Tobeña / Carrasco | La guerra infinita | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Tobeña / Carrasco La guerra infinita

De las luchas tribales a las contiendas globales
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19655-83-7
Verlag: Plataforma
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

De las luchas tribales a las contiendas globales

E-Book, Spanisch, 256 Seiten

ISBN: 978-84-19655-83-7
Verlag: Plataforma
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Aunque la mayoría de los humanos prefieren la paz, no existe ninguna sociedad que haya conseguido evitar la guerra. Ofensivas, defensivas, internas, vecinales o de conquista, la guerra siempre ha acompañado al ser humano a lo largo de toda su historia. ¿Por qué recurrimos a ella? Este ensayo se acerca a esta cuestión desde la psicobiología para analizar el llamado factor humano: las aspiraciones, apetitos, querencias o aversiones, en definitiva, las raíces neuropsicológicas de nuestra tendencia a reiterar conflictos letales entre grupos humanos.

Adolf Tobeña es catedrático de psiquiatría en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Obtuvo el Premio Ciudad de Barcelona de ciencia en 1992 y el Premio Europeo de Divulgación Científica «Estudio General» en 2004. Ha publicado numerosos ensayos, entre los que destacan Anatomía de la agresividad humana (2001); Cerebro y poder (2008); Neurología de la maldad (2017) - ¡4ª edición!, Manipuladores (2019) - ¡2ª edición! y El cerebro erótico (2022). Jorge Carrasco trabaja en el mundo audiovisual y de la comunicación desde 1989. Ha desarrollado numerosas tareas como periodista, redactor, productor, montador, guionista y director. Ha escrito también varios libros de divulgación técnica y artística.
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Preludio


Los densos hormigueros urbanos donde se afanan y habitan la gran mayoría de los hombres y las mujeres de hoy en día requieren normas y restricciones por doquier. El trasiego de personas y de vehículos por tierra, mar y aire es tan ingente, tan gigantesco, que para que el tinglado de conjunto funcione requiere una gran tendencia a la cooperación y tolerancia con los desconocidos. En su existencia cotidiana, los humanos saben mostrar una benignidad y una propensión a observar y cumplir con tantas reglas de comportamiento que cabe considerarlos como una especie hipersocial. Como una de las estirpes animales que han llevado los vectores de la cooperación provechosa hasta cotas más altas. Incluso cuando duermen, cuando cae la noche en uno y otro hemisferio, y la mayoría de la gente se recluye en sus moradas para conciliar el sueño, las infinitas hileras y telarañas de luces que se encienden para perpetuar los trazados de interconexión, en las horas oscuras, dan fe de la asumida y pertinaz observancia de reglas. El montaje entero requiere vigilancia atenta, claro, pero buena parte del colosal trasiego se da sin que sea necesaria la intervención directa de los agentes dedicados a ello.

A ese inmenso trajín ordinario y, por regla general, ordenado, transitable y productivo que caracteriza el discurrir de las vidas en gran parte de los rincones del mundo habitado, le solemos llamar paz. Cualquier observador que pretendiera describir los rasgos distintivos de la conducta humana desde atalayas, a distancia, destacaría que eso es lo que predomina en primera instancia y en todas partes. Pero no le quedaría más remedio que dejar constancia de que, en ciertos lugares y con variaciones y ritmos poco previsibles, ese orden practicable se trastoca y predomina la destrucción sistemática de bienes y haciendas, con gentes que combaten y se liquidan unos a otros con un ensañamiento y una dedicación sorprendentes para una estirpe con habilidades tan destacadas para la conllevancia apacible. A esos períodos destructivos que pueden alcanzar magnitudes colosales de devastación les llamamos guerra.

Aunque hay constancia de que la mayoría de los humanos prefieren y han preferido siempre la paz, también la hay de que no existe sociedad alguna, ni puede que existiera jamás ninguna, que haya evitado enzarzarse en contiendas letales. Hay sociedades que recurren a la guerra con frecuencia, y las hay, también, que saben eludirla durante lapsos de tiempo muy prolongados. Pero la guerra, en forma de contiendas intestinas, vecinales o de conquista, con tipologías muy variadas, tiene tendencia a reaparecer de vez en cuando. No hay, de hecho, sociedad alguna que deje de dedicar recursos, esfuerzos o contingencias para prepararla o prevenirla. El primer tercio del presente siglo ha sido pródigo en datos que indican que esos esfuerzos y preparativos prebélicos han tendido a aumentar, en todos lados, después de un breve período de tiempo, a finales del siglo anterior, donde cundió la ilusión de que el mundo se encaminaba hacia horizontes menos conflictivos.

La recurrencia y la importancia, a menudo decisiva, de los conflictos entre grupos humanos en cualquier época, han tenido ocupados a legiones de especialistas de muchas disciplinas que han convertido el análisis de las contiendas bélicas en una de las dianas cruciales para interpretar las vicisitudes y los cambiantes meandros de las colectividades humanas. El esmero, el detalle y la minuciosidad con que se han descrito los enfrentamientos, su génesis y sus repercusiones ulteriores, constituyen un acervo formidable para acercarse a la comprensión de los itinerarios de las distintas sociedades. Pero ese conocimiento tan vasto no ha permitido alumbrar respuestas convincentes a los interrogantes más intrigantes y desazonadores, es decir: ¿por qué se repiten las guerras?, y ¿por qué lo hacen con una frecuencia tan variable? Hay ahí un consenso notorio: las interpretaciones económicas, históricas, políticas o estratégicas más abarcadoras y solventes no responden a esas dos cuestiones con la amplitud y el rigor requerido.

