E-Book, Spanisch, 305 Seiten
Storm Protect Me
1. Auflage 2026
ISBN: 978-88-354-8623-7
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Protégeme
E-Book, Spanisch, 305 Seiten
ISBN: 978-88-354-8623-7
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Fleur lo perdió todo: a sus amigos, a su novio y el sueño de convertirse en bailarina profesional. Lo único que le queda es empezar de cero, así que decide mudarse a Richmond, donde viven su papá y su hermano. Solo hay tres reglas: nada de fiestas, nada de chicos y nada de locuras. Pero Fleur tiene sus propios planes y, en cuanto empiece a romper las reglas de su familia, descubrirá que su hermano no será el único perro guardián que no le quitará la vista de encima. Reed Kalechi, su mejor amigo, también hará hasta lo imposible por protegerla. Reed no cree en reglas, sino en límites; líneas que no debe cruzar si no quiere terminar en el infierno. Jamás se imaginó que la hermana del capitán del equipo de fútbol derribaría todas sus defensas con su dulzura. Ahora, lo único que le queda es sobrevivir y mantener a Fleur lejos, antes de que ella caiga en su abismo y descubra que el mundo no siempre es un lugar seguro.
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1
—Bienvenida a casa, Pollito.
Solo hicieron falta esas palabras para que rompiera en llanto.
Un par de brazos fuertes me rodean y me dan esa sensación de protección y cariño que no sentía desde hace mucho tiempo.
—Ey —dice mi hermano, preocupado.
—Te extrañé tanto —le respondo entre sollozos mientras lo abrazo con más fuerza. De repente, el peso de estos últimos meses se vuelve una carga insoportable; pero cuando Declan empieza a acariciarme la espalda con su mano ancha, esa mano firme y dulce al mismo tiempo, siento que ese enorme lastre se desliza lentamente de mis hombros hasta desplomarse a mis pies.
Sí, ahora las cosas van a cambiar. Sé que volver a vivir con mi papá y mi hermano es la mejor decisión que pude haber tomado.
Declan me toma la cara entre las manos y me obliga a mirarlo de frente.
Me pierdo en su mirada penetrante. Tiene unos ojos verde esmeralda, igualitos a los míos, capaces de cautivar y hechizar a cualquiera. Es imposible mentirle, aunque con los años he aprendido a reservarme ciertos secretos.
—¿Estás bien? ¿Ese imbécil te hizo algo? —Se asusta de inmediato, leyéndome el alma, escaneando cada uno de mis pensamientos. Nunca he creído eso de que los gemelos somos telepáticos, pero cuando Declan me mira así, siempre me da la impresión de que puede verme por dentro.
—Estoy bien. James es solo un...
—Ni menciones ese nombre delante de mí.
Esbozo una sonrisa condescendiente y recuerdo la última vez que Declan fue a visitarnos a mamá y a mí a Bedford, en Kentucky, y conoció a su nuevo novio. Al principio, James se había portado amable y simpático, pero luego echó todo a perder cuando se le ocurrió decir que el fútbol no le llegaba ni a los talones al béisbol o al rugby. Para él, patear un balón ni siquiera se puede considerar un deporte de verdad.
Declan, que es el capitán del equipo de fútbol de su preparatoria en Richmond, reaccionó bastante mal; la cosa terminó en un pleito monumental y con la promesa de mi hermano de no volver a poner un pie en esa casa mientras nuestra mamá siguiera con James.
—Ese imbécil no es malo, solo es un tonto. Y ahora metió a mamá en un negocio nuevo: hacer mermeladas caseras. He pelado y cortado tanta fruta estas últimas semanas que hasta se me inflamaron las muñecas.
—Bueno, eso ya no es problema tuyo. Ahora estás aquí, conmigo y con papá. Podrás volver a tus clases de danza y…
—La rodilla ya no es la misma —confieso con tristeza. Después de aquel accidente en la pista de hielo, cuando me rompí el ligamento cruzado, no volví a moverme igual—. Dejé la danza.
—No lo sabía. Lo siento mucho, Pollito
—Yo también —susurro, mientras se me vuelve a llenar la cara de lágrimas. Estoy destrozada; mi sueño se esfumó.
—Seguro que papá conoce a algún médico que...
—No, Declan, ya no quiero hacerme ilusiones. En estos meses mamá se gastó una fortuna llevándome con los mejores especialistas. He pasado por tantas consultas que ya perdí la cuenta. Ya basta. Seguiré bailando, pero ya no a nivel competitivo, y con mucha moderación. Ahora solo quiero concentrarme en el último año de la escuela. Quiero graduarme con el mejor promedio.
—Estoy seguro de que no tendrás problemas. Eres una genio, Pollito
—Cambiarme de escuela en el último año no ayuda mucho. Tengo que ponerme al corriente con el programa académico y lograr que mis nuevos compañeros me acepten.
—No tienes de qué preocuparte, yo te voy a ayudar. Soy el capitán del equipo de fútbol, el mejor del estado, y tengo cierta influencia en la escuela. Nadie se va a atrever a pasarse de listo con mi hermana.
—No quiero que te metas —le advierto. Desde niños, Declan siempre fue demasiado protector conmigo, sobre todo cuando se trataba de otros chicos.
Su físico atlético y marcado siempre había servido para frenar a cualquier chico que quisiera intentar algo conmigo.
Aunque somos gemelos y compartimos los mismos ojos y el mismo tono castaño de pelo, en todo lo demás somos muy distintos: yo soy pequeña y menudita; él es alto y fuerte.
