E-Book, Spanisch, Band 64, 194 Seiten
Reihe: Astiro (novela)
Telleria En manos del viento
Nuevas voces de la narrativa vasca
ISBN: 978-84-9868-809-2
Verlag: Alberdania
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, Band 64, 194 Seiten
Reihe: Astiro (novela)
ISBN: 978-84-9868-809-2
Verlag: Alberdania
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
AMAIA TELLERIA MUJIKA (Idiazabal, 1993). Profesora de Enseñanza Primaria, cursó un posgrado en la Escuela de Escritores de Bergara. Ha obtenido diversos premios de narrativa breve, y ha publicado obras para el público juvenil. La presente novela fue galardonada en 2021 con el premio Euskadi de Plata del Gremio de Librerías de Gipuzkoa.
Weitere Infos & Material
II
La casa de los Repáraz podía parecer un castillo comparada con la de Iruinbarrena. Tras la reja metálica que comenzaba a invadir el musgo, el camino zigzagueaba hacia un imponente edificio con un amplio jardín a ambos lados. Frente al seto podado en forma de cuadrado, hileras de rosas bien cuidadas.
–¿Es esta? –preguntó Mikela a su madre, tragando saliva.
Lucía asintió, mientras empujaba la puerta. Madre e hija recorrieron el camino mirando al letrero que decía: «Fonda de Vicente Repáraz». Ya para entonces estaba cerrada, pero en cierta época tenía mucha fama. Según le contaron sus hermanas a Mikela, en aquel sitio había vivido gente muy importante.
Mikela no tuvo ninguna duda cuando reparó en el entorno: era un lugar que te cortaba la respiración. Las hortensias pegadas a la casa, agrupadas en un estrecho macizo, estaban en flor, pero el protagonista era un árbol frondoso similar a un castaño, tan alto como la terraza de la casa. Con solo mirar el tronco y las hojas, la muchacha era capaz de reconocer todos los árboles de la zona de Iruinbarrena, pero nunca había visto ninguno como aquel.
Al caminar, se ciñó con una mano la tela del vestido. Ya entonces Mikela era una mujercita de trece años que empezaba a desarrollarse, con sus sentimientos a flor de piel. Sin embargo, su cuerpo era el de una niña, con pechos más pequeños y caderas más estrechas de lo que ella hubiera querido.
Madre e hija se detuvieron en la puerta de entrada, con el bolso colgando del brazo y la cabeza erguida. Allí las estaba esperando la mujer, elegantemente ataviada, si bien decían que era bastante tosca: doña Nieves Zanguitu, viuda de Vicente Repáraz.
Costaba apartar la mirada de su mano robusta, que sujetaba con fuerza la de su nieta pequeña, a punto de reventar la manita de la niña con su zarpa. Sobre su nariz aguileña, dos ojos negros rodeados de arrugas contemplaban a las recién llegadas.
Bajo el sol de junio, con aquellos ojos de águila que la escrutaban, a Mikela el vestido se le pegaba a la piel. Aquella fiera iba a saltarle encima en cualquier momento. Cuando su madre posó una mano sobre el hombro de su hija, un escalofrío agitó el cuerpo de la joven, como si las garras del ave rapaz la hubieran aferrado. Tras el susto, respiró profundamente. Ras-ras, le vino a la memoria el sonido de la colada, que le ponía verdadera carne de gallina. «Lucía, Lucía, a una viuda sin caserío no le queda más remedio que lavar ropa ajena, y las aguas del Idiazábal son muy frías». Cerró los ojos al recordar lo que el vicario respondió a su madre cuando acudió a él para pedirle consejo. El águila, la colada. La colada, el águila.
«Una viuda llena de hijos ya tiene girando a su alrededor bastantes buitres, que la pisarían y, si pudieran, se la comerían», se dijo Mikela; «yo no seré un estorbo. La casa es hermosa; la gente, importante; aprenderé mucho junto a ellos, y puede que hasta haga algún amigo».
Tendría que quedarse allí, aunque habría preferido continuar en el caserío con sus hermanos. De poder elegir, habría optado por ir a la alhóndiga a comprar vino, y alimentar así la pizca de ilusión que le hacía ver a Andrés, el de Beheko-etxe. Un ruido de zapatos de tacón rompió el silencio cuando la hija de doña Nieves, Elvira Repáraz Zanguitu, apareció remangándose el vestido con una mano. A Mikela le pareció la mujer más distinguida que en su vida había visto. Quizá no era guapa, pero sí elegante. Llevaba el pelo oscuro, que le llegaba hasta los hombros, peinado hacia un lado, bien cardado en lo alto y con bucles que le caían hacia la espalda. La piel de su rostro parecía aclarada con polvos de arroz, y hasta aquella nariz encorvada heredada de su madre quedaba elegante en su cara.
–Buenos días. ¿Les apetece un café? –se les acercó saludando con la mano, y Lucía negó con la cabeza, como disculpándose–. Cuidaremos bien de su hija. No se apure.
Lucía le dio las gracias, sabedora de que así sería: no en vano había enviado allí seis hijas. Mikela miró a su madre, al tiempo que tragaba saliva: tenía cara de cansada, pero, cuando empezó a hablar, emanaba de ella una especie de vigor.
–Cuando llegue la época de la manzana, vendré dos veces a la semana. Mientras tanto, ya sabes: si necesitas algo, habla con el lechero –estiró el dedo índice–: Recuerda, vayas donde vayas, ten siempre las manos limpias.
