E-Book, Spanisch, 672 Seiten
Strauss Diez césares
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-350-4788-3
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Los emperadores romanos de Augusto a Constantino
E-Book, Spanisch, 672 Seiten
ISBN: 978-84-350-4788-3
Verlag: EDHASA
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Barry Strauss se graduó y doctoró en Historia en la Universidad de Cornwell, donde actualmente es profesor de Historia y Cultura clásica. Reconocido experto en historia militar clásica, sus obras más conocidas y traducidas son: 'La batalla de Salamina', seleccionada por el Washington Post como una de las mejores obras literarias del 2004, 'La guerra de Troya', 'La guerra de Espartaco' y 'Diez Césares', todas ellas publicadas en la colección de ensayo de Edhasa.
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Prólogo
Una noche en el palatino
La oscuridad nocturna envuelve el monte Palatino, una de las siete colinas históricas que se elevan en el corazón de Roma. Imagínese en esa elevación, solo, después de que los turistas se hayan marchado y los guardas procedido a cerrar las verjas. El Palatino es un lugar sumamente tranquilo, aun durante el día, sobre todo en comparación con los abarrotados monumentos y enclaves de obligada visita de los valles que se extienden a sus pies. ¿No le parece por tanto que, a la luz de la luna, y durante un solitario paseo por esos espacios desiertos, podrían despertarse los espectros del Imperio?
A primera vista, podría tenerse la impresión de que lo más acertado sería responder con una negativa. La frondosa cima de la colina, abierta a los cuatro vientos, carece de la majestuosidad de las columnas y arcos del contiguo Foro romano, y tampoco puede competir con la espectacularidad del Coliseo y sus galerías manchadas de sangre. Las ruinas del Palatino parecen una confusa y desordenada masa de ladrillo, cemento y otras materias poco apropiadas a la idea del Imperio. Lo que se ha dado en llamar el Hipódromo –en realidad un estadio de forma ovalada–, por ejemplo, es de facto un jardín hundido, y la «casa de Livia» no perteneció jamás a esa gran dama.
Pero fijémonos con mayor atención, optemos por dar vuelo a la imaginación, y comprenderemos por qué el monte Palatino nos ha legado la palabra palacio. Fue justamente aquí, en el Palatino, donde el primer emperador de Roma dio en plantar el estandarte del poder, y desde aquí vinieron a regir también la mayor parte de sus sucesores, con mano firme y durante siglos, los destinos de cincuenta o sesenta millones de personas. En sus inicios apenas era otra cosa que un modesto complejo para el gobernante y su familia, con un templo anejo para los dioses lares de la cabeza visible del Imperio. Con el tiempo iría convirtiéndose en una serie de domus, o «casas», de dimensiones cada vez mayores. Se trataba en realidad de un conjunto de estancias palaciegas que no solo se utilizaban como domicilios, sino también a modo de salas de audiencia en las que dar curso a los asuntos imperiales, celebrar consejos, reunir embajadas, proceder a los actos de salutación matutina, dedicar veladas al arte del banquete, orear pasiones amatorias, entregarse a los ritos religiosos –viejos o nuevos– y cultivar las tradiciones conspiratorias o la trama de asesinatos.
En sus días de esplendor, todo el lugar traslucía magnificencia. Los muros de sus edificios aparecían recubiertos de mármoles de vivos colores traídos de los cuatro ángulos del Imperio. En sus columnas relucía el amarillo de Numidia, el púrpura de Frigia, el granito de Egipto, el gris de Grecia y el blanco de Italia. Techos dorados cubrían sus altos ventanales y sus suelos provistos de calefacción radiante. Mientras en una de sus salas de banquetes se limpiaba y disponía todo para el próximo festejo, en otra mil comensales se sentaban a la mesa. El agua manaba, reluciente, en fuentes y albercas alimentadas por un acueducto específicamente diseñado para abastecer las necesidades del Palatino. Y algunas de sus estancias dominaban el valle y se asomaban al Circo Máximo,* permitiendo a sus moradores contemplar el espectáculo de las carreras de carros y actuando así a modo de lujoso y privilegiado palco de altura.
La persona que visite actualmente el Palatino tal vez alcance a imaginar sin excesivo esfuerzo los acontecimientos de una célebre cena en la que el emperador agasajó a sus invitados y en cuyo transcurso uno de ellos afirmó tener la impresión de hallarse en el cielo, en compañía del mismísimo Júpiter. O tal vez prefiera rememorar otro banquete, bastante menos grato, en el que el emperador ordenó pintar de negro las paredes del recinto y disponer los triclinios a la manera de otras tantas tumbas, lo que paralizó de terror a los convidados, que temían haber llegado al fin de sus días, aunque en último término lograran conservar la vida. También puede acudir a la mente del viajero el rumor de que otro emperador decidió convertir el palacio en un burdel, relato salaz al que sin embargo no ha de concederse demasiado crédito. Podemos representarnos asimismo las escalinatas del palacio, en cuyas gradas se vitoreó por primera vez a un emperador y a las que otro se encaramó como a un podio desde el que anunciar su abdicación. Habrá quien prefiera evocar la entrada principal de la mansión, en cuyos umbrales se proclamó, resuelta a no ceder al señuelo de la corrupción, la nueva esposa de uno de los emperadores que la habitaron, y habrá quien opte en cambio por figurarse su acceso posterior, por el que otro máximo mandatario hubo de colarse apresuradamente en su propia casa para salvar de ese modo la vida in extremis, tras estallar una revuelta en el Foro como consecuencia de la falta de alimentos. O tal vez nos agrade más escrutar entre las sombras de la memoria los contornos de una sesión del Senado, celebrada en uno de los vastos salones de palacio, mientras la madre del emperador en el poder contemplaba las maniobras políticas, oculta tras unos cortinajes. Y aun habrá quien vibre con la visión del recóndito pasadizo en el que un enjambre de conspiradores dio muerte a un joven tirano. Y es que el Palatino fue escenario de todos esos hechos.