—Es necesario poner ciertos límites o alguien podría aprovecharse.
—Declan, sé cuidarme sola.
—No con ese par de tetas nuevas que te aparecieron.
Me pongo roja y me alejo de él rápidamente, cubriéndome el pecho.
—No son nuevas y no es asunto tuyo.
—Hasta el año pasado no tenías nada. Eras una tabla de surf, ¡y ahora mírate! ¿Al menos traes sostén?
Siento que las mejillas me arden de la vergüenza. ¡Mi hermano se me queda viendo el busto descaradamente y encima no deja de hacer comentarios!
—¡Fuiste tú la que me estampó esos melones contra el pecho cuando me abrazaste! —se justifica ofendido, cruzándose de brazos.
—Mamá dice que ahora tengo un cuerpo más femenino.
—Demasiado, diría yo —La voz profunda y ronca de mi papá llega desde atrás de mí.
Me doy la vuelta y veo a la viva imagen de Declan, pero en versión de cuarenta años, acercándose a mí.
—Hola, papá —lo saludo, acercándome para abrazarlo.
—Lamento haber llegado tarde, pero el trabajo…
—No te preocupes. Declan estaba aquí esperándome —respondo con cierta frialdad.
Desde que decidí mudarme con mi mamá a Kentucky tras el divorcio, la relación con mi papá se enfrió bastante.
—Declan, espero que cuides a tu hermana de esos idiotas que van a querer acostarse con ella.
—¡Papá! —grito escandalizada.
—Todavía estoy muy joven para ser abuelo.
—Para eso existen los preservativos.
—¿Y eso qué? ¿Ya te volviste una experta? —se entromete mi hermano, sujetándome por el cuello y despeinándome con brusquedad hasta lastimarme.
—¡Suéltame, idiota! —Intento zafarme sin éxito.
—Sigues siendo mi Pollito, ¿no? ¿O ya te volviste una de esas que se dejan agarrar por todos?
Le suelto un puñetazo directo en el estómago con todas mis fuerzas, furiosa por lo que acaba de insinuar.
Solo había estado con un chico, hace apenas unos meses. Fue mi primera vez y fue un desastre; incluso llegué a fingir un orgasmo solo para terminar con ese momento tan incómodo.
Jamás supe si Pete se dio cuenta, pero pocas semanas después me dejó por otra.
Esa fue una de las razones que me impulsaron a mudarme, a pesar de estar cursando el último año de la preparatoria.
Así, tras tres años de ausencia en Richmond, he vuelto.
Ya no tengo amigas, pero está mi hermano y sé que puedo contar con él.
Además, nuestra prima Piper me escribió en cuanto supo que regresaba a la ciudad y me aseguró que nos íbamos a divertir.
No la veo desde hace años, pero de niñas pasaba mucho tiempo en nuestra casa porque sus papás son policías y siempre estaban de servicio. Espero recuperar esa vieja amistad.
—Fleur, sigues siendo un Pollito, ¿no? —La voz seria de Declan me saca de mis pensamientos. Me sobresalto. Cuando mi hermano me llama por mi nombre, es porque está enojado.
—Sí, claro —murmuro, bajando la mirada por la vergüenza.
—Quiero nombres y apellidos de esos infelices —me suelta en voz baja mientras me lleva a mi habitación, lejos del oído de nuestro papá, quien seguramente habría armado un escándalo de saber la verdad. Para él, una mujer debe mantenerse pura hasta el matrimonio.
—Solo hubo uno, pero no pienso decirte de quién se trata.
—¿Quieres empezar con el pie izquierdo? —Se irrita aún más.
—Declan, por favor. Salía con este chico, lo hicimos, no fue la gran cosa y luego terminamos.
—¿Estás huyendo de él?
—No, pero lo que pasó influyó en mi decisión de venir aquí.
—¿Todavía hablas con él?
—Para nada.
—¿Debo creerte?
—Sí —afirmo con determinación, sosteniéndole la mirada.
—Te mantendré vigilada —sentencia él tras un prolongado silencio.
—Declan, basta…
—Si se te ocurre cogerte a uno de los pendejos de la preparatoria este año, te juro que armo un desmadre.
—No soy de las que se acuestan con cualquiera.
—Bien, demuéstralo —concluye antes de salir de la habitación y cerrar la puerta con furia.
Suspiro agotada y me desplomo sobre la cama, ahogando un grito de frustración contra la almohada.
Sigo ahí, maldiciéndome por ser un libro abierto para Declan, cuando escucho que alguien toca.
Es mi papá.
—Mira, Fleur, sé que ya eres grande y que necesitas vivir tus propias experiencias, pero...
—Papá...
—Déjame terminar. Siempre he sido sobreprotector contigo porque eres la pequeña de la casa y…
—Nací solo tres minutos después que Declan —le recuerdo.
—Sabes a qué me refiero. Eres tan pequeña comparada con tu hermano. Eres el pollito de la casa y el instinto de protegerte es algo que va más allá de la razón. Solo quiero que seas feliz y que nadie te haga sufrir.
Hacía tres años que mi papá no me hablaba así.
Me siento conmovida y sorprendida por este arranque de afecto.
—Lo sé, papá.
—Todavía no entiendo bien por qué quisiste volver a vivir conmigo, pero no me importa. Solo me da gusto que estés aquí y, cuando quieras contarme qué te pasa, te voy a escuchar. Te lo prometo.
—Gracias.
—Sé que eres una buena chica y que has pasado un mal tiempo desde que dejaste la danza por lo de la...




