E-Book, Spanisch, 456 Seiten
Reihe: Ensayo
Tetlock El juicio político de los expertos
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-9903023-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 456 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 979-13-9903023-5
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Toronto (Canadá), 1954. Psicólogo y escritor de ciencia política de origen canadiense, actualmente es profesor en la Universidad de Pensilvania. Ha publicado más de doscientos artículos en revistas científicas y varios ensayos, en la intersección de la psicología, la ciencia política y el comportamiento organizacional, entre los que destacan Súperprevisión: El arte y la ciencia de la predicción (2015), El juicio político de los expertos (2005), Deshaciendo Occidente: escenarios hipotéticos que reescribirían la historia del mundo (2006) y Los experimentos del pensamiento contrafactual en la política mundial (2006). Desde 2011, Tetlock y su pareja, la investigadora Barbara Mellers, coordinan The Good Judgment Project, un proyecto de investigación sobre la viabilidad de mejorar la precisión de los juicios de probabilidad sobre acontecimientos del mundo real. Durante las últimas cuatro décadas, su investigación se ha centrado fundamentalmente en cinco temas: el concepto de «buen juicio», el impacto de la rendición de cuentas sobre el juicio y la elección, las limitaciones que llevan consigo los valores sagrados en nuestro pensamiento, la difícil distinción entre ciencia política y psicología política y la necesidad de desenmarañar el impacto de los hechos y los juicios de valor en la competición de ofertas políticas.
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Prefacio
Los ejercicios autobiográficos que indagan por qué un investigador opta por seguir adelante con un proyecto en lugar de con otro casi siempre me han parecido un tanto exagerados. Lo que importa es la evidencia, no el porqué de que uno se decida a reunirla. Hasta ahora, por tanto, me he ceñido a los hechos siguiendo la convención de mi profesión: presenta tus preguntas, tus métodos y tus respuestas, y abandona el escenario.
Podría seguir esta fórmula de nuevo. Me vengo preguntando desde hace muchos años por qué tantos desacuerdos políticos —sean sobre seguridad nacional, comercio o políticas de bienestar— son tan irresolubles. Me disgusta lo extraño que resulta que los adversarios admitan sus errores incluso a la vista de sólida evidencia que muestra que las cosas no funcionan como ellos afirmaban con total seguridad. Y siempre me he preguntado qué podríamos aprender si nos acercásemos a estas controversias con un espíritu científico más decidido. Es decir, si en lugar de presenciar pasivamente cómo los contrincantes se asignaban su propia puntuación y se proclamaban, como era previsible, victoriosos, nos atreviéramos a asumir el papel de árbitros epistemológicos: solicitando predicciones verificables, ponderando nosotros mismos su exactitud y constatando si los adversarios cambian de opinión cuando están equivocados.
Al principio puse en marcha mi investigación de un modo tentativo, aplicando el método de ensayo y error a pronósticos a pequeña escala referidos a la Unión Soviética a mediados de los ochenta; y luego, poco a poco, me fui atreviendo con ejercicios a mayor escala a lo largo y ancho del mundo durante la década siguiente. Mi instinto me llevó a adoptar y, cuando fuera necesario, adaptar métodos de puntuación provenientes de mi disciplina, la psicología: medidas de la correspondencia de cuánto se acercan a la realidad las predicciones de los analistas, y medidas lógicas del grado en el que los observadores juegan limpio con la evidencia y se hacen cargo de sus apuestas cuando les obligan a revisar sus creencias. Sin adelantar demasiado, puedo decir que nos esperan muchas sorpresas. Descubriremos que los mejores analistas y los más prestos a revisar sus creencias comparten un estilo de pensamiento autocrítico que les libró de cometer los grandes errores a los que eran propensos sus colegas ideológicamente más exuberantes. Con frecuencia hay una curiosa relación inversa entre lo bien que los analistas creen que lo están haciendo y lo bien que lo están haciendo.
Ahora podría abandonar el escenario. Pero el proyecto tiene más sentido cuando rastreamos sus orígenes: mi primer contacto de primera mano con la ingenuidad y la determinación que muestran las élites políticas al hacer sus posturas impermeables a toda evidencia. El punto de partida es una reunión del Consejo Nacional de Investigación, la rama administrativa de la Academia Nacional de Ciencias, en 1984. Yo acababa de conseguir mi plaza de profesor titular en Berkeley y era el miembro más joven (no perteneciente a ese organismo) del comité. El comité había sido convocado —como suele ocurrir con los comités académicos— para dar a luz otro comité. Este nuevo comité tenía un ambicioso —pretencioso, dijeron los críticos— mandato: explorar las contribuciones de las ciencias sociales no ya a los problemas rutinarios y familiares de la educación infantil o la discriminación positiva, sino a salvar a la propia civilización de la destrucción nuclear.