Desde esta altura, los emperadores regían lo que ellos mismos daban en denominar «el mundo»; es decir, un vastísimo reino que, en su período de máximo esplendor, se extendía desde lo que hoy es Gran Bretaña hasta el actual Irak. O sería mejor decir que intentaban gobernarlo, ya que fueron muy pocos los que destacaron positivamente en el ejercicio de tan extenuante labor. La administración imperial lograba gestionar adecuadamente los asuntos cotidianos, pero las crisis constituían un verdadero reto. Fueron muchos los emperadores que revelaron no estar a la altura de las circunstancias. No obstante, unos cuantos se desenvolvieron extremadamente bien, ya que acertaron a dosificar, en igual medida, la ambición, la astucia y la crueldad.
Los emperadores romanos también dedicaban sus desvelos a la familia, pues no en vano dirigieron uno de los negocios familiares de mayor éxito de cuantos haya conocido la historia, y uno de los más paradójicos. Para concentrar el poder en manos dignas de confianza, el linaje imperial echaba mano de todos sus miembros, incluidas las mujeres. Estas, en consecuencia –fueran madres, esposas, hijas, hermanas o amantes–, disfrutaban de un grado de control e intervención en los asuntos políticos que podría sorprender a más de uno. No obstante, se trataba a veces de familias muy mal avenidas, en las que abundaban los matrimonios forzosos y en las que difícilmente cabría juzgar de excepcionales las luchas intestinas o los asesinatos. En este caso, además, la definición de «familia» era por regla general tan vaga como flexible. Fueron más los emperadores que accedieron al trono como resultado de una adopción que los que lo ocuparon por haberlo heredado de sus padres, y en más de un caso arrebataron su posición a otro, tras vencerlo en una guerra civil. Tanto la gloria como la maldición del Imperio se debieron justamente al hecho de que la sucesión fuese muy a menudo una circunstancia puesta en tela de juicio, dado que ese impulso de impugnación fue un vector abierto al talento y a la violencia.
El primer emperador, Augusto, fue quien sentó las bases de cuanto habría de suceder después. Había sido adoptado por Julio César, el fundador de la fortuna familiar, que además de ser el último dictador de Roma era también su tío abuelo. Sin embargo, para prevalecer y alzarse a una posición de dominio, Augusto tuvo que librar una guerra civil. De hecho, su esposa, Livia, a la que en último término cabría considerar quizá la mujer más poderosa de toda la historia de Roma, fue en su momento una de las muchas refugiadas afectadas por los choques armados, hasta el punto de tener que huir del hombre con el que acabaría casándose.
Las páginas que siguen narran las peripecias de diez emperadores que acertaron a ejercer el mando con firmeza. Fueron los líderes de mayor capacidad y éxito que jamás haya conocido Roma (o bien se cuentan, como ocurre en el caso de Nerón, entre los que más fascinación han suscitado nunca; y, de hecho, hasta ese denostado emperador pirómano exhibió las virtudes propias de los grandes promotores de las obras públicas). En la Roma antigua, la definición del éxito variaba en función de las circunstancias y el talento, pero el denominador común que reagrupa a todos los emperadores incluye algunos elementos invariables, ya que todos deseaban controlar la política interior, proyectar al exterior su poderío militar, capitanear la prosperidad de la nación, levantar la imponente arquitectura de Roma y mantener buenas relaciones con los dioses. Además, todos cuantos ocuparon el trono anhelaron también morir sin violencia en su propia cama y ceder los trastos del poder a un heredero de su elección.
Comenzaremos nuestro relato con Augusto, el fundador de la dinastía imperial, y la concluiremos, cerca de trescientos cincuenta años más tarde, con el autor de su segunda instauración, Constantino, que se convirtió al cristianismo y estableció una nueva capital en Oriente, llamada en su día Constantinopla, y a la que hoy denominamos Estambul, en Turquía. Entre ambos emperadores, en un punto cronológico aproximadamente equidistante de uno y otro, se sitúa Adriano, que no solo se consideraba a sí mismo un segundo Augusto, sino que fue uno de los gobernantes romanos que más contribuyó a apaciguar...




