E-Book, Spanisch, 400 Seiten
Storey Leonardo y Miguel Ángel
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16331-91-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 400 Seiten
ISBN: 978-84-16331-91-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Stephanie Storey es una fanática del arte de pies a cabeza. Licenciada en Bellas Artes, se doctoró en Historia del Arte al tiempo que realizaba un máster de Escritura creativa. Parte de sus estudios los hizo en Italia, donde peregrinó allí donde hubiera cualquier exposición sobre Miguel Ángel. Actualmente escribe novelas y obras de teatro, aunque también es productora de televisión y hace intentos por que le salgan todas las posturas de yoga. Vive en Los Ángeles con su marido, actor y guionista de series de comedia. Leonardo y Miguel Ángel es su primera novela.
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Diciembre
Desde cerca se podía ver que el mural ya estaba empezando a descascarillarse. La pintura no se mostraba uniforme, como debiera, sino granulosa, como si hubiera sido aplicada sobre una fina capa de arena. El pigmento no tardaría en desprenderse de la escayola y en desmigajarse en pequeñas partículas que acabarían por desaparecer una a una. Los tonos terrosos, conseguidos a partir de barro y arcilla, serían los primeros en caer. Era probable que el bermellón, ese rojo herrumbroso hecho de sangre y granada, aguantase el que más; tenía cualidades que lo hacían más resistente. Pero el que más le preocupaba era el tono ultramarino, formado a partir del valioso polvo de lapislázuli. Aquel azul luminoso llegaba desde una tierra lejana, al este, y era el color más costoso del mercado. Utilizando un toque de ultramarino, cualquier pintor podía elevar su trabajo desde la mediocridad hasta la categoría de obra maestra, aunque utilizarlo para frescos no era común. Sin ultramarino, ese mismo trabajo se despreciaba por insignificante o, peor aún, por convencional. Y ya se estaba resquebrajando.
—Maldita Vaca… —maldijo por lo bajo.
El deterioro era culpa suya. Había llevado sus experimentos demasiado lejos. Siempre acababa yendo demasiado lejos. La mitad izquierda de su cara se crispó. Respiró profundamente. Su expresión se suavizó hasta convertirse en una de calma. No había razón para alterarse. Por ahora, pensó para sí, aquella seguía siendo una obra maestra, y él seguía siendo el maestro. Dio media vuelta para seguir entreteniendo a su público con historietas y secretos. Eso era, al fin y al cabo, a lo que habían venido: a escuchar al gran Leonardo de Vinci hablar sobre su última creación, La última cena.
—¡Uno de vosotros me traicionará! —rugió Leonardo. Su voz retumbó en las piedras del refectorio abovedado de la iglesia de Santa Maria delle Grazie, donde su fresco ocupaba el muro norte.
El tumulto de viajeros franceses quedó encantado con aquel estallido dramático. Sabía que para muchos de ellos él constituía toda una curiosidad. A sus cuarenta y ocho años, el maestro de Vinci era uno de los hombres más famosos de la península Itálica; su nombre recorría Francia, España, Inglaterra y las lejanas tierras de Turquía. Era conocido por sus ingeniosos diseños de máquinas de guerra y sus revolucionarias innovaciones en la pintura. Los viajeros llegaban de todo el mundo para verle junto a su famoso fresco, conocido por su exquisito colorido, aún aferrado al yeso por el momento, y por los trece vivos retratos de Jesús y sus discípulos, por su composición ondulante y equilibrada por un Cristo central, firme.
—Este es el instante siguiente a la acusación de Cristo —dijo al tiempo que se apartaba del fresco con la esperanza de que los visitantes desviaran la atención de la deteriorada pintura—. En este momento del relato, nadie sabe aún que será Judas quien traicione a Jesús. La revelación de que hay un impostor entre ellos es impactante. Los discípulos saltan, hacen aspavientos y gritan alarmados. Uno de ellos es un traidor. ¿Pero quién?
Observó a los viajeros como si buscara entre ellos a una serpiente. En realidad estaba estudiando sus caras: buscaba rasgos singulares y expresiones que pudiera garabatear en su cartera de dibujo cuando se hubieran ido.
—He oído que utilizaste tu propio rostro para representar el Tomás dubitativo —observó una voluptuosa muchacha francesa en italiano con un fuerte acento—. Pero no veo la… ressemblance. —Los labios de la chica se arrugaron al pasar al francés, como si se estuvieran preparando para dar un beso.
Leonardo sabía que tanto las mujeres como los hombres le encontraban atractivo. Aunque solía llevar anteojos para aliviar de los estragos de la edad en su vista, cuando se miraba al espejo comprobaba que sus ojos dorados seguían brillando con vigor juvenil. Era un hombre delgado y musculoso, y en la cabeza lucía una cabellera bien poblada, de pelo ondulado, castaño oscuro, que ya empezaba a adoptar tonos plateados. Si las masas iban a estar observándole boquiabiertas como si fuese algún tipo de criatura mitológica, pensaba, tenía la responsabilidad de lucir una buena apariencia, así que se bañaba a diario y vestía ropas a la última moda como imagen de su éxito: túnica a la altura de las rodillas, medias color pastel y un anillo de oro con gemas multicolor en forma de pájaro, más valioso de lo que muchos artistas ganaban en una vida.
