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E-Book, Spanisch, 400 Seiten

Telfer Damas Asesinas


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17553-48-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

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ISBN: 978-84-17553-48-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
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Mujeres letales de la historia Una sugerente compilación de damas letales, dotada de un vitriólico humor negro, que rescata del olvido a catorce maestras del crimen que hicieron de lo sangriento un arte: horneando deliciosos pasteles con sorpresa, manejando el cuchillo con habilidad mortal o administrando sibilinos venenos a prueba de autopsia. Al hablar sobre los criminales más letales de la historia, siempre pensamos en Jack el Destripador, Ted Bundy o John Wayne Gacy. De hecho, en 1998, el FBI afirmó que las asesinas en serie 'no existían'. Pero ¿qué hay de la infame condesa Erzsébet Báthory -apodada 'la Condesa Sangrienta'-, de Mary Ann Cotton -virtuosa del 'arsénico sin compasión'-, de Darya Nikolayevna Saltykova -'la Torturadora Rusa'-, de Nannie Doss -'la Abuelita Risueña'-, de Alice Kyteler -'la Hechicera de Kilkenny'- o de Kate Bender -'la Bella Rebanadora de Pescuezos'-? Ingenioso y provisto de un enfoque que arrincona las explicaciones fáciles ('lo hizo por amor', 'es un asunto hormonal', 'un hombre malvado le obligó a hacerlo') y los tópicos machistas ('era una femme fatale o una bruja'), este esclarecedor estudio glosa las actividades agresivas y predatorias que las mujeres más letales nos han legado para la posteridad.

AUTORATori Telfer es escritora y periodista. Sus artículos han aparecido en medios como The Believer, Vice, RollingStone.com y TheAtlantic.com. Ha trabajado en una revista infantil, como lectora de pruebas y editora académica. Actualmente vive en Nueva York con su marido. Damas Asesinas es su primer libro. TRADUCTORA Alicia Frieyro Gutiérrez (Madrid, 1969). Es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid, donde completó sus estudios de traducción en el Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores. Tras dedicarse durante muchos años a la traducción de guías de viaje para el sello El País-Aguilar, dio el salto definitivo a la traducción literaria de la mano de Alfaguara Infantil y Juvenil. Desde entonces ha traducido a autores como John Steinbeck, Jim Dodge, H. P. Lovecraft, Sarah Mlynowski, Amy Chua o Tonya Hurley. Compagina la traducción con labores de corrección y edición de textos literarios y de ensayo. Es madre de tres hijos y vive entre libros, árboles y juegos en un pueblecito de la sierra madrileña.
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uando pensamos en asesinos en serie, lo hacemos siempre en masculino. Pensamos en hombres o, mejor dicho, en un «tipo concreto de hombre»: una suerte de sociópata depravado y retorcido que actúa en solitario. Tendrá, con toda probabilidad, un apodo espantoso con el que los medios, cariñosamente precisos, lo habrán bautizado: el Destripador, el Violador Vampiro, el Hijo de Sam, el Asesino de las Sombras, el Carnicero de Berlín… Su apodo es su marca, un nombre de pesadilla para un hombre de pesadilla cuyas víctimas son, las más de las veces, mujeres inocentes.

Es cierto: los hombres son los que más sangre derraman en los libros de historia. Y, en el caso de los asesinos en serie, concretamente, los hombres superan en número a las mujeres por una abrumadora mayoría. Durante los últimos cien años, menos del 10% de los asesinos en serie han sido mujeres, o eso es lo que creemos. (Los registros no son ni mucho menos precisos. En 2007, tras una exhaustiva labor de investigación, se publicó un libro en el que se enumeraban ciento cuarenta asesinas en serie conocidas. Un blog a favor del movimiento por los derechos de los hombres incluye una lista con más de mil. Lo que sí sabemos es que la cifra, sea cual sea, ha aumentado en Estados Unidos desde la década de los setenta.) La sociedad tiende a sumirse en una especie de «amnesia colectiva» cuando se trata de recordar los episodios de violencia femenina; tanto es así que, cuando Aileen Wuornos fue acusada de siete asesinatos violentos en 1992, la prensa la coronó como «la primera asesina en serie de Estados Unidos», un título que conservaría durante muchos años.

