Taylor | La era secular Tomo I | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 480 Seiten

Reihe: Cladema / Filosofía

Taylor La era secular Tomo I


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-9784-874-9
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Cladema / Filosofía

ISBN: 978-84-9784-874-9
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¿Qué significa afirmar que vivimos en una era secular? Casi todos coincidiríamos en que en cierto sentido es así, al menos en Occidente. Y es claro que el lugar de la religión en nuestras sociedades ha cambiado profundamente en los últimos siglos. En lo que será un libro definitorio para nuestra época, Charles Taylor aborda la cuestión de lo que significan estos cambios, más concretamente, de lo que ocurre cuando una sociedad en la que es virtualmente imposible no creer en Dios se convierte en una sociedad en la que la fe, aun para el creyente más acérrimo, es apenas una posibilidad humana entre otras. Taylor, desde hace mucho tiempo uno de nuestros pensadores más agudos, ofrece una perspectiva histórica. Examina el desarrollo, en la 'cristiandad occidental', de aquellos aspectos de la modernidad que llamamos seculares. En realidad, no describe una transformación única y continua, sino una serie de nuevos comienzos, que implican la disolución o desestabilización de las formas anteriores de vida religiosa y la creación de otras nuevas. Como veremos aquí, lo que caracteriza al mundo secular de hoy no es la ausencia de religión -aunque en algunas sociedades la creencia y la práctica religiosas han disminuido notablemente-, sino más bien la continua multiplicación de nuevas opciones, religiosas, espirituales y antirreligiosas, a las que los individuos y los grupos se aferran para dar sentido a sus vidas y para dar forma a sus aspiraciones espirituales. Lo que esto significa para el mundo -incluyendo las nuevas formas de vida religiosa colectiva que favorece, con su tendencia a una movilización masiva generadora de violencia- es lo que Charles Taylor desentraña en este libro tan oportuno para nuestro tiempo como intemporal.

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Introducción

1

¿Qué significa afirmar que vivimos en una era secular? Casi todos coincidiríamos en que en cierto sentido es así; quiero decir, el «todos» que vivimos en Occidente, o quizá en el norte de Occidente o, dicho de otro modo, en el mundo del Atlántico Norte —aunque la secularidad se extiende también parcialmente, y de diferentes formas, más allá de este mundo—. Y la calificación de secularidad parece difícil de refutar cuando comparamos estas sociedades con cualquier otra en la historia humana: es decir, con casi todas las otras sociedades contemporáneas (por ejemplo, los países islámicos, la India, África), por un lado, y con el resto de la historia humana, la del Atlántico o de otros lugares, por el otro.

Pero no resulta del todo claro en qué consiste esa secularidad. Hay dos grandes candidatos —o tal vez sería mejor decir dos familias de candidatos— para caracterizarla. La primera se concentra en las instituciones y prácticas comunes —el caso más obvio, pero no el único, es el Estado—. La diferencia entonces consistiría en que, mientras que la organización política de las sociedades premodernas de alguna forma estaba conectada a cierta fe en Dios o a una adhesión a Dios o a alguna noción de realidad última, en la que se basaban y de las que obtenían su garantía, el Estado occidental moderno está desprovisto de esta conexión. Las Iglesias actualmente están separadas de las estructuras políticas (con un par de excepciones en Gran Bretaña y los países escandinavos, donde son tan moderadas y poco demandantes que en realidad no constituyen excepciones). La religión o su ausencia es, en gran medida, un asunto privado. Se considera que la sociedad política está conformada por creyentes (de todos los colores) y no creyentes por igual.1

Dicho de otra manera, en nuestras sociedades «seculares», es posible participar plenamente en política sin encontrarse nunca con Dios, es decir, sin llegar al punto en el cual, en toda esta empresa, se haga patente de manera forzosa e inequívoca la importancia crucial del Dios de Abraham. Los pocos momentos que quedan de rituales o plegarias constituyen un encuentro de ese tipo, pero ellos habrían sido ineludibles en los siglos pasados de cristianismo.

Presentar la cuestión de esta forma nos permite apreciar que en este cambio participa algo más que el Estado. Si retrocedemos algunos siglos en nuestra civilización, vemos que Dios en el sentido antes referido estaba presente en una gran cantidad de prácticas sociales —no sólo en la política— y en todos los niveles de la sociedad; por ejemplo, cuando el modo de funcionamiento del gobierno local era la parroquia, y la parroquia todavía era fundamentalmente una comunidad de oración, o cuando las cofradías llevaban una vida ritual que no era meramente formal, o cuando los únicos modos en los que la sociedad en todos sus componentes podía exhibirse ante sí misma eran las fiestas religiosas, como, por ejemplo, la procesión de Corpus Christi. En esas sociedades era imposible participar en alguna actividad pública sin «encontrarse con Dios» en el sentido antes indicado. Pero hoy la situación es completamente diferente.

Y si retrocedemos aún más en la historia humana, llegamos a las sociedades arcaicas en las que todo el conjunto de distinciones que hacemos entre los aspectos religiosos, políticos, económicos, sociales, etcétera, de nuestra sociedad deja de tener sentido. En estas primeras sociedades, la religión estaba «en todas partes»,2 entrelazada con todo lo demás, y en modo alguno constituía una «esfera» separada del resto.

