E-Book, Spanisch, 392 Seiten
Reihe: Ensayo
Tarvis / Aronson Se cometieron errores (pero yo no fui)
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-9903031-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
¿Por qué justificamos creencias ridículas, decisiones equivo
E-Book, Spanisch, 392 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 979-13-9903031-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Carol Tarvis (EE.UU.), 1944 Psicóloga social y feminista estadouni- dense, especializada en el pensamiento crítico, la disonancia cognitiva, la ira, el género y otros temas de psicología. Ha enseñado Psicología en la Universidad de California y en la New School for Social Research. Es miembro de la Ame- rican Psychological Association, la Association for Psychological Science y el Committee for Skeptical Inquiry. Ha pu- blicado artículos en medios como The New York Times, The Wall Street Journal, Los Angeles Times y Scientific American. Recibió el Premio de la Sociedad de Personalidad y Psicología Social (2015), y el Premio Bertrand Russell Distinguished Scholar de la Fundación para el Pensamiento Crítico de Sonoma State (2016).
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¿Cómo consiguen vivir
consigo mismos los truhanes,
necios, canallas e hipócritas?
«Es muy posible que se cometieran errores en las administraciones en las que presté mis servicios».
Henry Kissinger, en respuesta a las acusaciones de que cometió crímenes de guerra en su participación en las acciones de Estados Unidos en Vietnam, Camboya y Sudamérica en la década de 1970
«Si, al mirar atrás, descubrimos que se pudieron haber cometido errores, lo lamento profundamente».
Cardenal Edward Egan de Nueva York (refiriéndose a los obispos que no actuaron frente a los casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero católico)
«Sabemos que se cometieron errores».
Jamie Dimon, consejero delegado de JPMorgan Chase (refiriéndose a las enormes primas pagadas a los ejecutivos de la empresa tras el rescate gubernamental que evitó su quiebra)
«Se cometieron errores al informar al público y a los clientes sobre los ingredientes de nuestras patatas fritas y croquetas de patata».
McDonald’s (pidiendo disculpas a los vegetarianos por no informarles de que el «saborizante natural» de sus patatas contenía derivados de la carne de vacuno)
Como seres humanos imperfectos, todos compartimos el impulso de justificarnos y evitar asumir la responsabilidad de acciones que resultan dañinas, inmorales o estúpidas. La mayoría de nosotros nunca estaremos en posición de tomar decisiones que afecten a la vida y la muerte de millones de personas, pero tanto si las consecuencias de nuestros errores son triviales como si son trágicas, a pequeña escala o a escala nacional, a todos nos resulta difícil, si no imposible, decir «me equivoqué; cometí un terrible error». Cuanto más importante es lo que está en juego —sea emocional, financiero, moral—, mayor es la dificultad.
Y va todavía más allá. La mayoría de las personas, cuando se enfrentan directamente a la certeza de estar equivocadas, no cambian su punto de vista ni su plan de acción, sino que lo justifican con más tenacidad si cabe. Los políticos, por supuesto, ofrecen los ejemplos más visibles y, a menudo, más trágicos de esta conducta. Comenzamos a escribir la primera edición de este libro durante la presidencia de George W. Bush, un hombre cuyo blindaje mental al autojustificarse no podía ser traspasado siquiera por las pruebas más irrefutables. Bush se equivocó al afirmar que Sadam Huseín tenía armas de destrucción masiva; se equivocó al asegurar que Sadam estaba vinculado a Al Qaeda; se equivocó al predecir que los iraquíes darían saltos de alegría en las calles a la llegada de los soldados estadounidenses; se equivocó al manifestar que el conflicto acabaría rápidamente; se equivocó al infravalorar los costes humanos y financieros de la guerra, y su error más famoso fue el discurso que pronunció seis semanas después del inicio de la invasión, cuando anunció (bajo un cartel que rezaba «misión cumplida»): «Las principales operaciones de combate en Irak han terminado».