Mikela asintió con un gesto, mientras miraba la blanca fachada. ¿Cómo iba a atreverse a robar en un sitio como aquel?
Cuando vio los motivos con forma de corazón que adornaban la negra barandilla, le vino a la mente la madera gastada de las ventanas de su casa. La semana pasada, sin ir más lejos, le extrajo a Vivi una astilla que se le había clavado en un dedo.
Por su edad podría ser su hermana pequeña, pero era su sobrina. Mikela tenía poco más de siete años cuando su hermana Julia se casó y fue madre; y a vivir con ellos en Iruinbarrena se fueron Salustiano, el marido ceraindarra de su hermana, y la niña. Si acaso Mikela había tenido alguna infancia, ahí se acabó la cosa.
Con el pensamiento perdido en la gente de casa, las palabras le salieron precipitadamente:
–Cuida bien de Vivi y de Sofía, mamá, y avísame cuando Julia tenga el bebé.
Querría haberle dicho que no dejara a Salustiano elegir el nombre, que le pondría alguno enrevesado. Habría querido decirle que la iba a echar en falta. Y que la nueva situación, por encima de todo, le daba miedo. Que se quedara con ella. Cuando las lágrimas empezaron a aflorar a sus ojos, su madre la agarró del brazo y, en esa cercanía, ella repasó su rostro, como si temiera olvidar sus rasgos. Una piel madurada por el sol; una nariz que acababa en punta; unos ojos negros que le daban vitalidad.
–Todos vamos a estar bien, Mikela. Para cuando nos demos cuenta, volveremos a estar juntas.
Se dieron un fuerte abrazo que no se volvería a repetir en mucho tiempo, y Lucía recogió la cesta del suelo, para volver al mercado. Hasta que no vio desaparecer el largo vestido negro de su madre por la cerca del jardín, no volvió junto a las Repáraz. Elvira la miraba fijamente, quieta al pie de la escalera. Al pajarillo le había llegado la hora de emprender su primer vuelo.
Procuró hablar lo menos posible mientras le mostraban la casa, y es que se le hacía difícil tener que hablar en castellano. Construía las frases con dificultad, con lo poco que había aprendido oyéndolo en el pueblo. Su madre le decía que, si quería llegar a ser alguien, tenía que aprender aquella lengua.
Elvira, por el contrario, hablaba por los codos contando toda la historia de la casa, con su hija en brazos, pero a Mikela le costaba seguir el hilo. A duras penas entendió que había llegado un día de celebración, el cumpleaños del marido de Elvira: Severiano Larumbe, el famoso gerente de la fundición. Había oído a sus hermanas hablar de él muchas veces, y le inspiraba mucho respeto a Mikela; solo oír mencionarlo le ponía la carne de gallina.
La entrada de mármol era idónea para un edificio como aquel; solo la imponente escalera de madera negra desbarataba la gama de colores. Por ella subió Mikela hasta su habitación.
Iba a dormir sola por primera vez en su vida. La cama no era muy grande, pero tenía al lado una mesilla de noche. Por la ventana entraba luz a raudales. Desde ella se veía el enorme árbol del jardín, con sus hojas danzando con el viento. No, no estaba sola; aquel sería su compañero para los rezos de la noche.
Continuó la visita de la casa con la boca abierta: la fonda de Vicente Repáraz no había perdido nada de su encanto cuando la cerraron. Sin embargo, cuando llegaron al comedor se quedó asombrada. Entrarían allí más de doscientas personas. En el suelo negro había partes de madera oscura dispuestos en zigzag, y había también grandes alfombras de color granate. La larga mesa de mantel blanco estaba llena de tazas de café vacías; algo poco habitual: aún estaba sin recoger la vajilla de toda la gente que había estado en la comida de celebración de un cumpleaños. Al pasar por allí, Mikela vio a dos hombres sentados en sendos sillones de terciopelo, con sus copas en la mesa, y sus cigarros exhalaban un humo del mismo tono gris de sus trajes. Las espesas cortinas de estampado de flores apenas dejaban pasar la luz, y la chica no se atrevió a mirar demasiado, y tampoco a preguntar. Elvira, sin embargo, le explicó quiénes eran aquellos hombres: Gonzalo, su hermano, y Severiano.
El que llevaba bigote dejó de hablar cuando las mujeres entraron en la sala, y Elvira se acercó a él con la niña de la mano.
A partir de ahí, Mikela continuó la visita con doña Nieves, que saludó a los dos hombres con la cabeza; tras dar una larga vuelta, llegaron a la cocina. Olía a café. Sobre la mesa, un desbarajuste de platos y copas. Decenas o cientos; serían más que toda la vajilla completa de su casa de Iruinbarrena. Sobre la gran chapa negra, pucheros abollados con mucha historia; hollín adherido a las paredes. Con las manos en la fregadera, había una mujer lavando los cacharros, que debía de ser Rosario, entre burbujas de jabón, suspirando. Mientras veían la casa, entre la cháchara de Elvira había oído que había allí otra criada, que llevaba años con ellos. El lazo del delantal se le movía arriba y abajo sobre sus caderas bastante anchas.
–Rosario, esta es Micaela. Trabajará contigo este año –la señora puso la mano en el hombro a la nueva criada, mientras daba explicaciones a la otra.
Rosario no dejó de trabajar, pero...