El objetivo de este ensayo es acercarse a esas desafiantes cuestiones desde la psicobiología. Es decir, desde el grueso de conocimientos firmes que se han ido acumulando sobre eso que a veces se denomina «el factor humano»: las aspiraciones, apetitos, querencias o aversiones que distinguen a los individuos de nuestra estirpe, tanto cuando actuán por su cuenta como, sobre todo, cuando obran y operan mediante alianzas o coaliciones. Vamos a insistir en ello: el objetivo esencial de este libro es presentar una incursión exploradora en las raíces psicobiológicas de la tendencia a reiterar conflictos letales entre grupos humanos, exponiendo los conocimientos acumulados hasta ahora por varias disciplinas que han hecho de la biología de la conducta su objeto de estudio. Tan solo eso y sin pretensión alguna de repaso histórico exhaustivo o de síntesis teórica culminada. Los episodios y ejemplos que irán apareciendo lo harán para que sirvan de contraste empírico de los mecanismos psicobiológicos que se irán describiendo.

Los otros odiados


Uno de los arietes que diseccionaremos, con cierto detalle, para comenzar, es el odio. El odio a los demás, de modo particular. El odio a una comunidad o un grupo aborrecido. Ese nutriente psicológico proverbial de los conflictos vecinales y entre bandas callejeras o equipos deportivos rivales nos parecía inexcusable y le reservamos, incluso, el título provisional del ensayo. El ámbito del enfrentamiento vecinal y el de la contienda civil o fronteriza con sus ingredientes de «los otros odiados», es un territorio que vamos a transitar, con asiduidad, con la intención de ofrecer una perspectiva iluminadora y, si fuera eso posible, útil y preventiva de encontronazos y desdichas futuras.

La incursión en los resortes de esas aversiones intensas y focalizadas nos conducirá, además, a explorar otros mecanismos psicobiológicos relevantes que anidan detrás de los variados motivos que llevan a los humanos a emprender y sostener contiendas letales. Es decir, a bucear en los orígenes de las coaliciones combativas y las guerras. Tanto las que se dan entre bandas, clanes o tribus rivales como las que implican a ejércitos profesionales y tecnificados.

En la germinación y plasmación de esos conflictos puede rastrearse, siempre o casi siempre, la implicación de unas propensiones altamente cooperadoras (es decir, morales) que acarrean la mayoría de los humanos. O, dicho de otro modo, que guerra y moralidad han ido y van, a menudo, de la mano.

Arietes morales de la combatividad letal


Cabe avanzar, desde el frontispicio, que los nexos entre guerra y moralidad permitirán ofrecer respuestas incipientes, aunque no definitivas, a cuestiones que siguen generando no pocas perplejidades y una discusión que no cesa39, 42, 53, 78, 104, 136, 147, 148, 154, 155, 214, 223, 440, 442, 454:

  • ¿Por qué los enfrentamientos colectivos suscitan tanto interés y concurrencia?; o ¿por qué siempre hay tantos voluntarios dispuestos a combatir?
  • ¿Por qué resulta tan fácil formar bandos enfrentados que se observan con aprensión, animosidad y hostilidad sectarias, en sociedades complejas que habían convivido, durante largos períodos, sin roces o litigios mayores?
  • ¿Qué lleva a enrolarse en coaliciones que libran enfrentamientos de enorme riesgo, que a menudo resultan en la muerte de numerosos contendientes o en lesiones físicas irreparables, cuando abstenerse sería más provechoso para los intereses individuales?
  • ¿Qué resortes se activan para que haya bolsas de voluntarios para incurrir en riesgos mayúsculos o en penalidades extremas durante las contiendas?; ¿o para el martirio, incluso, con renuncia a la vida cuando se actúa como escudo protector o proyectil destructor con el objetivo de contribuir a una causa mayor?
  • ¿Qué engranajes de base movilizan algunos «inductores culturales» (valores o principios como «patria», «Dios» o los distintos «idearios»), para aglutinar y dirigir el entusiasmo combativo de legiones siempre renovables de aspirantes a guerrear?
  • ¿Qué mecanismos se activan para obedecer y seguir, con una devoción y sumisión a menudo ciegas, a líderes que prometen un destino victorioso al cabo de un rosario de enfrentamientos que dejan, irremisiblemente, un tremendo reguero de bajas?

Expondremos los hallazgos más sólidos que permiten dar respuesta a cada una de estas preguntas. Esas respuestas no serán definitivas ni mucho menos, aunque sí indicadoras de los tramos que faltan aún por recorrer. Con ello, intentaremos apuntalar una «conjetura de partida» que va a guiarnos durante el periplo y que cabe formular del siguiente modo:

«Las guerras humanas, en todas sus variedades, son enfrentamientos entre coaliciones combativas que requieren la movilización de grandes esfuerzos cooperadores (morales) que tienen su límite en la frontera grupal. Es decir, litigios organizados y letales de ’nosotros‘ contra ’ellos’. Las propensiones prosociales de tipo tribal que nutren los conflictos intergrupales tienen raíces biológicas discernibles y sistemas neurohormonales a su servicio, y de ahí que actúen como arietes insoslayables de los enfrentamientos. Pero como las guerras modernas son devastadoras y suelen tener altos costes por ambos lados, hay considerable prevención para emprenderlas. No obstante, algunos individuos con gran ambición y talento para el liderazgo, junto a rasgos amorales del carácter, acostumbran a promoverlas arrastrando a...



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