Comentaristas de derecha e izquierda empezaron a pedir a Bush que admitiera que se había equivocado, pero él se limitó a encontrar nuevas justificaciones para la guerra: debía deshacerse de un «tipo muy malo», estaba luchando contra los terroristas, promoviendo la paz en Oriente Medio, llevando la democracia a Irak, aumentando la seguridad estadounidense y terminando «la tarea por la que nuestras tropas dieron su vida». En las elecciones de mitad de mandato de 2006, que la mayoría de los observadores políticos consideraron un referéndum sobre la guerra, el Partido Republicano perdió las dos cámaras del Congreso; un informe publicado poco después por dieciséis agencias de inteligencia estadounidenses anunciaba que, en realidad, la ocupación de Irak había aumentado el radicalismo islámico y el riesgo de terrorismo. Sin embargo, Bush declaró ante una delegación de columnistas conservadores: «Nunca he estado más convencido de que las decisiones que tomé fueron las correctas».[1]
George Bush no ha sido el primer político, ni será el último, en justificar la toma de decisiones basadas en premisas incorrectas o con consecuencias desastrosas. Lyndon Johnson no quiso hacer caso a los asesores que en repetidas ocasiones le decían que la guerra de Vietnam era imposible de ganar, y sacrificó su presidencia por su certeza autojustificativa de que toda Asia «caería en el comunismo» si Estados Unidos se retiraba. Cuando los políticos se ven entre la espada y la pared pueden reconocer a regañadientes que han cometido un error, pero no asumir la responsabilidad por ello. La frase «se cometieron errores» es un esfuerzo tan evidente por eximirse de culpa que se ha convertido en un chiste nacional, lo que el periodista político Bill Schneider llamó el tiempo «pasado exonerativo». «Vale, de acuerdo, se cometieron errores, pero no por mi parte, sino por otra persona, alguien que permanecerá en el anonimato».[2] Cuando Henry Kissinger dijo que la Administración en la que había servido pudo haber cometido errores, estaba eludiendo el hecho de que, como asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado (simultáneamente), él era, en esencia, la Administración. Esa autojustificación le permitió aceptar el Premio Nobel de la Paz con el rostro imperturbable y la conciencia tranquila.
Observamos el comportamiento de los políticos con diversión, alarma o, incluso, horror, pero lo que hacen no es diferente en esencia, aunque sí en consecuencias, de lo que la mayoría de nosotros hemos hecho en algún momento u otro de nuestra vida privada. Permanecemos en una relación infeliz o que simplemente no va a ninguna parte porque, al fin y al cabo, invertimos mucho esfuerzo en intentar que funcionara. Nos quedamos demasiado tiempo en un trabajo que no nos aporta nada porque buscamos todas las razones para justificarlo y no somos capaces de valorar claramente los beneficios de marcharnos. Compramos un coche de mala calidad porque es bonito, gastamos miles de euros en mantenerlo en funcionamiento y luego gastamos aún más para justificar esa inversión. Rompemos con orgullo una relación con un amigo o un familiar por un agravio real o imaginario y, sin embargo, nos seguimos viendo a nosotros mismos como los defensores de la paz, esperando que la otra parte se disculpe y busque una reconciliación.
La autojustificación no es lo mismo que mentir o inventar excusas. Evidentemente, la gente miente o inventa historias rebuscadas para esquivar la furia de una pareja, un padre o un jefe; para evitar una demanda o ir a la cárcel; para no perder el prestigio, el empleo o el poder. Pero hay una gran diferencia entre un hombre culpable que le dice al público algo que sabe que es falso («No me acosté con esa mujer»; «No soy un delincuente») y ese mismo hombre convenciéndose a sí mismo de que hizo lo correcto. En el primer caso está mintiendo y sabe que lo hace para salvar el pellejo. En el segundo, se miente a sí mismo. Por eso la autojustificación es más poderosa y peligrosa que la mentira explícita, porque permite a las personas convencerse de que lo que hicieron fue lo mejor que podían haber hecho. De hecho, pensándolo bien, era lo correcto. «No podía haber hecho otra cosa». «En realidad, era una solución brillante al problema». «Estaba haciendo lo mejor para la nación». «Esos desgraciados se merecían lo que les pasó». «Tengo todo el derecho».
La autojustificación minimiza nuestros errores y malas decisiones, a la vez que explica por qué todo el mundo puede reconocer a un hipócrita en acción, excepto él mismo. Nos permite distinguir entre nuestras faltas morales y las de los demás y difuminar la discrepancia entre nuestros actos y nuestras convicciones morales. Como dice un personaje de la novela de Aldous Huxley Contrapunto: «No creo que exista el hipócrita consciente». Parece poco probable que Newt Gingrich, el expresidente de la Cámara de Representantes y estratega republicano, se dijera a sí mismo: «Vaya, qué hipócrita soy. Ahí estaba yo, indignado por la aventura sexual de Bill Clinton, mientras tenía mi propia relación extramatrimonial». Del mismo modo, el conocido evangelista Ted Haggard parecía no darse por aludido ante la hipocresía de denunciar públicamente la homosexualidad mientras disfrutaba de una relación sexual con un prostituto.
Del mismo modo, cada uno trazamos nuestras propias líneas morales y las justificamos. Por ejemplo, ¿alguna vez has retocado un poco los gastos de tu declaración de la renta? Probablemente eso compense los gastos legítimos que olvidaste incluir y sería de tontos no hacerlo, teniendo en cuenta que todo el mundo lo hace. ¿No declaraste algún ingreso extra en efectivo? Estás en tu derecho, considerando todo el dinero que el Gobierno despilfarra en proyectos y programas que detestas. ¿Has estado enviando mensajes de texto, escribiendo correos electrónicos personales y comprando por internet desde la oficina, cuando deberías haberte ocupado exclusivamente de asuntos de trabajo? Son gajes del oficio y, además, es tu forma de protestar contra las estúpidas normas de la empresa y tu jefe no valora todo el trabajo extra que...