Entonces, la secularidad puede ser entendida en términos de los espacios públicos. Se afirma que a éstos se los ha vaciado de Dios o de toda referencia a una realidad última. O, desde otra perspectiva, puesto que nos movemos dentro de varias esferas de actividad —económica, política, cultural, educativa, profesional, recreativa—, las normas y los principios que seguimos, las deliberaciones en las que participamos, por lo general no nos remiten a Dios ni a ninguna creencia religiosa: las consideraciones de acuerdo con las cuales actuamos son inherentes a la «racionalidad» de cada esfera —la máxima ganancia dentro de la economía, el mayor beneficio para el mayor número en el ámbito político, y demás—. Esto contrasta con los periodos anteriores, en los que la fe cristiana establecía, a menudo por boca del clero, prescripciones perentorias, que no podían ser ignoradas fácilmente en ninguno de esos ámbitos, como la prohibición de la usura o la obligatoriedad de aplicar la ortodoxia.3

Pero ya sea que consideremos que se trata de prescripciones o de una presencia ritual o ceremonial, este vaciamiento de la religión de las esferas sociales autónomas es, desde luego, compatible con el hecho de que una gran mayoría de personas aún creen en Dios y practican su religión con fervor. Viene a nuestra mente el caso de la Polonia comunista, aunque tal vez éste no sea el mejor ejemplo, porque allí la secularidad pública fue impuesta por un régimen dictatorial e impopular. El caso de Estados Unidos, en cambio, es bastante notable en este sentido: además de haber sido una de las primeras sociedades en separar la Iglesia del Estado, es la sociedad occidental en la que se registran las estadísticas más altas de creencia y prácticas religiosas.

Y, sin embargo, a esto se refiere la gente cuando afirma que la nuestra es una época secular, y la compara, o bien con nostalgia o bien con alivio, con épocas anteriores marcadas por la fe o la devoción. En este segundo sentido, la secularidad consiste en el declive de la creencia y las prácticas religiosas, en el alejamiento de Dios por parte de la gente y en la no concurrencia a la iglesia. La mayoría de los países de Europa occidental, incluso aquéllos que conservan vestigios de una referencia pública a Dios en el espacio público, se han vuelto seculares en este sentido.

Ahora bien, creo que vale la pena examinar la secularidad de esta época en un tercer sentido, estrechamente relacionado con el segundo, y que no carece de conexión con el primero. Éste se refiere al estado de la fe. La instalación de la secularidad en este sentido consiste, entre otras cosas, en el paso de una sociedad en la que la fe en Dios era incuestionable y, en verdad, estaba lejos de ser problemática, a una sociedad en la que se considera que esa fe es una opción entre otras, y con frecuencia no la más fácil de adoptar. En este sentido, a diferencia del segundo sentido, al menos muchos entornos sociales de Estados Unidos están secularizados, y diría que Estados Unidos en su totalidad lo están. Como contrapartida están la mayoría de las sociedades musulmanas o los entornos sociales en los que vive la gran mayoría de los hindúes. Nada cambiaría si se demostrarse que las estadísticas de concurrencia a la iglesia o a la sinagoga en Estados Unidos o en algunas de sus regiones se acercan a las de la concurrencia a la mezquita los días viernes (o la concurrencia más la oración diaria) en, por ejemplo, Pakistán o Jordania. Esta evidencia permitiría clasificar a estas sociedades en la misma categoría según el segundo sentido. No obstante, creo que es obvio que existen grandes diferencias entre estas sociedades en cuanto a qué quiere decir creer, que en parte provienen del hecho de que la creencia es una opción, y en cierto sentido una opción controvertida, en la sociedad cristiana (o «poscristiana»), mientras que en las sociedades musulmanas no lo es (o no todavía).

Por lo tanto, me propongo examinar nuestra sociedad como secular en este tercer sentido, lo que quizá podría resumir de esta manera: el pasaje que quiero definir y trazar es el pasaje de una sociedad en la que era virtualmente imposible no creer en Dios, a una sociedad en la que la fe, aun para el creyente más acérrimo, es apenas una posibilidad humana entre otras. Puede parecerme inconcebible abandonar mi fe, pero hay otras personas, incluyendo quizá algunas muy cercanas a mí, cuya forma de vida no puedo, con total honestidad, desestimar por depravada, o ciega, o indigna, simplemente porque no son creyentes (al menos no en Dios, o en lo trascendente). La fe en Dios ya no es axiomática. Hay alternativas. Y probablemente esto también signifique que al menos en ciertos medios sociales, puede ser difícil sostener la propia fe. Habrá gente que se sienta obligada a abandonarla, aunque lamente su pérdida. Ésta ha sido una experiencia reconocible en nuestras sociedades, por lo menos desde mediados del siglo XIX. Habrá muchos otros a quienes la fe nunca les parezca una posibilidad viable, algo que indudablemente es válido para millones de personas hoy en día.

La secularidad en este sentido se refiere a todo el contexto intelectivo en el que tiene lugar nuestra experiencia y nuestra búsqueda moral, espiritual o religiosa. Por «contexto intelectivo» entiendo tanto aquellas cuestiones que probablemente han sido formuladas explícitamente por casi todos, como la pluralidad de opciones, como otras que conforman el telón de fondo implícito, en gran medida no muy claro, de esta experiencia y esta búsqueda, su «preontología», para usar un término heideggeriano.

Una era o una sociedad serían entonces seculares o no en...



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