El hecho de que queramos una respuesta, aunque la queramos desesperadamente, no implica que ésta exista. La ciencia es, según una famosa definición, el arte de lo soluble,[1] y yo no era el único que temía que nuestro humanitarismo excediera nuestra comprensión científica. Aunque el reloj de la portada del Boletín de Científicos Atómicos[2] hubiera estado más cerca de la medianoche que en cualquier otro momento de la historia, salvando la crisis cubana de los misiles de octubre de 1962, era obvio para la mayor parte de quienes estábamos alrededor de la mesa que no disponíamos de ninguna medida para calcular nuestra proximidad a una guerra nuclear, algo que no había sucedido todavía y que podría no suceder nunca. Quienes dibujaban ese reloj no hacían más que conjeturas. De hecho, no estaba claro de qué modo podrían aplicarse los métodos clásicos de clarificación causal y control experimental y estadístico para explicar que no aconteciera un acontecimiento bastante sui generis (la guerra nuclear) o para cuestionar la extrapolación de su continuo «no acontecer».[3]
Varios activistas respondieron cortésmente que el exceso de reflexión puede resultar paralizante. Un orador rechazó a los «aprensivos» que viajan a bordo de un autobús que desciende a toda velocidad por una carretera de montaña con un conductor enloquecido al volante, pero que preferirían debatir sobre los senos y cosenos de la próxima curva a pelear por controlar al demente (una alusión a Ronald Reagan) que está a punto de enviarles a la muerte.[4] Otro dibujó dos futuros posibles: en uno deberías explicar a tus hijos, moribundos por las radiaciones, por qué no hiciste nada cuando el mundo se encaminaba hacia el Apocalipsis nuclear, y en otro deberías explicar a tus aturdidos colegas por qué pensabas que el final era inminente cuando todo había salido bien. Una elección sencilla, pensaba.
Los responsables académicos apaciguaron las discusiones de un modo ingenioso. Los activistas consiguieron un comité, aunque no el comité golpista que deseaban (uno que emitiera una atronadora acusación, del estilo de Linus Pauling,[5] contra quienes instigaban la guerra). Los aprensivos, que dudaban de la idoneidad de cualquier comité, tuvieron el que habrían deseado de haber querido alguno: un comité políticamente inocuo pero académicamente respetable para estudiar los senos y cosenos de las curvas del camino político que teníamos por delante.
Yo me ocupé de sondear la opinión profesional sobre las relaciones americano-soviéticas. ¿Qué sabían los expertos, o que creían saber, sobre las intenciones soviéticas? ¿De qué modo valoraban si la política norteamericana había conseguido un equilibrio idóneo entre disuasión y seguridad frente a los soviéticos? Volviendo la vista hacia los cuarenta años anteriores, ¿vieron alguna, o quizás muchas, «oportunidades perdidas» para promover la cooperación pacífica? Al indagar en esas creencias «fundamentales» me sorprendió la frecuencia con la que los observadores ofrecían valoraciones, repletas de seguridad pero claramente contradictorias, que eran inmunes a los argumentos esgrimidos por el adversario. Los halcones veían la Unión Soviética como un malvado imperio que debía ser contenido por medio de la disuasión; las palomas veían una serie de malentendidos arraigados en actitudes rígidas y aprovechados por grupos interesados; y los autodenominados búhos revoloteaban entre ambos polos, elaborando propuestas que combinaran la determinación disuasoria de los halcones y el deseo apaciguador de las palomas.[6]
Dos décadas más tarde se hace difícil recrear el estado de ánimo temeroso de las palomas. Consideraban que la administración Reagan nos estaba arrastrando peligrosamente hacia el abismo.[7] Retrospectivamente, resulta tentador ser condescendiente. Ahora sabemos que en marzo de 1985 Mijaíl Gorbachov se convirtió en secretario general del Partido Comunista e introdujo profundas reformas. El miedo a una guerra nuclear total se disipó, al tiempo que los observadores más perspicaces dirigieron su atención hacia el terrorismo nuclear y lo que sucedería con el enorme stock de armas de destrucción masiva cuando el gobierno ruso ya no pudiera pagar sus miserables salarios a los militares que las custodiaban. El epicentro de la controversia se desplazó.[8] Los animados debates entre halcones y palomas dieron paso a enérgicos intercambios sobre cómo gestionar las transiciones del socialismo al capitalismo, hacer frente a los nacionalismos y fundamentalismos resurgentes, y salvar a la humanidad de la catástrofe ecológica. Las ideas de la Guerra Fría pasaron de moda.
¿Fue una estupidez haberse preocupado tanto? Muchos conservadores así lo creen: el Consejo Nacional de Investigación se equivocó al crear un comité que prestó legitimidad a una pandilla de drama queens académicas. Un respetado colega me reprendió: «así que el cielo no se nos estaba cayendo encima…». La tan ridiculizada administración Reagan había acertado al doblar la apuesta inicial en el póquer geopolítico hasta que el Kremlin se plegara.[9]
Los liberales veían las cosas de forma distinta.[10] Les preocupaba que la retórica belicosa y la carrera armamentística pusieran en marcha un ciclo de hostilidades en el que cada bando magnificara los propósitos ofensivos del otro, y al prepararse para lo peor, terminara provocándolo. Muchos, además, no han cambiado de opinión: todavía insisten en que la Guerra Fría habría terminado con la misma rapidez en un mundo con dos mandatos presidenciales de Carter y otro posterior de Mondale.[11] A un prominente científico el «triunfalismo» conservador le recordaba a aquel hombre que gana a la ruleta rusa y se considera un genio. Simplemente tuvimos suerte de que Gorbachov, en lugar de ser un neoestalinista aficionado al vodka, estuviera esperando entre bastidores para hacerse con...