Evidentemente, Aileen no fue la primera asesina en serie de Estados Unidos, ni de lejos. Pero las asesinas en serie son maestras de la farsa: se mueven entre nosotros con la misma apariencia que nuestras esposas, nuestras madres y nuestras abuelas. Incluso después de haber sido apresadas y castigadas, la mayoría de ellas acaba desdibujándose y desapareciendo entre las brumas de la historia, cosa que no sucede cuando el asesino es un hombre. Los historiadores aún siguen preguntándose quién era Jack el Destripador, pero casi nunca se interesan por su repulsiva compatriota Mary Ann Cotton, que se cobró la vida de tres o cuatro veces más víctimas que él, la mayoría de ellas niños.

No es que la sociedad no reconozca la presencia del mal en las mujeres, porque estas han sido retratadas como maquinadoras, malévolas y propiciadoras del apocalipsis desde que Eva mordió la manzana. Pero se diría que preferimos confinar a las mujeres malvadas dentro de los límites de nuestras historias de ficción. Pueden atraer a los hombres hacia los escollos (las sirenas), tenderles una trampa para acusarlos de asesinato (Perdida) o aspirar su aliento hasta matarlos en un poema («La Belle Dame sans Merci»); pero, cuando dan el salto a la vida real y empiezan a matar a personas de carne y hueso, nos mostramos reacios a aceptarlo. Nos resulta imposible creer que lo hicieran a propósito. A las mujeres, por norma, únicamente se las considera capaces de cometer homicidios de tipo expresivo-impulsivo —el asesinato como resultado de una acción en defensa propia, un arrebato de furia, un trastorno hormonal, un ataque de histeria—, no de llevar a cabo homicidios de tipo instrumental-cognitivo, que son premeditados, planificados y se ejecutan a sangre fría.

De ahí la infame afirmación que haría Roy Hazelwood, del FBI, en 1998: «No existen las asesinas en serie».

¿Qué sucede cuando la gente se enfrenta a una asesina en serie, cuando la imagen del «sexo débil» se resquebraja y miramos a los inquietantes ojos de una mujer con sangre seca bajo las uñas? En primer lugar, es probable que comprobemos si es guapa o no. (En 2015 se llevó a cabo un estudio de lo más pormenorizado con la intención de determinar cuáles de las sesenta y cuatro asesinas en serie que analizaban poseían un «atractivo por encima de la media».) Esto ayuda a asimilar mejor sus crímenes, ya se sabe, con un poco de azúcar la píldora pasa mejor… A día de hoy recordamos a la asesina Erzsébet Báthory como una vampira sexy que solía bañarse en sangre de vírgenes, cosa que no es del todo cierta, pero que la deshumaniza, la mitifica y, en consecuencia, nos proporciona una excusa para no hacernos preguntas incómodas del tipo: si se supone que los hombres son los agresores, ¿por qué existen mujeres como Erzsébet? Muchos hacen lo imposible por establecer un nexo entre las asesinas en serie y la lujuria a toda costa, aun cuando sus crímenes no tienen nada que ver con ello. Un ensayo muy provocador del año 1890, titulado «Truth About Female Criminals», lo expone claramente, con mayúsculas y todo: «Sea nativa o extranjera, joven o vieja, bonita o espantosa, la criminal toma su fuerza del territorio que le es más ventajoso, el del SEXO».

¿Que la mujer en cuestión no es guapa? ¡Pues a la hoguera con ella! Y ya de paso pongámosle un apodo ridículo como la Abuelita Risueña, Hell’s Belle (La Beldad del Infierno) o Annie Arsénico. En 2015, una cámara de vigilancia captó a una mujer rusa ya anciana con una cacerola en la que, presuntamente, transportaba la cabeza de su mejor amiga, y los medios no tardaron en bautizarla como Grannyball Lecter. Estos no son apodos pensados para aterrorizar al personal, sino meros golpes de efecto con los que rematar ese fabuloso chiste que es la violencia femenina. (¡Ahí va Arsenic Annie! ¡La elegancia se demuestra con una orden de alejamiento!)

