E-Book, Spanisch, Band 141, 326 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Swaminathan Los crímenes de Ardeshir Villa
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9841-540-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 141, 326 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-9841-540-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Kalpana Swaminathan ha vivido en Bombay la mayor parte de su vida, y allí ejerce como cirujana pediátrica. Ha publicado las novelas Ambrosia for Afters (2003) y Bougainvillea House (2006). Los crímenes de Ardeshir Villa inaugura esta serie policiaca de la que Siruela editará también La canción del jardinero.
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1
Pasé toda la mañana con un cadáver. Yacía sobre el granito jaspeado del banco del parque, abotargado bajo el sol.
Un año antes, el modesto éxito de un exiguo volumen de relatos me estimuló hacia una novela. Andaba entre trabajos... ¿o no?
–Tienes treinta y dos años y ya te cruje la muñeca –afirmó mi editor–. Darás clase sobre poetas muertos a disléxicos durante las próximas tres décadas a menos que lo dejes ahora.
Le odiaba, pero tenía razón.
–Sondea las cloacas del alma –me aconsejó, con cierto entusiasmo.
Me costó un año y cien mil palabras darme cuenta de que las cañerías tenían una fuga. El libro apestaba.
Aquella mañana me arrastré hasta el exterior pensando que una lectura al fresco ayudaría. 1. El libro estaba bien muerto y el aire fresco no sirvió para reanimarlo.
Dejadme empezar por el principio.
Perdí mi carrera, a mi novio y mi biblioteca, todo, en veinticuatro horas, lo que seguramente es un récord en los anales de los desastres no naturales. Una de las peores cosas que puede hacer una profesora novel es defender a un alumno malintencionado. Yo lo hice, también, a las nueve y media en la sala de profesores, con todos los jugadores principales del sutil juego del puterío académico escuchando con avidez.
No hay nada sutil por lo que respecta a la ira de un docente de mayor rango. Me alcanzó antes de que hubiese terminado el día.
Durante toda aquella semana me vi inundada de informes, alejada de las clases. Mi tarjeta fue rechazada en la biblioteca, el código de acceso anulado. La sala de profesores se quedaba vacía en cuanto entraba. El viernes por la mañana el asunto culminó con un rápido final quirúrgico.
A las once mi novio dijo que teníamos un problema respiratorio, que no podía seguir soportando el aire que yo respiraba. Oh, bueno... él tenía que presentar una tesis doctoral, ¿no?
A las once y media se me condujo, sin medicación previa y sin vendarme los ojos, a la decapitación. Mi carta de despido estaba sobre el escritorio de la profesora Sandeha, aunque todavía sin firmar. Su mano se cernía sobre el brillante despliegue de bolígrafos de plástico: rosa ácido o verde bilis, ¿cuál asestaría el golpe de gracia? Al final los ignoró todos.
Alargó la mano hasta su bolso. Me sentí halagada.
Era evidente que iba a ser un momento Montblanc.
Un golpe brutal con aquella Mozart Meisterstück negra, y todo terminó. Salí, liberada de una carrera cubierta de telarañas.
Poco antes del mediodía subí a mi habitación para ordenar las cosas. Los libros habían desaparecido. mis libros.
La carrera y el novio podían reemplazarse. La biblioteca, no. El novio, no hace falta decirlo, se llevó los libros.
En las veinticuatro horas siguientes adquirí una máquina de escribir, una nueva dirección y una tía.
Un año después, las conservo a las tres.
La máquina de escribir es una Brother portátil, con un acabado torcido en la T.
La dirección es Utkrusha, número 44, Adarsh Road, Vile Parle East.
La tía es Lalli.
Dejadme deciros de inmediato que no es una tía al uso. Su estatus como tía es accidental. El accidente es mi padre, que, hace poco, y por motivos tanto privados como preocupantes, recuperó a esta extremadamente periférica ramita del árbol familiar.
Cuando llegué a casa aquella tarde, tras haber echado por la borda carrera, novio y biblioteca, encontré a mi familia dividida y sumida en el caos.
A la mañana siguiente, llegó Lalli. Yo no tenía ni idea de dónde había salido, o quién era, o por qué su presencia suponía tal consuelo para mis apabullados padres. Para mí era un momento desconcertante, también. Quedé excluida de sus preocupaciones, porque ya tenía bastante con lo mío.
Pero todavía no estoy preparada para contar esa historia. Ahora basta decir que la presencia de Lalli me consoló tanto como a ellos. Aunque en mi caso el consuelo se produjo más bien por su completa falta de curiosidad por mis trastornos recientes. Cuando pasó la tormenta, mis aliviados padres se marcharon a Lonar, a cultivar rosas, y yo me fui con Lalli.
Compartimos techo, pero poco más. Ella tiene su espacio, yo tengo el mío. Mantenemos el acuerdo tácito de no rozarnos ni un pelo (que en el caso de Lalli es un revuelto de rizos plateados. El mío, ya que preguntáis, es liso como un plomo, y el doble de aburrido). A lo largo del año hemos evolucionado desde la cautela mutua a la mutua tolerancia.
