de los días de descanso y de una increíble fiesta de pastelillos que había estado a punto de matarle. Cuando Kino hubo terminado, Juana tornó al fuego y tomó su desayuno. Habían hablado una vez, pero no hay necesidad de palabras cuando, de todos modos, no son sino otro hábito. Kino suspiró, satisfecho... y ésa fue su conversación.

El sol calentaba ya la cabaña, entrando a través de sus grietas en largas líneas. Y una de esas líneas caía sobre la caja colgante en que yacía Coyotito, y sobre las cuerdas que la sostenían.

Un ligero movimiento atrajo los ojos de los dos hacia la caja. Kino y Juana se quedaron clavados en sus sitios. Un escorpión descendía lentamente por la cuerda que mantenía la caja del bebé sujeta al techo. El aguijón de la cola apuntaba hacia arriba, pero podía volverlo en un instante.

El aire resonó en las fosas nasales de Kino y él abrió la boca para evitarlo. Y ya la alarma había abandonado su rostro, y la rigidez, su cuerpo. En su cabeza sonaba una nueva canción, la Canción del Mal, la música del enemigo, de algo hostil a la familia, una melodía salvaje, secreta, peligrosa, y, debajo, la Canción de la Familia plañía.

El escorpión bajaba cuidadosamente por la cuerda, hacia la caja. En un murmullo, Juana repitió un antiguo conjuro para protegerse de tal daño y, al final, susurró un Avemaría por entre los dientes apretados. Pero Kino se movía. Su cuerpo cruzaba la habitación callada, levemente. Llevaba las manos extendidas, las palmas hacia abajo, y tenía los ojos fijos en el escorpión. Debajo de éste, en la caja colgante, Coyotito reía y levantaba la mano como para tocarlo. El animal percibió el peligro cuando Kino lo tenía casi a su alcance. Se detuvo, y su cola se alzó en ligeras contracciones, y la espina curva de su extremo relució.

Kino esperó, absolutamente inmóvil. Oía a Juana susurrar nuevamente el antiguo conjuro, y la maligna música del enemigo. No podía moverse hasta que el escorpión, que ya sentía la proximidad de la muerte, se moviera. La mano de Kino se adelantó muy lenta, muy suavemente. La cola de punta aguda se levantó de golpe. Y, en aquel momento, el risueño Coyotito sacudió la cuerda y el escorpión cayó.

La mano de Kino se lanzó a atrapar al animal, pero éste pasó ante sus dedos, cayó sobre el hombro del bebé, se posó y clavó su aguijón. Entonces, soltando un gruñido, Kino lo cogió con los dedos, aplastándolo hasta reducirlo a una pasta. Lo arrojó y lo golpeó con el puño sobre el piso de tierra, y Coyotito aulló de dolor en su caja. Pero Kino siguió golpeando y aplastando al enemigo hasta que no quedó de él más que un fragmento y una mancha húmeda en el polvo. Tenía los dientes desnudos y el furor ardía en sus ojos y la música del enemigo rugía en sus oídos.

Pero Juana ya tenía al bebé en los brazos. Descubrió la herida, que ya empezaba a enrojecer.

Aplicó a ella los labios y succionó con fuerza, y escupió y volvió a succionar mientras Coyotito chillaba.

Kino se quedó como en suspenso; no podía hacer nada, estorbaba.

Los chillidos del bebé atrajeron a los vecinos.

Salieron todos a la vez de sus cabañas. El hermano de Kino, Juan Tomás, y su gorda esposa,Apolonia, y sus cuatro hijos se agolparon en la entrada y la bloquearon, mientras otros, detrás de ellos, trataban de ver qué pasaba dentro y un niñito se arrastraba por entre las piernas del grupo para poder mirar. Y los que estaban delante informaban a los de detrás: «Escorpión. Ha picado al bebé.»

Juana dejó de succionar la herida por un momento. El pequeño agujero se había agrandado ligeramente y sus bordes se habían blanqueado por obra...



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