Al igual que los apodos, los arquetipos pueden ser herramientas de categorización muy útiles, pero también estos acaban suprimiendo, a menudo, aquellos matices que apuntan a la presencia del mal en lo femenino, a su lado oscuro. Por ejemplo, la imagen de la mujer como fuente de vida y de alimento es preciosa, comparable incluso a la idea de la Madre Tierra; pero esta última también es una destructora despiadada que arrasa con justos y pecadores por igual. No obstante, rara vez se invoca esta vertiente suya cuando se habla de las mujeres. ¿Y qué decir del arquetipo de la mujer hombruna y violenta? Ese sí que confunde a los críticos. Debido al «mito de la pasividad femenina», es habitual que a la mujer que no se guarda para sí misma su ira no solo se la considere masculina, sino que se la llegue a ver prácticamente como a un hombre. Cuando en el siglo XVII París sufrió una plaga de envenenadoras, un periodista publicó la siguiente reflexión: «No hemos de suponer que son como las demás; de hecho, parece más natural compararlas con los más perversos de los hombres».

Verán ustedes, comprendo que resulta más fácil asimilar los asesinatos en serie si se atenúan con un apodo o se endulzan con el sexo o se categorizan por arquetipos. Tenemos un sinfín de trucos bajo la manga para suavizar la violencia femenina: deshumanizamos a las asesinas en serie comparándolas con monstruos, vampiros, brujas y animales; las erotizamos hasta que nos resultan inofensivas (Bad Girls Do It! An Encyclopedia of Female Murderers, «Hot Female Murderers That You’d Probably Go Home With»); incluso podemos gritar a los cuatro vientos la trilladísima cita de Kipling, «La hembra de la especie es más mortífera que el macho», y luego seguir a lo nuestro, satisfechos, dando el asunto por zanjado. Lo entiendo. El asesinato asusta, de modo que ¿para qué ahondar en él? ¿Para qué buscarle una explicación? Sin embargo, creo que, en última instancia, saldremos ganando si reconocemos la existencia de la agresividad femenina, incluso cuando esta es enfermiza y retorcida. No hacerlo implica negar la realidad. Y, por si aún queda alguien que no se ha dado cuenta, es precisamente ese negacionismo el que ha hecho posible que tantas encantadoras abuelitas se dedicaran a matar década tras década sin que nadie sospechara de ellas.

Si tuviera que describir a las mujeres de este libro con una única palabra (aparte de tremendas), creo que optaría por ajetreadas. Al indagar en sus vidas, no he podido evitar exclamar de admiración, aunque a regañadientes, ante la cantidad de empleos que tuvieron estas mujeres, la cantidad de maridos a los que engañaron, la cantidad de veces que burlaron a las autoridades. Discrepo de esa estoica y perturbada noción suya de que la mejor forma de deshacerse de sus problemas y seguir adelante con sus vidas era el asesinato, pero reconozco ese impulso enfermizo que las llevaba a tratar de mejorar sus circunstancias. (Aunque, claro, esto no puede aplicarse a las asesinas superricas, como Erzsébet, que no hacían otra cosa que dar palos de ciego en la oscuridad, ahogándose en su propio poder.) Nietzsche ya abordó la existencia de este impulso en 1887, cuando escribió: «Antes quiere el hombre querer la nada que no querer».

Podríamos preguntarnos: ¿por qué matan las mujeres?, pero pienso que es mejor plantearnos por qué matan las personas. Y ese es un tema para un libro mucho más largo y sesudo que este. La gente mata por toda clase de razones: ira, codicia, pérfido narcisismo, simple irritación. El asesinato resulta tan terriblemente enigmático porque es antinatural (acabar con la vida de un ser humano es como jugar a ser Dios) y, al mismo tiempo, muy predecible. Las personas llevamos desde el comienzo de los tiempos durmiendo, comiendo, apareándonos y matándonos unos a otros (a veces en este mismo orden, ¡como...



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