Cuando me mude, cosa que debo hacer pronto, echaré de menos a Lalli más que nada en mi vida. Y eso es desconcertante... teniendo en cuenta lo poco que sé de ella. Tiene sesenta y tres años, descalza mide uno sesenta y siete, en la báscula del baño pesa cincuenta y siete kilos. Tiene cara de actriz, surcada de arrugas, cambiante, expresiva. Ojos negros y brillantes cuando están inactivos, aunque a veces se encienden como un soplete. El pelo, como mencioné antes, es una espuma plateada. Se mueve con una economía veloz que se confunde fácilmente con la elegancia, hasta que te das cuenta de que es disciplina. piensas que es sigilo, velocidad, agilidad. Tiene las manos cuadradas, sorprendentemente fuertes para una mujer que se pasa la mayor parte del tiempo leyendo.
Hasta que me mudé aquí, ella vivía sola, o casi. No he preguntado, pero no creo que haya estado casada. Hay, con certeza, una vida rebosante en su interior, que no tiene nada que ver con la que lleva de forma visible. La he sorprendido en momentos en los que el día se le escapa y ella se pone tensa por la expectativa. Levanta la vista, para escuchar un paso o una nota musical en la distancia. Alerta. Nunca dura más de un instante. Después el ligero sofoco se disipa, y su mirada se repliega y se vuelve impenetrable.
Nuestro salón recibe un flujo constante de visitas. Al principio la variedad me deslumbró. Aparecían a todas horas. A veces se quedaban el día entero aturdidas, desplegando los movimientos de la cortesía mientras se servían y se retiraban las comidas. En otras ocasiones eran rechazadas por Lalli con una orden escueta: «Vete, por favor. Ahora». Éstas, me percaté, por lo general iban muy bien vestidas y traían consigo el aura inefable del dinero.
En la primera semana que pasé en Utkrusha, le abrí la puerta a una de estas personas. Tenía una cita, dijo. Se llamaba Surendranath Shah. Lalli no estaba, se había esfumado tras una llamada telefónica, y me sentí obligada a hacer compañía a la visita. Le llevé el vaso de agua de costumbre y le di a elegir entre té o café, le acerqué el periódico, y me disponía a volver a mi máquina de escribir cuando algo me entretuvo. Nos pusimos a hablar, y el señor Shah, descubrí, era astrólogo... no tanto por elección como por herencia. Para cuando Lalli regresó estábamos en plena discusión sobre los símbolos funerarios egipcios. Me fui con cierto pesar.
Más tarde, cuando se hubo marchado, le pregunté a Lalli si sus predicciones eran fiables.
–No conozco sus predicciones –contestó mi tía–. Espero descubrir si las mías lo son.
Me sorprendió. Lalli parecía demasiado racional como para fiarse del poder de las estrellas.
–Pronostico que pronto se delatará –continuó Lalli–. Parecía que teníais mucho de que hablar.
–Tiene un enorme interés por el simbolismo egipcio.
–No. Lo tienes .
–Oh, sí, pero apenas sé nada sobre ello. Él es un experto.
–¿Y cómo llegasteis a Egipto? ¿Cómo se entabló exactamente la conversación?
Su tono de voz era innecesariamente cínico. Aquel hombre parecía un conejo inofensivo. Un poco venido a menos, pero en lo esencial , inocente; , un pobrecito.
–Es astrólogo –contesté con firmeza–. Toda su familia lo ha sido durante los últimos seiscientos años.
–¿Y te dijo eso en cuanto abriste la puerta?
–Después de que le pusiera cómodo con un vaso de agua y el periódico, sí.
–Ajá. ¿Y el periódico estaba tal y como lo dejaste al terminar tu segunda taza de café?
–¿Cómo...?
–No importa. Lo que quiero decir es que estaba abierto por la sección local, por la segunda página y doblado en vertical con la mancha de café justo debajo de la columna .
Estaba a punto de protestar indignada cuando me percaté del periódico, mancha y todo.
–Pero eso no fue todo, ¿verdad? Llevas una semana preocupada por el tema egipcio, dándole vueltas a cómo podrías colarlo en tu libro. Ayer te planteaste situar una escena en una pirámide. Esta mañana has transferido tu lealtad a la Esfinge. Esas cosas se .
–¿Cómo? ¿Me leyó la mente?
Lalli se rió.
–Leyó el entorno. Mira alrededor.
Lo hice. No vi nada.
–Observa la estantería.
Eso era sencillo, lo difícil es apartar la vista. Otras habitaciones tienen paredes. El salón de Lalli tiene libros. Necesito una escalera de mano para llegar a la fila más alta.
–¿Cuál es el último libro que has leído? Es fácil decirlo.
Entonces me di cuenta, un volumen grueso de color escarlata sobresalía un...