Deslizó la mirada hacia los pechos de la muchacha francesa, sonrosados, alzados y encorsetados como marcaba la moda. A veces, cuando un viajero llamaba su atención, se llevaba al chico o a la chica a su estudio para dibujar un boceto, y, a veces, ellos se mostraban tan emocionados de conocer al maestro que también se metían con él en el lecho.
—Eso es porque no hay ressemblance —repuso imitando el acento francés—. Si tomase mi propia imagen como modelo, no haría más que dibujar variaciones de mí mismo una y otra vez y nunca llegaría a esbozar un rostro único. Y eso desembocaría en obras aburridas.
El grupo rio, y también la rolliza muchacha francesa.
Los patronos solían decirle a Leonardo que cuando hablaba era difícil saber si lo hacía en serio o en broma, así que decidió inyectarle a su voz un poco más de gravedad.
—Digo la verdad.
Salvo por un detalle.
Bajó la mirada y contempló el pájaro hecho de joyas que brillaba en el dedo anular de su mano izquierda, su mano buena.
Los italianos temerosos de Dios consideraban a los zurdos una aberración. El derecho era el lado divino. El izquierdo llevaba al pecado. La mayoría de los niños zurdos eran obligados a utilizar la diestra para que se mantuviesen en el recto camino. El padre de Leonardo lo era de doce hijos legítimos concebidos con una legítima esposa, y todos era diestros. Pero en Leonardo, su hijo bastardo, el resultado de un desliz de juventud con una esclava doméstica de baja estofa, de Constantinopla, el lado siniestro había resultado ser aceptable.
En La última cena, hay dos sillas a la derecha de Jesús, y un hombre sombrío ataviado con una túnica verde alargaba la mano para coger un trozo de pan con la izquierda. Judas también era zurdo.
—Imagina que formas parte de una gran familia —empezó a decir Leonardo, no ya dirigiéndose a la muchacha francesa, sino a su pintura—, que eres uno de los doce hermanos reunidos en torno a una mesa, celebrando algo. Tu padre está en el centro, intentando mantener el orden y la compostura. Imagina… —Los ruidos y los olores de la estancia parecieron desvanecerse mientras meditaba sobre la zurda de Judas—. Pero, al igual que en cualquier familia, bajo la superficie, hay secretos. En medio de esta escandalosa familia hay un hombre que no es de los nuestros. Está entre nosotros, pero es difícil saber quién es.
En otras representaciones de La última cena era sencillo identificar a Judas: solía estar sentado en el lado opuesto de la mesa, frente a los otros. Pero en la versión de Leonardo el traidor estaba en medio del grupo, era sencillamente otro de los discípulos, oculto debido a su inclusión, identificable tan solo por la bolsa de monedas que agarraba con una mano.
—En el instante que sigue a la acusación de Jesús, todos están sobrecogidos, se preguntan quién es el traidor. ¿Es él? ¿O es él? ¿O aquel de allá? O, la más terrible de las preguntas: ¿podría ser yo? Cuando ninguno de nosotros ha sido identificado todavía como el traidor, todos lo somos. Todos podemos ser ese otro ilegítimo. Todos podríamos ser Judas.
Los espectadores se inclinaron para examinar cada una de las caras. Leonardo gruñó por dentro. Su intención había sido desviar la atención de la pintura deteriorada, no hacer que se acercaran a escrutarla con más detenimiento.
De pronto la puerta del refectorio se abrió de un golpe y un joven y atractivo veinteañero irrumpió en la estancia. El rostro suave de Gian Giacomo Caprotti da Oreno lucía un gesto de pánico. Tenía el cabello revuelto.
—¡Viene el Moro!
Se hizo el silencio entre los visitantes. Intercambiaron miradas como si intentaran discernir si aquello era una alarma genuina o si era un ardid diseñado para entretenerlos. Miraron a Leonardo buscando una señal.
—Si se trata de una inocentada, Salaì, estás siendo muy cruel con esta pobre gente.
Llamaba a su asistente «Salaì», que significaba «pequeño demonio», por su tendencia a hacer bromas desde… ¿cuánto hacía? ¿Diez años ya?
—No es ninguna inocentada, maestro. Lo juro. El Moro vuelve. Con un ejército. —Aunque propenso a crear enredos, el joven no era buen actor. Estaba diciendo la verdad.
Dos damas chillaron. La voluptuosa joven francesa se apretó una mano contra el vientre. Los maridos empezaron a ordenar a sus familias que huyeran. Si el Moro volvía a Milán, las vidas de todos ellos estaban en peligro.
En especial la de Leonardo da Vinci.
La familia Sforza había gobernado Lombardía durante cincuenta años, hasta hacía dos meses, momento en que las tropas francesas invadieron la capital y expulsaron a la familia de la ciudad. El duque, Ludovico Sforza, conocido con el sobrenombre de «el Moro» por su tez oscura, había escapado indemne, pero después de sufrir una humillante derrota. Si Salaì tenía razón acerca del retorno del líder destituido, el duque Sforza recurriría a un despiadado asalto. Todo francés...




